CAPÍTULO 24 KEIRA
KEIRA
Despierto con la boca seca y la cabeza tan pesada que podría decir que he dormido una semana entera.
Me cuesta enfocar la vista y todo parece envuelto en una ligera niebla que se resiste a desaparecer.
La habitación está en penumbra, con las cortinas medio corridas y la luz del exterior filtrándose suavemente entre ellas.
Permanezco inmóvil, intentando orientarme mientras trato de reconstruir lo ocurrido, preguntándome qué ha pasado, cuánto tiempo llevo aquí y por qué estoy tan agotada.
Parpadeo varias veces hasta que las formas dejan de fundirse unas con otras y mi habitación va recuperando sus contornos habituales.
Percibo un peso sobre mí y, al bajar la mirada, descubro un brazo rodeándome la cintura.
Me giro y veo a mi madre dormida junto a mí, acurrucada contra mi cuerpo.
Tiene los ojos hinchados y la piel enrojecida alrededor de ellos, con el rostro marcado por el agotamiento.
El pecho se me encoge al verla así. Debe de haberse quedado aquí toda la noche velando por mí. Al moverme, se sobresalta y se despierta al instante.
—Ay, mi pequeña… —susurra con la voz entrecortada, incapaz de ocultar la angustia que ha debido de pasar—. ¿Cómo te encuentras?
Me pasa la mano por la mejilla con ternura y noto cómo le tiemblan ligeramente los dedos al acariciarme.
Tengo los músculos agarrotados y doloridos, y la sensación de que he corrido durante horas sin parar, agotando hasta la última reserva de energía.
Las lágrimas empiezan a correr por sus mejillas cuando se inclina para besarme la frente con fuerza.
—Me has dado un susto horrible.
Joder, me parte el alma verla llorar, sobre todo cuando sé que lleva horas preocupada por mí.
—Lo siento.
Niega enseguida, apretando los labios en un intento inútil por contener las lágrimas.
Entonces, de repente, el grito de Cody resuena por la casa.
—¿¡Se ha despertado yaaa!?
—¡Esa bocaza! —responde mi tía, y justo después se escucha un sonoro «¡ay!».
Probablemente acaba de recibir un buen golpe.
—No va a aprender nunca —murmuro.
Una pequeña carcajada escapa de mis labios y, para mi sorpresa, mi madre termina acompañándome. Durante unos segundos, nos limitamos a reírnos entre lágrimas, dejando que la tensión acumulada durante las últimas horas se disipe poco a poco.
Aprovechando que me encuentro algo mejor, aparto ligeramente las mantas y apoyo las manos sobre el colchón con la intención de incorporarme.
Sin embargo, en cuanto empiezo a levantarme, una sensación de mareo vuelve a aparecer. El estómago se me revuelve y tengo que detenerme a medio camino, permaneciendo inmóvil mientras espero que todo deje de dar vueltas.
—No te levantes todavía, cielo —me pide rápidamente, apoyando una mano en mi hombro para impedir que me incorpore—. Tienes que descansar.
No tengo fuerzas para llevarle la contraria, así que obedezco y me dejo caer otra vez sobre las almohadas.
Aún arrastro el calor abrasador en mi interior, aunque ya no es tan intenso como anoche. Lo de ayer fue una auténtica tortura, una corriente ardiente devorándome desde dentro.
Solo recordarlo me provoca un escalofrío.
Intento reconstruir lo ocurrido, pero todo sigue siendo confuso. Apenas consigo aferrarme a un par de recuerdos antes de que el resto se me escape entre los dedos.
Y, de entre todos ellos, hay uno que destaca por encima de los demás.
Marcus.
Su aroma.
Sus brazos rodeándome.
Mi corazón da un pequeño brinco traicionero al recordarlo y hago una mueca para mí misma. Ya me complico bastante la vida normalmente como para ponerme ahora a analizar por qué, de todo lo que pasó anoche, eso es precisamente lo que ha quedado grabado con más claridad en mi recuerdo.
—Mamá... ¿Qué pasó?
Ella suspira y se pasa las manos por la cara. Cuando vuelve a mirarme, da la impresión de buscar las palabras adecuadas para explicarlo.
—Te desmayaste, cariño. De repente perdiste el conocimiento.
Antes de que llegaras al suelo, Marcus ya te tenía en brazos — Su expresión se vuelve pensativa, atrapada por el recuerdo de todo lo ocurrido—.
Parecía que sabía que algo iba mal incluso antes que el resto.
Te llevó al sofá para que estuvieras más cómoda mientras llegaba el médico y permaneció contigo en todo momento, sin apartarse ni un segundo.
Cuando el médico llegó, te examinó y te extrajo sangre para hacerte una analítica.
Después, esperó los resultados. Tu primo y tu tío tuvieron que marcharse por una emergencia en una cadena de producción, porque él se negó a irse.
Cuando por fin llegaron los resultados y el médico explicó lo que estaba pasando, siguió allí.
Una ola de pánico me invade y el aire se atasca en mis pulmones.
Ay, madre.
No habrá revelado mi secreto, ¿verdad?
Porque eso sí que sería un problema.
Me obligo a calmarme. Confío plenamente en él. Se ha encargado de mí desde que nací y siempre ha sido muy discreto con todo lo relacionado con mi naturaleza, así que no creo que ahora haya decidido contárselo a nadie. Aun así, no puedo evitar ponerme nerviosa.
—No te preocupes, cielo —me tranquiliza, inmediatamente —. Jack habló conmigo en privado. A los demás solo les explicó lo justo y necesario para que entendieran que estabas bien y que necesitabas descansar.
Uf, menos mal.
La tensión que me oprimía el pecho desaparece, permitiéndome relajar los hombros y respirar con normalidad.
—Dijo que volvería al día siguiente para comprobar cómo evolucionabas y, una vez se marchó, te llevamos a casa.
Benton condujo porque Marcus no quería soltarte, así que se sentó contigo detrás y te llevó en brazos durante todo el trayecto.
Al llegar, te subió hasta tu habitación, te dejó aquí, en la cama, con muchísimo cuidado, y se aseguró de que estuvieras estable antes de marcharse.
Se acaricia el pelo con nerviosismo antes de apartarlo detrás de la oreja. A juzgar por su expresión, revivir el momento en que, sin previo aviso, me desplomé delante de ella no le resulta nada fácil.
—Y antes de irse me pidió personalmente que lo avisara si pasaba algo —continúa—. Me dio su número de teléfono y me insistió en que lo llamara a cualquier hora del día o de la noche si te ocurría algo.
Me quedo mirándola, procesando lo que acaba de decir.
¿He oído lo que creo que he oído?
Porque no encaja con la imagen que tengo de él. Siempre parece decidido a mantener las distancias, así que me cuesta comprender qué hacía a mi lado, cuidando de mí, cuando no tenía por qué hacerlo y podría haberse marchado en cualquier momento.
Quizá se sintió obligado.
O, tal vez, simplemente estaba preocupado porque me había desplomado delante de todo el mundo y cualquiera habría hecho lo mismo.
Sí. Tiene que ser eso.
—¿Se quedó? —pregunto con el ceño fruncido.
De todo lo que acaba de contarme, diría que es lo único que mi cerebro ha decidido considerar importante.
—Sí.
Por alguna razón que desconozco, noto una agradable sensación revolotear dentro de mi pecho. No debería importarme tanto que Marcus decidiera quedarse a mi lado, pero, aun así, me importa.
Mi madre me mira en silencio, pero hay algo en esa mirada que me incomoda. Da la impresión de que ha llegado a conclusiones que yo ni siquiera quiero plantearme.
Al fin y al cabo, ya se sabe lo que dicen: quien no espera nada, no se lleva decepciones. Y teniendo en cuenta mi historial con él, es una filosofía bastante sensata.
Me aferro a ese pensamiento y busco un tema mucho más seguro antes de que empiece a sacar conclusiones que probablemente están muy lejos de la realidad.
—¿Y qué dijeron los resultados?
Da un gran suspiro antes de responder.
—Que tenías los niveles hormonales completamente alterados, habiendo un desequilibrio importante y que todo apuntaba a que habías entrado en las primeras fases del celo. Según él, el cambio fue tan brusco que tu organismo no llegó a adaptarse correctamente.
Arrugo la nariz.
—¿Y eso puede provocar los desmayos?
—Al parecer, sí. Me explicó que, cuando se produce una alteración hormonal tan repentina, es habitual que se desencadenen este tipo de síntomas.
El celo.
Es imposible…
Cuanto más lo pienso, más convencida estoy de que hay cosas que no encajan. Mi primer impulso es creer que se trata de un error, porque sé perfectamente cuándo debería llegar y faltan meses para eso.
Sin embargo, dejo de tenerlo tan claro cuando pienso en las últimas semanas.
Las oleadas de calor que aparecían y me hacían sentir febril, aunque nunca llegara a tener fiebre de verdad.
El cansancio constante que me hacía querer pasarme el día durmiendo y que yo había atribuido al aburrimiento.
El hambre voraz que parecía no tener fin y que me llevaba a vaciar la nevera para volver a tener hambre poco después.
Y mi libido, que últimamente ha estado por las nubes, convirtiéndome prácticamente en una perra en celo.
Bueno, rectifico.
En una loba en celo.
Y, por lo visto, literalmente.
—¿Cómo se va a adelantar tanto? —pregunto, porque, aunque una parte de mí encuentra cierta lógica, sigo teniendo claro cuándo debería llegar como para creerme esa explicación sin más.
—Le hice exactamente la misma pregunta.
—¿Y qué te dijo?
—Que tampoco podía darme una explicación exacta. Que hay cosas relacionadas con las omegas que no siguen una norma fija, por lo que no todas experimentan ni responden de la misma manera ante una experiencia así.
Ya sé por dónde van los tiros.
Las omegas somos especialmente sensibles a los alfas. Lo he escuchado toda la vida y hasta he leído sobre ello, aunque nunca le había prestado demasiada atención, porque jamás había vivido rodeada de ellos hasta volver a la manada.
La idea hace que resople para mis adentros.
Maddie estaría encantada con esta explicación.
—Sigue.