CAPÍTULO 19 KEIRA #3
—¡Eh! ¡Iros a un hotel!
Sus palabras son un puñetazo directo a mi orgullo y maldigo en silencio al notar mis mejillas arder.
Justo lo que necesitaba.
—Pero qué gilipollas eres… —mascullo entre dientes.
Mi cerebro tarda varios segundos en reaccionar, porque sigue ocupado intentando procesar el desastre absoluto en el que se ha convertido esta situación.
Mi instinto, en cambio, no duda.
Me sale solo alzar el brazo por encima del hombro de Owen y dedicarle a Cody un dedo corazón perfectamente claro, sin una pizca de arrepentimiento.
—¡Te quiero, prima! —remata él desternillándose, prácticamente cayéndose por la ventanilla de la risa.
Owen suelta una carcajada y esa despreocupación suya, lejos de ayudar, consigue que todo se vuelva todavía más tenso.
Bajo de un salto de su espalda y mis pies tocan el suelo cuando una mezcla extrañísima de vergüenza, nervios y preocupación me retuerce las entrañas.
No he hecho absolutamente nada malo.
Nada.
Y, aun así, me siento como si me hubieran pillado cometiendo el peor crimen de la historia.
El corazón me late con tanta fuerza que empieza a resultar doloroso y giro la cara con desgana, intentando mantener una posición neutral. Lo último que quiero es que cualquiera de los dos note lo afectada que estoy.
Pero para mí desgracia, el alfa que tengo a mi lado lo nota enseguida.
Percibo cómo su cuerpo se tensa antes incluso de girar la cabeza y, cuando por fin lo hace, sus ojos se clavan directamente en Marcus.
Y en cuestión de segundos el ambiente cambia por completo. El aroma de Owen se intensifica hasta volverse abrumador, territorial y peligrosamente agresivo, envolviéndome por completo.
Todo se vuelve tan denso y hostil que resulta evidente que, si uno de los dos decide dar un paso en falso, van a lanzarse el uno contra el otro sin pensárselo demasiado.
Ninguno cede ni aparta la mirada; se están midiendo, desafiando y provocando de una forma tan evidente que hace que se me ponga la piel de gallina.
La sonrisa de Owen desaparece por completo, algo rarísimo en él, y su expresión se endurece hasta volverse casi irreconocible.
Le tomo la mano rápidamente, intentando romper esa línea invisible que parece unirlos.
—Vamos —murmuro mientras tiro suavemente de él hacia mí con un tono juguetón para llamar su atención.
Pero no se mueve.
Ni siquiera parpadea.
Su pulgar roza mi palma lentamente y, sin apartar los ojos de su rival, murmura:
—Parece que a alguien no le ha gustado verte conmigo.
Joder...
Doy un paso atrás, intentando evitar que esta situación se descontrole todavía más y fuerzo una sonrisa.
—¿Vamos? —repito esta vez más alto, tirando con más fuerza de su mano hasta conseguir que reaccione.
Y finalmente lo hace.
Deja de mirar a Marcus y centra toda su atención únicamente en mí, haciendo que de pronto me convierta en su único objetivo. Lo suelto y empiezo a caminar hacia atrás, sin dejar de mirarlo al cruzar por delante de la camioneta.
—Venga, ven. A ver si eres capaz de pillarme.
Por el rabillo del ojo percibo que Marcus también ha dejado de mirar a Owen y que ahora toda su atención está puesta sobre mi, haciendo que mi cuerpo se tense por reflejo.
Durante un segundo intento resistirme, seguir caminando hacia atrás y fingir que su presencia no me afecta en absoluto, pero al final termino mirándolo igualmente.
Grave error.
Mis ojos chocan con ese mar helado y el aire se me atasca en los pulmones al instante, porque en ella puedo ver demasiado.
Veo el control desesperado que está intentando mantener, la furia contenida, los celos que apenas logra esconder al verme tan cerca de otro lobo y, por debajo de todo eso, algo todavía más peligroso.
Deseo.
Uno tan evidente que hace que el pulso se me dispare todavía más cuando recorre mi cuerpo con una lentitud que debería ser ilegal.
Apenas dura un instante, tan rápido que, si no estuviera completamente segura de lo que acabo de ver, creería que lo he imaginado, pero bastan para que mi piel arda al recordar cómo se sintió tenerlo presionado contra mí, la forma en la que me besó, cómo me tocó y lo cerca que estuve de dejar que hiciera lo que quisiera conmigo.
Por alguna razón enfermiza, que probablemente debería analizar seriamente en terapia, la rabia que emana de él hace que una parte irresponsable de mí disfrute con su reacción, recordándome sus propias palabras.
No pienso permitir que huelas a otro. En ti solo debería estar yo.
Porque eso es exactamente lo que refleja ahora su mirada.
No parece enfadado únicamente por verme con otro alfa; parece completamente fuera de sí al ver que otro macho me toca, me sostiene y deja su aroma sobre mí, como si esa parte salvaje y posesiva que tanto intenta negar estuviera perdiendo por completo la cabeza al ver que alguien más ocupa un lugar que, en lo más profundo de su instinto, cree que le pertenece únicamente a él.
Y, sinceramente, eso debería preocuparme bastante más de lo que realmente lo hace.
—¡Sí, sí, corred, tortolitos! —canta Cody por la ventanilla, prácticamente doblado de risa y disfrutando del caos que acaba de provocar.
Le fulmino con la mirada y sigo caminando hacia atrás, pero él únicamente se ríe más fuerte, claramente orgulloso de sí mismo por haber empeorado una situación que ya era bastante incómoda sin su maravillosa intervención.
Marcus, en cambio, ni siquiera pestañea.
Sigue inmóvil al volante y eso resulta muchísimo más inquietante que si estuviera gritando o perdiendo los nervios, porque no tengo ni idea de si está a punto de arrancar la camioneta o de bajarse de ella, y ninguna de las dos opciones me tranquiliza lo más mínimo.
Tiene la mandíbula tan tensa que parece estar a un segundo de romper algo —o a alguien— y, viendo cómo sigue observándonos con una calma que da auténtico miedo, empiezo a pensar que salir corriendo quizá sea la decisión más inteligente que he tomado en toda la semana.
Y no precisamente por mí.
Aunque, lo realmente preocupante es que, en mitad de una situación que debería hacer saltar todas mis alarmas, mi cerebro decide traicionarme con el pensamiento más inapropiado posible.
¿Me castigaría por dejar que otro lobo me tocara?
¿Por permitir que alguien que no fuera él me sujetara de esa forma?
¿Se pondría así de dominante conmigo cuando estuviéramos solos?
Al darme cuenta de hacia dónde están derivando mis pensamientos casi tropiezo con mis propios pies y, lejos de detenerse, mi parte omega decide empeorarlo todavía más imaginando a Marcus arrinconándome contra cualquier superficie para obligarme a recordar a quien pertenezco.
Madre mía.
Solo de pensarlo noto como se acumula la humedad entre mis piernas.
¿Pero qué demonios me pasa?
Esto debería preocuparme muchísimo más de lo que lo está haciendo, pero mi parte omega, esa traidora sin dignidad que últimamente parece haber perdido por completo la vergüenza, no solo no se escandaliza, sino que parece peligrosamente interesada en seguir desarrollando una fantasía que debería enterrarse aquí mismo.
Y eso ya me parece un problema bastante serio.
Debería ir a un psicólogo para que me evalúe, aunque empiezo a pensar que la terapia se me va a quedar corta.
Quizá un café semanal con el psiquiatra sería una inversión bastante razonable.
Benton le lanza una mirada de advertencia antes de apoyar una mano sobre su hombro y murmurarle algo que no alcanzo a escuchar, aunque por la expresión de él, dudo muchísimo que esté sirviendo de algo.
Sinceramente, no pienso quedarme para descubrir cómo termina.
En cuanto Owen empieza a moverse hacia mí, me giro rápidamente y reanudo la carrera, agradeciendo poder salir de aquí antes de que alguno de los dos haga una estupidez monumental.
Él me sigue y volvemos a internarnos en el bosque, dejando atrás la carretera.
No dice nada durante los primeros metros y eso, viniendo de él, resulta extraño. Corre a mi lado con la vista fija al frente y el ceño ligeramente fruncido y no hace falta observarlo demasiado para darme cuenta de que está molesto.
Yo tampoco digo nada, principalmente porque no tengo ni idea de qué podría decir para arreglar esto, y porque ni siquiera sé qué acaba de pasar ahí atrás.
Cuando por fin bajamos el ritmo y nuestras respiraciones empiezan a estabilizarse, él rompe el silencio sin llegar a mirarme.
—No sabía que Marcus y tú… hablarais.
Mi cuerpo se tensa al instante porque esa frase implica muchas más cosas de las que realmente ha dicho.
—No hablamos —respondo y, en cuanto las palabras salen de mi boca, me doy cuenta de lo poco convincente que ha sonado.
—Ah…
Y ahí está.
Esa única sílaba cargada de dudas, incomodidad y preguntas que todavía no está haciendo, pero que claramente no van a desaparecer.
No hace falta ser vidente para saber que esto no ha terminado aquí y que, muy probablemente, acabo de meterme en un problema todavía más grande del que ya tenía.
Lo que sí sé es que una guerra acaba de empezar.
Y, para mi desgracia, yo parezco ser el motivo.