El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1) CAPÍTULO 19 KEIRA
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CAPÍTULO 19 KEIRA

KEIRA

Ha pasado una semana desde el encuentro con Marcus y, sinceramente, ha sido una auténtica tortura mental.

Una maldita e interminable semana.

Me he asegurado de que no quede rastro de él en mí.

O eso espero.

Al menos, ya no me retuerzo cada noche inhalando su desquiciante y atrayente aroma hasta el punto de tener que aliviarme a mí misma para calmar la presión palpitante entre mis piernas y poder dormir, aunque la realidad es que tampoco sirve de mucho, porque mi traicionero cuerpo no admite un no por respuesta y parece empeñado en recordarme constantemente lo que quiere.

Pero, por desgracia para él, no pienso dárselo.

Aunque sea un auténtico tormento.

De eso nada, monada.

No está en mis planes dejarme llevar por el impulso animal e ir tras el alfa que me marcó.

Estoy desayunando en el porche con mi madre mientras intento aparentar normalidad, algo bastante complicado cuando siento que llevo días al borde del colapso mental.

El aire huele a madera húmeda tras la lluvia de anoche y a café recién hecho, dos olores que normalmente me encantan y consiguen relajarme, aunque hoy ni siquiera eso parece funcionar.

—¿Has dormido bien, cariño? —me pregunta mamá.

Bajo la mirada hacia mi taza antes de responder, removiendo el café.

—Más o menos.

He dormido a ratos, dando vueltas en la cama como una idiota y con la cabeza llena de pensamientos que no me llevan a ningún sitio.

Bueno, miento. Sí me llevan a algún sitio, el problema es que siempre terminan en el mismo lugar: él.

Primero me ignora, luego me rechaza y después me empotra contra una pared al besarme como si le fuera la vida en ello, así que agradecería que alguien me explicara qué demonios pasa por su mente porque yo ya me he perdido por completo.

—Te noto rara —murmura, mirándome de reojo.

Rara.

Ojalá fuera solo rara.

Además, seguro que ha tenido que oler su aroma en mí, sería imposible que no lo hiciera, pero no me ha dicho absolutamente nada y eso, lejos de tranquilizarme, me pone todavía más nerviosa.

Una parte de mí lleva días esperando esa conversación que ambas estamos evitando de forma bastante evidente y que, sinceramente, no tengo ninguna gana de afrontar. Aunque todo apunta a que hoy va a ser el día.

Doy un largo suspiro y dejo mi taza sobre el escalón de la escalera donde estamos sentadas, tapadas con una manta por el fresco de la mañana.

—Uff… —empiezo, pasándome una mano por la cara.

Ni siquiera sé realmente qué quiero contarle.

¿Qué se supone que tengo que decir?

¿Qué me he pasado media vida criticando el instinto y a quienes se dejaban arrastrar por él para acabar exactamente igual?

¿Que no controlo nada de lo que me está pasando?

¿Que, para colmo, todo esto ocurre con un alfa?

¿Y que ese alfa me vuelve completamente loca de una forma que odio porque rompe todas las reglas que juré no seguir jamás?

Fantástico.

Humillante.

Totalmente humillante.

—No tienes que contarme nada si no quieres. Si necesitas hablar, estoy aquí —se apresura a decir al notar mi evidente crisis existencial.

Le sonrío, apoyo mi mano sobre la suya y agradezco, una vez más, que nunca me presione cuando no estoy preparada para hablar.

Creo que todavía no puedo decir en voz alta lo que está pasando, así que opto por fingir que todo está perfectamente.

Una estrategia terrible, por cierto.

—No es nada importante, mamá. No te preocupes.

Ella me observa con un atisbo de preocupación.

Evidentemente, como madre y loba, puede oler y sentir mi estado de ánimo, especialmente cuando llevo prácticamente desde que regresé al pueblo metida en una montaña rusa emocional constante.

Y gran parte de la culpa la tiene Marcus, porque no sé qué hacer, no sé qué sentir y tampoco entiendo por qué me afecta tanto todo esto.

No sé absolutamente nada y la frustración que he sentido durante estos días empieza a mezclarse con una tristeza absurda o quizá aceptación. Todavía no lo tengo claro.

¿Qué es lo que quiero realmente?

¿Qué se supone que debería hacer?

¿Dejar que mi instinto me guíe hasta él o luchar por mi orgullo después del trato de mierda que me ha dado?

Porque mandarlo a tomar por culo sería totalmente razonable.

El idiota se ha esforzado bastante para llegar hasta aquí, ganándose la medalla al capullo del año.

El problema es que luego aparece mi parte animal, esa traidora sin dignidad, y lo único que quiere es continuar justo donde lo dejamos y llegar muchísimo más lejos.

Lo que viene siendo que me folle brutalmente y sin vergüenza alguna.

Maravilloso.

Claro que sí, guapi.

Pues va a ser que no.

Además, el hecho de que no me encuentre demasiado bien tampoco ayuda.

Siento como si me estuviera resfriando, pero sin llegar a estarlo del todo, y eso es rarísimo porque nosotros no enfermamos con la misma intensidad que los humanos.

Tenemos mucha más tolerancia tanto al dolor como a las enfermedades, así que esta sensación extraña me está agobiando bastante.

Esta mañana me he despertado otra vez con sensación de fiebre, aunque ahora parece haberse suavizado un poco, pero sigue sin parecerme normal y eso empieza a ponerme nerviosa.

Por el rabillo del ojo veo a mi madre suspirar y morderse el labio, incómoda porque tampoco sabe muy bien cómo abordar esta conversación, pero justo en ese momento la pantalla de mi móvil se ilumina con un mensaje de Owen y jamás pensé que me alegraría tanto de ser interrumpida.

Menos mal.

—¿Quién es? —pregunta, aprovechando la distracción.

Está claro que la curiosidad puede con ella o quizá simplemente agradece tanto como yo haber esquivado esa conversación.

Otro día será.

—Owen —respondo mientras desbloqueo el móvil—. Le dije que no me encontraba bien y ha estado pendiente de mí.

Bueno, eso y que he utilizado sentirme mal como excusa para no verlo, porque probablemente no le habría hecho demasiada gracia que oliera a otro macho, ni por la rivalidad evidente que existe entre ellos ni por lo que sea que hay entre nosotros.

Porque nombre no tiene.

Pero intención… sí.

Al menos por su parte.

Porque por la mía ya no tengo absolutamente nada claro.

Es que, joder.

¿Por qué tiene que ser tan complicada la vida?

Owen: Buenos días, princesa. ¿Cómo te encuentras hoy?

Es un encanto, eso nadie puede negarlo y, aun así, al leer su mensaje vuelvo a pensar directamente en quien no debería.

Siempre hacia Marcus.

Cuesta abajo y sin frenos.

Yupi.

El móvil vuelve a iluminarse.

Owen: Quería decirte que voy a salir a entrenar un rato, así que, si te encuentras mejor, me encantaría que me acompañaras. Últimamente me falta motivación y contigo quizá hasta me esfuerce más.

No puedo evitar reírme, negando suavemente.

Keira: Buenos días. ¿Y quién dice que mi presencia te motivaría?

La respuesta llega al instante.

Owen: Yo. Pero para estar seguros, deberías venir y comprobarlo tú misma. Te recojo en media hora.

Mi madre arquea una ceja y me observa con paciencia, esperando a que por fin le cuente qué está pasando.

—Pasa en media hora a recogerme —le cuento—. Me propone que vaya a verlo entrenar.

—Eso suena interesante —responde intentando esconder una sonrisa burlona—. Yo de ti no lo desaprovecharía. Anda, ve a cambiarte.

Y quizá tiene razón.

Ya basta de encierro voluntario y de pasarme los días dándole vueltas a lo mismo.

¿A quién no le viene bien un poco de atención masculina para despejarse?

Y si esa atención viene de un alfa de ojos grises absurdamente atractivo que, además, se interesa por mí sin volverme loca con señales contradictorias… Mejor que mejor.

Claro… Sigue repitiéndotelo, Keira. A ver si cuela.

Cállate.

Apuro el último sorbo de café antes de levantarme.

—Pues tienes razón, hay que aprovechar la vida que son dos días.

—Esa es mi chica —me alaba mamá mientras me da una palmadita en el culo que me arranca una risa.

Después de dejar la taza en la cocina, subo a mi habitación para cambiarme y ponerme la ropa deportiva.

Me pongo mis mallas y mi top negro, que nunca defraudan, y me recojo el pelo en una coleta alta frente al espejo, observando mis propias ojeras y decidiendo ignorarlas, igual que he estado haciendo últimamente.

Regreso al porche justo cuando Owen aparece y no puedo evitar alzar ligeramente las cejas al ver lo poco que ha tardado.

Qué eficiencia y rapidez.

Nunca le he preguntado dónde vive, pero, por el tiempo que ha tardado en llegar, no debe estar demasiado lejos de casa. Automáticamente empiezo a preguntarme…

¿Dónde vivirá…?

¡Para!

Joder, no me importa una mierda.

¿Entonces por qué demonios he pensado eso?

Aprieto la mandíbula al bajar los escalones e intento apartar ese estúpido pensamiento, aunque últimamente mi cerebro parece haberse convertido en un club exclusivo al que Marcus entra sin invitación cada cinco minutos. Y, sinceramente, ya empieza a tocarme bastante las narices.

—Buenos días —saluda a mi madre con tono amable—. ¿Cómo se encuentra hoy?

—Bien, gracias, Owen —responde mi madre, con una cálida sonrisa.

Si es que ella es el sol y yo soy la luna.

No hay mujer más bella y dulce, y no lo digo porque sea mi madre, sino porque es la pura realidad.

El egoísta de mi padre nunca la mereció.

Y nunca lo hará.

—Cuídala —le pide, levantándose para darme un abrazo, antes de que baje del porche.

—Con mi vida —responde él. Lo dice con tanta seguridad que me deja un segundo sin aire, cuando sus ojos caen sobre mí, intensos y hambrientos.

Parece que alguien no ha olvidado cómo terminó nuestro último encuentro.

—¿Lista?

—Sí, lista.

—Pasadlo bien —se despide mamá de nosotros con la mano.

Empezamos a caminar tranquilamente en dirección al sendero que se adentra entre los árboles mientras intento convencerme de que esta salida es una buena idea y no un intento bastante patético de sacar a un alfa gruñón de mi cabeza de una maldita vez.

Spoiler: no lo consigo.