El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1) CAPÍTULO 25 KEIRA
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CAPÍTULO 25 KEIRA

KEIRA

—¿Estás vestida, prima? ¿Puedo pasar o me arriesgo a un trauma de por vida? —pregunta Cody, asomando la cabeza.

—Pasa, idiota.

Empuja la puerta con el hombro y entra en la habitación sosteniendo una bandeja. Trae zumo, tostadas y un café cuyo aroma llega hasta mí en cuanto cruza el umbral.

Olfateo el aire y dejo escapar un suave murmullo de aprobación.

—Te traigo el desayuno, pero no te acostumbres —comenta, fingiendo indiferencia, aunque se le nota preocupado—. Solo lo hago porque pensé que te morías.

—Gracias. Qué detalle —le agradezco, poniendo los ojos en blanco.

Al parecer, le resulta completamente imposible decir algo bonito sin estropearlo inmediatamente después con alguna estupidez.

Aun así, siempre aparece cuando hace falta.

Se acerca hasta la cama y me deja la comida sobre el regazo, asegurándose de que no se derrame nada. Después se sienta en el borde del colchón y apoya una mano sobre mi rodilla.

—¿Cómo te encuentras?

—Rara, cansada y con la boca pastosa —respondo, rodeando la taza con los dedos.

—Suena fatal —responde, arrugando la nariz como si acabara de describirle una enfermedad contagiosa.

—Porque lo es.

Resopla y se reclina sobre el colchón. Durante un momento parece conformarse con verme desayunar, aunque lo conozco demasiado bien para creerme que se va a quedar callado durante mucho rato.

Tal y como pensaba, al final acaba cediendo.

—Casi nos matas del susto. Te pusiste blanca y, antes siquiera de que reaccionáramos, Marcus ya te había atrapado. Fue... joder, fue rápido.

El simple sonido de su nombre provoca que se me encoja el estómago.

—Ya... mamá me lo contó.

—Sí, bueno... —se rasca la nuca, buscando las palabras adecuadas—. Es que fue raro verlo así.

—¿Así cómo?

—No sé. Tenso. Muy tenso. Nunca le había visto así —admite, encogiéndose de hombros—. Fue raro verlo tan alterado.

—¿Tan exagerado fue?

No termino de creérmelo.

—Keira, parecía que iba a despedazar al médico si tardaba un segundo más en revisarte. Si no fuera porque te tenía en brazos, habría estado recorriendo la habitación de arriba abajo como un animal encerrado en una jaula.

Da un mordisco a una de mis tostadas y me señala con ella, sin mostrar el menor remordimiento por el crimen que acaba de cometer.

Increíble.

Se está comiendo mi comida sin un ápice de vergüenza.

—Porque esa es otra... —añade, alzando varias veces las cejas con una sonrisa cargada de segundas intenciones—. No te soltó en ningún momento. En ninguno, primita.

—Eres imbécil.

—Y tú te estás poniendo roja. Qué casualidad.

Pongo los ojos en blanco, aunque noto cómo el calor empieza a subir por mis mejillas.

Idiota.

Hago girar la cucharilla dentro de la taza, observando cómo la superficie se ondula con el movimiento.

¿Por qué esa preocupación tan repentina?

No tiene sentido.

Nada de esto lo tiene, joder.

Desde que el médico dejó caer la posibilidad de que he encontrado a mi compañero, no he conseguido dejar de pensar en ello.

Si aceptara, aunque solo fuera por un momento, la posibilidad de que pudiera ser mi compañero, muchas cosas dejarían de ser simples casualidades difíciles de explicar.

La intensidad con la que mi loba reacciona a él, la facilidad con la que percibe su presencia incluso antes de que yo misma sea consciente de que está cerca o la necesidad constante de buscarlo.

Todo lo que llevo tiempo justificando de mil maneras distintas se convertiría en algo mucho más evidente y, precisamente por eso, mucho más difícil de negar.

El problema es que esa explicación solo resuelve una parte del rompecabezas.

La otra sigue siendo él.

Su forma de acercarse y alejarse de mí, de hacerme sentir por un momento que solo existimos nosotros dos para después volver a levantar un muro, continúa sin tener ningún sentido.

Porque si realmente le importo, ¿por qué sigue empeñado en mantenerme alejada?

Y si no le importo, ¿por qué reaccionó así cuando me desmayé?

¿Por qué parecía incapaz de apartarse de mi lado?

Cuanto más vueltas le doy, más imposible me resulta encontrar una respuesta que explique ambas cosas a la vez.

Lo peor de todo es que podría intentar convencerme de que se trata de Owen. Sería infinitamente más fácil porque es atento, divertido y jamás me hace sentir que estoy caminando sobre terreno inestable. Me gusta estar con él, disfruto de su compañía y me hace sentir cómoda.

Sin embargo, sé que no es lo mismo.

Y esa es una verdad tan evidente que resulta imposible seguir ignorándola.

Además, si soy completamente sincera conmigo misma, tampoco he estado tan enfadada por lo ocurrido en el taller como me he empeñado en creer. La mayor parte de mi rabia no ha venido de aquel momento, sino de lo que ocurrió antes, de cómo me rechazó.

Desde entonces, he pensado muchísimo más en repetir aquel momento que en olvidarlo.

He revivido una y otra vez el recuerdo de sus manos sobre mí, de su sabor y de la forma en que me miraba, preguntándome qué habría pasado si ninguno de los dos hubiera puesto freno a aquello y hubiéramos permitido que siguiera avanzando.

Todas las noches he tratado de aliviar por mi cuenta la necesidad que no deja de crecer, aunque sin éxito, porque al final siempre me siento vacía. No importa cuánto lo intente; mis propios dedos nunca son suficientes.

Lo necesito a él.

Antes de que me dé cuenta de lo que está haciendo, Cody coge la otra tostada y le da un mordisco enorme.

Me quedo mirándolo, horrorizada.

—¡Deja de comerte mi desayuno! —le gruño, rodeando la bandeja con los brazos a modo de barrera protectora.

—Compartir es vivir.

—Pues vete a vivir muy lejos.

—Demasiado tarde para eso —replica, antes de meterse el último bocado en la boca.

Le doy un fuerte golpe en el brazo, aunque ni siquiera le afecta. Lo único que consigue es que sonría todavía más.

—Encima te ofendes —protesta, fingiendo sentirse profundamente herido—. Simplemente te estoy ayudando.

—¿A comerte mi comida? —replico, haciendo especial hincapié en el «mi».

—Detalles sin importancia.

—Voy a acabar en la cárcel por tu culpa.

La carcajada que suelta es tan escandalosa que me obliga a echarme hacia atrás. Intento seguir mirándolo con cara de pocos amigos, pero acabo sonriendo, muy a mi pesar. Y, por supuesto, eso solo sirve para alimentar todavía más su ego.

Está tan satisfecho consigo mismo que me entran ganas de estamparle el café a la cara. Para colmo, el muy idiota se chupa los dedos deliberadamente sin perderse ni una sola de mis reacciones, disfrutando de mi irritación y provocándome a más no poder.

Pero da igual, porque se me ha ocurrido una idea. Una muy buena idea.

—Por cierto... —pregunto con fingida inocencia, alargando cada sílaba con toda la malicia de la que soy capaz mientras doy otro sorbo—. ¿Quién era la loba de mi fiesta de bienvenida?

El efecto es exactamente el que esperaba. Se atraganta tan fuerte que empieza a toser, golpeándose el pecho varias veces mientras intenta recuperar el aire. Lo observo por encima del borde de la taza, disfrutando del espectáculo.

—¿Eh...? ¿Yo? ¿Qué loba? —consigue balbucear entre toses.

Tengo que hacer un esfuerzo enorme para no echarme a reír.

—Vamos, Cody. Esa con la que desapareciste en el bosque y a la que le regalaste el colgante que me hiciste buscar por todo el taller.

—Ah... —suelta, desviando la atención hacia cualquier punto que no sea yo—. Se llama Celeste.

Nunca ha tenido problemas para coquetear, bromear o hablar de cualquier cosa, pero ahora mismo se está poniendo rojo. Acabo de pillarlo y los dos lo sabemos.

—Bonito nombre.

—Sí... No sé... tiene algo.

Resulta extraño verlo así después de toda una vida compartiendo bromas, peleas y tonterías, así que me limito a esperar, dándole espacio para que siga hablando.

—Cuando estoy con ella me siento bien —añade, jugueteando con la costura de la camiseta.

—Vaya... —me acomodo mejor entre las almohadas, totalmente asombrada—. Mi primo tiene corazón y todo.

—Ja, ja. Qué graciosa —bufa. Niega para sí y se queda unos segundos pensativo antes de añadir, en voz más baja—. Creo que podría ser mi media naranja.

La confesión me pilla tan desprevenida que me quedo sin saber qué responder. Porque no está bromeando. Lo dice completamente en serio y, por la forma en que habla de ella, está claro que realmente lo siente. Verlo tan ilusionado hace que el corazón se me encoja de ternura.

Quién me iba a decir a mí que viviría para ver esto. Mi primo, el mismo que nunca se toma las cosas lo suficientemente en serio como para mantener una relación estable, sentado delante de mí hablando sobre su amor verdadero.

—Ojalá todos pudiéramos sentir eso —murmuro—. Tener a alguien a tu lado que te entienda sin tener que fingir ni esconder quién eres.

—Ya te tocará, prima.

Una parte de mí quiere creerlo.

La otra no está tan convencida.

Sigo siendo una omega. Aunque las cosas hayan cambiado, hay una parte de mí que todavía no consigue olvidar todo lo que eso ha significado durante años, por eso todavía no me siento preparada para revelar la verdad.

—No sé. A veces pienso que ese tipo de conexión no es para mí.

—Tonterías.

Se inclina hacia delante para darme un pequeño toque en la nariz. Resoplo y le aparto el dedo, antes de que pueda repetirlo, pero, cuando vuelvo la vista hacia él, descubro una expresión curiosa dibujada en su rostro.

Demasiado curiosa.

Y eso nunca es buena señal.

—¿Qué hay de Owen?

—¿Qué pasa con él?

—¿No es tu media naranja?

Ese pensamiento permanecía enterrado en algún rincón de mi mente, escondido entre excusas y distracciones.

No quería prestarle atención, porque hacerlo significaba admitir que algo dentro de mí ya lo sabía.

Que, por mucho que Owen tenga todo lo que deseo, no consigue despertar lo que realmente necesito.

Le he dado una oportunidad, porque se la merece, pero cada vez me cuesta más convencerme de que estoy haciendo lo correcto. Me siento culpable por siquiera pensarlo, por no poder controlar lo que pasa dentro de mí y por no ser capaz de apagar algo que sigue creciendo, aunque me empeñe en ignorarlo.

No sé cuánto tiempo paso atrapada en esos pensamientos, pero mi silencio parece ser respuesta suficiente para que Cody saque sus propias conclusiones.

—¿Y Marcus?

—¿Marcus? —repito, soltando una risa que intenta sonar despreocupada y fracasa miserablemente—. Si lo único que hizo fue rechazarme como si fuera una mosca molesta.

—Sí, claro. Pero míralo. Lleva un buen rato abajo, plantado como un perro fiel, esperando a que le dejes pasar para verte. No sé tú, pero a mí eso no me parece precisamente desinterés.

Mi cerebro sufre un cortocircuito y no es capaz de procesar la información. Me quedo mirándolo fijamente, intentando encontrar algún indicio de que está gastándome una broma de las suyas.

Me convenzo de que he oído mal, porque tiene que ser eso; no puede ser otra cosa.

—¿Cómo? —pregunto alarmada, abriendo mucho los ojos mientras me incorporo tan deprisa que me olvido por completo de la bandeja que tengo sobre las piernas.

Esta se inclina peligrosamente hacia un lado, a punto de provocar un desastre, pero, por suerte, mi primo tiene la decencia de apartarla antes de que el café y el resto del desayuno terminen desparramados por toda la cama.

—¿Y por qué no me has dicho nada? —exijo.

—Te lo acabo de decir. ¿No me has oído?

—¡Antes!

—Ah... —responde, estirándose y colocando los brazos detrás de la cabeza—. Esa es otra pregunta.

Su tranquilidad termina de sacarme de quicio.

La indignación hace que me lance sobre él, pero el intento está condenado al fracaso desde el principio. Me conoce demasiado bien y, en cuanto detecta mis intenciones, se pone en pie de un salto y se aparta antes de que consiga agarrarlo, esquivándome con facilidad.

En cuanto lo hago, me arrepiento. El movimiento provoca que el mareo regrese al instante. Tengo que apoyarme sobre el colchón y cerrar los ojos durante unos segundos, esperando a que la desagradable sensación desaparezca.

—Cobarde —gruño, lanzándole una de las almohadas, pero la atrapa al vuelo sin el menor esfuerzo.

—Superviviente —corrige, abrazando la almohada contra el pecho con una sonrisa de absoluta satisfacción.

Resoplo, demasiado cansada para seguir discutiendo con él. Por supuesto, Cody interpreta mi rendición como una victoria personal.

Chasquea la lengua y se acerca de nuevo, aunque esta vez no vuelve a sentarse en la cama. En lugar de eso, se pone de cuclillas a mi lado, quedando a mi altura.

Seguramente porque así tiene una vía de escape mucho más fácil si decido volver a intentar estrangularlo.

Debería haber nacido zorro en lugar de lobo.

Estoy convencida de que algún ancestro suyo tuvo que colarse en el árbol genealógico de la familia, porque nadie con tanta facilidad para escabullirse de los problemas, salir airoso de situaciones imposibles y seguir provocando a la persona equivocada puede ser completamente lobo.

—Hay algo entre vosotros —dice al fin—. No sé qué es, pero está claro que algo hay.

No tengo ni idea de cómo manejar lo que pasa entre nosotros.

Y ahora va a subir aquí.

Echo un vistazo a la habitación y siento alivio al haberla redecorado.

Si ya resulta bastante incómodo que vaya a entrar en mi dormitorio, aunque lo viera la noche anterior, habría sido muchísimo peor recibirlo en la habitación de mi infancia, rodeada de muebles infantiles y recuerdos de una versión de mí que hace años dejó de existir.

Ya no quedan los colores, los adornos ni los muebles que me acompañaron en la infancia.

Todo eso desapareció cuando decidí darle un aire completamente distinto, convirtiéndolo en un lugar que realmente sintiera mío.

Al menos ahora es la habitación de una mujer adulta, que ha construido una vida lejos de Crowewood, y no la de la niña que se marchó del pueblo convencida de que jamás volvería.

—Solo digo que, elijas lo que elijas, estará bien.

Recoge la bandeja y se dirige hacia la puerta.

Justo antes de salir, se gira y me lanza una sonrisa cargada de picardía, con la clara intención de molestarme.

—Le digo que ya puede subir a verte.

Y se va antes de que pueda decir una sola palabra, dejándome con la boca abierta y una respuesta a medio formar.

Maldito Cody.