El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1) CAPÍTULO 23 KEIRA #2
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CAPÍTULO 23 KEIRA #2

La distancia entre nosotros no debería afectarme tanto y, aun así, el aire parece volverse demasiado denso, cargado de su olor, de su calor, de todo lo relacionado con él, haciendo que respirar con normalidad empiece a convertirse en un auténtico desafío.

Intento concentrarme en cualquier otra cosa y jugueteo con la servilleta entre los dedos para aparentar normalidad, pero tenerlo tan cerca convierte ese esfuerzo en una causa completamente perdida.

Mi estabilidad mental acaba de salir por la puerta de atrás y ni siquiera ha tenido la decencia de despedirse.

Mantengo la atención fija en los cubiertos justo cuando empiezan a traer varios platos de carne y los van dejando sobre la mesa.

—Cuidado, que esto quema.

El olor a carne a la brasa invade el jardín y mi estómago ruge, aunque no tengo nada claro si voy a ser capaz de comer con el maldito manojo de nervios que tengo ahora mismo ahí dentro.

Unos segundos después, mi tía y mi madre salen de casa cargadas con más bandejas entre las manos, riéndose por algún comentario que claramente se han hecho dentro.

—Os juro que como alguien toque las patatas antes de sentarnos, le corto la mano —advierte mi tía, señalando directamente a su hijo.

—Eso va específicamente por mí, ¿verdad? —protesta él, llevándose una mano al pecho.

—Tú y yo sabemos perfectamente por qué lo digo.

Resopla, ofendidísimo, y pasa un brazo por detrás de mi silla para acercarme hacia él. La mirada del alfa sigue cada uno de sus movimientos, fija en nosotros.

—Entonces, Keira, ¿ya te estás acostumbrando al pueblo? —pregunta Benton, sirviéndose comida.

—Sí, aunque supongo que aún necesito tiempo —respondo, encogiéndome de hombros y jugueteando con el tenedor.

—Tiempo y paciencia. Después de tanto tiempo lejos de Crowewood, es normal que todo resulte un poco abrumador.

Asiento distraídamente, hasta que la punta de mi pie roza la suya bajo la mesa.

Maldita sea.

No se mueve ni me mira directamente. Sigue sentado igual que antes, aparentemente tranquilo, pero la mandíbula se le marca al apretarla.

—Bueno, lo importante es que ha vuelto a casa —dice mi madre, mirándome con ternura.

—Eso, ya era hora —añade Cody—. Pensábamos que te habías hecho demasiado fina para volver por aquí.

Pongo los ojos en blanco.

—He vuelto por ti, mamá.

—¡Eso ha dolido, prima! A ver, dime, ¿dónde estarías mejor que aquí?

—¿Seguro que quieres que te conteste?

Suelta una carcajada y decide que seguir molestándome es claramente la mejor opción posible. Se inclina hacia mi plato con toda la intención del mundo de robarme comida, pero le aparto con un golpe seco antes de que llegue siquiera a tocarla.

—Ni lo sueñes.

—Mírala —dice, levantando ambas manos—. Todo un amor.

Los demás se ríen por lo bajo y yo intento seguir cenando, aunque el incordio con patas todavía no ha terminado. Se recoloca en la silla y deja el brazo detrás de la mía una vez más, demasiado cómodo.

Mierda.

—Entonces dime… ¿dejaste a alguien suspirando por ti allí?

Lo miro inmediatamente.

—¿Y a ti qué más te da?

—Nada, solo curiosidad —replica, con falsa inocencia, antes de girarse hacia mi madre—. Tía, ¿le gustaba alguien?

—Ay, tuvo un novio que era un encanto —responde, sin pensárselo dos veces, encantada de participar en el interrogatorio.

Cierro los párpados y me aprieto el puente de la nariz con los dedos, soltando un gran suspiro.

Perfecto. Justo la conversación que necesitaba tener delante de toda la mesa.

—No era mi novio y fue hace muchísimo tiempo—corrijo.

—¿No? —pregunta mi madre, sorprendida.

—No, mamá.

—¿Y por qué?

—Digamos que no estaba hecho para mí.

—Eso es porque eres una salvaje —interviene mi primo, pinchándome el brazo para molestarme.

Le encanta vivir al límite e ignorar cualquier instinto básico de supervivencia porque, segundos después, vuelve a alargar la mano hacia mi plato. Esta vez tampoco tiene suerte. Le lanzo un bocado al aire tan cerca de los dedos que aparta la mano antes de que termine mordiéndoselos.

—Eh, eso ha estado cerca —se queja—. ¿Ves cómo eres una salvaje?

—La próxima no fallo —le advierto, señalándolo con el tenedor.

Las conversaciones siguen alrededor de la mesa con total normalidad, pero dejo de prestar atención cuando empiezo a notar que algo no va bien dentro de mí.

Al principio creo que solo es el agobio, pero la sensación no tarda en hacerse demasiado intensa. Un escalofrío me recorre la espalda al mismo tiempo que el cuerpo empieza a arderme por dentro.

¿Qué demonios…?

Agarro el vaso de agua para dar un trago, aunque las manos me arden demasiado sobre el cristal. Mi madre debe darse cuenta de que algo no va bien porque me mira con atención. Su intuición nunca falla.

—¿Te encuentras bien, cielo?

—Sí.

Pero no lo estoy.

—¿De verdad te encuentras bien, cariño? —insiste.

Se levanta de la silla antes de que pueda responder y me pone una mano en la frente.

—Estás… ardiendo.

Mi tía también se acerca, rozándome la mejilla con los dedos antes de chasquear la lengua.

—Tienes fiebre.

—Estoy bien, no os preocupéis —respondo, apartándome un poco.

No quiero preocuparlas.

Y tampoco quiero admitir que yo también estoy empezando a preocuparme.

Aun así, seguimos cenando y un hambre voraz se apodera de mí. Devoro prácticamente todo lo que tengo delante como si llevara días sin comer.

Cody me observa durante un buen rato, fascinado.

—¿Tienes un agujero negro en el estómago o qué?

—Cállate.

Pero, como siempre, le encanta llevarme la contraria, así que hace caso omiso a mi orden y sigue.

—Por cierto… ¿qué tal con Owen?

Será gilipollas.

Ah, ¿con qué esas tenemos?

Perfecto.

Tú lo has querido.

—¿Y tú qué tal con la chica con la que pasaste la noche en mi fiesta de bienvenida? —pregunto, con una falsa inocencia, mientras apoyo un codo sobre la mesa y decido devolverle el golpe—. ¿Cómo se llamaba?

Me llevo un dedo a la barbilla, fingiendo pensar unos segundos.

—Mmm…

Su sonrisa desaparece de golpe en cuanto entiende que ha perdido la batalla, así que, al darse cuenta de que no puede ganarme por las buenas, decide recurrir directamente a la violencia.

—Ah, sí, ya me acuerdo. Era…

No me deja terminar porque me atrapa en un abrazo y me aplasta la cara contra su pecho para hacerme callar, ignorando por completo mis intentos de apartarlo y las protestas que no dejan de salir de mi boca.

—¡Suéltame, gilipollas!

—Madre mía, qué malo es el alcohol, ¿eh? —dice él, fingiendo preocupación.

Mi tía levanta la cabeza interesadísima desde el otro lado de la mesa y yo no puedo evitar saborear la victoria incluso atrapada entre sus brazos.

Jo-de-te.

—¿Cómo es eso?

—Nada, nada —murmura, agitando una mano con falsa despreocupación—. Historias inventadas por una persona muy aburrida.

Consigo liberarme de un empujón y tomo aire recolocándome el pelo, aunque apenas me da tiempo porque aprovecha ese momento para robarme comida del plato.

Y esta vez lo consigue.

—¡Eh! —le espeto con rabia, dejando escapar un gruñido cargado de irritación.

Intento quitárselo inclinándome hacia él, pero el muy imbécil se aparta y da un salto hacia atrás tan brusco que la silla acaba volcándose contra el suelo.

—Prima, te veo muy tensa —canta, arrastrando las palabras, entre mordisco y mordisco, exagerando cada gesto con toda su cara dura—. Tienes que relajaaarte.

—Te juro que voy a matarte.

Planto las palmas sobre la mesa con un golpe seco y voy directa a por él, provocando que estalle en una carcajada todavía más fuerte al verme avanzar hacia él mientras retrocede rápidamente.

—¡Ay, ay, ay, que viene! —grita, rodeando la mesa para alejarse de mí.

—¡Devuélveme eso!

—¡Ven a buscarlo!

—Hay cosas que nunca cambian —comenta mi madre, entretenida por la escena.

—Madre mía —añade mi tía, dejando el tenedor sobre el plato—. Igual que cuando eran pequeños.

—¿Te acuerdas del verano que rompieron la mesa del porche jugando a perseguirse?

—¡Y de la vez que nuestro hijo acabó en el estanque! Vaya dos demonios estaban hechos.

—Siempre igual, uno buscando guerra y la otra dispuesta a dársela.

Sigue retrocediendo por el jardín hasta terminar escondiéndose detrás de Marcus y utilizarlo directamente de escudo, levantando las manos en señal de rendición.

—¡Protección alfa!

Marcus gira apenas la cabeza para mirarlo por encima del hombro, completamente impasible.

—Estás solo, chaval —sentencia con absoluto desinterés.

Sigo acercándome a mi primo con la intención de hacer que se arrepienta de haberme robado mi comida.

Pero, cuando estoy a punto de lanzarme sobre él, algo extraño ocurre.

El jardín entero empieza a girar a mi alrededor y tengo que detenerme en seco al sentir un mareo tan fuerte que, durante un segundo, el suelo parece desplazarse bajo mis pies.