El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1) CAPÍTULO 16 KEIRA #2
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CAPÍTULO 16 KEIRA #2

Pero no hay manera. Sigo tan nerviosa que noto cómo se me seca la boca.

Cuando aparco frente al taller y bajo, el sol golpea el tejado metálico con fuerza y la luz se refleja en la chapa de las puertas, obligándome a entrecerrar los ojos y llevarme una mano a la cara para protegerme.

Me quedo un segundo, respirando hondo antes de moverme, reuniendo toda la poca paciencia y valor que me queda antes de entrar.

Venga Keira, tú puedes.

Alargo la mano y tiro suavemente del pomo para comprobar si está abierta. La puerta cede con un chirrido y asomo la cabeza, echando un vistazo rápido para asegurarme de que Cody no me ha mentido y que, efectivamente, no hay nadie.

Vale, tenía razón. No hay nadie.

Eso me hace sentir mucho más tranquila, aunque no del todo.

Sigo captando su olor, así que doy por hecho que es porque ha estado hoy aquí.

No le des más vueltas. Trabaja aquí, es normal que huela a él.

Una vez asegurado el perímetro, entro dejando que la puerta se cierre a mi espalda lentamente. Camino entre mesas llenas de herramientas, piezas de motor y trapos grasientos, mirando a un lado y a otro mientras intento localizar lo que he venido a buscar.

Todo está desordenado, pero parece tener sentido para quien trabaja aquí. Es un caos que, de alguna forma, funciona, muy en su línea. Lo reviso todo rápidamente, intentando adivinar dónde demonios podría haber dejado mi primo algo tan pequeño y delicado

—¿Dónde demonios está? —murmuro, apartando cajas con la mano y revisando estantes sin mucho cuidado.

Solo quiero irme de aquí cuanto antes, sin perder ni un segundo más.

Paso la palma por una superficie llena de polvo y grasa, y el contacto me hace apartarla bruscamente, sacudiéndola con gesto de asco.

Puaj.

Miro mi mano con mala cara y niego para mí misma.

Sí, voy a matar a mi primo. Está decidido.

Cojo uno de los trapos que encuentro y me limpio, frotando para intentar retirar de mi piel todo el pringue con el que me he manchado.

Me agacho junto a la mesa de trabajo que creo que es la suya y empiezo a rebuscar. No la veo por ninguna parte y cada vez me impaciento más.

En uno de esos movimientos, tropiezo con una caja metálica que cae al suelo con un fuerte golpe que resuena en todo el taller.

—Mierda… —susurro.

Me apresuro a recoger las llaves desperdigadas, procurando dejarlo todo como estaba mientras echo miradas rápidas alrededor, como si alguien fuera a aparecer en cualquier momento.

Espero que no, por favor.

Pero… ¿por qué sigo esperando encontrármelo? Debe de ser que soy masoquista y no lo sabía.

Paso del tema y sigo a lo mío, desterrando esa idea.

Cuando ya tengo casi todo recogido, algo llama mi atención.

Una cajita de color aguamarina.

Ahí está, por fin.

Sonrío al verla, aliviada, y la cojo enseguida. La guardo en el bolsillo de mi pantalón de chándal, asegurándome de que queda bien metida, para no perderla.

Y justo entonces, cuando estoy a punto de incorporarme del todo…

Un clic metálico de una puerta abriéndose me detiene en seco, haciendo que la sensación de triunfo se esfume.

Me incorporo un poco, apoyándome en el borde del banco de trabajo para asomarme y ver de dónde proviene el sonido. El corazón me da un vuelco y dejo totalmente de respirar.

No puede ser… ¿Se han alineado los astros para conspirar en mi contra o qué?

Marcus sale del despacho y soy incapaz de reaccionar. Estoy totalmente congelada.

¿Qué hace aquí? Se suponía que estaba en una emergencia… aunque parece que alguien ha acabado antes de lo previsto.

Pues qué bien.

Si no me muevo, si me quedo exactamente dónde estoy… quizá no me vea.

La idea me da un segundo de falsa esperanza, pero desaparece enseguida cuando recuerdo que es un maldito lobo y que ya me habrá olido en cuanto ha abierto la puerta. Y por si eso no fuera suficiente, tiene la mirada clavada en mí.

Así que no, no hay escapatoria posible.

Me cago en la puta.

No lleva el uniforme de trabajo. Va con unos vaqueros negros, que se ajustan a sus piernas, marcando lo fuertes y anchas que son, y una camiseta negra de manga corta que le resalta los hombros tan anchos que tiene.

Es un jodido armario. Un armario musculoso y atractivo…

No te despistes, céntrate. Es el enemigo. Recuérdalo.

Mis ojos lo recorren de arriba a abajo, deteniéndose donde no deberían, y cuando me doy cuenta ya es tarde.

Porque sí. Da igual lo que se ponga, está buenísimo de todas las formas posibles.

Eso no lo puede negar nadie.

El cabello húmedo se le pega en mechones a la frente, recién duchado, y en su rostro está ese ceño fruncido de siempre, esa expresión dura que parece no desaparecer nunca… y que, de alguna forma, lo hace aún más intimidante, y excitante…

Tengo que apretar los muslos por la humedad que empieza a acumularse justo en mi centro, mezclándose con un calor intenso que se extiende por cada rincón de mí y me obliga a moverme ligeramente.

Y eso solo por mirarlo.

¿Qué pasaría si sus manos se deslizaran sobre mí, recorriendo cada una de mis curvas y posándose…?

Espera… desde aquí no podrá oler lo excitada que estoy, ¿verdad?

La idea me arrolla como si fuera un tren de alta velocidad, dejándome la mente totalmente en blanco cuando me fijo en que sus pupilas están dilatadas y sus fosas nasales se ensanchan, olfateando en mi dirección.

Mierda, mierda, mierda, mierda.

¿Y ahora qué hago?

Desvío la mirada, incapaz de seguir sosteniéndosela ni un segundo más, y empiezo a contar del revés, aferrándome a ese patrón para mantenerme a flote.

Cuatro, tres, dos, uno. Cuatro, tres, dos, uno.

Repito la secuencia para mí misma una y otra vez, intentando que el ritmo me saque de esta sensación que me tiene completamente atrapada.

Venga… tengo que actuar con normalidad. Armarme de valor y levantarme con toda la dignidad posible. No puedo quedarme aquí escondida.

Sería muy, muy raro.

Aunque no será por ganas…

Ains.

—Pues qué bien… —resoplo, incorporándome mientras me obligo a recomponerme, cuadrando los hombros y adoptando una expresión lo más tranquila posible, fingiendo que no pasa absolutamente nada y que estoy teniendo un día completamente normal, con las ganas de salir corriendo bien guardadas.

—¿Qué haces aquí? —pregunta de forma brusca.

Señoras y señores, Mister simpatía está aquí.

Arrugo la nariz ante su comportamiento tan poco amable, sintiendo cómo la irritación empieza a ganar terreno al nerviosismo.

—¿Y a ti qué te importa? —gruño, con la sangre hirviendo—. No es asunto tuyo.

Mira qué bien. Ya no estoy nerviosa, pero sí cabreadísima. ¿Cómo se puede ser tan estúpido?

—Claro que me importa. Estás en mi taller. —El músculo de su mandíbula se tensa al decirlo, marcando aún más la dureza de su expresión.

La forma en que lo dice me crispa y ese tono de posesión… me enciende en más de un sentido.

No es el mejor momento para que te pongas así… así que más te vale calmarte.

—Vaya, qué honor estar en territorio sagrado —suelto, alzando los brazos y dejando escapar una carcajada seca que no tiene nada de divertida.

Doy un paso hacia él y me planto delante, con los brazos en jarra y la mirada desafiante.

—Y, por cierto… —añado, con voz fría—. No necesito ningún perro guardián que venga a socorrerme.

Las palabras salen antes de que pueda pensarlas bien.

¿Por qué he dicho eso?

Me arrepiento al instante y sé perfectamente que ha sido mi enfado quien ha hablado.

¿No es porque esperas que reaccione de alguna forma en concreto a tu provocación?

Maldita voz… Cállate.

Da un paso hacia mí.

Después otro.

El espacio entre los dos se acorta y siento cómo el pulso me golpea en las sienes con fuerza, resonando como tambores de guerra.

Pero no me muevo.

No voy a retroceder, aunque se dirija hacia mí como si yo fuera un pobre corderito y él el lobo feroz. No me va a intimidar, si es lo que pretende.

De eso nada, monada.

Levanto la barbilla y él me observa fijamente, con una intensidad que no sé cómo manejar, con esos preciosos ojos azules clavados en los míos, tan claros que siento que ve a través de mí.

No ha sido buena idea.

Lo sé.

Tendría que haberme ido y acabar con esto antes de que fuera a más. Pero no, no podía. Tenía que plantarle cara.

Bien hecho, Keira.

Me cruzo de brazos, conteniendo todos los sentimientos que empiezan a arremolinarse en mi interior, cada uno más confuso y frustrante que el anterior.

—¿Estás segura? —pregunta, con voz autoritaria.

El tono que emplea me recorre entera y hace que mi loba despierte, como una llamada directa.

Y es muy, muy extraño lo que esa simple pregunta ha provocado en mí.

¿Por qué siento la necesidad de decirle la puta verdad?

Que una parte de mí ronroneó de placer al ver cómo me defendió, inundando mi cabeza de imágenes lascivas y sucias donde encajaba perfectamente bajo él, bajo su dominancia.

¿Pero qué cojones?

Parpadeo, confusa y aprieto un poco más los brazos contra mi cuerpo, a modo de escudo.

—Sí. Puedo defenderme sola —aseguro, entornando los ojos.

—¿Defenderte? —repite, con un deje de incredulidad, mirándome como quien oye una estupidez—. ¿Qué harías si uno de esos idiotas decide morderte? ¿Si no te da tiempo a escapar?

Su mirada se desvía poco a poco hasta mi cuello, justo en el punto donde mi pulso late con más fuerza, y noto cómo se queda ahí, fijo, como si pudiera verlo, como si pudiera sentirlo desde la distancia.

—Le rompería el hocico antes de que me rozara. No soy una niña.

Sus labios se curvan entonces en una sonrisa peligrosa, distinta a todo lo que le había visto antes. Nunca habría sido capaz de imaginarme algo tan jodidamente sexy y lascivo en él. No sé siquiera si esa era su intención, pero, por la diosa…

Sin darme cuenta, me relamo los labios por la necesidad de probarlo, de saber si su sabor es tan embriagador como su aroma.

Suelta un gruñido feroz y no me da tiempo a reaccionar.

Antes de que pueda siquiera procesarlo, me empotra contra la pared y una mano enorme envuelve mi garganta, obligándome a alzar la barbilla hacia él.

Se mueve tan rápido que apenas soy consciente de lo que está pasando hasta que lo tengo encima.