CAPÍTULO 16 KEIRA #3
Su aroma, fuerte y salvaje, me envuelve por completo, nublando mis sentidos, dejándome al borde de la locura.
Es demasiado.
Abro los ojos como platos y suelto un sonido ahogado, mientras mi loba se retuerce dentro de mí ante la creciente necesidad, empujando, reclamando, queriendo salir.
—Demuéstramelo entonces —me susurra al oído, con un deje de provocación.
Me quedo completamente quieta, con los labios entreabiertos, intentando respirar entre los jadeos cortos, porque ahora mismo no está entrando el oxígeno suficiente para hacer que mi cerebro funcione con normalidad.
Una mezcla brutal de sensaciones galopa en mi interior, despertando un hambre voraz.
Hambre de él.
—Apártate… —le ordeno con apenas un hilo de voz.
Ni yo misma me creo esa orden y parece que él tampoco, porque no me hace caso.
Al contrario.
Se inclina, apretándose más contra mí mientras sus labios rozan mi oreja. Su respiración caliente me provoca un escalofrío que recorre toda mi espalda y me deja completamente sin escapatoria.
Siento su nariz recorrer el contorno de mi cuello, recreándose, memorizando cada centímetro de mi piel… hasta que, de pronto, se detiene.
Su cuerpo se queda rígido contra el mío mientras un gruñido bajo y constante, vibra en su pecho y se clava directamente en el mío, haciéndome contener el aliento.
—¿Por qué hueles a él? —murmura, con un tono bajo y peligroso que me pone la piel de gallina.
—¿A quién…? —pregunto, aturdida, sin tener claro de qué está hablando.
—Owen —escupe con desprecio.
Su agarre se vuelve más fuerte, más posesivo mientras su respiración se vuelve más pesada contra mi piel.
—No pienso permitir que huelas a otro —añade entre dientes, rozando mi cuello al hablar—. En ti solo debería estar yo.
Y antes de que pueda reaccionar, antes siquiera de que logre responder o apartarme…
Muerde.
Directo en el lateral de mi cuello, justo donde se encuentra una de mis glándulas, en esa zona sensible y delicada.
Suelto un ronco gemido, más animal que humano, mientras mi espalda se arquea, pegando mis pechos doloridos, necesitados de atención, contra él, buscando ese contacto sin pensar realmente en lo que hago.
Mis dedos se aferran a sus hombros con fuerza, clavándose en la tela de su camiseta, y no tengo claro si quiero apartarlo… o acercarlo más, porque todo en mí ignora cualquier lógica.
Su mano cambia de sitio, deslizándose hasta mi nuca con firmeza, guiándome, cuando su boca choca contra la mía, haciendo que todo lo demás deje de importar en ese mismo instante.
Y yo, como buena omega que soy, le doy paso separando los labios para él, cediendo sin resistencia.
Nuestras lenguas se acarician, lentas al principio, luego más intensas, haciéndome ronronear de placer contra su boca.
Su sabor es adictivo.
Lo bebo, desesperada, sin medida. Es un dulce veneno que me quema por dentro y me arrastra a querer más. Más de él. Siempre más. No hay suficiente y nunca lo habrá.
Me molesta la ropa, me sobra todo, quiero sentir la suavidad de su piel contra la mía, la dureza de sus músculos contra mis suaves curvas, sin barreras. Mis manos recorren su definida espalda, aferrándome a su cintura para atraerlo más cerca de mi centro, donde más lo necesito.
Su cuerpo responde aplastándose contra el mío, encajando perfectamente, y el calor entre los dos se vuelve insoportable en cuestión de segundos.
Me domina sin darme tregua, marcando el ritmo, y cada movimiento me arrastra más lejos de cualquier control que intente mantener.
Gimo contra su boca, sin vergüenza y él se bebe ese sonido, igual que se bebe mi desesperación, alimentándose de ello.
—Esto es lo que provocas —murmura contra mi boca con un tono cargado de deseo—. Cuando bailas así. Cuando te mueves rodeada de alfas… Esto… —me da un fuerte empujón con la cadera, clavándome su dura erección en mi bajo vientre, haciéndome jadear—. Esto es lo que provocas en mí.
Quiero decir algo, cualquier cosa, pedirle que pare… pero mi voz no responde. Se queda atrapada en mi garganta.
Su mano aprieta más mi cadera, guiándome en un movimiento lento y provocador que me roba el aire mientras se frota contra mí, avivando el fuego que ruge en mi interior. La sensación crece, se intensifica, y la humedad entre mis piernas me empapa por completo, dejándome lista para él.
Su pulgar roza mi labio inferior, lo empuja hacia abajo con suavidad, y sigue el gesto con la mirada fija, totalmente absorto en ese gesto.
—Esta boca tuya… —susurra, casi para sí mismo—. Tan provocadora…
Mi cabeza está completamente nublada, incapaz de formar un pensamiento coherente, y todo en mí se reduce a una necesidad que me empuja a entregarme por completo, a dejar de resistirme… a permitir que él termine lo que ha empezado, a que me haga suya.
Estoy a punto de ceder cuando suena un fuerte claxon, arrancándome de golpe del dulce sueño en el que estaba sumida.
La realidad vuelve de repente y todo lo demás queda cubierto por una extraña neblina, que empieza a disiparse rápidamente, llevándose con ella la sensación en la que me había perdido.
Parpadeo, totalmente desorientada.
¿Qué ha pasado?
¿Cómo he sido tan imbécil de dejar que esto ocurriera?
¿En qué estaba pensando?
Mierda… necesito respirar. Tengo que irme. Ya.
Lo empujo, apartándolo bruscamente de mí con toda la fuerza que tengo. No se resiste y eso me cabrea, porque sé perfectamente que, si quisiera, no sería capaz de moverlo ni un centímetro.
Resoplo y lo esquivo para salir cuanto antes por la puerta. No hace nada por detenerme. Ni un gesto, ni una palabra. Y eso lo empeora todo, porque, aunque no quiero que me toque, me molesta que me deje ir así.
Cruzo el taller a zancadas, con el pulso desbocado y la cabeza hecha un caos. Mis pasos resuenan contra el suelo, mientras lo único que tengo claro es que tengo que irme.
Empujo la puerta y el sol me golpea de lleno en la cara, cegándome. Aun así, sigo andando sin mirar por dónde voy… hasta que choco de lleno con alguien.
El golpe es fuerte y me hace tambalearme hacia atrás.
—¿Keira? —pregunta Benton, claramente sorprendido al verme salir así. Me sujeta por los hombros para que no me caiga—. Oye, ¿estás bien?
Su voz me llega lejana, amortiguada, igual que si estuviera bajo el agua.
—Sí —miento, con la voz aguda por el nervio que me reconcome por dentro—. Perdón, no te vi.
—¿Está Marcus…? —empieza a preguntar, mirando hacia dentro.
—No lo sé —lo corto sin dejarle terminar, pasando a su lado—. Tengo prisa.
No quiero tener que dar explicaciones ni inventar excusas.
—Pero…
Por el rabillo del ojo percibo que se queda mirándome, mientras me alejo, sin entender nada.
Saco las llaves del coche con las manos temblorosas. Me fallan los dedos y casi se me caen al suelo.
—Joder —maldigo, dando un fuerte pisotón en el suelo, frustrada conmigo misma.
Consigo abrir la puerta y me dejo caer en el asiento, cerrándola de un fuerte golpe seco.
Vale, ya está, respira.
Pero no sirve de mucho.
Su olor sigue en mí.
Estoy marcada con su aroma.
Me cago en la puta.
Me miro en el espejo y veo mis mejillas rosadas y, al sentarme, noto la incomodidad de lo mojada que estoy.
Maldita sea.
—Arranca —me digo en voz baja, como una orden desesperada—. Arranca ya.
Giro la llave. El motor ruge y, sin pensar, saco el vehículo marcha atrás, haciéndolo derrapar e incorporándolo bruscamente a la carretera.
Piso el acelerador a tope y dejo el taller atrás lo más rápido que puedo.
No sé si estoy huyendo de él… o de lo que despierta en mí.
Tal vez de las dos cosas.
En mi vida, nunca, jamás, he sentido nada ni remotamente parecido a lo que acabo de sentir con Marcus. Y cuanto más lo pienso, más claro lo tengo, porque ni siquiera lo de ayer con Owen se le acerca lo más mínimo.
Esta mañana lo tenía claro. Pensaba que con Owen podía haber algo, incluso me imaginaba un futuro con él… pero ahora no lo tengo claro. Todo lo que antes tenía sentido se ha venido abajo en cuestión de segundos.
No sé ni cómo explicarlo sin que suene exagerado, sin que parezca que estoy perdiendo el norte, porque es demasiado intenso, demasiado irracional, demasiado salvaje… y, aun así, cada palabra que se me ocurre se queda corta.
Hay algo dentro de mí que me arrastra hacia él… y, en cuanto me toca, toda la tensión se disuelve, convirtiéndose en una calidez que me hace sentir como en casa.
Y lo peor es que no tengo forma de justificarlo, porque no debería ser así, porque no tiene sentido…
Me llevo una mano a la cabeza, apretando los ojos, porque me duele como si fuera a estallar en cualquier momento.
Tengo ganas de llorar, de gritar, de parar el coche en mitad de la carretera y bajarme, mirar al cielo y preguntarle al mundo entero qué cojones es esto que me está pasando.
Porque no lo entiendo.
No lo controlo.
Y no sé qué hacer con ello.