El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1) CAPÍTULO 18 MARCUS
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CAPÍTULO 18 MARCUS

MARCUS

Su rastro dulce y salvaje se ha quedado suspendido en el ambiente, impregnando cada rincón del taller, hasta el punto de que todo huele a ella, y eso hace que me resulte jodidamente difícil mantener la compostura.

Camino de un lado a otro como una bestia enjaulada, pasándome una mano por el pelo mientras intento respirar con normalidad, aunque me resulta imposible.

El corazón me late con tanta fuerza que parece querer salirse de mi pecho y la sangre se me ha acumulado en la polla, quedándose ahí para joderme todavía más la existencia con una erección dolorosa que no hace más que recordarme lo cerca que he estado de perder completamente el control.

Mierda.

Un segundo más y no habría parado.

Y eso es precisamente lo que me revuelve el estómago, porque por mucho que intente justificarlo, sé perfectamente lo cerca que estuve de cruzar una línea de la que probablemente no habría sabido volver.

En cuanto la tuve contra la pared y sentí su deseo, dejé de pensar con claridad y todo lo demás desapareció.

Maldigo mi falta de control mientras me llevo una mano a la cara y exhalo con fuerza, intentando calmar algo que no parece dispuesto a obedecerme.

—Idiota… eres un puto idiota —mascullo para mí mismo.

Termino dejándome caer sobre la silla, hundiendo el rostro entre las manos mientras intento ordenar mis pensamientos, pero es inútil porque todo vuelve a ella.

Todavía tengo su sabor en los labios.

Todavía puedo sentir cómo su cuerpo se amoldaba al mío, sus pechos aplastados contra mi pecho mientras sus caderas se movían contra mí con desesperación, buscando más. Cómo se aferraba a mi cuerpo con desesperación, intentando eliminar cualquier espacio entre nosotros.

Y la imagen de ella jadeando cuando la empujé contra la pared vuelve una y otra vez a mi cabeza, alimentando un deseo que sigue tan vivo que me pone todavía más de mala hostia, porque incluso ahora mi cuerpo sigue reaccionando como si ella continuara aquí delante de mí.

Joder.

No tenía que haberla tocado.

Jamás tendría que haber permitido que ese instinto me arrastrara de esa manera.

Llevo años controlándolo, domando esa parte de mí que todos insisten en llamar mi naturaleza de alfa, evitando las luchas, alejándome de los impulsos más primarios, rechazando esa necesidad absurda de dominar y conteniéndome, constantemente, para demostrar que no soy como los demás.

Y en cuestión de segundos todo se ha ido completamente a la mierda.

Por ella.

Cierro los ojos con fuerza y dejo caer la cabeza hacia atrás mientras las palabras resuenan en mi cabeza una y otra vez, golpeándome con más fuerza cada vez hasta que termino dándome cuenta de lo que realmente fueron.

Una confesión.

Esto es lo que provocas, Keira…

Una verdad que salió de mi boca antes de que pudiera detenerla, porque eso es exactamente lo que está haciendo conmigo: provocarme cosas que jamás había sentido, empujarme a lugares de mí mismo que llevo años intentando mantener enterrados.

Aprieto la mandíbula al recordar lo ocurrido y sé exactamente lo que he hecho, aunque no haya sido intencionado.

La he marcado.

Con lo cerca que hemos estado, con el roce desesperado de nuestros cuerpos y la forma en la que me restregué contra ella, la he impregnado con mi aroma.

Y cualquiera será capaz de olfatearlo, porque no hay forma de esconder algo así, y mucho menos entre los nuestros.

La vergüenza cae sobre mí primero, pesada y asfixiante, porque la he marcado sin su permiso y he dejado que mis instintos hablaran por mí de la peor manera posible.

Me imagino su reacción cuando se dé cuenta de lo que significa, y una parte de mí sabe que probablemente me odiará por ello. Más de lo que ya lo hace.

Pero justo detrás llega otra sensación mucho más oscura, una que aparece lentamente y se abre paso por encima de la culpa aunque intento rechazarla desde el primer segundo.

Es más primitiva, más honesta y mucho más difícil de admitir, porque nace de una parte de mí que llevo demasiado tiempo intentando mantener encerrada.

Orgullo.

Orgullo, maldita sea.

Porque ahora todos van a oler mi esencia sobre ella.

Porque van a saber que la he tocado.

Porque una parte enferma de mí disfruta pensando que eso dejará claro que me pertenece, y ese pensamiento me provoca tanto rechazo como satisfacción, incapaz de decidir qué me repugna más: haber perdido el control de esa manera o descubrir que una parte de mí sigue queriendo mucho más de lo que ya ha conseguido.

No te pertenece.

Me reprendo de inmediato, tensando todo el cuerpo al escuchar mi propia conciencia poniéndome en mi sitio mientras aprieto los puños hasta sentir presión en los nudillos.

Pero mi lobo gruñe en respuesta desde lo más profundo de mí, mordiéndome en las entrañas.

Él lo tiene muy claro.

Es suya.

Y todo el maldito mundo debería saberlo.

Me llevo las manos a la cabeza, arrepintiéndome al instante de todo lo que le he dicho, aunque haya salido de forma completamente involuntaria.

No pretendía soltar algo así. Era un pensamiento que debía quedarse enterrado en lo más profundo de mi ser, donde nadie pudiera verlo, pero no he sido capaz de contenerlo, igual que últimamente tampoco soy capaz de controlar absolutamente nada cuando ella está cerca.

No pienso permitir que huelas a otro. En ti solo debería estar yo.

Me paso ambas manos por la cara, intentando borrar la imagen de su expresión cuando me ha escuchado decir semejante barbaridad.

—Por la diosa… ¿pero qué coño me pasa? —murmuro entre dientes.

Sabía que tenía que mantenerme lejos de ella.

Lo supe desde el primer momento, por eso he sido un gilipollas con ella, por eso la he empujado lejos cada vez que sentía que empezaba a perder terreno.

Intentaba protegerme exactamente de esto, de la sensación de no reconocerme cuando la tengo delante, pero mantener la distancia se está convirtiendo en una misión imposible cuando todo dentro de mí la reclama de una forma cada vez más salvaje.

He tenido que hacer un esfuerzo descomunal para no salir detrás de ella cuando me ha apartado y se ha marchado, porque la única idea que tenía en la cabeza era volver a buscarla, hundir la nariz en su cuello y respirar su olor hasta volverme completamente loco.

Mi parte más oscura quería mucho más que eso. Quería morderla y no soltarla, someterla a mi voluntad, ponerla a cuatro patas y enterrarme en ella hasta hacer desaparecer cualquier rastro de otro macho. Quería llenarla con mi semen para que, de una vez por todas, supieran que me pertenece.

Y que ella también lo entendiera. Que tuviera claro, sin margen para dudas, que es mía y solo mía.

Joder…

Intento convencerme de que todavía puedo dominar esto, de que sigo teniendo el control, pero cada segundo que pasa me deja más claro que eso es una puta mentira.

Jamás había sentido algo así por nadie. Nunca me he dejado arrastrar por mis instintos y ahora ella me trastoca con una facilidad aterradora, sacando a la superficie aquello que llevo años intentando mantener encerrado: el alfa que quiere marcar, dominar y reclamar, el que ansía su olor más que la propia vida y no soporta imaginarla cerca de nadie más.

Mucho menos de Owen.

Solo pensar en él hace que golpee la mesa que tengo al lado con tanta fuerza que el metal se hunde bajo mi puño, dejando una abolladura.

—¡Me cago en la puta! —gruño mientras sacudo la mano.

Esto no era lo que buscaba para mi vida. Cuando la necesidad apretaba, buscaba hembras fuera de la manada, lejos, muy lejos, únicamente para saciar la necesidad y volver como si no hubiera pasado nada. Nunca había sentimientos de por medio, tampoco promesas, ni amor, ni consecuencias.

Nunca me permití desear a nadie de verdad porque entendí hace mucho tiempo que, si no dejas entrar a nadie, nadie tiene la oportunidad de destrozarte.

Respiro como un animal herido mientras intento recuperar algo de cordura, caminando otra vez por el taller sin rumbo fijo. Me obligo a pensar que esto solo ha sido un desliz pasajero, un error del que todavía puedo recuperarme si hago las cosas bien.

No voy a volver a acercarme a ella.

No voy a volver a tocarla.

No voy a volver a cometer este error.

Pero cuanto más intento convencerme, más noto a mi bestia revolverse dentro de mí, furiosa, desgarrándome desde dentro, porque ambos sabemos que estoy mintiendo.

Si Keira vuelve a ponerse delante de mí, no voy a ser capaz de detenerme.

Y entonces recuerdo lo que pasó en La Cabaña, el rugido que vibró en su pecho cuando Malena creyó que era buena idea enfrentarse a una loba, por muy humanizada que estuviera.

Keira sigue siendo una depredadora y algo dentro de mí reaccionó en aquel instante de una forma que todavía estoy intentando comprender.

Mientras la veía, sentí un impulso salvaje de transformarme junto a ella, de ponerme a su lado y protegerla de cualquiera lo bastante idiota como para desafiarla. Quise protegerla y, al mismo tiempo, hacer algo mucho más egoísta y posesivo: dejar claro que era mía.

Me odié por sentirlo.

Y me odio todavía más por no poder arrancarme esa necesidad de dentro.

El golpe de la puerta me sobresalta y me arranca de mis pensamientos con tanta brusquedad que tardo varios segundos en reaccionar.

Levanto la vista cuando Benton entra en el taller y su expresión mezcla preocupación con una diversión apenas disimulada que me hace saber que probablemente ya se ha cruzado con Keira saliendo de aquí.

Perfecto.

Qué puta maravilla.

Me paso una mano por la cara, agotado, mientras él cierra la puerta a su espalda y empieza a caminar hacia mí sin prisa, observando el taller a su alrededor, mi cara y todo lo que claramente delata lo que ha pasado aquí, aunque no hace falta ser ningún genio para entenderlo.

—Marcus, ¿qué ha pasado, hijo?

—Nada —respondo sin mirarlo.

Los dos sabemos que es una mentira de mierda y lo deja claro al arquear una ceja y soltar una risa nasal mientras cruza los brazos sobre el pecho.

—Claro. Y supongo que el hecho de que Keira huela a ti, desde la otra punta del pueblo, se debe a que os habéis chocado accidentalmente y todo lo demás ha sido pura casualidad.

Aprieto la mandíbula.

No respondo enseguida porque, en cuanto cierro los ojos, vuelvo a verla pegada a mi cuerpo, jadeando contra mi boca, aferrándose a mí mientras yo perdía la maldita cabeza.

Joder.

—La he besado, Ben —confieso, levantando los brazos con exasperación, sin saber qué más hacer ni qué decir porque toda esta mierda me supera—. Ha sido un error.

La diversión desaparece de su rostro y su expresión se vuelve completamente seria.

—¿Estás seguro de que eso es lo que piensas?

Suelto una risa amarga y niego lentamente.

Ni siquiera sé lo que pienso.

Trago saliva y fijo la vista en el suelo, incapaz de sostenerle la mirada.

—No debí tocarla. He perdido completamente el control.

Ben guarda silencio unos segundos antes de acercarse hasta quedar a mi lado.

—Explícame qué significa exactamente perder el control.

Aprieto los puños.

—Significa que en cuanto la tengo cerca dejo de pensar con normalidad. Significa que su olor me vuelve completamente loco y que cada vez me cuesta más recordar por qué estoy intentando mantenerme lejos de ella.

Mi respiración empieza a volverse irregular otra vez.

—He tenido que hacer un esfuerzo descomunal para no salir detrás de ella cuando se ha marchado. Todo mi cuerpo me pedía hacerlo. Quería volver a tocarla.

Mi garganta se cierra.

—Quería mucho más que eso.

—¿Y qué es lo que tanto te asusta?

Suelto una carcajada vacía y me pongo en pie de golpe, demasiado alterado para seguir sentado.

Empiezo a caminar por el taller, sin rumbo, mientras me paso las manos por el pelo.

—No lo entiendes.

—Haz que lo entienda.

Me giro hacia él con el pecho subiendo y bajando con fuerza.

—Mi cuerpo la reconoce. Cada vez que está cerca siento que no puedo pensar con claridad, no puedo respirar y solo quiero…

Las palabras mueren en mi garganta.

Porque decirlas en voz alta las haría demasiado reales.

Porque ni siquiera quiero escucharme admitir el nivel de obsesión que siento por ella.

—Solo quiero marcarla —admito en voz baja, presionándome la frente con una mano mientras intento controlar mi respiración—. Quiero borrar cualquier rastro de otro macho y asegurarme de que todo el mundo sepa que es mía.

Sacudo la cabeza, frustrado y sin saber cómo explicarme sin sonar completamente desequilibrado.

—Y eso es exactamente lo que me convierte en un monstruo.

—No. Lo que te convierte en un buen alfa es que ese pensamiento te aterra.

Me quedo inmóvil.

—Perder el control una vez no te convierte en un monstruo —continúa—. Lo que pasa es que llevas tanto tiempo castigándote por lo que eres que has empezado a creer que cualquier emoción intensa es peligrosa.

Cierro los ojos e intento respirar con calma.

—No quiero hacerle daño —susurro.

Y esa es la verdad más grande de toda esta mierda.

—No se lo harás —me asegura.

Niego con la cabeza.

—No puedes saber eso.

—Sí puedo —responde sin dudar—. Porque te conozco. Y porque un macho realmente peligroso no estaría aquí derrumbándose por miedo a herir a su hembra.

Hembra.

¿Mi hembra? No tiene sentido…

Quiero decirle que está equivocado.

Quiero reírme en su cara y negar cada palabra.

Pero no puedo.

Porque, por primera vez, siento que quizá él ve algo que yo llevo demasiado tiempo intentando ignorar.

Una parte de mí quiere creerlo.

La otra sigue queriendo huir.

—No puedo tenerla —digo finalmente, con la voz rota—. No debo.

El hombre que me ha criado me observa con tristeza antes de dirigirse hacia la puerta, aunque se detiene antes de abrirla.

—Marcus… he visto lo que hace la soledad cuando uno decide convertirla en castigo.

Ambos sabemos que no está hablando solo de mí y eso me deja sin saber qué decir.

—Escúchame bien. Pase lo que pase, no te encierres pensando que la soledad es mejor que sentir.

Sus dedos se cierran sobre el pomo.

—Te espero en la camioneta. Tómate tu tiempo.

Cuando se marcha y vuelvo a quedarme solo, el silencio del taller resulta ensordecedor.

Me repito que debo olvidarla.

Que todavía estoy a tiempo de alejarme.

Que si corto esto ahora quizá pueda protegerla del desastre que soy.

Pero en el fondo sé que ya es demasiado tarde.

Porque algo dentro de mí ya la ha elegido.