El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1) CAPÍTULO 19 KEIRA #2
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CAPÍTULO 19 KEIRA #2

Tras varios minutos caminando, llegamos a una zona más despejada y Owen se aparta unos pasos antes de comenzar a calentar.

Estira los brazos por encima de la cabeza y veo cómo los músculos de sus brazos y sus antebrazos se marcan de una forma bastante ofensiva para mi estabilidad mental, como si hubieran sido diseñados específicamente para distraer mujeres con poca fuerza de voluntad.

O sea, yo.

Después gira los hombros, hace crujir el cuello y baja lentamente las manos hasta los tobillos al tiempo que yo intento actuar como una persona madura y no como una mujer distraída por cada uno de sus movimientos.

Cuando vuelve a incorporarse, una media sonrisa aparece en su boca al notar que lo estoy observando.

Y sí.

Me ha pillado.

Siento cómo un calor lento me recorre el cuerpo y se instala entre mis piernas.

Como de costumbre, últimamente.

En mi defensa, debo decir que la constitución de estos lobos es absolutamente envidiable y deseable a partes iguales, así que creo que mi reacción entra dentro de lo razonable.

Se te hace la boca agua, de forma bastante humillante, y eso me hace pensar que quizá no esté tan enferma, sexualmente hablando, como creía.

Tal vez esto sea completamente normal cuando tienes delante a machos que parecen sacados de una fantasía hormonal y que, además, tienen la desfachatez de existir así de atractivos sin el menor esfuerzo.

Y eso sin que Owen esté intentando exhibirse.

Porque si lo hiciera conscientemente, probablemente sería un problema todavía mayor.

Intento no babear, pero resulta bastante complicado no mirarlo cuando el chándal deja muy poco a la imaginación.

Muy poco.

Podría quedarme observándolo toda la mañana perfectamente quieta y hacer un auténtico charco a mis pies.

¿De qué exactamente?

De eso no vamos a hablar.

—Veo que vienes preparada —dice de pronto, sobresaltándome.

Parpadeo varias veces.

Mierda.

Pues sí, estaba ocupada observándolo de una forma bastante poco disimulada.

Bueno, pues a lo hecho, pecho. No pienso avergonzarme por ello porque cualquiera con ojos funcionales habría estado igual en mi situación.

—¿Preparada para qué? —pregunto, sin saber a qué se refiere.

Su sonrisa se ensancha ligeramente.

—Para entrenar —responde y me examina de arriba abajo con una lentitud descarada, haciendo que se me tense el estómago—. ¿Te apetece unirte?

No suena mal.

Aunque, siendo totalmente honesta conmigo misma, quiero unirme a su cuerpo más que a su entrenamiento. A ese torso definido y marcado que parece diseñado para hacerme tomar decisiones cuestionables, a cada una de esas líneas que recorro lentamente y que inevitablemente me arrastran hacia abajo.

Abajo.

Más abajo…

—No suena mal… —respondo con una indiferencia bastante poco convincente—. Siempre y cuando tú seas el instructor.

Empieza a acercarse y cada paso suyo hace que mi respiración se vuelva un poco más inestable.

Se mueve con esa seguridad natural que tienen los depredadores cuando saben perfectamente que ya han acorralado a su presa y, cuando finalmente se detiene frente a mí, está tan cerca que puedo sentir su respiración rozándome la piel.

Entonces levanta la mirada y el brillo travieso y provocador de sus ojos deja claro que sabe perfectamente el efecto que tiene sobre mí.

—Podría ser peligroso —murmura, con una voz que se mueve entre la advertencia y el desafío.

Mi pulso se acelera, pero me niego a retroceder.

—Puedo manejarlo —respondo, alzando ligeramente la barbilla sin apartarme ni un centímetro.

¿Lo estoy retando?

Absolutamente.

¿Estoy tomando decisiones que claramente van a traerme problemas?

También.

Pero ya estamos aquí.

Una sonrisa provocadora aparece en su boca antes de que deslice las manos por mi cintura y me atraiga hacia él, pegándome a su cuerpo y enviando una descarga directa a mi estómago.

—Eso espero —susurra antes de inclinarse y besarme.

Su sabor me vuelve completamente idiota y, en cuanto su lengua encuentra la mía y le sigo sin pensarlo dos veces, mi cerebro decide apagarse de forma oficial, porque este lobo besa de una forma condenadamente adictiva y tampoco estaba aportando nada útil en ese momento.

Mis manos suben a su cuello por pura inercia y él me sostiene con firmeza, pegándome todavía más a su cuerpo y haciendo que un escalofrío me recorra entera al sentir cada uno de sus músculos tensarse bajo mis dedos.

Es un beso intenso, caliente y muy, muy agradable.

Y peligroso por lo mucho que me está gustando.

Su boca se mueve sobre la mía con seguridad, arrancándome pequeños suspiros que apenas consigo contener, con mis uñas hundiéndose en su nuca.

Y sí… definitivamente sabe lo que hace.

El beso va perdiendo intensidad, poco a poco, transformándose en algo más lento y provocador.

Cuando se separa apenas unos centímetros, roza mi labio inferior con los dientes en un gesto juguetón y se me escapa una respiración temblorosa que, por supuesto, hace que su sonrisa se ensanche todavía más.

Maldito.

—¿Así entrenas siempre? —susurro, intentando recuperar algo parecido a la dignidad.

—Solo cuando tengo buena compañía —ronronea, claramente complacido.

Sus dedos siguen recorriendo mis curvas de forma distraída durante unos segundos antes de darme un pequeño empujón hacia atrás con esa sonrisa insufriblemente provocadora.

—Vamos. Enséñame si puedes seguirme el ritmo.

Y antes de que pueda responder algo medianamente inteligente, ya se ha alejado varios pasos y echa a correr entre los árboles, dejándome allí plantada procesando que, efectivamente, me ha provocado y ha salido huyendo con total descaro.

Idiota.

Uno absurdamente atractivo, pero idiota, al fin y al cabo.

Se mueve con agilidad, deslizándose entre los árboles con facilidad, esquivando ramas y raíces sin el menor esfuerzo mientras yo lo sigo con la mirada, intentando decidir si me apetece más perseguirlo o estrangularlo por dejarme como me ha dejado.

Probablemente ambas cosas.

Parece formar parte del bosque, encajar en él de una forma que resulta casi hipnótica de observar y supongo que, en cierto modo, así es, porque él sí puede transformarse en bestia y está absolutamente conectado con esa parte salvaje de sí mismo, con la naturaleza y con todo aquello que yo siempre he sentido fuera de mi alcance.

Con todo aquello que siempre he sentido que me faltaba.

Mi pecho se tensa ante ese pensamiento, pero no me permito profundizar demasiado porque bastante tengo ya encima.

Ya está bien de dramas existenciales por hoy.

Salgo disparada tras él.

Todo termina guiándome hacia él y una sonrisa competitiva tira de mis labios. Sacudo la cabeza y dejo de pensar de una maldita vez.

El aire me golpea el rostro al correr, aparto algunas ramas a mi paso y noto cómo el corazón empieza a latirme con fuerza cuando una descarga de adrenalina me recorre entera y se mezcla con algo mucho más profundo y salvaje: mi loba.

Despierta bajo mi piel y vibra con cada paso, extendiéndose por cada rincón de mi cuerpo con una fuerza feroz que hace que todo a mi alrededor se vuelva más nítido e intenso.

Mi olfato sigue su rastro con facilidad, mi vista distingue cada uno de sus movimientos entre los árboles y mi oído capta hasta el más mínimo crujido de las hojas bajo sus pies y la emoción empieza a crecer dentro de mí.

Y, en ese momento, ya no soy solo yo quien lo persigue.

Es ella también.

Mi loba toma parte del control y está disfrutando de este juego que él ha iniciado. Su risa se convierte en un desafío constante, su huida en una provocación descarada y, cuanto más se aleja, más crece dentro de mí esa necesidad feroz de alcanzarlo.

De atraparlo.

Lo localizo justo cuando sale del bosque y llega al borde de la carretera. Apenas tiene tiempo de girarse cuando me impulso con todas mis fuerzas y me lanzo sobre su espalda, atrapándolo por sorpresa.

Mi cuerpo choca contra el suyo, haciéndolo tambalearse varios pasos. Rodeo su cintura con las piernas para mantenerme sobre él, aferrándome a su cuello entre carcajadas mientras intento recuperar el aliento.

—¡Te pillé! —grito eufórica, satisfecha conmigo misma.

Y, por primera vez en días, no estoy pensando en Marcus.

Lo cual ya es prácticamente un milagro.

Él suelta una carcajada grave y me sostiene por el culo con facilidad.

Sigo riéndome, todavía llena de adrenalina y euforia, con el cuerpo completamente revolucionado por la carrera y por la descarga salvaje que todavía sigue vibrando bajo mi piel, hasta que giro la cabeza y me encuentro con una frialdad tan brutal que todo el subidón desaparece de golpe.

Es como si me hubieran lanzado un cubo de agua helada encima.

Marcus está al volante de la camioneta, a apenas unos metros de nosotros, y durante un segundo todo se vuelve extrañamente irreal, hasta el punto de que parece que el mundo ha decidido detenerse únicamente para arruinarme la existencia una vez más.

Fantástico.

Tiene los nudillos blancos alrededor del volante, apretándolo con tanta fuerza que parece que estuviera conteniéndose para no arrancarlo, y la mandíbula tan tensa que juraría que podría romperse en cualquier momento.

Su mirada permanece fija en mí con intensidad y ni siquiera sé qué está observando.

Si mis ojos.

Mis manos sobre el pecho de Owen.

O las suyas, todavía aferradas a mi culo, con mi cuerpo prácticamente colgado de su espalda.

Pues nada.

Récord mundial superado.

Mi descanso mental ha durado exactamente…una mierda.

A su lado, Benton se pasa una mano por la nuca con evidente incomodidad y lanza un vistazo rápido hacia quien conduce el vehículo, valorando si debería intervenir o si prefiere seguir fingiendo que no está presenciando un desastre inminente.

Decisión complicada.

En el asiento del copiloto, en cambio, está Cody siendo literalmente Cody.

Es decir, un problema con patas.

Baja la ventanilla con una rapidez exagerada y saca medio cuerpo hacia fuera antes de gritar a pleno pulmón, llamando la atención de absolutamente todo ser vivo que debe de estar en un radio de cinco kilómetros.