El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1) CAPÍTULO 15 KEIRA #3
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CAPÍTULO 15 KEIRA #3

Los veo marcharse, siguiendo su espalda con la mirada, cada vez más convencida de que esto ha sido todo menos improvisado, hasta que acaban dejándome sola con Owen.

¿Pero qué es este complot tan poco elaborado?

En serio, no se han esforzado ni un poco.

Me giro hacia él, que no parece inmutarse en absoluto, limitándose a hacerles un gesto con la cabeza a modo de despedida, tan tranquilo, como si nada.

—¿Se puede saber qué ha sido eso? —le pregunto, mirándolo con una ceja alzada.

Se gira hacia mí y se encoge de hombros, sin darle la más mínima importancia.

—Bueno, mejor, así volvemos a estar solo tú y yo.

Uff… volvemos a esas. Aunque… sí, tiene razón.

Respiro hondo y me dejo caer sobre la manta con un suspiro de alivio, estirando las piernas y los brazos todo lo que puedo. Por fin espacio. Hay que ser práctica y mirar el lado bueno de las cosas.

Soy más alta que la mayoría de las chicas y siempre termino encogida en sitios así, incómoda, con las piernas mal colocadas. Pero ahora puedo estirarme a mis anchas.

Qué gusto, por favor.

Owen no tarda en imitarme. Se tumba a mi lado, lo bastante cerca como para que su calor y aroma me envuelva, y en cuanto se acomoda, desliza su mano hasta encontrar la mía. Sus dedos se entrelazan con los míos y empieza a acariciarme dibujando círculos que, en otro momento, me relajarían.

Pero no ahora.

Me encantan las caricias, siempre me han gustado, pero en este momento, algo tan simple está haciendo que cierta parte de mi cuerpo palpite con demasiada intensidad.

Si es que estoy enferma…

—¿Estás cómoda?

Asiento y dejo que mi cabeza caiga sobre su hombro, acomodándome mejor contra él.

—Ahora sí.

Aunque, si me pusiera sobre él, probablemente estaría todavía más cómoda. Tengo que morderme la lengua para no soltarlo en voz alta.

—Eres distinta, ¿sabes? —dice de pronto.

Hago una mueca, sin saber muy bien cómo tomármelo. Siempre he sido distinta, eso lo tengo claro. Pero no siempre ha sido algo bueno. Muchas veces ha sido justo lo contrario.

—No sé si eso es bueno o malo —le contesto, girándome hacia él para mirarlo mejor.

—Es bueno. Es lo que te hace especial. Contigo no hay que fingir —añade —. Aquí todos esperan demasiado de la gente equivocada.

Su tono cambia, se vuelve más serio, y me doy cuenta de que esto no es una conversación sin importancia. Hay algo detrás de lo que dice, algo que no termina de encajar del todo.

—Pero eso no significa que no podamos cambiarlo.

Creo que no sé muy bien por donde va.

—¿Tú crees?

—Claro que sí —asegura, convencido—. Algún día voy a ser mucho más que uno más en esta manada.

No sé si esa ambición me atrae… o me pone en alerta. Hay algo en la forma en la que lo dice que no es solo confianza.

Pero no digo nada.

Yo no soy nadie para juzgar los sueños de nadie. Ni sus ganas de llegar más lejos.

Se gira hacia mí, acortando la poca distancia que queda entre nosotros, y sus dedos suben hasta perderse en mi pelo, enredándose en algunos mechones con suavidad.

Y mi cuerpo, cómo no, interpreta eso como una señal de guerra.

Otra vez ese calor.

—Me gusta mucho verte así —murmura, con la voz más baja.

—¿Así cómo? —pregunto, aunque creo que sé la respuesta, manteniendo la mirada en la suya.

—Cómo te relajas cuando estás conmigo —susurra, casi rozando mis labios al hablar.

Sus dedos bajan para recorrer mi brazo haciendo que la piel se me erice.

—¿Y no debería?

—Deberías… pero no del todo —responde, bajando aún más la voz, hasta convertirla en un susurro grave—. Porque cuando me miras de esa forma, no sé si voy a poder contenerme.

—¿Y si no quiero que te contengas?

—Ten cuidado con lo que deseas, Keira.

Su respiración cambia, acelerándose mientras el calor que desprende su cuerpo aumenta.

—Creo que me arriesgaré.

No lo pienso demasiado. Simplemente lo digo.

Sus ojos cambian otra vez, oscureciéndose hasta mostrar al depredador que lleva dentro, claramente excitado por el juego en el que estamos entrando.

—Sabía que eras peligrosa.

Se incorpora apoyándose en un brazo, inclinándose sobre mí, y sus dedos vuelven a subir por mi brazo con una lentitud desesperante antes de apartar mi pelo hacia un lado, dejando mi cuello completamente expuesto para él.

Sus dedos se deslizan entonces por mi cuello, y cuando lo roza con los labios, no puedo evitar resoplar.

—Hueles jodidamente bien —ronronea contra mi piel, aspirando mi aroma.

Empieza a besarme lentamente, recorriendo mi cuello con paciencia, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Cuando su lengua roza mi garganta, se me escapa un gemido grave, imposible de contener.

Mierda.

—Owen…

Él sonríe contra mi piel, lo noto en la forma en la que su boca se curva y baja un poco más, haciéndome perder la cabeza.

No aguanto más.

Me incorporo de golpe, empujándolo hacia atrás, sin darle tiempo a reaccionar, y una vez tumbado, me subo a horcajadas sobre él, sintiendo cómo su erección presiona justo en mi centro, justo donde más lo necesito, y el contacto me arranca un fuerte jadeo.

Se incorpora para poder besarme, acercándose a mí con urgencia, y cuando nuestras bocas se encuentran otra vez, lo hacen sin ningún tipo de cuidado, con una intensidad salvaje.

Le muerdo el labio, y noto la humedad entre mis piernas de forma demasiado evidente. Estoy totalmente empapada.

Me aferro a su camiseta, completamente cegada, tirando de él hacia mí mientras su mano se cuela bajo la tela y recorre mis costados con caricias firmes, subiendo hasta mis pechos, haciendo que mi respiración se vuelva irregular.

Y justo ahí…

Marcus.

La imagen aparece como si de un puñetazo se tratase. La forma en la que me miró en el taller. La rabia en sus ojos cuando me defendió de Gideon.

Me quedo rígida entre sus brazos.

Joder… ¿ahora?

¿Pero por qué me martirizas de esta manera? ¿Qué he hecho yo?

—Keira… Si quieres que pare, solo tienes que decírmelo.

Una parte de mí piensa que quizá debería parar. Que, si sigo, si me dejo llevar del todo, igual consigo sacarme a ese alfa que me ignora de la cabeza. Borrarlo. Obligarme a olvidarlo.

Pero no estoy segura.

Ni siquiera me ha tocado… y aun así tira de mí con una fuerza devastadora y que no entiendo ni puedo explicar.

Me cago en la puta.

Frustrada, niego con la cabeza.

—No. No quiero que pares.

Sin darme margen, vuelve a besarme con intensidad. Gime al agarrarme de la cintura y tirar de mí contra su cuerpo, marcando un ritmo que me arranca un suspiro ahogado.

Un gruñido bajo empieza a vibrar en su pecho, totalmente animal. Es su lobo, pidiendo más.

Santa diosa… estoy ardiendo. La cabeza me da vueltas y el cuerpo me pide justo lo que sé que no deberíamos hacer aquí, ahora. Si no paramos, vamos a acabar follando en medio del prado, y no es precisamente buena idea.

—Joder… creo que necesitamos un paseo —murmuro, separándome lo justo para poder respirar, aunque todo en mí protesta por esa distancia.

Él no me suelta de inmediato. Sus manos siguen en mis caderas, como si le costara decidir, debatiéndose entre parar o dejarse llevar. Entonces, en lugar de apartarse, sube las manos hasta mi rostro y lo sujeta entre ellas, obligándome a mirarlo. Sus ojos recorren los míos con intensidad.

—Tienes razón… o voy a olvidarme de dónde estamos —responde con un suspiro—. Pero esto no ha terminado, Keira.

—¿Ah, no?

—No. Y pienso asegurarme de que lo recuerdes.

Un cosquilleo de emoción me recorre el cuerpo entero ante la promesa que se esconde en sus palabras y, aun así, en lugar de calmarme, lo único que consigo es sentirme más inquieta.

Sería muy fácil dejarme llevar, ceder a lo sencillo que resulta cuando alguien no duda, cuando simplemente avanza hacia lo que quiere sin mirar atrás. Pero entonces vuelve a colarse en mi cabeza la misma imagen de antes, imposible de ignorar por mucho que lo intente, la de Marcus.

Aprieto la mandíbula, molesta conmigo misma, porque no debería estar pensando en él ahora, no cuando acaba de pasar esto con Owen, no cuando tengo delante a alguien que está aquí, que me toca, que me busca sin dudar. Y, aun así… ahí está otra vez.

No puedo evitar preguntarme: Si Owen fuera Marcus ahora mismo… ¿sentiría lo mismo? ¿Dudaría o habría cruzado ya ese límite sin preguntarme, arrastrándome con él sin opción a escapar?