CAPÍTULO 23 KEIRA #3
Parpadeo varias veces para intentar despejarme, aunque no sirve absolutamente de nada porque el calor que llevo sintiendo desde hace rato no deja de intensificarse y unas náuseas atroces me revuelven el estómago hasta hacerme apretar los dientes. Cada segundo que pasa me encuentro peor.
Mucho peor.
Tiendo la mano buscando apoyo, cualquier cosa a la que agarrarme antes de caer, pero no encuentro nada.
Las voces empiezan a sonar lejanas. Difusas. Mezclándose unas con otras hasta convertirse en un murmullo incomprensible.
Mi visión empieza a estrecharse poco a poco, oscureciéndose por los bordes, hasta convertirse en un túnel oscuro. Todo da vueltas a mi alrededor y, justo antes de desplomarme, una sombra enorme parece cernirse sobre mí.
Después, nada.
Cuando vuelvo en mí, lo primero que noto es su aroma.
Me envuelve por completo: cálido, intenso, adictivo, obligándome a respirar hondo para llenar los pulmones de él.
Una mano grande me sostiene la nuca con cuidado y, poco a poco, consigo abrir los ojos.
Entonces me encuentro directamente con el azul más bonito que he visto en mi vida.
Me quedo atrapada, perdida en una mirada tan profunda que siento que podría ahogarme en ella y ni siquiera me importaría.
Marcus está arrodillado a mi lado, sujetándome contra él, y aunque intenta mantener la calma, hay algo extraño en su expresión, una tensión marcada en la mandíbula y en los hombros que delata el impacto que le ha causado verme desplomarme así.
¿Por qué?
—Tranquila —susurra.
Su voz es puro terciopelo: grave, profunda, cálida… una caricia directa a cada parte sensible de mí. Me rindo por completo a ese tono masculino, ronco y envolvente, que consigue calmarme y hacerme ronronear incluso en este estado.
Mi garganta está seca y, cuando intento incorporarme, el mareo regresa, arrancándome un jadeo al sentir que todo vuelve a girar.
Él reacciona rápidamente y me acerca más contra su pecho de forma protectora, sujetándome con firmeza para intentar aliviar el malestar.
Mi mejilla queda apoyada contra su torso, duro y definido bajo la camiseta, y no puedo evitar pensar en lo mucho que me gustaría pasar las manos por él, recorriendo cada uno de esos músculos que noto tensarse bajo mi piel.
Mamá aparece entonces por encima de mi hombro llorando, con las manos temblándole al sujetarme la cara y acariciándome sin parar, completamente aterrada.
—¿Estás bien? Keira, mírame.
—Estoy… —la voz me sale rota y temblorosa—. Estoy…
Pero no consigo decir nada más, solo logro emitir pequeños gemidos confusos.
Debería estar asustada, confundida, incluso nerviosa después de haberme desplomado sin razón aparente.
Pero la realidad es otra.
Entre sus brazos me siento segura.
Segura de verdad.
Cody se asoma por detrás con expresión preocupada, muchísimo más serio de lo habitual, y mi tía aparece con una manta para cubrirme.
—Apartaos un poco, dejadla respirar.
Me cuesta mantenerme consciente y las náuseas empeoran por momentos. Muevo un poco la cabeza buscando aire y noto cómo las fosas nasales del alfa que me sostiene entre sus brazos se dilatan ligeramente antes de que el ceño se le frunza.
Está olfateándome.
¿Por qué me olfatea?
La pregunta apenas termina de formarse en mi cabeza cuando él habla.
—¿Estás entrando en celo? —pregunta con el ceño cada vez más marcado, observándome fijamente, provocando que el pulso se me dispare.
La frase queda suspendida en el aire, justo antes de que otra ola de calor se apodere de mí.
¿Estoy en celo?
—Mmm… no… —murmuro aturdida, con la cabeza dándome vueltas todavía.
¿Por qué me hace esa pregunta?
Me pasan un vaso de agua que tiembla entre mis dedos y el alfa me ayuda a incorporarme para que pueda beber, manteniéndose tan cerca de mí que resulta imposible no mirarlo.
Juro que nunca había visto a nadie tan jodidamente atractivo.
—Bebe.
Inclina el vaso con cuidado y me ayuda a tomar un sorbo, guiándome con paciencia mientras obedezco cual buena chica.
El cansancio tira de mí con fuerza y todo empieza a difuminarse de nuevo.
Intento mantener los ojos abiertos, pero cada segundo pesa más que el anterior y noto cómo el cuerpo deja de responderme poco a poco.
Escucho voces, movimientos, fragmentos de conversaciones que llegan hasta mí, pero cada vez suenan más lejos, más apagados, hasta perderse entre el zumbido que llena mi cabeza.
Las palabras dejan de tener sentido y terminan mezclándose unas con otras, convertidas en un ruido lejano que apenas consigo reconocer.
Al final solo consigo distinguir una.
La suya.
—Keira…
Su voz atraviesa toda la niebla que llena mi mente y llega hasta mí con claridad, igual que un faro en mitad de la noche.
Me aferro a él igual que a un refugio.
Entierro la cara en su pecho, agarrando su camiseta entre los dedos al tiempo que aspiro su cálido y reconfortante aroma.
No quiero apartarme.
No quiero que me suelte.
Incapaz de seguir, dejo que la oscuridad vuelva a cubrirlo todo hasta terminar dejándome ir por completo.