CAPÍTULO 15 KEIRA #2
Intento mantener la calma, de verdad que lo intento, pero mi cuerpo, como siempre, va por libre. Hace lo que le da la gana, sin consultarme, y ha decidido que las normas no van con él. Y punto.
Con todo eso encima, no puedo evitar fijarme en cómo le quedan los vaqueros, marcándole esas piernas largas y fuertes, y la camiseta blanca…
joder, la camiseta blanca debería estar prohibida, porque se le ajusta a los hombros, al pecho, a ese abdomen que se dibuja incluso bajo la tela, y es imposible no mirar.
Y ni hablemos de su sonrisa, que no engaña a nadie y promete maldades demasiado tentadoras como para siquiera plantearse resistirse, de esas que te dejan claro que con él las cosas nunca van a ser tranquilas… ni aburridas.
¿Y quiero resistirme?
Desde luego que no.
Me muerdo el labio mientras lo repaso de arriba abajo otra vez, sin disimular, conteniendo a duras penas el gemido que se me queda atrapado en la garganta.
En serio… contrólate.
Levanto la vista hacia su cara, obligándome a hacerlo, y su mirada ya no es del todo humana. Tiene ese brillo lobuno imposible de esconder, las pupilas dilatadas, la cabeza ligeramente ladeada y una forma de mirarme que deja claro que no está mirando sin más… me está evaluando.
Y lo sé.
Está oliendo lo excitada que estoy.
En su cabeza, eso solo puede significar una cosa.
Su presa.
Supongo que debería preocuparme, o al menos incomodarme un poco… pero no. Ni un poquito.
Últimamente me he vuelto una desvergonzada y, en momentos como este, me da exactamente igual, así que me mantengo donde estoy, sosteniéndole la mirada.
Se separa de la valla y empieza a acercarse hacia mí como un depredador que ya ha decidido que lo que tiene delante es suyo.
Y, en este caso… uno muy grande y muy tentador.
—Te veo muy interesada… —dice con una sonrisa ladeada, sin dejar de avanzar—. ¿Te gusta lo que ves?
Diosa, ayúdame. Porque últimamente no me estás ayudando en nada.
—No está nada mal —respondo, empleando un tono entre el desafío y el juego, alzando ligeramente la barbilla.
Cuando llega frente a mí, apoya sus manos en mi cintura y tira de mi para pegarme contra su cuerpo, acortando cualquier espacio entre los dos.
Tan… tan tentador…
—Estaba deseando verte —ronronea en mi oído mientras desliza la nariz por mi cuello, rozándome la piel con una lentitud que me pone a mil —. No te haces una idea de las ganas que tenía.
Sus palabras no ayudan en absoluto. Al contrario, hacen que todo se intensifique.
Antes de que me dé tiempo a decir nada, a pensar siquiera una respuesta, me besa. Se abre paso en mi boca con suavidad, pero con la firmeza suficiente para arrancarme el gemido que tenía atrapado, y joder… me pierdo en el momento.
Le paso los brazos por el cuello y lo atraigo más hacia mí, pegándome a él todo lo que puedo, buscando que el beso sea más profundo, más intenso. Me dejo llevar sin frenos, porque ahora mismo es lo único que quiero.
Cuando el mundo se reduce a su boca y a sus manos… una tos exageradamente falsa rompe el momento.
Nos separamos de golpe, sobresaltados, girando la cabeza casi al mismo tiempo, sin ser conscientes de que alguien se ha acercado. Nuestras respiraciones están aceleradas y no puedo evitar sentir que nos han pillado haciendo algo mucho peor de lo que realmente es.
Tardo un segundo en centrarme y, cuando lo hago, veo a Nico y Flora plantados frente a nosotros, mirándonos con clara diversión en el rostro.
Qué bien, si tenemos público.
—Vaya, vaya… —dice Nico, sujetando una cesta de picnic mientras alza una ceja—. ¿Llegamos en mal momento?
—Llegáis justo a tiempo —les aseguro tras un suave carraspeo, apartándome un poco y acercándome con una sonrisa nerviosa.
Flora me abraza con calidez, tan natural como siempre.
—Me alegra que hayas venido —murmura.
—Yo también —respondo, devolviéndole el gesto.
Cuando se separa, Nico se acerca a mí y me ofrece el puño para chocarlo. Owen también los saluda con total normalidad, como si aquí no acabara de pasar nada, y poco a poco el ambiente se relaja… aunque no dejo de notar cómo su mirada vuelve a mí una y otra vez, quemándome la piel.
Nos sentamos todos sobre la manta que han traído y, mientras me acomodo, cruzando las piernas, dejo la mochila a un lado. Aprovecho ese momento para mirar alrededor con más calma.
El lugar es precioso. El amplio claro está cubierto de flores de todos los colores y tamaños, esparcidas sin orden, llenándolo todo de vida. Entre los pétalos, varias mariposas revolotean de un lado a otro, trazando un baile mágico.
No lo había apreciado de verdad hasta ahora. Mi atención estaba puesta en cierto alfa que prácticamente no se separa de mí.
Estamos sentados con las piernas cruzadas y su rodilla está apoyada contra la mía. No se aparta y es imposible no ser consciente de ese contacto, todo el rato.
—Es bonito, ¿eh? —comenta Flora mientras alisa la manta con las manos.
—Precioso —respondo, todavía mirando alrededor.
Abro la mochila y saco los sándwiches y los tentempiés. Nico, por su parte, empieza a repartir refrescos y Flora lo organiza todo, moviendo aquí y allá lo que hace falta hasta que todo queda colocado.
En nada tenemos un pequeño banquete improvisado.
Cojo un sándwich y le doy un bocado, pero en ese momento siento un ligero mareo. No llego a perder el equilibrio porque estamos sentados. Aun así, tengo que apoyar la mano en la pierna de Owen para estabilizarme.
—¿Estás bien? —pregunta, sujetándome por el antebrazo, mientras la otra mano se apoya en mi cintura para mantenerme cerca.
Parpadeo un par de veces, intentando aclararme. No sé muy bien qué me pasa, pero siento algo raro… como si algo dentro de mí estuviera despertando.
Y no sé si eso debería preocuparme… o no.
Llevo unos días así, rara, pero tampoco sé explicarlo mejor.
—Sí, sí… solo ha sido un mareo —le digo, apoyando mi mano sobre la suya para tranquilizarlo, mientras respiro hondo y parpadeo otra vez para despejarme.
—Ese beso tan apasionado te ha debido de subir la tensión —bromea Nico desde el otro lado, sin perder detalle.
Su pareja le suelta un manotazo a modo de reprimenda.
—¡Auch! —se queja él, frotándose el brazo.
Aprovechando ese momento, Flora se inclina hacia mí, desviando la atención de la metedura de pata de su compañero, claramente con la intención de que no vuelva a sacar el tema.
—Lo que hizo Malena… no estuvo bien —dice, apoyando su mano en mi brazo, apretando un poco para llamar mi atención—. Se pasó bastante. Y, sinceramente, se lo merecía. No tenía derecho a decir todo eso. Solo quería que lo supieras.
Parpadeo, algo descolocada, intentando asimilar lo que acaba de decir. No me esperaba eso. Para nada. Y mucho menos que alguien de aquí lo viera así.
—¿De verdad piensas eso? —pregunto, sin tener del todo claro si lo está diciendo en serio.
—Claro —asegura sin dudar, encogiéndose ligeramente de hombros—. Fue cruel. No tenía derecho a decir nada sobre vosotras. Y menos de esa forma. Desde entonces no he vuelto a saber de ella y, la verdad… tampoco me importa.
Siento cómo los ojos me escuecen por las lágrimas que están intentando escapar por la emoción que me provocan sus palabras y tengo que tragar saliva para no venirme abajo.
No sé muy bien qué decir, porque no me lo esperaba… pero joder, lo necesitaba.
—Gracias —le digo, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Para eso están las amigas.
Levanto las cejas totalmente sorprendida.
Es mi amiga.
No sé muy bien por qué, pero al escucharlo siento un calor reconfortante en el corazón que me pilla totalmente desprevenida… y las lágrimas traicioneras intentan de nuevo escapar con todas sus fuerzas, presionando detrás de los ojos.
Lo siento chicas, pero no será hoy.
¿En qué momento me he vuelto tan sentimental?
Agarro la lata de refresco que tenía sin tocar, la abro con un pequeño chasquido y le doy un buen trago. Por suerte sigue fresca, menos mal.
—¿Sabes? Aquí fue donde Nico me pidió que fuéramos compañeros —dice al cabo de un momento, mirando a su alrededor—. No voy a olvidar este sitio nunca.
La observo en silencio, siguiendo su mirada, y no hace falta que diga mucho más. El brillo en sus ojos lo deja todo claro.
No puedo evitar pensar que… ojalá yo tuviera algo así.
Nico le pasa el brazo por los hombros, arrimándola a él y le deja un beso tierno en la mejilla.
—Ya te estás poniendo sentimental —bromea, aunque en su tono es más suave de lo habitual.
—Cállate —responde ella con una pequeña risa, dándole un empujoncito.
Aparto la mirada al notar que estoy invadiendo un momento que es solo suyo.
Intento no darle demasiadas vueltas a lo que acabo de pensar.
Nunca me ha supuesto ningún problema estar soltera; incluso lo prefería.
Pero, al verlos a ellos, la conexión que tienen…
entiendo que pensaba así porque no sabía lo que era esto.
El almuerzo continúa de forma tranquila. El calor del sol nos templa la piel de forma agradable mientras el aire arrastra el aroma dulce de las flores que nos rodean. Es un momento sencillo, pero se siente bien de verdad.
Cojo un tentempié, me lo llevo a la boca y, justo cuando doy el primer bocado, Nico se pone en pie de un salto. Se sacude las manos para quitarse las migas y le tiende la mano a Flora.
—Propongo dar un paseo para bajar la comida —dice, tirando de ella para levantarla.
Flora, que aún no ha terminado de comer, frunce el ceño, claramente confundida por su reacción tan repentina, mirando primero a Nico y luego a lo que tiene entre manos.
—Pero si acabo de…
No llega a terminar la frase. Nico la mira, y algo en esa mirada hace que ella se calle, quedándose en silencio a mitad de gesto.
—Ah… vale —murmura, levantándose al fin, todavía algo desconcertada.
Entonces se gira hacia mí con una sonrisa demasiado inocente para ser casual.
—¡Buena idea! Vamos a dar un paseo, volvemos en un rato —asegura, lanzándome un guiño que deja claro que aquí hay algo más.
—No tardamos —añade Nico mientras se alejan, ya dándose la vuelta.