CAPÍTULO 16 KEIRA
KEIRA
Ayer me lo pasé muy bien en el picnic. Estuve muy a gusto, sobre todo con Owen, porque con él todo fluye fácilmente.
Se está ganando mi cariño y empiezo a pensar que podría haber algo más entre nosotros, en un futuro no muy lejano.
Me resulta alucinante que yo esté pensando en esto, porque no es algo habitual en mí, pero también es verdad que nadie me había llamado tanto la atención como para planteármelo de esta manera.
También ayudó mucho el ambiente con los demás.
Flora es adorable, tiene una forma de ser que te hace sentir incluida enseguida y Nico es muy gracioso, siempre encuentra la forma de hacerte reír.
Con ellos puedo ser yo misma. Aunque no del todo, porque hay una parte de mí que sigo escondiendo.
No me siento lo suficiente preparada para enseñarles mi mayor secreto, mi naturaleza, que soy una omega.
Pero de eso ya me preocuparé más adelante.
Ya es media tarde cuando me dejo caer en la vieja mecedora del porche, buscando un momento de calma.
Tengo un libro abierto sobre el regazo e intento concentrarme, pero la tranquilidad del momento juega en mi contra y apenas avanzo un par de páginas antes de que el sueño empiece a ganarme y note cómo se me van cerrando los ojos poco a poco.
Parpadeo un par de veces, intentando espabilarme y volver a centrarme en la lectura, pero no sirve de mucho. Las letras empiezan a mezclarse, pierdo el hilo sin darme cuenta y, al final, dejo de luchar contra el cansancio.
No es algo puntual. Últimamente estoy así todo el tiempo. Me siento un momento y caigo enseguida. Supongo que será por la paz que hay aquí y también por el aburrimiento, que eso hace mucho.
Doy un gran bostezo y bajo un poco el libro, dejándolo apoyado sobre las piernas sin cerrarlo del todo.
Pienso en mi madre, en cómo me leía cuentos justo aquí, en este mismo porche, cuando yo creía que el bosque era algo mágico y no un lugar lleno de normas que asfixian. De pequeña no entendía muchas cosas… y ahora, siendo sincera, tampoco es que entienda muchas más.
La casa está en silencio. Mi madre y mi tía han salido a hacer la compra y, este rato a solas, es como un regalo.
No porque me moleste su compañía, ni mucho menos.
Me gusta estar con ellas. Mi madre nunca me ha prohibido nada ni me ha puesto límites, que me hagan sentir atrapada, y mi tía tampoco es de meterse donde no la llaman.
Pero, aún así, echo de menos mi independencia.
Estoy a nada de quedarme dormida cuando el móvil empieza a vibrar sobre la mesita.
El sonido rompe la calma en la que estaba sumida y frunzo el ceño sin abrir los ojos. No me molesto ni en mirar la pantalla; simplemente estiro el brazo, a ciegas, tanteando la superficie hasta encontrar el móvil y, en cuanto lo tengo, lo cojo y cuelgo la llamada directamente.
Silencio.
Dos segundos después, vuelve a vibrar.
Aprieto los labios, molesta, y repito el mismo gesto. Lo cojo, cuelgo otra vez y lo dejo donde estaba, esperando que con eso sea suficiente.
Pero parece que quien sea no entiende la indirecta —bastante directa— porque vuelve a llamar otra vez.
Suelto un resoplido y dejo caer la cabeza hacia atrás.
No necesito mirar quién es. Solo hay una persona en este mundo que puede ponerse así de insistente.
—¿Qué quieres, Cody? —gruño, descolgando la llamada y llevándome el teléfono a la oreja mientras me hundo más en la mecedora.
—Hola, prima favorita. ¿Te pillo ocupada? —pregunta, con una inocencia tan falsa que casi puedo verlo sonriendo al otro lado.
—Estaba echando la siesta —respondo, apoyando el brazo sobre la cara—. Eso cuenta como estar ocupada.
—Bah, dormir es perder el tiempo —asegura, convencido de lo que dice—. Tengo una misión para ti. Una muy importante.
Ni me lo pienso.
—No.
—¡Si todavía no te he dicho de qué va!
—Me da igual —murmuro, moviendo un poco la mecedora con el pie—. Contigo siempre acabo metida en algún lío.
Me dejo caer hacia un lado, mirando el techo del porche mientras hablo, ya anticipando por dónde va a ir esto.
—Exageras —replica—. Es solo un favorcillo, nada grave: ir al taller y recoger una cosa para mí.
Lo suelta tan rápido que me cuesta entenderlo al principio, intenta colármelo antes de que pueda negarme.
Pero lo entiendo.
Oh, claro que lo entiendo.
—¿Al taller? —me incorporo de golpe, dejando la mecedora balancearse detrás de mí—. ¡Ni loca! —le grito.
Basta con pensarlo para que se me forme un nudo en el estómago.
—Eh, eh, tampoco hace falta que te pongas así —intenta calmarme—. Es entrar, coger una cajita y salir. Nada más.
—Sí, claro. Facilísimo —bufo, pasándome una mano por la cara—. ¿Y qué pasa si me cruzo con tu compañero super simpático y agradable?
No hace falta que diga el nombre. Ya sabe a quién me refiero.
—Te prometo que Marcus no está —asegura, tratando de sonar convincente, con tono solemne.
Pongo los ojos en blanco, aunque no pueda verme, y dejo escapar el aire por la nariz.
—Claro, claro…
—En serio, Keira —insiste—. Esta mañana, él y Benton tuvieron que irse a una emergencia. Están lejos, así que aún tardarán en volver. El taller está vacío.
—No voy a hacerlo —respondo tajante, dejándome caer otra vez contra el respaldo.
La mecedora cruje al recibir mi peso y vuelvo a balancearme.
—Anda, Keira… —alarga mi nombre, arrastrándolo—. Hazlo por mí. Es importante.
—¿Qué puede ser tan importante? —pregunto, intrigada, con más curiosidad que enfado a estas alturas.
Al otro lado se hace un silencio demasiado largo, sobre todo para mi primo.
Sospechoso…
Entrecierro los ojos, esperando.
—No importa —dice al final.
—Claro que importa. Si voy, necesito saber qué estoy buscando.
—Vale, vale… —suspira dramáticamente—. Es una cajita con un colgante.
—¿Un colgante? —repito, alzando las cejas, sorprendida. No me esperaba eso.
—Sí. Lo hice yo mismo, a mano.
Suelto una risa burlona.
—¿Tú, haciendo joyas?
—Calla.
—No, en serio… —digo, riéndome por lo bajo—. Esto hay que verlo.
—Keira…
—¿Y para quién es? —insisto, cambiando el teléfono de mano—. ¿Para la loba con la que desapareciste en el bosque?
Al otro lado se escucha un gemido lastimero, que no llega a ser una respuesta, pero que deja claro que he tocado la tecla correcta.
Interesante.
—No es asunto tuyo —declara rápidamente a la defensiva, con intención de cortar el tema antes de que siga tirando del hilo.
—¿Ah, sí? —refunfuño, acomodándome mejor, ya completamente despierta y con una sonrisa que no ve pero que se nota en mi voz—. Pues no voy.
—Por favor, anda, ve a por él —dice, y esta vez sí suena a súplica de verdad—. Lo necesito para hoy y no voy a poder volver al taller, así que, cuando lo cojas, déjalo en mi casa… y que no te vea nadie.
Encima con exigencias.
Me llevo un dedo a la barbilla y doy un par de golpecitos, tomándome mi tiempo a propósito para no ceder tan rápido y hacerlo sufrir un poco.
¿Soy mala?
Se lo merece.
Es un desastre… y me trata como su chica de los recados.
—Por fi, por fi, por fi… —repite en bucle, sin parar, igual que cuando éramos críos.
—Eres un pesado, Cody.
Gruño por lo insistente que se pone cuando le da por ese plan, consiguiendo sacarme de quicio. Me inclino hacia atrás con exasperación, porque esa táctica siempre le ha funcionado… y lo sabe perfectamente. Cualquier cosa con tal de que se calle.
—Está bien —cedo finalmente, soltando un suspiro hastiado—. Pero me debes dos favores. Mejor tres. Y no pienso olvidarlo.
—¡Hecho! —exclama, claramente aliviado—. Te adoro.
—¿Y dónde está exactamente? —alcanzo a decir, pero ya ha colgado sin decirme dónde está esa dichosa cajita.
Me quedo mirando el móvil unos segundos, en silencio, con la ceja ligeramente levantada, procesándolo.
¿Pero este chico es tonto?
Todavía con el teléfono en la mano vuelvo a marcar su número, llevándomelo a la oreja mientras espero que conteste.
Pero nada. Salta directamente el mensaje de que está apagado o fuera de cobertura.
Me aparto el móvil lentamente, mirándolo con incredulidad, y suelto otro resoplido, esta vez más largo.
Pues qué bien… Esto ya no va a ser entrar y salir como esperaba. Si tengo que ponerme a buscar dónde cojones la ha dejado, me voy a pasar allí la tarde entera. Y no me hace ninguna gracia.
Un día de estos voy a matarlo…
Empiezo a valorar seriamente la idea de ignorarlo y volver a mi siesta… pero no soy capaz.
Cojo el libro de mi regazo y entro en casa, cruzando el salón para dejarlo sobre la mesa.
Luego agarro las llaves del coche, doy media vuelta y salgo otra vez con la sensación de que me voy a arrepentir.
No dejo de pensar que es mala idea, que debería pasar completamente del tema y dejar que se apañe solo… pero no puedo. Si he dicho que sí, tengo que hacerlo. Siempre me pasa lo mismo, me quejo, protesto, pero al final acabo cumpliendo.
Así que subo al coche, cierro la puerta y arranco, saliendo a la carretera camino al taller.
Mientras avanzo, con una mano apoyada en el volante y la otra cambiando de marcha, me obligo a creer que él no estará, repitiéndomelo una y otra vez para ver si así consigo creérmelo de verdad. Porque con la suerte que tengo, será entrar y chocarme con él.
Solo con pensar en su nombre se me acelera el pulso.
No tiene ningún sentido. ¿Qué cojones tiene este tío para hacerme sentir así? Que alguien me lo explique, por favor.
Aprieto los labios y doy un pequeño golpe al volante con la palma, frustrada conmigo misma.
La idea de volver a verlo me pone muy nerviosa, pero hay una parte de mí que lo ansia, y no poco precisamente… aunque no debería en absoluto. Ya me lo he repetido millones de veces: él me ignora. Así de simple.
Es como sentirte atraída hacia una torre de alta tensión. Sabes que es peligroso, sabes que te va a doler… y aun así te acercas. Y lo peor es que parece que he perdido todo instinto de supervivencia, porque me lanzo de lleno a esos cables de electricidad.
Joder…
No estará, repito mentalmente, una y otra vez, obligándome a confiar en ello, a ver si así consigo tranquilizarme un poco.
No estará.
No estará.