CAPÍTULO 24 KEIRA #2
—Según él, haber vuelto a la manada ha influido.
Me recordó que las omegas sois especialmente sensibles a la presencia de los alfas y que esa sensibilidad os afecta de manera muy distinta según cada loba.
La exposición constante a sus aromas, a su cercanía y a convivir con ellos día tras día ha terminado provocando un cambio hormonal importante.
Sobre todo, en tu caso, que has pasado gran parte de tu vida lejos del pueblo y que nunca habías convivido con tantos alfas.
Bingo.
Pues qué suerte la mía.
Resulta que vuelvo a la manada para cuidar de mi madre y termino desarrollando un desajuste hormonal porque hay demasiados alfas respirando en un radio de diez kilómetros.
Fantástico.
La explicación no me gusta, pero al menos tiene sentido.
Mi madre se muerde el labio y baja la mirada hacia la cama. Sus dedos empiezan a juguetear con una arruga de la colcha, alisándola y volviendo a arrugarla una y otra vez, atrapada en una discusión silenciosa consigo misma.
La conozco de sobra y sé que la conversación está a punto de tomar un rumbo que no me va a gustar en absoluto.
—¿Qué pasa? —pregunto, incorporándome.
—También mencionó otra posibilidad.
—¿Cuál?
—Que hayas encontrado a tu compañero.
Mis cejas se elevan tanto que podrían salir volando perfectamente si no fueran parte de mí. La miro fijamente, esperando que de un momento a otro se eche a reír y me diga que todo es una broma. Pero no lo hace.
¿Por qué no?
—No tengo compañero. — aclaro, por si acaso no lo sabe.
Es ridículo.
Absolutamente ridículo.
—Eso mismo le dije yo.
—Porque no lo tengo —insisto—. No es algo que se me haya olvidado. Creo que habría notado un detalle tan importante.
Me cruzo de brazos y niego frustrada porque nadie entiende lo evidente.
Esa teoría me resulta todavía más absurda que la del desajuste hormonal. Una cosa es que mi cuerpo esté haciendo cosas raras y otra muy distinta que, de repente, resulte que tengo un compañero del que no sé absolutamente nada.
No tiene ningún sentido.
—Porque no lo tengo —repito, recalcando lo evidente.
¿Me estoy convenciendo a mí misma?
Totalmente, pero está claro que con ella no está funcionando.
En lugar de discutir conmigo, alarga la mano y toma la mía entre las suyas. Sus dedos trazan círculos suaves sobre mi piel, en un gesto tranquilizador.
—A veces no se sabe de inmediato, cariño. Hay quienes lo saben desde el primer momento y otros que tardan más en descubrirlo.
Diosa.
Me cuesta respirar.
Me quedo congelada, con la mirada fija en un punto indeterminado. Mi entorno desaparece hasta quedar relegado a un segundo plano, sumergida en lo más profundo de mi mente, en ese lugar que creía cerrado bajo llave y que no pensaba pisar jamás.
Y, sin embargo, aquí estoy.
No puede ser. Simplemente no puede ser.
El tirón en el pecho, la necesidad constante de buscarlo entre la multitud y cómo mi loba reacciona a él se agolpan rápidamente en mi cabeza, chocando unas con otras y obligándome a revivir momentos que, hasta ahora, me había empeñado en explicar recurriendo a toda clase de excusas.
Siempre he tenido una explicación para todo eso. Siempre he encontrado motivos para justificarlo y seguir adelante sin darle demasiadas vueltas, aferrándome a la primera respuesta que me permitiera ignorar lo evidente.
Cualquier cosa menos esto.
Pero, ahora mismo, me cuesta hacerlo. Todo apunta a una realidad que no quiero mirar de frente porque sé exactamente a dónde conduce.
No.
No.
No tiene sentido.
—Sigo sin tener compañero —susurro, con un hilo de voz.
No responde enseguida. Se limita a seguir acariciándome, permitiéndome procesar todo lo que acabamos de hablar antes de volver a tomar la palabra.
—Incluso me dijo una cosa más —añade con suavidad—. Que quizá haya sido una combinación de varios factores. Según él, todos los cambios que has vivido estos meses aceleraron el proceso y desencadenaron esta situación.
Me paso una mano por la frente y cierro los párpados con fuerza, buscando calmar a mi corazón, que late tan deprisa que no recuerdo haberlo sentido nunca con semejante intensidad.
Esto es una locura.
—También me advirtió de que vas a necesitar descansar, alimentarte adecuadamente y no exigirte demasiado.
Tu metabolismo va a consumir una cantidad enorme de energía, así que no debes tomártelo a la ligera.
Es un proceso muy duro para una loba y, teniendo en cuenta por todo lo que has pasado, podría resultarte aún más complicado.
Tampoco pudo decir exactamente cuándo entrarás por completo en celo.
Bajo la mirada hacia mis manos, intentando asimilar la información.
Se suponía que la conversación aclararía mis dudas, pero lo único que ha conseguido es multiplicarlas.
Mantengo la mirada fija en mis dedos, absorta en el caos que ha traído consigo toda esta situación. Cuanto más analizo todo lo que acaba de decirme, más intensa se vuelve la presión que me oprime el pecho y más difícil me resulta poner orden a mis pensamientos
Necesito una tregua.
Por suerte, no necesito esforzarme mucho.
Desde el pasillo llega la voz de mi tía.
—¡Pipper, vamos a desayunar!
La voz de mi tía llega desde el pasillo y consigue romper por completo la espiral en la que me había quedado atrapada.
Mi madre gira la cabeza hacia la puerta, aunque ninguna de las dos responde. Cuando vuelve a mirarme, la preocupación sigue reflejada en su rostro con la misma intensidad que hace unos segundos.
—¿De verdad estás bien?
—Sí, de verdad. Estoy bien, no te preocupes.
No parece muy convencida. Sé que una parte de ella quiere creerme, pero la otra sigue planteándose quedarse aquí conmigo el resto del día para vigilar que estoy bien. Al final le dedico una pequeña sonrisa y le hago un gesto con las manos, animándola a marcharse de una vez.
—De verdad, mamá.
Su expresión se suaviza y se inclina hacia mí para acariciarme la mejilla con ternura y apartarme un mechón de pelo antes de incorporarse.
—No tardo, ¿vale? —me asegura antes de depositar un beso en mi frente.
—Vale.
La observo salir de la habitación y me recuesto, agradeciendo el silencio que queda tras ella.
Apenas tengo tiempo para acomodarme mejor entre las almohadas y dejar que mi cuerpo se relaje porque, antes de que haya pasado siquiera un minuto, unos pasos pesados resuenan por la escalera.
Una sonrisa tira de mis labios de forma automática.
No hace falta que diga una sola palabra para saber quién es.