CAPÍTULO 22 KEIRA #4
La miro con incredulidad y ella sigue tan enfurruñada que cualquiera diría que acabo de destrozarle todos sus sueños de futuro.
—Qué exagerada eres.
—Vale… Ya veo la poca consideración que me tienes y lo poco que te importa mi felicidad.
Me hundo un poco más en la silla y dejo escapar una exhalación cargada de agotamiento.
—Eres dramática hasta para pedir bebés ajenos.
—Y aun así me quieres —responde señalándose a sí misma con total seguridad.
—Lamentablemente.
Su carcajada llena la habitación y volvemos a reírnos.
La risa va apagándose poco a poco y ambas nos quedamos más tranquilas.
—¿Sabes? —murmura finalmente—. Te miro y pienso que ese sitio es para ti. Siempre fuiste diferente, Keira. Incluso cuando vivíamos en la ciudad había una parte de ti que parecía fuera de lugar, como si nunca terminaras de encajar del todo allí. Pero ahí se te ve en casa.
Me giro hacia la ventana, donde el bosque se extiende enorme y silencioso bajo la luz tenue de la tarde.
El pecho se me aprieta de una forma difícil de explicar porque, en el fondo, una parte de mí sabe que quizá tenga razón.
—Puede ser —admito en voz baja—, pero a veces siento que estoy atrapada entre dos mundos y que no termino de pertenecer a ninguno.
Niega lentamente y pone los ojos en blanco, resignada, de esa forma que solo reserva para mis momentos más intensos.
Mi desastre favorito de ser humano.
—Ay, por favor. Ya estamos otra vez con tu crisis existencial de protagonista atormentada.
—Perdona por tener conflictos internos razonables.
—No te perdono nada. Y, sinceramente, necesito intervenir antes de que te encierres en una cabaña del bosque a escribir poesía triste sobre tus sentimientos.
—No dramatices.
—Ya es muy tarde para eso.
Su móvil empieza a sonar y, en cuanto mira la pantalla, pone una mueca de resignación.
—Tengo que contestar. Pero te prometo que voy a ir a verte pronto. Quiero conocer Crowewood, tu casa y a ese famoso Marcus.
Resoplo por lo bajo.
—No hace falta que te tomes tantas molestias.
—Oh, claro que sí —responde escandalizada—. Llevo meses soportando humanos aburridos. Me merezco una aventura entre lobos.
—¿Una aventura entre lobos?
—Sí, joder. Suena muchísimo mejor que mis citas de Tinder. Además, quiero comprobar por mí misma si todos los alfas son tan irresistibles como dices o si Marcus es una especie aparte.
—Maddie, eso es una idea terrible —murmuro.
Levanta ambas manos en señal de inocencia.
—Prométeme algo.
—Depende de qué.
—Que no vas a dejar que el miedo decida por ti. Ni en esto, ni en nada. Prométemelo.
Sus palabras consiguen que aparte la mirada un segundo porque, por desgracia, tiene razón.
—Lo intentaré.
—No. Prométemelo de verdad.
Mis dedos juguetean con el borde de mi camiseta e intento encontrar una respuesta que no suene tan aterrada como realmente me siento.
Al final termino asintiendo lentamente.
—Te lo prometo.
—Bien. Porque si te conozco, ahora mismo estás dándole vueltas absolutamente a todo: a Marcus, a Owen, a lo que eres, a lo que quieres y a lo que podría salir mal. Pensar está bien, pero vivir desde el miedo no.
—A veces no es tan fácil —admito, sintiendo cómo la emoción empieza a cerrarme la garganta—. Te he echado tanto de menos.
De repente todo se me viene encima. Echo la vista atrás, recordando cuando todo era mucho más simple, cuando trabajábamos juntas, quedábamos para comer y el mundo parecía muchísimo menos complicado.
—Y yo a ti, tonta. Prometo ir pronto. Necesito verte en persona y darte uno de esos abrazos que te rompen las costillas.
—Te esperaré.
Asiente satisfecha.
—Hecho. Y mientras tanto prometo seguir investigando.
Frunzo el ceño.
—No.
—Si encuentro más datos sobre lobos y anudamientos, te los paso.
La miro con horror genuino.
—No hace falta.
—Mala suerte. Ya he asumido mi papel de experta no oficial en temas de lobos y su apareamiento.
—Estás fatal.
Me dedica una de sus mejores sonrisas y empieza a parpadear, batiendo las pestañas con tanta exageración que parece una mariposa revoloteando.
—Cuídate. Y mantenme al tanto de todo.
—Lo haré. Te quiero.
—Y yo a ti —admite con la voz temblorosa, al borde del llanto.
La imagen se congela justo antes de que la llamada termine y, unos segundos después, la pantalla se queda completamente negra.
No aparto la vista enseguida. Me quedo sentada, mirando mi propio reflejo durante un largo momento. La habitación se siente extrañamente silenciosa, después de escuchar su voz durante tanto rato, y noto un nudo en el estómago al pensar en lo lejos que está.
Maddie siempre ha sido capaz de leerme incluso cuando intento fingir que estoy bien. Y eso es precisamente lo que más me fastidia. Porque tiene razón.
Aquí encajo.
Crowewood empieza a sentirse más mío y esa idea ya sería suficientemente aterradora por sí sola si no fuera porque todo termina llevándome exactamente al mismo lugar. Al mismo lobo.
Mi mente acaba arrastrándome inevitablemente hacia él. Esa mirada imposible de descifrar, esa tensión constante bajo la piel, la forma en que parece contener algo salvaje cada vez que está cerca de mí.
Tal vez el instinto no miente.