CAPÍTULO 28 KEIRA
KEIRA
Estoy sentada junto a la ventana de La Cabaña, jugueteando con la pajita del refresco. Llevo varios minutos mirando la puerta cada poco, aunque todavía faltan unos minutos para la hora a la que hemos quedado.
He sido yo quien le ha pedido a Owen que viniera.
No ha sido una decisión fácil.
Después de todo lo que pasó con Marcus, no puedo seguir fingiendo que todo sigue igual.
Y vaya si ha cambiado.
Desde aquel beso siento que una parte de mí ya no me pertenece del todo.
No hicieron falta promesas. Ni explicaciones. Ni siquiera palabras.
Fue nuestro instinto quien habló por los dos.
Algo en nuestro interior despertó. No tengo una explicación para describirlo, pero siento que nuestras almas se entrelazaron en aquel instante, creando una unión espiritual que ninguno de los dos fue capaz de comprender. Ahora sí. Ahora lo sé. Lo siento en cada rincón de mi ser.
Desde entonces, mi loba no ha dejado de reclamarlo, de llamarlo.
Quiere a Marcus.
Quiere que sea él quien permanezca a su lado cuando llegue el cenit del celo.
Que sea quien la acompañe durante la etapa en la que el instinto nos consume.
Quiere cubrirse con su olor hasta que el nuestro desaparezca bajo el suyo, sentir su esencia envolviéndola por completo y que la reclame de todas las formas posibles, dejando claro a quién pertenece mi parte omega.
A nuestro alfa.
Cada vez que ese pensamiento cruza mi mente, un fuego intenso se instala en mi bajo vientre, convirtiendo mi sangre en lava.
Me abrasa por dentro, obligándome a cerrar los ojos con fuerza y a apretar los muslos mientras suplico que la humedad que empieza a acumularse entre mis piernas no sea perceptible.
Cuanto más aumenta, más intensa se vuelve mi esencia y más fácil resulta alertar a los machos del estado en el que me encuentro.
Por suerte, existen productos naturales que ayudan a controlar esos cambios, aunque, conforme se acerca el celo, resulta mucho más complicado camuflarlos.
Aun así, en la fase en la que me encuentro ahora, en la que los síntomas aparecen y desaparecen a su antojo, todavía puedo disimularlos.
Al menos mientras nadie se acerque demasiado a mí, porque entonces ocultarlo se vuelve imposible.
Además, el médico me recetó una infusión especial para atenuar los efectos y permitirme llevar una vida lo más normal posible hasta que llegue el momento en el que mi parte animal tome el control por completo y el celo se apodere de mí.
Sin embargo, por mucho que intente convencerme de que necesito tiempo para entender todo esto, porque ha sucedido demasiado deprisa y resulta tan abrumador como desconcertante, tengo la absoluta certeza de que es él.
Y eso es algo imposible de ignorar.
En nuestro mundo hay ciertas cosas que simplemente se saben. Forman parte de lo que somos. Igual que basta una mirada o el olor de la esencia de un lobo para reconocer su rango, cuando encontramos a nuestro compañero ocurre exactamente lo mismo.
No existe la duda.
No tengo claro qué va a pasar entre nosotros porque, independientemente del lazo que nos une, todavía no hemos hablado del tema.
Cuando nos perdimos el uno en el otro y Benton rompió aquella burbuja, para avisarle de que tenían que marcharse, los dos nos quedamos inmóviles, mirándonos fijamente.
Nuestros pechos subían y bajaban al mismo ritmo mientras buscábamos aire desesperadamente, intentando que nuestra parte racional volviera a tomar las riendas y obligando a la bestia que llevábamos dentro a esconderse una vez más.
Aun así, cada vez que lo recuerdo, siento que todo vuelve a empezar.
Joder... es que fue el dedo más placentero de mi vida.
Jamás un simple roce o una caricia me habían provocado semejante excitación.
Me corrí sobre sus dedos con tanta intensidad que la visión se me nubló por completo.
Empecé a ver pequeños destellos blancos flotando frente a mí y sentí cómo mi consciencia abandonaba todo lo que conocía para adentrarse en un lugar completamente nuevo.
Un lugar donde no existían el pudor ni la vergüenza.
No es que yo sea una persona especialmente cohibida, pero la confianza que sentí a su lado fue tan absoluta que me permitió mostrarme exactamente como soy, sin filtros, dejando salir esa parte salvaje que ni siquiera sabía que llevaba dentro.
Y precisamente por eso todo se ha vuelto mucho más complicado.
Ni siquiera sé qué significa para él todo lo que ocurrió.
Pero sí sé que no sería justo dejar que Owen siguiera creyendo que entre nosotros puede haber algo más, porque ya no es así.
Además, él no se lo merece.
Es un chico encantador y me tranquiliza saber que no le costará absolutamente ningún esfuerzo encontrar a cualquier otra loba. Las lleva detrás como si fueran sus propias consortes.
Ha sido amable conmigo desde que volví a Crowewood y no merece ilusionarse con algo que nunca va a suceder mientras yo solo soy capaz de pensar en otro lobo.
Por eso le escribí.
Necesitaba hablar con él antes de que esto fuera a más, dejar clara la situación y evitar que las cosas se complicaran todavía más.
Quiero que entienda que no veo un futuro entre nosotros. Que, si él quiere, me gustaría que siguiéramos siendo amigos porque no me gustaría perderlo. Pero tampoco puedo obligarlo a aceptar algo así si no está preparado.
Lo entendería.
Solo espero que él también pueda entenderme.
Porque, por alguna razón, llevo todo el día con la incómoda sensación de que esta conversación no va a ser tan sencilla como me gustaría.
Alzo la vista cuando la puerta del local se abre y una ráfaga de aire fresco se cuela en el interior, avisándome de su llegada.
Owen acaba de llegar.
La puerta termina de cerrarse a su espalda y, en cuanto repara en mí, contengo el aliento.
La intensidad que desprende basta para comprender que estoy frente a un alfa poderoso, pero solo hace falta recorrer su cuerpo de arriba abajo para despejar cualquier duda.
Porque sí… está increíblemente bueno. Y puedo afirmarlo con conocimiento de causa.
Desde luego, el celo me está dando fuerte esta vez. Malditos alfas.
Nada más verme, esboza una sonrisa socarrona. Ladeada, segura de sí misma y con la capacidad de convertirse en el centro de atención allá donde va. Lleva una camisa gris y unos vaqueros oscuros que realzan un físico definido y condenadamente atractivo.
Céntrate, Keira. Estás perdiendo de vista el verdadero motivo por el que has quedado con él.
Camina hacia mi mesa con la seguridad que siempre lo acompaña, saludando con una leve inclinación de cabeza a un par de lobos con los que se cruza.
A su paso, varias hembras alzan la vista.
Una de ellas incluso le dedica una sonrisa descarada, pero él ni siquiera reacciona.
Desde que ha cruzado la puerta, tengo toda su atención.
—Ya pensaba que te habías olvidado de mí —dice en cuanto llega, inclinándose para dejar un beso sobre mi cabeza.
Pongo los ojos en blanco y dejo escapar una risa por lo bajo.
—Qué exagerado eres.
—No exagero nunca.
—Eso ha sido una mentira bastante descarada.
—Puede ser —admite, antes de tomar asiento frente a mí.
La verdad es que resulta muy fácil estar con él. Su compañía consigue que me relaje sin apenas darme cuenta. Aun así, intento reunir el valor para sacar el tema que llevo ensayando mentalmente desde esta mañana, pero la camarera se acerca antes de que pueda abrir la boca.
—¿Os traigo algo de beber?
Agradezco la interrupción. Me regala unos segundos de tregua para volver a darle vueltas al discurso por... ¿la millonésima vez? Sí, más o menos.
Uf.
¿Por qué demonios esto resulta mucho más difícil ahora que lo tengo delante?
—Una cerveza —pide Owen.
En cuanto la camarera se aleja, apoya los antebrazos sobre la mesa y alarga la mano hacia la mía. Sus dedos envuelven los míos con naturalidad.
Trago saliva.
Joder… No me lo pongas más difícil.
—Bueno... ahora sí. ¿Qué era eso tan importante que querías contarme?
Ahí está.
Se acabaron las excusas. Ya no hay ningún motivo para retrasarlo.
—Primero... ¿cómo estás?
Muy bien, Keira. Te lo pone en bandeja y tú decides salir por la tangente. Eres un auténtico genio.
—¿En serio eso era tan importante? ¿Preguntarme cómo estoy? —resopla, arqueando una ceja.
—No... No era eso —confieso, dejando escapar una risa nerviosa mientras me cubro la cara con las manos, avergonzada y frustrada a partes iguales.
Joder, qué ridícula debo de estar pareciendo.
—Entonces dime. ¿Qué es? —insiste, acariciando el dorso de mi mano con el pulgar.
El gesto cariñoso hace que se me encoja el estómago.
Bajo la vista hacia nuestras manos. Él sigue sujetando la mía con la misma calidez de siempre, ajeno a lo que estoy a punto de decirle.
Joder... Esto va a doler. Y mucho.
Aprieto los labios mientras intento ordenar mis ideas una vez más, aunque en el fondo sé que es una pérdida de tiempo. Da igual las vueltas que le dé. Estoy segura de que el resultado va a ser el mismo.
Owen guarda silencio. No insiste ni retira la mano. Se limita a observarme con paciencia, dándome el tiempo que necesito para hablar. Pero los segundos pasan y yo sigo sin ser capaz de dar el paso.
—Keira... me estás preocupando.
Su confesión hace que reúna el poco valor que me queda. Me humedezco los labios antes de alzar la vista hasta encontrarme con sus ojos.
—Quería hablar contigo porque... creo que te mereces una explicación.
Su sonrisa se va apagando poco a poco, sustituida por un gesto de desconcierto.
—¿Una explicación?
—Sí.
Por un momento que parece ser eterno, ninguno de los dos rompe el silencio. El murmullo del restaurante continúa a nuestro alrededor, ajeno a la decisión que está a punto de cambiarlo todo.
—No sé muy bien cómo decir esto —admito.
—Pues dímelo como te salga.
Ojalá fuera tan fácil.
Respiro hondo antes de atreverme a continuar.
—Cuando empezamos a quedar, me pareció buena idea conocerte. Me caes bien, siempre has sido atento conmigo y... no me arrepiento de haber aceptado.