CAPÍTULO 21 KEIRA
KEIRA
Corremos el uno al lado del otro, sin hablar.
Al principio intento convencerme de que el silencio no significa nada, que simplemente está concentrado en correr o recuperando el aire después de la carrera, pero pasan los minutos y la tensión empieza a abrirse paso entre nosotros de una forma cada vez más evidente.
Y ya no puedo seguir fingiendo que no lo noto.
Owen no ha vuelto a bromear desde lo de la carretera.
Ni una sola vez.
Ni siquiera se molesta en mirarme y eso, viniendo de él, resulta tan raro que consigue ponerme nerviosa.
Lo observo de reojo a medida que avanzamos entre los árboles. Su mandíbula está tensa, su respiración permanece estable y mantiene la vista fija al frente, demasiado centrado en cualquier cosa que no sea yo.
—¿Vas a seguir en silencio todo el camino? —pregunto, incapaz de soportarlo más.
Estoy ansiosa porque diga algo.
Lo que sea.
No me gustan este tipo de situaciones y, por más que sospeche que no me va a gustar lo que salga de su boca, necesito aclararlo antes de que mi mente empiece a inventarse escenarios todavía peores.
Él sigue corriendo unos cuantos metros más antes de responder.
—Estoy pensando —dice sin mirarme siquiera— y prefiero no decir algo de lo que me arrepienta.
La respuesta me revuelve el estómago.
Ese no es su tono habitual.
Ni tampoco una respuesta que esperaría de él.
Me muerdo el labio inquieta y, harta de seguir soportando esta tensión absurda, freno en seco sobre la tierra húmeda.
Necesito acabar con esto ahora.
Owen hace lo mismo y se gira hacia mí.
—¿En qué piensas? —pregunto, cruzándome de brazos y plantándome frente a él, dejando claro que no pienso moverme hasta que hable.
Me sostiene la mirada y un mal presentimiento se instala en mi estómago. La calidez habitual de sus ojos ha desaparecido por completo, sustituida por un brillo frío que hace que todas mis alarmas internas empiecen a sonar.
—¿Vamos a entrenar? —pregunta, ignorando por completo la mía y dejando claro, de la forma más obvia posible, que piensa esquivar esta conversación.
Ah.
No.
De eso nada, monada.
—Sí, vamos a entrenar, pero antes me vas a decir qué te pasa.
—Nada —responde chasqueando la lengua con un claro gesto de fastidio antes de desviar la vista.
Y claro.
Eso ayuda muchísimo.
Necesito saber qué demonios le pasa porque su actitud está empezando a cabrearme.
—Ya… claro. Y yo soy la reina de Inglaterra —murmuro con sarcasmo, rodando los ojos—. Pues no parece precisamente nada. ¿Puedes dejar de esquivarme y decirme qué te molesta?
Suelta una risa seca que no tiene nada de humor.
—Lo que me molesta —comienza,
mientras entorna ligeramente los ojos y da un paso hacia mí— es cómo te mira Marcus.
Y ahí está.
Reconozco que una parte bastante ingenua de mí había esperado que no se diera cuenta de nada, lo cual ahora que lo pienso resulta bastante ridículo teniendo en cuenta que literalmente parecía que iban a arrancarse la cabeza mutuamente hace diez minutos.
Pero joder.
Podría haber pasado.
Y habría sido fantástico.
No necesito este tipo de problemas en mi vida.
De verdad que no.
—No me mira de ninguna forma —replico.
—¿Eso es lo que realmente crees? Porque me parece que eres muy consciente de ello.
Mierda.
¿Qué digo ahora?
¿Qué hago?
Mi mente va a mil por hora y, como siempre que entro en pánico, termino soltando lo primero que se me ocurre.
—¿Estás celoso?
Muy bien, Keira.
Brillante.
Arréglalo más.
Arquea una ceja y ladea la cabeza de esa forma peligrosamente calmada que tienen los depredadores justo antes de atacar.
Y eso, curiosamente, no ayuda a relajarme.
Qué cosas…
—¿Debería estarlo, Keira? —su tono suena mucho más a advertencia que a una pregunta real.
Ahora mismo no es Owen quien me está hablando.
Es el alfa.
Su aroma vuelve a intensificarse a nuestro alrededor, más dominante, más intenso, más territorial, haciendo que me tense por puro instinto y que me entren unas ganas terribles de moverme solo para liberar toda la ansiedad que empieza a acumularse dentro de mí.
—Esto es absurdo, Owen. Ya te he dicho que no tengo ninguna relación con él. ¿Dónde está el problema exactamente?
No me responde.
Se limita a mirarme, sin apartar los ojos de mí ni un solo segundo, y empiezo a pensar que quizá no quiero saber qué está pensando ahora mismo porque probablemente no me gustaría.
Y sinceramente… me estoy empezando a agobiar de verdad.
Levanto los brazos, indignada por su silencio y por esta conversación absurda que no deja de empeorar.
—¿Sabes qué? Olvíd—
Ni siquiera consigo terminar la frase.
Trato de darme la vuelta, completamente frustrada, pero él me sujeta de la muñeca antes de que pueda alejarme y tira de mí con brusquedad, pegándome de espaldas contra su pecho y robándome el aire de golpe.
Su mano sigue aferrando mi muñeca con un agarre demasiado fuerte, nada habitual en él, y no hay rastro del cuidado con el que suele tocarme.
Mi instinto me grita que esto no pinta nada bien.
Por más razón que tenga respecto a Marcus y a cómo me estaba mirando, esto no le da derecho a comportarse así.
Intento apartarme, dando un tirón seco de brazo para soltarme de su agarre, pero en cuanto me separo un poco, suelta mi muñeca y sus dos manos bajan directamente a mis caderas, apretándome contra su pelvis e impidiendo cualquier posibilidad de escapar.
—No entiendo qué te pasa —murmuro, indignada.
—No hay mucho que entender —dice, inclinándose hacia mi oído—. No me ha gustado cómo te ha mirado… No tiene ningún derecho.
Mi corazón late con fuerza y, antes de que logre recuperar el sentido común suficiente para apartarme o protestar, ya está demasiado cerca.
—Owen... —susurro sin saber si eso ha sonado más a advertencia o a súplica.
Desliza la nariz por mi cuello y aspira mi aroma profundamente, dejándome completamente inmóvil entre sus brazos. Mi respiración se vuelve irregular e intento recordarme que sigo enfadada con él y que esta conversación debería estar yendo por un camino completamente distinto.
Claramente, mi cuerpo tiene otros planes.
Su boca comienza a recorrer mi piel, dejando un rastro de fuego tras el calor de su aliento, deteniéndose justo sobre la zona sensible de mi cuello donde están mis glándulas, y tengo que cerrar los ojos con fuerza ante la intensidad de la sensación.
Y entonces todo empeora.
O mejora.
A estas alturas ya no tengo nada claro cuando se trata de machos indecentemente atractivos empeñados en destrozarme la estabilidad mental.
Su lengua se desliza por esa zona sensible, arrancándome un jadeo involuntario que me avergüenza aproximadamente cero segundos antes de que mi espalda se arquee contra él, pidiéndole más.
El muy desgraciado lo capta a la primera porque, en respuesta, sus colmillos raspan exactamente el mismo lugar con la presión justa para hacerme gemir.
Maldita sea.
Esto es totalmente injusto.
Estoy muy cabreada con él y, sinceramente, mi cuerpo debería empezar a colaborar un poco más en lugar de derretirse cada vez que me toca.
Mantente firme, traidor.
Sus caderas se mueven contra mí, frotándose contra mi culo, provocando que mis pensamientos empiecen a deslizarse por terrenos peligrosamente salvajes que no debería estar contemplando ahora mismo y eso, lejos de preocuparme, me excita aún más.
Giro la cabeza para mirarlo por encima del hombro y me encuentro de lleno con sus pupilas completamente dilatadas, la mandíbula tensa y una expresión hambrienta que hace que mi centro palpite con tanta fuerza que tengo que morderme el labio para no volver a gemir.
Y eso tampoco me hace ninguna gracia.
—Quiero que huelas a mí, Keira —masculla, sin apartarse ni un solo centímetro mientras su nariz vuelve a rozar mi cuello—. Voy a hacer que cualquier lobo que se acerque sepa que has estado conmigo.
Sus palabras hacen que mi pulso se dispare todavía más porque eso es, literalmente, una declaración de guerra y un marcaje territorial en toda regla.
Y si ese supuesto marcaje incluye que siga refregándose contra mí de la forma en la que lo está haciendo ahora mismo… sí, gracias. Puede continuar sin ningún problema.
¿Dónde está la poderosa loba que juró que jamás iba a dejarse embaucar por el encanto de un alfa? Porque la que no pensaba caer ante ninguno de ellos debe de estar revolcándose de vergüenza en algún sitio.
Si alguien la encuentra, que me la devuelva inmediatamente, por favor.
—Vaya —respondo, con mi cerebro haciendo un último intento desesperado por parecer funcional—. ¿Es una de esas cosas de alfas y su territorio?
Una sonrisa peligrosa se dibuja en su boca.
—Exactamente —murmura, antes de volver a apretar sus caderas contra las mías—. Y si cierto alfa vuelve a acercarse demasiado, quiero que tenga muy claro que estás conmigo.
Mi cerebro se queda completamente en blanco durante un segundo.
¿Perdón?
¿Que estoy con él? Porque no recuerdo haber firmado ningún contrato, aprobado ningún acuerdo verbal ni participado en una conversación mínimamente civilizada donde se estableciera que ahora, aparentemente, le pertenezco.
Nos estamos conociendo, sí.
Nos besamos, también.
Y claramente me altera el sistema nervioso cada vez que respira cerca de mí, pero eso no significa exactamente que estemos juntos… ¿no?
¿O sí?
Y lo peor es que Marcus dijo algo parecido y, en aquel momento, mi cerebro decidió centrarse, exclusivamente, en lo obscenamente atractivo que sonó, en lugar de analizar el enorme problema territorial que claramente arrastran ambos.
Fantástico.
Al parecer tengo un patrón muy preocupante con hombres dominantes que dicen barbaridades posesivas y, en vez de salir corriendo, me quedo aquí, cuestionando seriamente mis estándares.
Porque Owen acaba de decirlo como si esto estuviera completamente claro para ambos.
Y eso es preocupante. Muy preocupante.
Su olor se vuelve todavía más fuerte, más envolvente y mucho más denso, hasta el punto de que siento cómo se adhiere a mi piel mientras se mezcla con el mío de una forma íntima y posesiva.