El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1) CAPÍTULO 20 MARCUS
69%

CAPÍTULO 20 MARCUS

MARCUS

Me cago en la puta.

Voy a matarlo.

Le pienso arrancar cada miembro de su estúpido cuerpo para que así ella no tenga dónde aferrarse después.

Cualquiera podría pensar que estoy exagerando, pero no es así. Mi lobo, en cambio, parece bastante de acuerdo con mi planteamiento.

Tengo tan mala suerte que, de camino a arreglar una urgencia en la fábrica IronPeak, tenía que encontrarme precisamente con ellos.

Porque, claro, ¿por qué iba a tener un día mínimamente tranquilo cuando el universo puede divertirse destrozándome la paciencia de formas cada vez más creativas?

La imagen de Keira colgada de la espalda de Owen se queda grabada en mi retina incluso después de verla desaparecer entre los árboles.

Y eso me jode todavía más, porque confirma que mi vida acaba de irse completamente a la mierda y yo no puedo hacer absolutamente nada salvo quedarme sentado al volante como un imbécil viendo cómo se marcha con otro lobo que la toca con demasiada facilidad, que probablemente también la besa y que ahora mismo corre detrás de ella mientras se ríe de esa forma que debería estar prohibida.

Porque me revienta la cabeza, me destroza el control y me hace reaccionar como un puto animal en cuestión de segundos.

Y yo sigo aquí, parado, mirando cómo se va con otro.

La sensación me revuelve tanto el estómago que por un instante me planteo bajarme de la camioneta, correr detrás de ellos y cometer una estupidez monumental, de la que probablemente acabaría arrepintiéndome cuando tuviera a media manada intentando separarme de ese gilipollas.

Ni de puta coña me arrepentiría.

Aprieto tanto el volante que el material empieza a crujir bajo mis manos y el sonido retumba dentro del coche, haciendo que vuelva mínimamente a la realidad al darme cuenta de que estoy destrozándolo con mis propias manos.

Bajo la mirada.

He destrozado el volante.

Perfecto.

Suelto una maldición entre dientes y aflojo mínimamente el agarre antes de terminar arrancando un trozo del revestimiento con el pulgar.

Cojonudo.

Todo esto empieza a resultarme insufrible, sobre todo cuando mi instinto no deja de exigirla sin darme un solo respiro.

Vi perfectamente cómo su respiración se detenía al encontrarse con la mía y cómo su cuerpo se tensaba antes de apartarse de él, recordando exactamente lo que pasó entre nosotros aquella tarde.

Y ahí está el problema, porque significa que no me lo imaginé.

Ella también lo sintió.

Ella también lo recuerda y, aun así, se ha ido con él.

Mi mandíbula se tensa tanto que noto la presión hasta en las sienes al mantener la vista fija en el punto exacto del bosque, incapaz de apartarla.

—Me estás dando bastante miedo en estos momentos —murmura Cody.

Se inclina desde su lado de la camioneta, prácticamente invadiendo el espacio de Benton para acercarse demasiado a mi cara.

Ni siquiera recordaba que seguían aquí, presenciando en silencio el espectáculo de mi lenta degradación mental.

—Si sigues acercándote así, te voy a arrancar la cabeza.

Se aparta lentamente y levanta ambas manos.

—Vale. Perfecto. Solo intentaba averiguar si ibas a matar únicamente a tu competencia o si el resto también deberíamos empezar a preocuparnos.

—Actualmente esa lista permanece abierta.

Suelta una risa nerviosa que muere rápidamente al ver que no estoy bromeando.

—Joder...

El ambiente dentro de la camioneta se vuelve tan tenso que incluso el único lobo capaz de hablar sin respirar durante cinco minutos permanece completamente callado.

—No voy a mentir... prefería muchísimo más cuando solo gruñías y rompías cosas —murmura finalmente, incapaz de aguantar el silencio por mucho más tiempo.

Parece que le da alergia.

No respondo porque, sinceramente, si abro la boca, probablemente termine detenido por asesinato y no me apetece darle ese disgusto a Benton.

A mi lado, mi mentor suelta un suspiro, claramente debatiéndose entre decir algo útil o dejar que siga revolcándome en mi miseria.

—No hables —gruño, antes de que pueda decir nada, pellizcándome el puente de la nariz.

—Solo iba a decir que respires.

Suelto una risa seca, completamente vacía de humor, y apoyo la cabeza contra el respaldo.

—Respira tú.

—Vale... —interviene Cody con muchísimo cuidado, algo extremadamente raro en él.

De hecho, todo su comportamiento de hoy está siendo sospechosamente prudente, aunque supongo que es bastante razonable cuando compartes un espacio cerrado y con pocas vías de escape con un enorme alfa de muy mala hostia.

Por un momento pienso que quizá hoy no diga ninguna estupidez.

—Voy a decir algo y necesito que no me mates.

Retiro lo dicho. Sigue siendo igual de idiota que siempre.

No respondo.

Y por cómo se tensa en el asiento, creo que entiende perfectamente que mi silencio no augura nada bueno.

—Te recuerdo que lo hago desde el cariño —recalca.

Pero no aprende…

Me he vuelto a equivocar, no lo entiende.

Suelta una larga exhalación antes de rematar su sentencia de muerte.

—La has empujado directamente a sus brazos —declara, como si no acabara de advertirme por su propio bien.

El gruñido que sale de mi garganta sería suficiente para apartar al más valiente de la manada, pero él, claramente, nació sin instinto de supervivencia, porque, lejos de callarse, continúa hablando, gesticulando como si estuviera dando una maldita conferencia.

—No entiendo por qué te enfadas, en serio. Mi prima intentó hablar contigo un montón de veces. Claramente te buscaba. Tenía curiosidad. Interés. Y tú lo único que hiciste fue gruñirle monosílabos y actuar como si te molestara respirar el mismo aire que ella.

Mis manos se tensan todavía más sobre el volante mientras giro lentamente la cabeza hacia él.

Quizá pueda darle exactamente lo que está buscando.

Sería increíblemente fácil.

—¿Quieres morir? —pregunto, con una calma mortal.

—No especialmente —responde, encogiéndose de hombros, como si tocarme deliberadamente los cojones hubiera sido algún tipo de deber moral—, pero alguien tenía que decirlo.

Ben carraspea y tarda varios segundos en intervenir, claramente debatiéndose entre mantenerse al margen o sumarse a esta traición colectiva.

—No voy a decir que tiene razón porque me gusta demasiado la tranquilidad…

Hace una pausa.

Giro apenas la cabeza y lo encuentro mirando fijamente al parabrisas, evitando cruzarse con mi mirada por si eso pudiera salvarlo de esto.

—…pero tiene razón.

Perfecto.

Dos idiotas con ganas de morir en una sola mañana.

—Bajaos de mi camioneta —ordeno,

con una voz tan suave como el acero afilado.

Ben se agarra al salpicadero y niega lentamente con la cabeza, anticipando perfectamente mi inminente pérdida de cordura.

A diferencia de Cody, que está repantingado en su asiento, sin tener ni idea de lo que se le viene encima.

—No. Primero, porque en teoría es nuestra camioneta. Y segundo, porque no podemos bajarnos por mucho que nuestra presencia te moleste. Tenemos trabajo por delante.

Su comentario solo consigue irritarme todavía más y arranco de golpe, sin dar previo aviso, porque desde que frené para dejar pasar a ese imbécil no he sido capaz de continuar el camino sin imaginarme arrancándole la garganta con los dientes.

La camioneta sale disparada por la carretera y ambos se agarran automáticamente a donde pueden cuando la parte trasera rebota con violencia sobre un bache.

—¡JODER, MARCUS! —grita Cody, después de golpearse contra la puerta, cuando la camioneta vuelve a caer bruscamente sobre la carretera.

Ni siquiera me inmuto.

Permanezco con la vista fija al frente mientras las ruedas levantan polvo detrás de nosotros y el motor ruge casi tanto como mi lobo.

—Cállate.

—Vas a matarnos.

Una sonrisa lenta y absolutamente nada tranquilizadora se extiende por mi boca y aumento la velocidad solo para disfrutar de cómo a ambos se les ponen los huevos de corbata.

Pequeñas alegrías de la vida.

—Si sobrevivo a esto, te juro que no vuelvo a subir contigo a una camioneta cuando estés celoso.

Mi cuello gira lentamente hacia él.

Muy lentamente.

—No estoy celoso.

El silencio que viene después es tan ofensivo que consigue irritarme todavía más, algo que no creía posible hace cinco segundos, pero aquí estamos.

Ninguno responde ni abre la boca y, supongo, que eso se debe a que no me creen en absoluto.

Claro que estoy celoso, joder, pero no pienso reconocer esa mierda en voz alta.

Entonces, el muy mongolo empieza a reírse.

Al principio intenta contenerse y solo suelta una risita ahogada antes de empezar a reírse más fuerte, hasta acabar sonando como una hiena enferma a punto de desmayarse.

Empiezo a plantearme seriamente abandonar su cuerpo en la cuneta.

Cuerpo.

No a él.

Su cuerpo.

—¿No estás celoso? —pregunta entre carcajadas, intentando recuperar el aire—. Se te fue la puta cabeza al verla encima de Owen.

La imagen vuelve a mi cabeza de forma inmediata y una punzada brutal de rabia me atraviesa el pecho.

—Voy a arrancarte la lengua.

—Eso sí me lo creo —responde, tras soltar un largo silbido y volver a acomodarse en el asiento—. Joder, colega, estás insoportable. Más de lo normal, me refiero.

Definitivamente, voy a matarlo.

Echo el brazo hacia él, intentando agarrarlo para estamparlo contra el salpicadero, pero Benton me lo impide sujetándome antes de que consiga alcanzarlo.

—¡Guau, colega! Eso ha estado cerca —suelta, llevándose una mano al pecho y mirando a nuestro líder—. Gracias, jefe. Te debo una.

—No me debes una, nada. Solo quiero llegar vivo al trabajo.

Cody asiente como si acabaran de tener una conversación completamente razonable y, para mi desgracia, continúa hablando.

—¿Sabéis lo que necesitamos? Música.

—Será lo que necesitas tú —escupo sin apartar la vista del camino.

—Oh, venga… —se inclina hacia delante y empieza a trastear con la radio—. Algo que anime el ambiente porque esto parece un funeral sobre ruedas.

Lo veo hacerlo por el rabillo del ojo y le doy exactamente medio segundo para recapacitar.

No lo hace.