CAPÍTULO 23 KEIRA
KEIRA
Vamos de camino a casa de mi tía porque nos ha invitado a cenar esta noche.
Aunque vivimos bastante cerca y podríamos haber ido andando perfectamente, cargar con todas las bolsas de comida durante todo el trayecto habría sido un engorro, así que al final hemos terminado metiéndolo todo en mi coche y cruzando el bosque por la carretera principal.
Llevo unos vaqueros negros ajustados, una camiseta del mismo color de tirantes y las botas de montaña de siempre. Nada especialmente arreglado, pero sí lo suficiente para sentirme cómoda.
Total, se supone que es tan solo una cena familiar.
Mi madre, en cambio, sí se ha arreglado.
Y eso hace que la mire más de una vez de reojo durante el trayecto.
Lleva un vestido amarillo pastel que le ilumina la piel y el pelo suelto, cayéndole sobre los hombros en ondas suaves. Incluso lleva un poco de maquillaje. No demasiado, pero el suficiente para que me dé cuenta.
Lo que más me desconcierta no es eso.
Es que está animada.
Ahora mismo, va mirando por la ventana con una expresión dulce dibujada en los labios, tarareando la canción que suena en la radio y tamborileando los dedos sobre su pierna al ritmo de la música, relajada y tranquila.
Verla así me hace feliz. Durante meses apenas parecía tener energía ni para levantarse de la cama algunos días y ahora, en cambio, vuelve a transmitir la alegría que tanto la caracteriza.
Aun así…
Hay algo raro.
Porque sí, cada día está mejor y esto es algo bueno. Muy bueno. Pero me resulta extraño que para una simple cena familiar haya decidido arreglarse tanto.
No sé.
Hay algo que no termina de encajarme.
—¿Y quién va a estar exactamente?
—Pues tu tía, tu tío y tu primo.
—¿Solo ellos?
—Sí, cariño —responde, tranquilamente—. Es solo una cena familiar.
Mmm.
Sigo sin creérmelo.
No digo nada más porque tampoco quiero parecer paranoica, aunque la conozco demasiado bien como para no darme cuenta de que me está ocultando algo.
Suelto el aire despacio y vuelvo a concentrarme en la carretera, intentando apartar el tema de mi cabeza. Últimamente ya tengo demasiadas cosas dándome vueltas como para seguir alimentando más paranoias.
Una de ellas es Owen.
Desde lo ocurrido en la carretera, hace unos días, está raro. Más insistente conmigo. Más pendiente de todo lo que hago. Más encima de mí.
Y realmente no hace nada malo. ¿No?
Ni siquiera hemos vuelto a vernos desde entonces, pero sus mensajes no paran. Me pregunta dónde estoy, qué estoy haciendo o cuándo voy a volver a casa.
Al principio intenté no darle importancia, pero cuanto más evidente se vuelve todo eso, más me agobia. Ya ni siquiera sé qué hacer con todo lo que está pasando.
Porque esa es otra gran mentira que me estoy contando últimamente: fingir que tengo las cosas claras cuando realmente no es así.
Mi madre se gira hacia mí al notar que llevo demasiado rato mirándola de reojo.
—¿Qué pasa?
Parpadeo antes de negar suavemente.
—Nada. Estás muy guapa.
Ella se sonroja ligeramente y hace un gesto con la mano, quitándole importancia.
—Gracias, cariño.
Sea cual sea el motivo, al menos parece feliz.
Cuando giramos por el último camino de tierra y la casa aparece iluminada por las luces del porche, las voces empiezan a escucharse incluso antes de aparcar.
Eso suena a bastante más gente que «tu tía, tu tío y tu primo».
La puerta principal está abierta, así que entramos directamente sin necesidad de llamar. Apenas cruzamos el recibidor, mi madre sonríe en cuanto ve a su hermana y se acerca enseguida para abrazarla.
—Qué guapa estás —dice apartándose apenas un poco para mirarla mejor, claramente sorprendida—. Hacía muchísimo que no te veía así de radiante.
—No exageres.
—No exagero nada —replica mi tía, todavía sujetándola por los brazos—. Hacía muchísimo tiempo que no te veía tan bien.
Mi madre baja la mirada, algo avergonzada por el comentario, pero no puede evitar sonreír y termina abrazándola otra vez. Yo aprovecho para dejar las bolsas sobre la encimera de la cocina, observándolas en silencio.
Siempre han sido así.
Desde el jardín llegan voces, risas y el crepitar constante de la barbacoa, todo mezclado con el aire fresco que entra desde el bosque. Hacía años que no sentía un ambiente tan familiar de una forma tan cercana.
—Hola, cachorrita. ¿Cómo estás? —pregunta mi tía en cuanto se gira hacia mí, acercándose para pellizcarme la mejilla igual que hacía cuando era pequeña.
Resoplo divertida y aparto la cara un poco.
—Bien —respondo, inclinándome para darle un beso.
—Mira qué guapa está —dice mirando a mi madre, igual que si yo no siguiera delante de ellas.
—¿Vais a empezar las dos? —murmuro entre risas.
—Siempre —responde, sin la menor vergüenza.
Después señala una bandeja enorme llena de aperitivos sobre la mesa.
—¿Puedes sacar esto? Los demás están fuera.
—Claro.
Cojo la bandeja y me encamino hacia el patio trasero, escuchando las conversaciones amortiguadas que llegan desde fuera. Pero, en cuanto me acerco al umbral de la puerta corredera, me quedo completamente paralizada.
Joder.
No.
Mi respiración se corta al aspirar un aroma demasiado familiar, intenso y arrollador, estampándose contra mí igual que un tren fuera de control.
Marcus.
El tirón en mi pecho es tan brutal que mis dedos se tensan alrededor de la bandeja hasta el punto de que podría partirla en dos. El calor se expande directamente hacia mi centro y mi loba despierta al instante dentro de mí, alerta, inquieta y completamente obsesionada con él.
No puede ser normal reaccionar así solo porque alguien exista cerca de ti.
Intento recomponerme antes de salir al jardín, obligándome a mantener la calma, aunque el corazón me golpea tan fuerte contra el pecho que casi puedo sentirlo en la garganta.
Vamos, Keira. Contrólate de una puta vez.
Finalmente cruzo el umbral y lo encuentro apoyado cerca de la mesa, entre Cody y Benton, hablando tranquilamente con una cerveza en la mano. La luz cálida del jardín le perfila los hombros y parte del rostro, haciendo que destaque todavía más entre todos los demás.
Mi primo comenta algo que no alcanzo a escuchar y él curva apenas los labios antes de llevarse el botellín a la boca. Como una auténtica idiota, sigo el movimiento totalmente fascinada. Su mandíbula se marca al tragar y veo cómo la nuez le baja, tensándole el cuello.
Madre mía.
Tengo que hacer un esfuerzo enorme para no mirarlo con la boca abierta.
Pero ¿qué cojones me pasa?
¿En qué momento he empezado a encontrar erótico hasta el simple hecho de verlo beberse una cerveza?
Pues bueno… al parecer, hemos llegado a ese punto.
Da otro trago al botellín y, en cuanto baja la mano, me encuentro directamente con sus ojos clavados en mí.
Todo lo demás desaparece a nuestro alrededor hasta el punto de que solo existe él, esa mirada azul fija en mí y la forma en la que mi cuerpo reacciona, traicionándome otra vez.
Y odio profundamente que siga provocándome esto.
Porque una parte de mí no deja de recordar lo que ocurrió en el taller. Sus manos sujetándome contra él, su boca sobre la mía, el calor de su cuerpo pegado al mío… Todos esos recuerdos que intento sacar de mi cabeza y que, claramente, están muy lejos de desaparecer.
Mierda.
No puede seguir mirándome así.
Porque, si no deja de hacerlo, creo que voy a sufrir un puto aneurisma delante de toda mi familia.
—Ah, mira quién llega —dice Cody en cuanto me ve aparecer—. Mi prima favorita.
Su voz rompe el momento y consigo volver a la realidad antes de quedarme ahí plantada como una completa idiota.
Parpadeo varias veces y me obligo a reaccionar.
—Hola —murmuro, forzándome a sonar normal.
—Buenas noches, Keira —saluda Benton, levantando una mano.
—Buenas noches.
—Ven aquí y dale un abrazo a tu tío, pequeñaja —me llama Garret desde la barbacoa, con las pinzas todavía en la mano.
Dejo la bandeja sobre la mesa y camino hacia Garret procurando mantener la calma y no salir huyendo del jardín como una completa lunática, intentando que no se note lo jodidamente nerviosa que estoy.
—Hola, tío.
En cuanto llego a su lado, me rodea con un brazo enorme y me aprieta contra su pecho con tanta fuerza que creo que está a punto de partirme por la mitad.
—Cada día estás más alta.
—Creo que llevo años midiendo lo mismo —mascullo, tratando de no morir asfixiada entre sus brazos.
Mi tío se ríe y finalmente me suelta para darle la vuelta a la carne que tiene sobre las brasas.
Sigo notando su atención sobre mí, imposible de ignorar.
Cody alterna la atención de uno al otro hasta que arquea una ceja y una sonrisa ladeada se le dibuja lentamente en la cara.
Oh, no.
Conozco perfectamente esa expresión.
Está oliendo el drama y acaba de dejar bastante claro que piensa disfrutar cada segundo.
Sin decir nada, se dirige hacia la mesa con toda la calma del mundo. Benton, por su parte, se acerca a Garret y ambos empiezan a hablar, ajenos al desastre emocional que está a punto de ocurrir.
O quizá no tan ajenos.
—Vamos, siéntate aquí, cachorrita —dice, arrastrando una silla junto a la suya, justo delante del alfa, que ya se ha sentado en la mesa.
Lo miro inmediatamente con desconfianza.
—No voy a sentarme a tu lado —gruño, arrugando la nariz antes de intentar seguir hacia el otro extremo de la mesa.
—Ay, no seas gruñona. Este es tu sitio.
Sí, claro.
Qué casualidad que mi “sitio” esté exactamente delante de Marcus.
Intento escabullirme antes de que siga insistiendo, pero en cuanto doy dos pasos hacia el otro lado de la mesa, Cody me atrapa del codo y me obliga a detenerme.
—No, no, no —niega divertido, tirando suavemente de mí hacia la silla—. Este sitio es especialmente para ti.
—Te odio —susurro, dedicándole una expresión asesina.
—Lo sé —responde en el mismo tono, inclinándose hacia mí hasta quedar demasiado cerca de mi cara al mismo tiempo que prácticamente me obliga a sentarme.
Maldito traidor.
Exactamente lo que necesitaba para pasar una noche relajada.