El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1) CAPÍTULO 22 KEIRA #3
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CAPÍTULO 22 KEIRA #3

—Es un acto físico y biológico. Cuando un alfa y su pareja predestinada se unen, el cuerpo reacciona. El orgasmo es mucho más intenso, imposible de controlar y durante un tiempo quedan unidos, prolongando la sensación con él todavía dentro de ella.

—¿Y tú sabías eso y nunca me lo contaste? —grita, realmente ofendida.

El volumen de su voz me hace apartarme por puro instinto de supervivencia. A este paso voy a acabar perdiendo un tímpano.

—Porque no es precisamente algo que saque durante una cena tranquila entre amigas.

—¡Claro que sí! Imagina mi cara si llego a saber esto antes. Te habría hecho mil preguntas.

Suelto una risa por la nariz porque, siendo honestas, tiene toda la razón del mundo y eso es lo que intentaba evitar.

—Precisamente por eso no te lo dije.

—Bueno, pues ahora ya lo sé.

Y entonces llega la pregunta que llevaba tiempo flotando entre nosotras.

—¿Te has planteado que quizá sea él tu pareja predestinada?

Mi corazón se acelera de forma tan violenta que me enfado automáticamente conmigo misma por reaccionar así.

—No empieces.

Se encoge de hombros con toda la tranquilidad del mundo, igual que alguien que acaba de soltar una bomba y no piensa hacerse responsable de las consecuencias.

—Solo digo que, si el instinto te arrastra constantemente hacia él, quizá haya una razón detrás.

—O quizá sea una maldita trampa biológica —respondo medio en serio, medio en broma.

—A veces la biología sabe más que nosotros.

Hago una mueca.

—Eso suena muy poco tranquilizador.

—Porque probablemente lo es.

Abro la boca para responder, pero me hace un gesto, callándome.

—Además… —añade, mirándome nuevamente con evidente curiosidad—. ¿Qué tal huele?

Cierro los ojos y aprieto los labios hasta convertirlos en una línea fina.

Diosa…

—Que si huele bien —insiste al ver que no respondo—. En esa web pone que el olor de un alfa puede resultar sofocante para un omega.

—Es una mezcla de humo ardiente, madera húmeda y algo salvaje que no sé explicar. Huele a la misma esencia del bosque.

La veo incorporarse poco a poco en la silla y sé por dónde va a salir incluso antes de que abra la boca.

—Ese tipo de olor que te atrapa sin darte cuenta —continúo, odiándome más a cada palabra—. Masculino. Intenso. Y muy… muy adictivo…

Pega un grito y da una palmada.

—¿Y Owen?

Y ahí vuelve el problema.

Suspiro.

—Tiene un olor más terroso y cálido. También resulta agradable, pero es distinto.

Termino suspirando otra vez.

—No es tan intenso ni tan adictivo como el de Marcus.

—Guau… O sea que podéis notar los matices únicos de cada uno.

—Sí.

—Eso es increíble. Yo hago algo parecido con la pizza.

La miro sin entender absolutamente nada.

—¿Qué?

Se señala a sí misma con total seriedad.

—Puedo saber desde la puerta si lleva pepperoni, pimiento o cuatro quesos.

La observo unos segundos en silencio, intentando decidir si habla en serio o si se está riendo de mí.

—Igual en otra vida fui perro policía —debate ella sola, asintiendo convencida.

—Tú tienes un problema —le digo, totalmente alucinada por la facilidad que tiene para irse por las ramas.

—Y un don infravalorado, gracias.

Si no la conociera tanto, creo que hasta me preocuparían esos cambios de tema tan bruscos que pega sin previo aviso.

—Bueno, que me desvío. Creo que ya sé perfectamente con quién vas a acabar.

Una parte de mí quiere discutirle que no sabe de qué está hablando, que todo es muchísimo más complicado que una simple comparación, pero otra parte bastante más honesta sigue recordando exactamente cómo me siento cada vez que Marcus está cerca y decide permanecer muy convenientemente en silencio.

Y parece que ese silencio dice todo lo que necesita saber.

Aparta la vista un segundo, se encoge de hombros y, cuando vuelve a mirarme, ya tiene ese brillo travieso que siempre significa problemas.

Muchos problemas.

—Oye...

—No.

—Ni siquiera he hablado.

—Te conozco.

—Ahora que estás en la situación que estás...

Sigue hablando tranquilamente, ignorando mi advertencia por completo, hasta el punto de que empiezo a sentir que mi «no» ha tenido el mismo efecto que tirarle una pluma a la cara.

—¿Me vas a dar al fin el cachorrito que tanto ansío?

Automáticamente me arrepiento de seguir respirando.

—¿Perdona? —pregunto, ladeando ligeramente la cabeza, convencida de que he debido escuchar mal.

—No te hagas la tonta —insiste, seria—. Una loba omega, rodeada de alfas, instintos despertando... es el momento perfecto.

Se echa hacia delante.

—Siempre he querido un cachorro de lobo negro

Me paso una mano por la frente, preguntándome en qué momento exacto esta conversación se me ha ido de las manos.

—Te recuerdo que me inyecté el anticonceptivo.

—¡¿Qué?! — grita.

Cruzo los brazos.

—El que está hecho para nosotras. Es anual. Y este año ya me lo he puesto.

Se lleva una mano al pecho, fingiendo una ofensa tan dramática que parece que acabe de romperle el corazón.

—Qué egoísta eres.

No puedo dejar de reírme.

—Yo solo te pido un cachorro y tú te niegas. Eso no es ser buena amiga.

—No pienso traer a nadie al mundo por el momento. Bastante tengo con sobrevivir a mis propios instintos.

Pero ella, como siempre, ignora mi lógica.

—Pero imagínalo...

Y ahí está, dejando volar su imaginación.

—Pequeño, negro y con ojazos azules...

—Ni lo sueñes —la corto riéndome—. Precisamente por eso me lo pongo todos los años.

—Voy a seguir sintiéndome profundamente decepcionada contigo —aclara, odiándome a más no poder.