El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1) CAPÍTULO 22 KEIRA #2
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CAPÍTULO 22 KEIRA #2

Apoya el codo sobre la mesa y se lleva un dedo al labio, observándome con la misma intensidad de una terapeuta que acaba de detectar exactamente de dónde vienen todos mis problemas.

—Uf...

—¿Uf qué?

—Nada... —responde intentando aparentar inocencia, aunque su cara grita totalmente lo contrario—. Solo estoy intentando con todas mis fuerzas no decir algo que va a enfadarte.

—Sabes perfectamente que vas a decirlo igualmente, así que deja de sufrir y dilo.

—Oh, estás jodidísima.

—Lo sé —admito, gimiendo de frustración antes de enterrarme la cara entre las manos—. Pero eso no significa que quiera escucharlo en voz alta, muchas gracias.

Ya me estoy preparando mentalmente para el siguiente ataque cuando, de repente, se queda tiesa y se lleva una mano al pecho, abriendo mucho los ojos.

—¡Espera! Acabo de acordarme de algo importantísimo.

Y eso nunca trae nada bueno.

Se inclina hacia un lado para coger el móvil y, en cuanto vuelve a mirarme con ese brillo peligrosamente emocionado en los ojos, noto cómo se me activa el instinto de supervivencia.

—¿Qué haces?

—Últimamente me ha dado por buscar cosas sobre vosotros, los cambia formas —admite con total tranquilidad al desbloquear el móvil—. Ya sabes… para entenderte mejor.

Es una tontería, pero el hecho de que realmente se interese por entender mi mundo incluso estando tan lejos... significa muchísimo, más de lo que probablemente imagina.

—Esto es una locura. Mira, estoy en una web que habla de alfas, betas y omegas.

Pff… ya empiezo a temer por dónde va esto.

Porque sí, técnicamente existimos en secreto, pero eso no significa que internet no esté lleno de páginas que hablan de criaturas sobrenaturales.

Algunas son simples tonterías inventadas por humanos aburridos, aunque otras…

no tanto. Al final, cualquiera puede abrir un blog, escribir en un foro o subir información real sin revelar quién es realmente, y hay cambia formas que lo hacen.

A veces por ego, otras por descuido y otras simplemente porque saben que nadie va a tomárselo en serio.

Ahí está precisamente la clave de todo esto: la inmensa mayoría de humanos sigue creyendo que no son más que fantasías, leyendas urbanas o frikis obsesionados con lo paranormal.

La información está ahí fuera, delante de sus narices, mezclada entre teorías conspiranoicas, vídeos borrosos y relatos imposibles, pero precisamente por eso pasa desapercibida.

Nadie espera que algo así pueda ser real.

En pueblos como Crowewood la gente sí conoce nuestra existencia, evidentemente, aunque mantienen el secreto igual que nosotros.

Y, siendo sinceros, sería bastante egocéntrico pensar que somos los únicos.

Hay otros pueblos con sus propias manadas, viviendo bajo normas parecidas y ocultándose exactamente igual.

Nunca he tenido contacto directo con ninguna, pero sería absurdo creer que estamos solos.

Las manadas prefieren que siga siendo así. Mientras no aparezcan pruebas imposibles de negar y todo pueda seguir sonando a simple paranoia de internet, el secreto continúa intacto.

Se sienta de nuevo en la silla y adopta tono de presentadora de documental.

—Alfas: líderes naturales y rango dominante dentro de la jerarquía.

Ocupan la cima de la manada y su presencia suele imponer por su fuerte instinto territorial.

Son los únicos capaces de anudarse a su pareja predestinada, su olor es intenso y envolvente y su naturaleza tiende a ser más posesiva y protectora.

Levanto una ceja.

—Vale, ahora vienen los betas.

Sigue leyendo.

—Los betas son el rango intermedio y sostienen la estabilidad del grupo.

No dominan ni someten, pero son esenciales para el funcionamiento de la manada.

No anudan ni marcan, su olor es más suave y estable, tienen un control emocional más equilibrado y su presencia suele ser mucho más tranquila, sin generar esa presión instintiva tan intensa que sí provocan los alfas.

Asiento.

—Omegas… —continúa, leyendo más despacio esta vez—. Minoría extremadamente rara dentro de la manada. Altamente sensibles a los alfas. Suelen tener un aroma más dulce y atrayente, pueden entrar en fases de celo o receptividad. Tradicionalmente han estado ligadas a roles de cuidado y crianza.

Deja de leer, alza la vista muy lentamente y me mira fijamente.

Demasiado fijamente.

—Fases de celo… ¿Eso te ha pasado?

Cierro los ojos durante un segundo, ya imaginando por dónde va a derivar esta conversación y arrepintiéndome un poco de haber abierto la caja de Pandora.

—No, nunca había estado rodeada de alfas hasta volver aquí, así que no he tenido muchas oportunidades de comprobarlo. Y, por cierto, mi ciclo menstrual sigue llegando puntual como un reloj suizo.

Simplemente suelta un leve «hm» y se queda totalmente concentrada, igual que siempre que está procesando información. La veo mover los labios en silencio, reorganizando todas las piezas en su cabeza.

—Tengo una duda muy importante.

Ya me estoy arrepintiendo.

—Dispara.

—Cuando estáis convertidos en lobo y otros están en forma humana... ¿cómo os entendéis? ¿Y si ambos sois lobos?

Admito que es una buena pregunta y, de hecho, bastante más normal que la anterior, así que relajo un poco los hombros antes de responder.

—Pues igual que ahora tú y yo.

—¿Cómo?

Tengo que apretar los labios al ver la cara que acaba de poner.

—Nos entendemos sin más. No hablamos con palabras, pero podemos oler cambios de ánimo, emociones, entender gestos, expresiones, sonidos... da igual la forma en la que estemos. Lobo, humano o ambos transformados. La comunicación simplemente fluye.

La confusión desaparece enseguida, sustituida por algo mucho más peligroso: fascinación.

Asiente lentamente, baja la vista y desliza el dedo por su móvil.

Creo que se ha quedado satisfecha con la información recibida, pero entonces aprieta los labios al encontrar algo nuevo y sé que mi paz llega a su fin.

—Aquí hablan de glándulas.

Oh, no.

—¿Qué es eso exactamente?

Apoyo la mejilla en la mano con pereza.

—Son glándulas especiales muy sensibles al tacto. Ahí se producen las feromonas.

—Ajá...

Está tan absorta escuchándome que ni siquiera necesita hablar para dejar claro que quiere que siga.

—En los lobos son especialmente sensibles. Al lamerlas te impregnas del sabor del otro y, si es tu compañero, se supone que provoca una reacción bastante intensa.

Abre lentamente la boca y puedo ver cómo el shock se le queda completamente grabado en la cara y sigo hablando porque, sinceramente, a estas alturas ya no hay forma de salir de este desastre con dignidad.

De perdidos al río.

—En el día a día se usan de forma inconsciente para reconocer al otro, calmarse, reafirmar vínculos o marcar cercanía sin necesidad de contacto directo.

Es tu olor natural, igual que los humanos también tenéis uno propio, aunque apenas lo percibáis.

La diferencia es que nosotros podemos intensificarlo muchísimo y llegar a impregnar a otro con nuestro aroma, aunque los alfas suelen hacerlo de forma más fuerte.

Parece estar a dos segundos de explotar.

—Eso es intenso.

Hago una mueca.

—Todavía no has escuchado lo peor.

Prácticamente está vibrando de emoción.

—Continúa.

Dejo escapar el aire con resignación y obedezco cual cachorrita obediente.

—Las glándulas tienen muchísimo peso para nosotros, sobre todo cuando aparece el compañero destinado.

Ahí el instinto se vuelve una locura y cualquier contacto en esa zona se siente mucho más intenso.

Durante una relación sexual con tu compañero, por toda la reacción física e instintiva que se genera entre ambos, esa glándula especial puede convertirse en un auténtico detonante.

Se queda boquiabierta.

—¿Se supone?

La miro directamente porque ya sé qué está insinuando con ese tono.

Me encojo de hombros.

—Eso es lo que tengo entendido. Yo no lo he experimentado. Todavía no he conocido a mi compañero.

—¿Y en relaciones sexuales con alguien que no sea tu compañero?

Maldita sea, sabía que iba a preguntar esto.

—Me han lamido las del cuello e incluso me han mordido ahí —admito—, pero jamás la de la nuca.

—¿Por miedo al marcaje?

A veces siento que me conoce incluso más que yo misma. Conoce mis miedos, mis inseguridades y toda la lucha que llevo años teniendo con mi propia naturaleza.

—Exacto. En las hembras, la glándula de la nuca es la más sensible… y también la más erótica. Dicen que puede llevarte al clímax casi al instante.

El sonido indignado que sale de su boca es tan exagerado que parece que acabe de confesarle un crimen.

—Madre mía… ¿por qué somos tan desgraciados los humanos? —murmura para sí misma, ofendida con su propia especie.

No puedo evitar reírme al ver la cara que pone.

—Los machos no la tienen ahí —aclaro—. Ellos las tienen a ambos lados de la garganta y en la base del cuello, justo donde el marcaje de olor resulta más sencillo.

Al otro lado se hace un silencio absoluto.

La observo morderse el interior de la mejilla, abrir la boca y volver a cerrarla varias veces. Sus dedos tamborilean contra el escritorio, cambia de postura en la silla y toma aire de forma exagerada, conteniendo algo que lleva varios segundos muriéndose por preguntar.

Y sinceramente, verla esforzarse por parecer calmada resulta hasta más inquietante que cualquiera de sus preguntas anteriores.

Entrecierro los ojos.

—Suéltalo ya porque vas a acabar asfixiándote de tanto contenerte… o explotando directamente.

Eso parece romper el poco autocontrol que le quedaba.

—Necesito que me expliques eso del anudamiento —exige a toda velocidad.

Ahí está.

Sabía que tarde o temprano íbamos a terminar aquí.

Me dejo caer contra el respaldo y tomo aire con paciencia antes de volver a mirarla.

—He leído que solo los alfas pueden hacerlo, pero no entiendo bien qué es. ¿Es... literal?

—Sí.

—¿Sí qué?

—Sí, es literal.

Ahora directamente parece contener un grito. Sus ojos se agrandan tanto que temo que aparezca aquí solo para zarandearme.

—Desarrolla eso inmediatamente.

Resoplo.