CAPÍTULO 17 KEIRA
KEIRA
Vuelvo a casa con el corazón desbocado y las manos temblando, tanto, que apenas acierto a sacar la llave del contacto. Cuando por fin lo hago, me quedo un momento inmóvil, con la frente apoyada sobre el volante, mientras intento recuperar el aire.
Sigo oliendo a él.
Me encanta y me cabrea, a partes iguales, lo que resulta todavía más frustrante.
Salgo del vehículo y entro en casa, sin mirar siquiera a mi alrededor. Subo las escaleras prácticamente corriendo hasta encerrarme en el baño. Abro el grifo del agua caliente al máximo mientras tiro de mi ropa bruscamente para desnudarme.
Ya he dejado la puta cajita en casa de mi primo, en su habitación, y menos mal que no había nadie, porque ahora mismo solo quiero que me dejen en paz.
Solo quiero borrar la huella que ha dejado en mi cuerpo.
Porque me ha impregnado con él en el momento en que se ha refregado contra mí.
Me ha marcado, el muy cabrón. Lo que todavía no sé es si lo hizo a propósito o si simplemente perdió el control, porque su mirada estaba completamente nublada y estoy bastante segura de que la mía reflejaba exactamente lo mismo.
Entro en la ducha y me coloco bajo el agua, dejando que caiga sobre mí mientras intento respirar con normalidad.
Como siempre, nada tiene sentido cuando se trata de él y esa sensación me supera tanto que acabo gruñendo antes de aporrear la pared de la ducha con el puño para desahogarme. El golpe retumba en el baño y el dolor me recorre la mano segundos después, pero ni siquiera me importa.
Me enjabono con insistencia, frotando una y otra vez hasta que mi piel se vuelve roja y sensible.
Y, aun así, sigue ahí.
Joder.
Todo está yendo en aumento y lo siento cada vez con más intensidad. Mi loba tira de mí con más fuerza cada día y me veo perdiendo el control sin poder hacer absolutamente nada para impedirlo.
Y ya no es solo que Marcus me altere.
Es que mi propio cuerpo me está traicionando.
Justo lo que juré que jamás permitiría.
Mi parte omega intenta salir a la luz, desesperada por complacer al alfa que me lleva por el camino de la amargura, y esa es la parte que más me duele aceptar.
No se trata solo de él.
Ni de que sea un alfa.
Se trata de mí.
De todo lo que despierta dentro de mí cuando lo tengo cerca.
De mi loba, que pierde completamente la cabeza cuando se trata de él y no atiende a ninguna razón.
Soy una omega.
Y ese instinto tiene un precio.
Podría haberlo detenido, pero no lo hice.
No dejo de repetírmelo una y otra vez.
Todavía siento el roce de su aliento en mi cuello, la presión de sus colmillos sobre mi piel cuando me mordió, cegado por los celos al escupir el nombre de Owen entre dientes, como si pronunciarlo le quemara por dentro, como si realmente le importara que yo pudiera relacionarme de forma romántica con él.
Y luego está esa maldita frase.
Solo puedes oler a mí.
La rabia me inunda en cuanto la recuerdo.
¿Quién coño se cree que es?
Su maldita arrogancia de alfa y esa necesidad absurda de marcar territorio sobre algo que ni siquiera le pertenece hacen que apriete los dientes mientras cierro los ojos con fuerza.
Debería enfadarme únicamente por eso.
Debería estar furiosa por la forma en la que me habló, por cómo actuó como si tuviera algún derecho sobre mí.
Pero el problema es que no es así.
Porque, en cuanto esa escena vuelve a mi cabeza, también siento un calor intenso extenderse por mi vientre, obligándome a apretar los muslos en un intento desesperado por aliviar la presión que aparece justo en mi centro.
Mi clítoris late de una forma agonizante y una oleada de placer me sacude con tanta intensidad que tengo que morderme el labio para reprimir un gemido que amenaza con escapar.
Mi loba, en cambio, ronronea satisfecha dentro de mí, completamente complacida y orgullosa por lo ocurrido, igual que una cachorra a la que acaban de premiar por portarse bien, disfrutando de esa maldita posesividad de una forma que me dan ganas de gritar.
—Me cago en la puta... —jadeo entre dientes, apoyando ambas manos contra la pared de la ducha mientras intento controlar mi respiración.
Odio que me haga sentir así.
Odio que una simple frase suya tenga este efecto en mí.
Odio todavía más recordar que, durante unos segundos, todo desapareció y solo existió él, su cuerpo, su olor y la forma en la que consiguió que me olvidara de absolutamente todo.
Que es básicamente lo que pasa cada vez que acabo atrapada en su mirada, en esos preciosos ojos azules que me roban el aliento y me hacen olvidar, aunque solo sea por unos segundos, todas las razones por las que debería mantenerme lejos de él.
Y eso es lo que realmente me asusta: que una parte de mí lo quiera… y que otra directamente lo necesite.
Con el pecho subiendo y bajando con fuerza, cierro el grifo y salgo de la ducha, envolviéndome con una toalla mientras intento recuperar algo de cordura. Camino hasta el espejo y levanto la mirada, quedándome paralizada al ver mi reflejo.
Tengo las pupilas dilatadas, las mejillas sonrojadas y el pulso tan desbocado que prácticamente puedo verlo latiendo en mi cuello.
No puede ser...
Paso una mano por mi pelo mojado y suelto una risa seca, totalmente incrédula.
—¿Qué coño me está pasando? —susurro para mí misma. Es la misma maldita pregunta que me hago todos los días, varias veces además, y cada vez estoy más lejos de encontrar una respuesta.
¿Por qué ha hecho eso?
Sus señales son totalmente contradictorias y me está volviendo completamente loca.
Un momento parece odiarme y al siguiente actúa como si no soportara que otro lobo me toque. Me rechaza, me confunde y, aun así, no consigo sacármelo de la cabeza.
Pero eso me está agotando. Siento que en cualquier momento voy a explotar y ni siquiera sé qué va a pasar cuando ocurra.
Salgo del baño y me dejo caer al suelo de mi habitación, apoyando la espalda contra la cama mientras me paso las manos por la cara e intento ordenar mis pensamientos, aunque empiezo a asumir que eso ya es misión imposible.
Pienso en todo lo que llevo evitando desde que volví a Crowewood y en la razón por la que me marché en primer lugar. Pienso en lo fácil que es que alguien te reconozca y decida que le perteneces; y en lo rápido que puedes perder tu libertad en el momento en que la verdad sale a la luz.
He pasado años escondiéndome, fingiendo que soy como los demás y convenciéndome de que podía controlar lo que siento y lo que deseo, intentando olvidar lo que soy para que nadie me encierre en un rol que jamás he querido para mí.
Y ahora llega él y me rompe todos los esquemas.
Cierro los ojos con fuerza, pero entonces vuelve a invadirme su aroma.
Denso.
Salvaje.
La esencia misma del bosque.
Una esencia tan reconocible y tan imposible de olvidar que hace que mi respiración se corte en seco y mis ojos se abran de par en par mientras todo mi cuerpo se queda completamente inmóvil al notar cómo, de repente, todas las piezas encajan.
Ese olor no es nuevo.
Lo sentí el día que llegué al pueblo, justo delante de casa. Es el mismo aroma del lobo negro que me observaba junto a mi coche, el mismo que encontré en el bosque y que se acercó a mí hasta permitirme posar la mano sobre su cabeza.
Mi corazón empieza a golpear con violencia contra mis costillas cuando por fin entiendo algo que siempre ha estado delante de mis narices, y me siento completamente idiota por no haberlo visto antes.
Era él.
Marcus.
El lobo negro y Marcus son el mismo.
Mi instinto lo supo mucho antes que yo. Lo reconoció desde el principio y yo he estado demasiado cegada intentando entender su comportamiento como para ver lo obvio.
Me llevo la mano al cuello y trago saliva cuando noto la piel ardiendo, aunque no haya ninguna marca visible.
—Marcus... —susurro con la respiración temblorosa—. Eres tú.