CAPÍTULO 22 KEIRA
KEIRA
El reflejo de la pantalla ilumina mis manos y el corazón me va a mil por hora.
Me acomodo el pelo detrás de la oreja, respiro hondo un par de veces e intento relajarme antes de que la videollamada conecte, aunque es bastante complicado cuando llevo días deseando hablar con ella y, al mismo tiempo, siento que voy a derrumbarme en cuanto la vea aparecer.
Realmente no hace tanto que Maddie y yo no nos vemos, pero su compañía era prácticamente diaria, tan constante que nunca me había parado a pensar cuánto espacio ocupaba en mi vida hasta que dejó de estar cerca físicamente.
El cambio ha sido radical y sí, estoy emocionada y nerviosa a partes iguales.
—¿Keira? ¿Me oyes? —Su voz suena al otro lado y es tan familiar que noto cómo se me cierra la garganta incluso antes de verla.
—Sí, te oigo —respondo.
En cuanto su cara aparece, los ojos se me llenan de lágrimas.
Ella tampoco está mucho mejor.
Y creo que eso es precisamente lo que más me duele. Tenerla tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. Me encantaría poder estrecharla contra mí y refugiarme sobre su hombro como tantas veces he hecho.
Lleva su larga melena rubia recogida en un moño alto.
Las pecas le salpican la nariz y resaltan sus grandes ojos azules, empañados por las lágrimas contenidas, mientras una sonrisa dulce y traviesa curva sus labios.
Es bastante más bajita que yo, ronda el metro sesenta, y tiene una complexión menuda que, sumada a esa cara angelical, hace que mucha gente piense que es completamente inocente.
Pobres ilusos.
Su mente es tan sucia que tiene el pase VIP al infierno garantizado.
—Dios… cuánto te he echado de menos.
—Y yo a ti —confieso con la voz rota, limpiándome las lágrimas a toda prisa—. Míranos… llorando como dos tontas.
—Eh, habla por ti. Yo estoy llorando con muchísima dignidad.
Eso me provoca una risa ahogada y ella termina riéndose conmigo.
—No sabes cuánto necesitaba verte. En el trabajo no hemos tenido ni un respiro, pero te juro que todos los días pensaba en qué estaría haciendo mi loba favorita —confiesa antes de darle un pequeño sorbo a su taza y dejarla sobre la mesa.
—Uf… no te lo vas a creer —respondo antes de echarme hacia atrás en la silla y acomodarme mejor, porque tengo la sensación de que esta conversación va a ser bastante larga.
Sus ojos brillan de inmediato, emocionada ante la posibilidad de un buen drama.
Y, sinceramente, no va nada desencaminada.
—Venga, cuéntamelo todo —insiste, inclinándose hacia la cámara, impaciente—. No te dejes ni un detalle. ¿Qué demonios está pasando por ahí?
Respiro hondo e intento decidir exactamente qué contarle y qué omitir, aunque la conozco demasiado bien para engañarme pensando que podría ocultarle algo durante mucho tiempo.
Tarde o temprano iba a conseguir que se lo contara todo, así que mejor me ahorro el interrogatorio posterior.
—Han pasado demasiadas cosas. No sé ni por dónde empezar.
—Por el principio. Siempre funciona —me sugiere.
Y eso hago.
Empiezo contándole que cada día veo mejor a mi madre y que eso me tranquiliza muchísimo.
Le hablo de Cody, de cómo consigue hacerme reír incluso cuando quiero estrangularlo, y también de lo mucho que echo de menos la independencia que tenía en la ciudad, porque por mucho que quiera estar aquí con mi familia, a veces siento que he retrocedido años en mi vida.
Le cuento que mi tía sigue igual que siempre, que no hay manera de hacer que descanse o deje de hablar durante más de cinco minutos seguidos y que, aunque a veces consigue agotarme, también me alegra muchísimo tenerla cerca.
Escucha atentamente, asintiendo de vez en cuando y bebiendo de su taza como si cada palabra fuera el nuevo episodio de una serie que no quiere que termine nunca.
Entonces llego al verdadero problema de mi existencia.
—Y luego está Marcus… aunque técnicamente ya sabes que existe y es un capullo —añado, intentando sonar casual.
—Ah, mira. Por fin hemos llegado a la parte donde admites que ese hombre te importa —dice, moviendo las cejas varias veces de arriba abajo con gesto burlón.
—No es un hombre, es un lobo —le corrijo, frunciendo el ceño.
—Perdóneme usted, señora loba —replica con sarcasmo—. Gracias por la importante aclaración biológica, pero intenta no desviarte del tema.
Y ahí está. Mi mejor amiga. Siempre tan comprensiva.
—Keira, me has hablado de él todos los días desde que llegaste. «Hoy me ha vuelto a ignorar», «es insoportable», «quiero estrangularlo». Y ni se te ocurra decirme ahora que no es verdad —añade —. Recuerda que si mientes te va a crecer la nariz.
Abro la boca para responder, pero vuelvo a cerrarla enseguida al darme cuenta de que no tengo absolutamente nada convincente que decir y de que, probablemente, ahora mismo parezco un pez fuera del agua intentando sobrevivir.
En lugar de eso, suelto el aire lentamente.
—La primera vez que lo vi sentí algo rarísimo. Un tirón en el pecho. Fue muy extraño y bastante intenso y no te dije nada porque sonaba ridículo incluso dentro de mi cabeza.
—Vaya, vaya… mira quién es una pequeña zorra que se guarda información de alto valor para ella misma —protesta —.
Muy feo por tu parte, Keira. Muy feo. Yo aquí siendo una amiga ejemplar y tú ocultándome datos tan importantes como que ese hombre…
perdón, lobo, te altera zonas muy concretas de tu anatomía.
No puedo evitar poner los ojos en blanco.
—No exageres.
—Estoy exagerando solo lo necesario.
Alzo los brazos al aire, preguntándome qué he hecho yo para merecer esto.
—Ya te había dicho que era atractivo. Es moreno, tiene el pelo ligeramente ondulado y unos ojos tan intensos que a veces no sé si quiere besarme o matarme.
Y lo peor es que ambas opciones parecen bastante probables.
—Oh, no.
—¿Oh, no qué?
—Ese tipo de descripción nunca trae nada bueno. Continúa.
Asiento.
—Siempre tiene el ceño fruncido, habla poco y básicamente parece enfadado con el mundo.
—Has encontrado a tu alma gemela.
—¿Quieres dejar de interrumpirme?
—No.
La fulmino con la mirada para advertirle que pare, pero eso solo consigue que se divierta todavía más. Claramente perdí cualquier tipo de autoridad con esta mujer hace años.
—Me quedé embobada mirándolo como una completa idiota y, por un momento, olvidé cómo funcionaba mi cerebro.
No debería haber dicho eso.
Se levanta de la silla de golpe y apoya ambas manos sobre la mesa con tanta fuerza que el sonido retumba por los altavoces del portátil y me hace dar un pequeño respingo.
—¿Quién eres y qué has hecho con mi amiga? —me señala acusadoramente—. ¿Eres la misma loba que juraba que jamás iba a suspirar por un alfa o te han sustituido por una versión hormonalmente inestable?
—No estoy suspirando por nadie —protesto rápidamente.
Arquea una ceja y me mira con una incredulidad tan evidente que prácticamente puedo escuchar el «sí, claro».
—Acabas de admitir que te quedaste embobada mirándolo. Hemos superado hace rato la fase del simple suspirito, cariño. Tú no solo cruzaste el puente, directamente le prendiste fuego para no poder volver atrás.
—Mentira.
—Keira, literalmente estás sonriendo ahora mismo.
Mi sonrisa desaparece al instante y fuerzo cara de póker.
—Ya no.
Suelta una carcajada tan fuerte que casi derrama el café.
—Eso ha sido tristísimo de ver.
—Calla —le pido, haciéndole un gesto con la mano para que pare—. El hecho es que da igual, porque, además, es un imbécil conmigo.
Omito por completo lo que pasó entre nosotros en el taller.
Cómo me arrinconó. Cómo me besó con una intensidad que todavía me acelera el pulso solo de recordarla.
Si le cuento eso, mañana mismo se planta aquí con dos anillos forjados en polvo de luna para organizarnos una boda sobrenatural antes del desayuno.
Y va a ser que no.
—Ajá.
—Me rechazó cada vez que intenté hablar con él.
—Ajá.
—Y aun así me vuelve completamente loca.
Se queda completamente inmóvil, parpadeando muy despacio, y un segundo después deja escapar un gritito ahogado antes de empezar a aporrear la mesa con la palma de la mano.
Está loca.
—¡LO SABÍA!
—No grites —le pido, haciendo una mueca mientras aparto ligeramente el portátil de mi cara.
—No.
—Maddie.
—Jamás. Esto es mejor que cualquier serie que estoy viendo ahora mismo.
—Te odio —murmuro, tapándome la cara con una mano al notar cómo me arden las mejillas.
—No me odias. Sigue hablando.
—Eres insufrible.
—Y aun así soy tu persona favorita.
La muy desgraciada sabe perfectamente que tiene razón y eso es lo peor de todo.
Resoplo, me dejo caer contra el respaldo de la silla y miro al techo durante un segundo antes de volver a centrarme en ella.
—Además… está Owen.
—Vale, espera —se inclina hacia la cámara de nuevo y entorna los ojos de golpe, acabando de atar cabos—. ¿Estamos hablando del alfa encantador que te besó en el bosque?
Me muerdo el labio inferior antes de responder porque, en cuanto lo formula así, todo suena todavía peor.
O mejor.
Depende de a quién le preguntes.
—Sí, sigue siendo encantador, seguro de sí mismo y está buenísimo.
—Eso ya lo sé. Continúa.
Trago saliva porque sé perfectamente que la siguiente parte va a provocar la reacción que estoy imaginando.
—Y ayer salí con él. Fuimos a entrenar al bosque y acabé subida encima de él después de perseguirnos corriendo.
Se acerca tanto que prácticamente solo veo uno de sus ojos.
—Necesito absolutamente todos los detalles.
Su tono es tan serio que termino riéndome, antes de dejar caer la bomba de verdad.
—Y entonces apareció Marcus con su camioneta, con Cody y Benton dentro.
—¿Qué? —exclama llevándose las manos a la cara—. ¡No!
—Sí.
—No puede ponerse mejor esta historia —dice llevándose una mano al pecho, completamente implicada ya en este drama ajeno.
—Para mí sí podía ir bastante peor, gracias —murmuro, recolocándome en la silla.
—¿Y qué pasó?
Suelto el aire lentamente al recordar ese momento.
—Se miraron de una forma que te juro que pensé que iban a despedazarse delante de mí y, por si eso no fuera suficientemente incómodo, te recuerdo que yo estaba en medio.