CAPÍTULO 27 KEIRA
KEIRA
No sé quién da el último paso porque mi cabeza deja de funcionar. El instante exacto en el que ocurre se difumina por completo. No sé si soy yo quien recorre esos últimos centímetros o si es él quien termina de borrar la escasa distancia que aún nos separaba.
Simplemente pasa.
Ni siquiera tengo tiempo de sorprenderme. En cuanto nuestros labios chocan, todo mi cuerpo responde a él, dejándose arrastrar por la necesidad.
Su mano permanece en mi nuca y sus dedos se enredan entre mi pelo, manteniéndome pegada a él. El beso es profundo y cualquier pensamiento desaparece sin que pueda hacer nada por impedirlo. Ya no existe nada que no sea él.
Mi respiración es irregular y tengo la sensación de que el aire se ha vuelto demasiado espeso.
Mi corazón golpea con tanta fuerza contra el pecho que empiezo a preguntarme si él también puede oírlo, mientras el fuego que creía haber dejado atrás regresa rápidamente, naciendo en lo más profundo de mi ser y extendiéndose hasta hacerme hervir la sangre.
Siento los pechos pesados, necesitados de sus grandes manos, y mi clítoris palpita con una intensidad tan dolorosa que me obliga a juntar los muslos en un intento desesperado por aliviar esa sensación, aunque el roce solo consigue que sea mucho más consciente de la humedad que empapa mi ropa interior y de lo rápido que estoy perdiendo el control.
Mi mente comienza a nublarse y un ligero mareo termina apoderándose de mí, obligándome a aferrarme con fuerza al cuello del enorme lobo que tengo prácticamente encima.
Busco un apoyo que, en realidad, solo hace que termine aún más pegada a él.
El calor que desprende atraviesa la ropa hasta fundirse con el mío, alimentando el incendio que no deja de extenderse por cada rincón de mi ser.
No puede estar pasando otra vez. No ahora, joder.
Estaba convencida de que descansar me ayudaría a encontrarme mejor y de que, al menos, el celo me daría una tregua, pero al parecer estaba equivocada, sobre todo ahora que tengo a mi supuesto compañero sobre mí.
Mi loba ronronea dentro de mí, totalmente encantada y deseando aparecer para inclinarse, dejando las patas traseras levantadas.
Lo que viene siendo, dispuesta para él. Y yo también, no voy a mentir.
En este momento puede hacer conmigo lo que quiera, porque quiero más. Necesito más.
Intento pensar. De verdad que lo intento.
Mi cabeza insiste en decirme que me aparte, que respire, que piense antes de hacer cualquier locura, pero esa voz queda sepultada bajo algo infinitamente más fuerte.
Mi instinto.
Me impide obedecer a la razón y tan solo soy capaz de responder a él, como si cada fibra de mi ser hubiera decidido que ya no existe nada más importante.
Sin apenas darme cuenta, intensifico el beso y lo atraigo aún más hacia mí.
Tiro de él para pegar mi pecho al suyo, desesperada por sentirlo más cerca, queriendo que ese torso firme y duro me aprisione y que sus enormes brazos me inmovilicen a su voluntad.
La diferencia de tamaño entre los dos resulta más evidente ahora, pero, lejos de intimidarme, consigue que el deseo que siento por él siga creciendo.
La temperatura vuelve a dispararse dentro de mí con una intensidad brutal, abrasándome.
Solo puedo respirar su olor. Me envuelve, embriagándome y mezclándose con el mío hasta que ya no soy capaz de distinguir dónde termina uno y empieza el otro.
Su sabor acaba de cegarme, haciendo que todo mi mundo se reduzca a mi alfa.
Mi loba ruge dentro de mí, empujando con todas sus fuerzas hacia él, reclamándolo con desesperación.
Mis manos encuentran el borde de su camiseta y tiran de ella hacia arriba con impaciencia.
No opone ningún tipo de resistencia. Antes de que pueda detenerlo, se la quita de un tirón.
La tensión de sus brazos marca cada músculo con el movimiento y deja al descubierto un amplio pectoral que apenas tengo ocasión de admirar antes de que vuelva a acaparar toda mi atención.
Mis ojos solo se detienen una fracción de segundo antes de volver a buscar su boca, incapaz de permanecer lejos de ella ni un instante más.
Me aferro con fuerza a sus hombros cuando desciende hasta mi cuello con impaciencia, arrancándome gimoteos desesperados a cada roce.
Mi respiración se corta por completo en el instante en que alcanza una de mis glándulas laterales.
Muerde con fuerza y después la recorre con la lengua plana, brindándome un placer tan intenso como doloroso mientras saborea mi esencia, provocando que un fuerte gemido brote de lo más profundo de mi ser.
Él lo ahoga con su propia boca, reclamándolo para sí mientras profundiza el beso.
Toda mi espalda se arquea contra él y mis uñas vuelven a clavarse en su piel, incapaz de contenerme.
Marcus responde con un gruñido grave, ronco y completamente animal.
El sonido vibra en su pecho antes de atravesar el mío, haciendo que un escalofrío me recorra de pies a cabeza.
Su respuesta parece despertar algo todavía más salvaje entre nosotros.
Mueve la mano que tiene apoyada a mi derecha y, con un movimiento rápido y firme, me separa las piernas antes de deslizar sus palmas ásperas por el interior de mis muslos, avanzando directamente hacia mi centro.
Alzo las caderas de forma instintiva para facilitarle el acceso y noto cómo desliza la mano por debajo de mi pantalón corto. En cuanto su pulgar roza mi clítoris, un escalofrío brutal me recorre entera.
—Estás empapada... que buena chica —murmura en mi oído con una voz sumamente grave y provocadora.
Nuevo fetiche desbloqueado.
Deseo volver a escucharlo.
Quiero que siga llamándome «buena chica».
Que vuelva a decir que lo estoy haciendo bien. No sé de dónde ha salido esta necesidad, pero solo quiero que lo repita.
Joder...
Si él me pidiera cualquier cosa, no creo que fuera capaz de negarme.
Su pulgar sigue acariciándome con una lentitud desesperante, arrancándome un gemido ahogado que apenas soy capaz de reconocer como mío. Después desliza dos dedos por mi humedad, extendiéndola con calma alrededor de mi entrada antes de presionar poco a poco hasta introducirlos en mí.
Mi boca se abre mientras mi cabeza cae hacia atrás, rendida al placer que despierta en mí.
Empiezo a contonear las caderas, buscando más de él, acompañando el ritmo. Marcus mantiene un vaivén lento, firme y profundo, dejando que cada embestida de sus dedos se hunda un poco más que la anterior, y la intensidad de las sensaciones termina por hacerme ver estrellas.
Mis músculos se tensan alrededor de sus dedos, apretándolos cada vez con más fuerza conforme siento que me acerco al precipicio.
Cada movimiento me arrastra un poco más hacia ese borde del que sé que ya no voy a poder retroceder.
Entonces inclina la cabeza y atrapa el lóbulo de mi oreja entre los dientes, dedicándole pequeños mordiscos que terminan de deshacer el escaso control que me quedaba y me hunden de lleno en un pozo de placer del que ya no quiero salir.
—Lo estás haciendo muy bien, nena... Córrete para mí.
Esas palabras son la bala que termina de destrozar mi cordura.
El orgasmo explota dentro de mí con una intensidad que jamás había experimentado, provocando que me sacuda de forma incontrolable.
Siento el calor de mis propios fluidos deslizándose por mi piel y apenas soy capaz de respirar entre jadeos.
Durante un momento, dejo de ser consciente de todo lo que me rodea.
Creo que acabo de llegar a otro plano de existencia porque, desde luego, en la Tierra ya no estoy.
¿Es esto el séptimo cielo?
Tiene que serlo.
Cuando por fin soy capaz de abrir los ojos, me encuentro de frente con la imagen más salvaje que he visto en mi vida.
Tiene las pupilas tan dilatadas que prácticamente han devorado el color de sus iris y me observa sin pestañear, igual que un depredador contempla a su presa antes de lanzarse sobre ella.
Tiene el pelo erizado y los colmillos asoman entre sus labios carnosos, ligeramente entreabiertos, haciendo que me estremezca.
No deja de mirarme ni un solo segundo, y yo tampoco soy capaz de apartar la vista de él.
Saca los dedos que aún mantenía dentro de mí y se los lleva a la boca.
Después saca la lengua y comienza a relamerlos con una lentitud tan deliberada y pecaminosa que noto cómo el coño se me contrae con ganas de más.
Joder...
Creo que podría correrme otra vez solo por verlo hacer eso.
Más que subir al cielo, tengo la sensación de haber descendido al mismísimo infierno, y es el propio dios de la lujuria quien se encuentra delante de mí. No puedo dejar de observar cómo me saborea sin el menor atisbo de vergüenza, disfrutando de ello igual que yo disfruto viéndolo.
¿Cómo hemos llegado a esto?
No tengo ni la más remota idea.
Lo único que sé es que quiero que vuelva a pasar. Otra vez. Y otra más. Todos los putos días de mi vida.
¿Cómo será tenerlo dentro de mí?
Solo imaginarlo hace que todo mi cuerpo vuelva a estremecerse. No creo que fuera capaz de sobrevivir al éxtasis que sentiré cuando ese momento llegue.
Porque va a llegar.
No pienso morirme sin saber qué se siente.
Ni de puta coña.
Soy plenamente consciente de que es mi celo quien está hablando, alimentando cada uno de esos pensamientos y empujándome más hacia él, pero me importa una puta mierda.
Si el hecho de que sea mi compañero y de que mi celo esté completamente desatado es la razón por la que Marcus ha dejado de apartarme y, por fin, me permite tenerlo así de cerca, entonces pienso aprovechar hasta el último segundo.
Mil veces mejor esto que volver a verlo levantar un muro entre los dos.
Lo prefiero a mi lado, besándome, tocándome y mirándome de esa manera, antes que soportar otra vez la distancia que se empeñaba en poner entre nosotros.
En este momento tengo muy claro lo que quiero, y es a él.
Debe de ser capaz de leerme la mente porque con un gruñido vuelve a lanzarse sobre mis labios para devorarme. En cuanto volvemos a besarnos, todo desaparece de nuevo a mi alrededor y vuelvo a olvidarme de todo, encantada de hacerlo.
Sus manos vuelven a deslizarse sobre mi piel, volviéndome loca.
—Marcus, me marcho. Te espero en el taller.
La voz de Benton llega desde abajo como un auténtico latigazo.
Los dos nos quedamos inmóviles durante una fracción de segundo antes de separarnos de golpe.
Su llamada rompe de un plumazo la burbuja en la que llevábamos sumergidos todo este tiempo, obligándonos a salir del frenesí animal en el que nos habíamos perdido.
El aire entra de forma brusca en mis pulmones y retrocedo unos centímetros sobre la cama mientras intento recuperar la respiración.
Mi pecho sube y baja con fuerza. Las manos todavía me tiemblan, noto las mejillas ardiendo y soy incapaz de apartar la mirada de Marcus.
Él tampoco parece encontrarse mucho mejor.
Permanece inmóvil frente a mí, con la mandíbula tensa, el pecho agitándose al mismo ritmo que el mío y los ojos clavados en los míos.
Su camiseta continúa olvidada sobre la cama, su respiración sigue igual de descontrolada y tengo la impresión de que está luchando exactamente contra lo mismo que yo.
Ninguno de los dos consigue decir una sola palabra.
La habitación queda sumida en un silencio absoluto, roto únicamente por nuestras respiraciones entrecortadas y por el sonido ensordecedor de nuestros corazones intentando recuperar el ritmo, mientras la tensión continúa envolviéndonos incluso ahora que ya no nos estamos tocando.