CAPÍTULO 26 MARCUS
MARCUS
Llevo horas esperando.
Anoche, después de asegurarme de que estaba estable y de que no necesitaban nada más de mí, me fui a casa. Me duché, me metí en la cama e intenté dormir.
Intenté.
No lo conseguí.
Cada vez que cerraba los ojos volvía a verla desplomándose delante de mí. Mi lobo no dejaba de revolverse, inquieto y sin encontrar la calma, empujándome una y otra vez en la misma dirección. Quería estar cerca de ella.
Después de pasarme horas dando vueltas entre las sábanas, sin encontrar el sueño, acabé levantándome antes de que amaneciera.
Así que volví.
Ya no sé el tiempo que llevo apoyado en la barandilla del porche, esperando que me den luz verde para subir a su habitación.
Cody y Benton llegaron hace rato y entraron en la casa, pero yo sigo aquí fuera, con la vista clavada en el bosque que se extiende más allá del jardín.
La espera se me está haciendo eterna y, a este paso, voy a acabar volviéndome jodidamente loco.
¿Estará bien?
¿Se habrá despertado ya?
Mi cabeza no para de darle vueltas a las mismas preguntas, una detrás de otra, sin concederme un momento de paz. Y esas son las más fáciles de soportar, porque detrás vienen muchas más y ninguna me gusta especialmente.
Resoplo y me paso una mano por la nuca, intentando aliviar la tensión que llevo acumulando desde que llegué. Tengo los nervios a flor de piel. Da igual las veces que me repita que está a salvo. Sé que no voy a quedarme tranquilo hasta comprobar por mí mismo que realmente se ha recuperado.
Quizá no quiere verme.
Y sería totalmente comprensible…
Al fin y al cabo, he sido un auténtico capullo.
No es que mi comportamiento con ella haya sido muy distinto al que tengo con el resto del mundo.
Llevo años gruñendo a cualquiera que se acerque antes de que tenga la oportunidad de complicarme la vida.
Es más fácil mantener las distancias que dejar que alguien importe. Porque si no importa, no duele.
Pero ella es diferente y precisamente por eso no debería haberla tratado igual.
El hecho de que fuera la primera loba en toda mi vida capaz de plantarme cara sin pestañear ya consiguió descolocarme y llamar mi atención.
Ninguna otra había reaccionado así conmigo.
Ninguna me había mirado de esa manera, desafiándome sin dar un paso atrás, negándose a doblegarse o a ceder terreno porque yo fuera más grande, más fuerte o un alfa.
Es ese recuerdo al que vuelvo una y otra vez cada vez que me meto en la ducha para desahogarme, acariciándome la polla con fuerza mientras imagino todas las formas en las que podría doblegarla para arrancarle la fiereza que lleva dentro y que parece reservada exclusivamente para quienes tienen la mala suerte de cruzarse en su camino.
Porque eso es precisamente lo que más me atrae de ella.
Me encantaría estar con una hembra que no se arrodillara ante mí a la primera de cambio.
No digo que no me gusten las sumisas. Al fin y al cabo, soy un alfa y me encanta que se sometan a mi dominio. Pero cuando tengo que ganármelo, todo se vuelve mucho más divertido.
Joder.
¿Qué coño me pasa?
He pasado por situaciones mucho más jodidas que esta.
He peleado con lobos capaces de partirme el cuello de un mordisco, he atravesado tormentas de nieve que apenas me dejaban ver a dos metros de distancia y he pasado noches enteras en el bosque, herido y cubierto de sangre, sin saber siquiera si llegaría a ver el amanecer.
Siempre he salido adelante. Nunca me ha costado afrontar los problemas, por muy feos que fueran.
Quizá por eso esta sensación resulta tan frustrante.
Porque en todas esas ocasiones sabía qué tenía que hacer. Sabía contra qué estaba luchando. Podía pelear, correr, defenderme o devolver el golpe. Había algo que hacer, alguna forma de actuar.
Pero ninguna de esas mierdas me preparó para esto, para quedarme aquí plantado sin poder hacer nada más que esperar.
Keira está arriba, descansando en su habitación después del susto que nos dio anoche, y el simple hecho de saber que algo no va bien, de encontrarla tan vulnerable, me está pasando factura.
Cada vez que el viento cambia de dirección o una rama cruje entre los árboles, me pongo en tensión.
Mis sentidos permanecen centrados en todo lo que me rodea, alerta a cualquier ruido extraño, cualquier movimiento o cualquier cosa que no debería estar cerca de ella.
Es absurdo porque está segura, rodeada de su familia, pero mi lobo no parece dispuesto a relajarse.
Sigue vigilando sin descanso, atento a cualquier amenaza posible.
Sé de dónde viene todo esto…
Lo sé desde anoche.
Desde el instante en que la vi desplomarse y el miedo me apretó el pecho con tanta fuerza que no pude pensar en nada más, todo ocurrió muy rápido.
Cuando la sujeté antes de que tocara el suelo, algo dentro de mí despertó, haciéndome sentir de una forma que jamás había experimentado.
Una necesidad feroz, irracional y absoluta de protegerla se abrió paso por encima de cualquier otra cosa.
Por eso sigo aquí, incapaz de marcharme.
Mi compañera.
La palabra sigue repitiéndose, asentándose cada vez más profundo y haciendo que todo lo demás empiece a parecer irrelevante.
No importa que el médico dijera que no corría peligro, que simplemente atravesaba las primeras fases del celo.
El celo...
Solo pensarlo basta para que se me ponga dura.
Anoche tuve que rezar a la diosa para controlar mi temperamento y no dejarlo salir. Fue una lucha constante porque el cabrón no dejaba de empujar, de exigir y de recordarme lo que quería. Lo que yo también quería.
Porque mientras el médico hablaba, intentando explicarnos lo que estaba ocurriendo, apenas conseguía concentrarme en sus palabras. Escuchaba lo suficiente para entender que no corría peligro, pero el resto se perdía en algún lugar del fondo de mi cabeza. Todo mi mundo se reducía a ella.
Lo único que quería era marcarla con mi olor, incitarla a que el cénit del celo llegara para poder sujetarla durante toda la noche y follármela hasta acabar agotados y sudorosos. Derramar mi semilla en su interior y que resbalara por sus muslos, impregnándola por completo de mí.
Mía.
—Marcus.
La voz de Benton me arranca de mis pensamientos y hace que vuelva al presente.
Parpadeo y levanto la vista, encontrándolo apoyado en la puerta, observándome con una expresión que me deja bastante claro que probablemente lleve un rato llamándome.
—¿Estás listo?
El corazón se me acelera de emoción porque eso significa que por fin voy a verla.
Siento los nervios revolverse en mi estómago. He pasado horas imaginando esta conversación, preguntándome cómo estaría, qué me diría cuando la tuviera delante y si seguiría enfadada conmigo después de todo lo ocurrido.
Estoy dispuesto a responder cuando Cody aparece con una sonrisa que ya consigue ponerme de mal humor antes de que diga nada.
Le lanzo un gruñido que no hace más que provocar que se ría a carcajada limpia, resonando a mis espaldas mientras me alejo.
Payaso.
Normalmente le habría contestado, pero ahora no tengo tiempo para eso. Lo único que importa está al final del pasillo.
Subo las escaleras sintiendo la presión en el pecho aumentar con cada peldaño. Cuanto más me acerco, más consciente soy de lo mucho que necesito su cercanía.
Cuando llego arriba, me detengo frente a la puerta de su habitación.
Toda la seguridad que había conseguido reunir durante los últimos minutos desaparece y me quedo inmóvil, observando la puerta cerrada, sin conseguir dar el siguiente paso.
Tomo una bocanada de aire y, esta vez sí, levanto la mano para llamar a la puerta.
—¿Puedo pasar?
No llega ninguna respuesta inmediata y esos pocos segundos de silencio se me hacen eternos. Cuanto más se alarga la espera, más trabaja mi cabeza por su cuenta, arrastrándome hacia escenarios cada vez más desagradables que preferiría no imaginar.
Pero entonces, cuando pienso que debería marcharme y darle más tiempo, escucho su voz al otro lado de la puerta.
—Sí... claro.
Empujo la puerta y entro.
Está sentada sobre la cama, rodeada de almohadones, con el pelo revuelto y la piel mucho menos pálida que la noche anterior.
Debería estar fijándome en eso. En que tiene mejor color, en que parece encontrarse mejor y en que está despierta y consciente, pero mi cerebro decide centrarse en cualquier otra cosa nada más posar los ojos sobre ella.
Es preciosa.
Quiero despertarme con esta imagen todos los días de mi puta vida. Abrir los ojos por la mañana y encontrarla desnuda a mi lado, escondida entre las sábanas. Escuchar su voz y saber que es feliz. Disfrutar de su sonrisa antes de poner los pies en el suelo.
Lo quiero de verdad.
Mía.
—Buenos días —saludo, apoyándome en el escritorio que hay cerca de la puerta, después de cerrarla a mi espalda.
Me sorprende ser capaz de decir una frase completa. Todavía sigo intentando recomponer las pocas neuronas que me quedaban operativas antes de entrar aquí.
—¿Cómo te encuentras?
—Buenos días. Estoy mejor, gracias —responde, y un suave tono rosado le tiñe las mejillas. Justo lo que necesitaba para terminar de perder el poco control que me quedaba.
Me obligo a apartar la vista antes de comportarme como un completo idiota.
—Solo quería asegurarme de que estabas bien —consigo decir al fin, aclarándome la garganta.
—Bueno, sigo viva —responde con una pequeña sonrisa mientras sus dedos juguetean con una esquina de la sábana.
Su aroma cambia ligeramente. Es algo tan sutil que probablemente cualquier otro no lo notaría, pero yo sí. Está nerviosa. Se muerde el labio inferior y tengo que hacer un sobreesfuerzo para no quedarme mirando. ¿Cómo puede ser tan sexy? Cuánto desearía ser yo quien mordiera ese labio.
—Gracias por...
—No tienes que darme las gracias —la interrumpo, negando con la cabeza antes de que pueda terminar la frase.
Nunca tiene que agradecerme algo así. Para mí, quedarme a su lado ni siquiera fue una decisión. Era exactamente donde tenía que estar.
Y punto.
Me dispongo a abrir la boca para decírselo, pero me detengo en seco.
Hostia.
No puedo decirle eso.
No puedo decirle que mantener su bienestar y su seguridad es mi obligación. Se ha convertido en algo tan importante para mí que la idea de apartarme de su lado es inviable.
—Sí, tengo que hacerlo. Podrías haberte ido y haberme dejado ahí, pero te quedaste a mi lado sin que tuvieras que hacerlo... —Su voz pierde fuerza al final de la frase y desvía la mirada hacia la cama. Sus mejillas están completamente rosadas.
Maldita sea.
Me rasco la nuca, incómodo, porque nunca he sabido qué hacer cuando alguien me agradece algo.
O quizá el problema no sea ese. Quizá el problema sea que es ella quien me está dando las gracias por cuidarla, sonrojándose cada vez que nuestras miradas se cruzan y consiguiendo que me resulte cada vez más difícil recordar por qué debería mantener las distancias.
—No quería que te pasara nada —admito, alejándome de mi pensamiento real.
En realidad, eso no es más que una pequeña parte de la verdad, pero por ahora es más que suficiente.
Sus ojos se encuentran con los míos y la habitación sube unos cinco grados.
No soy capaz de mantenerme alejado de ella, así que me aproximo lentamente, dándole tiempo a reaccionar en caso de que mi cercanía le resulte desagradable. Pero al parecer no es así, porque lo único que hace es mantener su mirada fija en mí.
Una vez llego al borde de la cama me muevo en automático. Alzo un brazo hacia ella y, con el pulgar, presiono su delicioso labio inferior en una suave caricia hasta bajarlo, provocando que suelte un jadeo de sorpresa.
El sonido se arremolina en mi ingle, provocando que mi polla reaccione.
Su aroma se intensifica, envolviéndome por completo, y mi respiración se vuelve más pesada. Cada segundo que pasa resulta más difícil que el anterior porque ya no sé cuándo ocurrió ni en qué momento empezó todo esto. Lo único que sé es que mi vida ha cobrado un nuevo sentido.
Keira.
Todo termina llevándome hasta ella. Cuanto más tiempo paso a su lado, más difícil me resulta imaginar una vida en la que no forme parte de ella.