CAPÍTULO 20 MARCUS #2
Así que doy un frenazo tan brusco que Cody, que como de costumbre no lleva el cinturón puesto porque claramente tiene una relación bastante extraña con el peligro, sale disparado hacia delante y se golpea contra el cristal con un sonido seco que, sinceramente, resulta bastante satisfactorio.
Es música para mis oídos.
Se lleva una mano a la cabeza antes de girarse hacia mí, completamente indignado.
—Pero tío, eso ha dolido.
Vuelvo a arrancar sin inmutarme lo más mínimo.
—Te jodes. Te he avisado. Nada de música.
Se deja caer de nuevo en el asiento, se frota la frente y me fulmina con la mirada, pero acaba rindiéndose al recordar que me importa una mierda.
—Dios...
Suspira dramáticamente, se cruza de brazos y gira la cabeza hacia la ventana con la misma indignación de un niño pequeño enfurruñado.
—Esto sí que es oficialmente un funeral sobre ruedas.
Nuestro líder suelta una risa por lo bajo que intenta disimular con un carraspeo y, después, la camioneta queda otra vez en silencio, roto únicamente por el sonido del motor y la respiración exageradamente ofendida de mi compañero de trabajo.
Mucho mejor así.
Aunque es una lástima que el silencio tampoco ayude. En cuanto nadie habla, mi mente vuelve a llenarse de imágenes que preferiría arrancarme a golpes.
Mi lobo está exactamente igual de alterado que yo y eso nunca es una buena señal, porque cuando ambos perdemos el control al mismo tiempo normalmente algo termina roto.
O alguien.
Y, viendo cómo va mi día, a estas alturas no me sorprendería ninguna de las dos.
Por suerte, la fábrica aparece por fin al fondo y lo agradezco profundamente.
Aparco tan brusco que mi compañero vuelve a soltar una sarta de insultos que apenas llego a entender porque ya estoy bajando de la camioneta antes incluso de que el motor se apague.
Ni siquiera cierro la puerta.
La dejo abierta y camino directo hacia la fábrica con el resto pisándome los talones, mientras el encargado corre prácticamente hacia nosotros con cara de pánico.
—Menos mal que habéis llegado —dice sin aliento, secándose el sudor de la frente—. Si esta línea no arranca hoy, me despiden.
Asiento una sola vez e intento redirigir toda esa rabia hacia algo que, al menos, sí sé solucionar.
—Muéstramelo.
El hombre prácticamente suspira de alivio antes de guiarnos hasta la línea averiada y, durante las siguientes horas, me entierro por completo en el trabajo porque eso es lo único que mantiene mi cabeza mínimamente funcional y evita que haga una estupidez monumental.
Me concentro en lo único que siempre he sabido hacer bien.
Arreglar cosas rotas.
Desmonto piezas, cambio cableado, sustituyo componentes quemados y termino con las manos llenas de grasa hasta los codos; el encargado nos sigue de un lado a otro como si estuviéramos realizando una operación a corazón abierto y su vida dependiera de ello.
Por su cara de pánico, diría que para él sí lo es.
Recibo varias pequeñas descargas por ir demasiado rápido y no tener la paciencia suficiente para seguir el procedimiento correcto, pero las ignoro igual que ignoro el dolor en los nudillos, el cansancio acumulado y las miradas que me lanzan cada vez que suelto una maldición.
Y durante un rato parece funcionar, hasta que mi maldito cerebro decide traicionarme en el peor momento posible y, justo cuando intento colocar una pieza en el motor principal, vuelvo a recordar exactamente dónde estaban las manos de Owen.
Sobre ella.
Demasiado cómodas.
Demasiado familiares.
Aprieto tanto la llave inglesa que el metal cede con un crujido seco hasta partirse por completo entre mis manos.
—Creo que deberías buscar una forma distinta de canalizar toda esa rabia —murmura Cody a mi lado sosteniendo una linterna.
Ni siquiera levanto la vista.
—No hables.
Por supuesto, ignora esa petición tan simple, porque, como ya ha quedado claro hoy, no tiene ningún instinto de supervivencia.
—Solo digo que quizá deberías hablar con ella antes de asesinar a alguien.
Ahora sí levanto la cabeza y lo miro fijamente.
—¿Quieres acabar enterrado en los cimientos de esta fábrica?
Alza ambas manos de inmediato.
—Vale. Mensaje recibido.
A mi lado, Benton gira la cabeza para ocultar una risa que claramente escucho de todas formas y decido ignorarlo por puro agotamiento mental antes de volver a concentrarme en el motor. Al parecer, ver cómo pierdo lentamente la cordura le parece divertidísimo.
Probablemente se siente demasiado seguro porque me crió como a un hijo y cree que eso lo vuelve intocable.
Está bastante equivocado.
Horas después, el sistema finalmente vuelve a funcionar y toda la fábrica estalla en aplausos, felicitaciones y palmadas en la espalda que me importan una absoluta mierda, porque lo único que quiero es largarme a mi puta casa, arrancarme la ropa y dejar salir a mi lobo antes de que toda esta presión que llevo acumulando dentro termine asfixiándome.
—Lo sabía —grita el encargado, prácticamente al borde de las lágrimas, y abraza a uno de los trabajadores—. Sabía que podíais arreglarlo.
Mentira.
Hace tres horas estaba al borde de un infarto.
Cody choca la mano con uno de los operarios celebrándolo como una victoria histórica y Benton recibe varios agradecimientos; yo me limpio la grasa de las manos con un trapo sucio y camino directamente hacia la salida sin mirar atrás.
—¡Eh! ¿ni siquiera te vas a quedar para escuchar cómo nos agradecen ser unos héroes? —grita mi compañero detrás de mí.
Sigo caminando.
—Prefiero arrancarme las orejas.
Escucho su risa detrás de mí y también la voz de mi mentor despidiéndose del encargado antes de seguirme fuera.
En cuanto cruzo las puertas del taller, la lluvia empieza a caer con fuerza y ni siquiera intento cubrirme cuando el agua fría cae sobre mi cara y me empapa por completo en cuestión de segundos.
Lo agradezco.
Camino hasta la camioneta con pasos lentos, sintiendo el agua resbalar por mi cuello y mezclarse con la grasa, que todavía cubre mis brazos.
Apoyo ambas manos sobre el capó, bajo la cabeza y cierro los ojos con fuerza.
Sigo oliéndola.
Sigo viéndola.
No paro de recordar cómo lo provocaba cuando corrían y la forma en la que lo miraba antes de desaparecer.
Y lo peor de todo ni siquiera es la rabia que siento cada vez que pienso en ello.
Lo peor es darme cuenta de que Cody tenía razón.
Joder.
Odio profundamente que tenga razón.
La empujé directamente hacia él.
Yo.
Yo fui el imbécil que la apartó cada vez que intentó acercarse.
Cada vez que ella daba un paso hacia mí, retrocedía por miedo a lo que me hacía sentir.
Cada vez que intentaba acercarse, la alejaba antes de que pudiera romper todas las barreras que llevo años construyendo.
Y cada vez que me miraba con curiosidad, con deseo o con cualquier cosa que se pareciera demasiado a algo real, levantaba otro puto muro, porque enfrentarme a ella era mucho más aterrador que enfrentarme a cualquier otra cosa.
Porque me hace querer cosas que, hace años, decidí que no necesitaba.
Y ahora otro macho está ocupando el lugar que mi instinto reclama como propio.
Suelto una maldición entre dientes antes de lanzar un puñetazo contra el capó.
El metal se hunde bajo mi mano y ni siquiera siento dolor, solo un alivio fugaz que desaparece rápidamente.
—Joder…
Mi mentor aparece a mi lado con los brazos cruzados y una expresión mucho más seria que antes.
—¿Te has calmado?
Miro el abollón que acabo de dejar en el capó.
—¿Tú qué crees?
Suspira; para entonces la lluvia lo está empapando entero.
—Marcus...
Me froto la cara con una mano y exhalo lentamente por la nariz.
—No empieces, por favor.
—Entonces deja de actuar como si todavía pudieras seguir negándolo.
Ahí está el verdadero problema.
El verdadero problema siempre he sido yo.
Porque por primera vez en muchísimo tiempo admito algo que llevo demasiado tiempo intentando negar, algo que he intentado enterrar cada vez que ella se acercaba demasiado, cada vez que me miraba de esa forma y cada vez que mi instinto reaccionaba antes que mi cabeza.
No estoy enfadado únicamente porque otro lobo la toque.
Estoy enfadado porque quiero ser yo quien la toque, quien la haga reír de esa forma y quien ocupe ese maldito lugar.
Quiero ser yo. Solo yo. Siempre yo.
Y asumir esa verdad es, con diferencia… lo más doloroso de todo.