El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1) CAPÍTULO 21 KEIRA #2
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CAPÍTULO 21 KEIRA #2

Eso debería ser suficiente para hacer que cuestionara seriamente todas las decisiones que me han traído exactamente hasta este momento.

Apartarme sería una de ellas, recuperar la dignidad también estaría bastante bien e incluso recordar que hace menos de una hora estaba discutiendo con él sería un detalle maravilloso por parte de mi cerebro.

En lugar de eso, parece haberse declarado oficialmente inútil porque lo único en lo que consigue centrarse ahora mismo es en lo bien que huele, en lo mucho que mi centro está reaccionando a él y en el problema gigantesco que eso supone para mi estabilidad mental.

Y, claramente, mis principios están muertos y enterrados, porque no cuestiono absolutamente nada y la traición viene, una vez más, de dentro.

Sus labios vuelven a rozarme el cuello y esta vez el mordisco llega sin ninguna advertencia, más fuerte y mucho más directo, arrancándome el aire de los pulmones hasta que un sonido ronco escapa de mi garganta a medio camino entre la sorpresa y el placer.

Mis uñas se clavan en la palma de mis manos antes de derretirme exactamente un segundo después, sobre todo cuando vuelve a lamer esa zona, aliviándola.

El muy idiota lo está disfrutando.

Cuando levanta la cabeza de nuevo, sus ojos arden de una forma que hace que mi corazón falle un latido.

Están tan oscuros que apenas reconozco su color habitual.

Antes siquiera de razonar lo que estoy haciendo o recordar que sigo enfadada con él por su numerito de alfa territorial, me giro, lo agarro por la nuca y tiro de él hacia mí, volviendo a besarlo de una forma mucho más brusca y desesperada.

Él responde automáticamente.

O más bien arrasa conmigo, porque impone su fuerza y se adueña completamente de mi boca al emitir un gruñido profundo que hace vibrar todo su pecho contra el mío.

Sus manos se aferran a mi cintura y me arrastran todavía más contra él, eliminando el poco espacio que quedaba entre nosotros, hasta que siento la presión de su erección contra mi centro y se me olvida hasta mi propio nombre.

El roce, la fuerza que emana de él y la forma en la que me sostiene consiguen que mis caderas se arqueen contra las suyas en busca de más presión, y eso termina de romper el poco control que aún le quedaba, porque su respiración se vuelve todavía más pesada a medida que su lengua se cruza con la mía, marcando el ritmo y dominando cada beso con una ferocidad que me deja completamente mareada.

Todo en él se siente demasiado: demasiada fuerza, demasiada necesidad, demasiados celos y una posesividad tan evidente que me abruma.

Su mano desciende hasta mi muslo, lo aprieta y me obliga a rodear su cadera con la pierna. Después vuelve a tirar de mí, guiándome exactamente dónde quiere y mejorando el ángulo hasta que el roce se vuelve directamente exquisito.

Exactamente donde más lo necesito.

Y eso me genera un problema bastante serio porque soy dolorosamente consciente de lo mojada que estoy…

Joder...

—Deberíamos parar —susurro contra su boca, tratando de recordar cómo respirar con normalidad—. Cualquiera podría vernos.

Se separa apenas unos centímetros y una sonrisa lenta aparece en su boca sin que su respiración deje de chocar contra la mía.

—¿Ver qué? —pregunta, con una voz grave que prácticamente se arrastra por mi piel—. ¿Me estás proponiendo algo indecente, Keira?

Lo miro completamente indignada.

—Eres idiota —murmuro, rodando los ojos, aunque el efecto se arruina por completo cuando vuelve a bajar por mi cuello dejando un reguero de besos que me hace perder el hilo de mis propios pensamientos.

—Ya van dos veces —murmura contra mi piel—. Me lo vas a tener que pagar... con intereses.

Le doy un golpecito juguetón en el hombro esperando algún tipo de reacción mínimamente digna, pero no la hay porque ni siquiera se inmuta.

Cuando vuelvo a mirarlo, simplemente me observa con esos ojos plateados brillando entre las sombras de los árboles y su expresión cambia. La sonrisa desaparece y, aunque su cuerpo sigue pegado al mío, toda esa arrogancia juguetona se desvanece cuando suelta un largo suspiro.

—Lo siento…

Parpadeo varias veces, completamente sorprendida por ese cambio tan brusco, intentando bajar mis propias revoluciones, algo que está siendo bastante difícil.

—No tendría que haberme enfadado antes —continúa sin apartar la mirada de mí—. A veces no pienso. Solo actúo. Y contigo...

Hace una pausa, traga saliva y termina.

—Contigo me cuesta controlarme. No es una excusa, pero no quiero que pienses algo equivocado de mí.

Toda mi indignación pierde fuerza al verlo así de vulnerable.

—Owen... —susurro, sin saber muy bien qué responder.

Él niega suavemente, antes de apoyar su frente contra la mía.

—No sabes lo que me jode pensar que puedo arruinar esto —murmura con voz áspera—. Que puedo hacerte dudar de mí o hacerte sentir incómoda. No era mi intención, de verdad.

Se me ablanda el corazón y le acaricio el pelo, dejando que mis dedos se enreden entre sus mechones antes de apartar distraídamente el mechón gris que siempre cae sobre su frente.

—No pasa nada —le digo, en voz baja, intentando calmarlo—. Ya está.

Cierra los ojos y, durante unos segundos, simplemente parece intentar tranquilizar algo dentro de sí mismo. Su pecho sube y baja contra el mío y noto algo distinto en la forma en la que me toca ahora, mucho más suave y cuidadosa.

—Bueno... —murmura, finalmente, abriendo los ojos otra vez—. Al menos ahora hueles a mí.

Entrelaza una mano con la mía y vuelve a inclinarse hacia mi oído.

—Soy feliz sabiendo que esto le va a molestar mucho... —susurra con un tono peligrosamente frío.

Alzo una ceja, aguantándome la risa.

—Vaya, qué noble motivo.

Se aparta lentamente con la típica calma arrogante que solo un alfa demasiado confiado puede permitirse y yo solo puedo mirarlo pensando que, efectivamente, mi vida se está convirtiendo en un circo precioso.

Dos alfas midiendo su ego por mí.

—Espero que el entrenamiento haya cumplido tus expectativas —dice, recuperando su tono juguetón.

Y ahí sí termino soltando una carcajada.

—Si todos tus entrenamientos acaban así, puede que empiece a venir más a menudo.

Su risa grave me recorre entera de una forma bastante poco apropiada.

—Entonces me aseguraré de que el próximo sea aún más intenso.

Le doy un empujón, intentando parecer más indiferente de lo que realmente estoy.

—¿Eso es una amenaza o una promesa?

Él se inclina lo justo para que su aliento me roce la piel.

—Depende... ¿Cuál de las dos te atrae más?

Muerdo mi labio inferior y me llevo un dedo al mentón, fingiendo que estoy reflexionando seriamente.

—Mmm... difícil decisión. Cada una tiene su atractivo. Depende del momento, supongo.

El hambre regresa a sus ojos mientras sostiene mi mirada.

—No sabes lo que estás haciendo conmigo, Keira —su voz se suaviza, aunque el fuego en sus ojos sigue intacto—. Créeme, estoy intentando comportarme, pero no me lo estás poniendo fácil.

Parece a punto de decir algo importante, pero al final no lo hace. Simplemente se gira y yo, obviamente, voy detrás de él porque, al parecer, tomar malas decisiones se ha convertido oficialmente en uno de mis talentos naturales.