El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1) CAPÍTULO 15 KEIRA
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CAPÍTULO 15 KEIRA

KEIRA

Han pasado unos días desde el enfrentamiento con Malena y, desde entonces, Owen no ha dejado de estar pendiente de mí. Me escribe a todas horas, preguntándome cómo estoy, si he comido, si he salido a correr o simplemente buscando cualquier excusa para hablar conmigo un rato.

Cada vez que leo su nombre, no puedo evitar sonreír. Es un encanto: atento, guapo, carismático, divertido y buenorro… lo tiene todo, el pack completo y, ahora mismo, todo para mí.

¿Qué más puedo pedir?

Flora tampoco se ha quedado atrás. Ella también ha estado pendiente de mí, preguntándome cómo estoy y escribiéndome para contarme su día a día.

Sin darme cuenta, en muy poco tiempo se ha convertido en un apoyo, en alguien con quien puedo contar.

Y lo agradezco mucho, sobre todo estando en un sitio donde todavía me siento un poco fuera de lugar.

De hecho, fue ella quien propuso lo del picnic.

Dijo que, ya que hacía buen tiempo, podíamos ir los cuatro —Nico, Owen, ella y yo— y pasar el día juntos.

Owen se apuntó enseguida y remató la idea dejando claro que cualquier plan le parecía perfecto si eso significaba pasar más tiempo conmigo porque, según él, no conseguía sacarme de la cabeza.

Y, claro… así es difícil decir que no.

Así que aquí estoy, lista para salir.

Llevo la mochila al hombro, cargada con los sándwiches y los tentempiés que he preparado esta misma mañana con mi madre.

Mientras ajusto la correa antes de salir, tirando ligeramente de ella para acomodarla mejor sobre el hombro, no puedo evitar pensar en cómo ha insistido en ayudarme, más ilusionada que yo solo porque, según ella, por fin estoy haciendo amigos.

No sé muy bien cómo tomármelo. Supongo que debería alegrarme.

En la ciudad no es que me relacionara mucho. Y pensándolo bien, tampoco me molestaba. En mi defensa tengo que decir que ir a mi ritmo nunca me ha supuesto un problema. Haces lo que quieres, cuando quieres y cómo quieres. ¿Dónde está el problema?

Además, siendo sincera, los humanos siempre me han parecido bastante aburridos.

Sentía que tenía que forzar interés por sus habituales temas de conversación, seguirles el rollo…

y eso me agotaba. Era como estar todo el rato fingiendo, hasta que acababa desconectando.

Y cuando llegaba a ese punto, ya daba igual lo que dijeran. Mi cabeza estaba en otra parte.

Eso no significa que todos me aburrieran, algunas compañeras del trabajo me parecían simpáticas y su compañía era agradable, pero nada más allá de eso.

Hasta que apareció Maddie.

Al recordarla, una pequeña sonrisa aparece en mi cara. Con ella fue amor a primera vista. Todo fluía sin esfuerzo, sin tener que pensar qué decir o cómo actuar. Simplemente… encajábamos. Y eso, viniendo de mí, ya dice bastante, porque no es algo que me pase con cualquiera.

A veces, no sé, me da por pensar que algo raro tiene que haber ahí.

Porque no es normal que un humano me entienda tan bien sin conocerme apenas, y mucho más sin saber que en realidad soy una cambia formas, como ellos nos llaman.

Hay momentos en los que juraría que tiene algo de loba, aunque suene absurdo.

Aun así, llegó un punto en el que me dio la confianza necesaria para contarle mi naturaleza y se volvió totalmente loca.

Pero loca de verdad. Me bombardeó a preguntas, como es habitual en ella, cada cual más cochina y marrana.

No tiene filtro ninguno, es así, y no parece tener intención de cambiarlo. Pero eso es parte de su encanto.

Como era de esperar, por lo primero que se interesó fue por nuestras relaciones sexuales.

Es que es muy ella. No importa el tema, siempre acaba llevándolo a su terreno.

Sacudo la cabeza y vuelvo al presente.

El caso es que mi madre está feliz y eso es suficiente. Verla así hace que todo esto tenga un poco más de sentido.

Me llevo una mano a la frente y compruebo de nuevo la temperatura. Espero no estar incubando algún virus.

Me he despertado ardiendo. No me he puesto el termómetro, pero estoy casi segura de que tenía fiebre. Aun así, no le he dado demasiada importancia porque no me dolía nada, no me sentía realmente enferma… solo rara. Más caliente de lo normal… y más cachonda, todo sea dicho.

Aunque bueno, siendo sincera conmigo misma, eso tampoco es que sea algo raro en mí. Y, con el ritmo que llevo desde que llegué aquí, lo raro sería precisamente lo contrario. Así que intento no darle demasiadas vueltas al tema, porque sé que, si empiezo, no paro.

Con ese pensamiento en mente, salgo de casa y me pongo de camino al claro. Decido ir andando en lugar de coger el coche, más que nada porque me viene bien despejarme un poco y bajar revoluciones.

Mi pobre coche está completamente abandonado desde que llegué, pero ahora mismo casi lo prefiero así. No tengo prisa, y caminar me ayuda a pensar con claridad, o al menos a no pensar tanto.

Llevo ya un buen rato caminando entre los árboles, siguiendo el sendero que serpentea entre la vegetación. Me cruzo con varios lobos por el camino, algunos en forma humana y otros en su forma animal. Saludo con la cabeza o con una sonrisa, sin pararme mucho, y sigo a lo mío, manteniendo el paso.

Aun así, noto que algunos me miran más de lo normal y no tengo muy claro si es por lo ocurrido con Marcus, con Owen o con Malena…

o por todo junto. Y, la verdad, tampoco me apetece analizarlo ahora mismo, pero es difícil levantar la vista y encontrarte con que eres el centro de atención o con gente cuchicheando a tu paso.

No sé exactamente qué están diciendo, aunque tampoco hace falta ser un genio para hacerse una idea. Todo apunta a lo mismo y eso es lo que más me fastidia.

Intento seguir a lo mío, mantener el paso y hacer ver que me da igual… pero no es tan fácil cuando sientes que todos están pendientes de ti y de cada cosa que haces.

Seguro que están pensando alguna gilipollez sobre cómo una hembra no debería hacer esto o lo otro, porque aquí todos parecen tener muy claro lo que una debería ser… menos yo.

Y, con la suerte que tengo, no solo se va a quedar en eso. Ya seré la comidilla del pueblo, porque tienen material de sobra para entretenerse y, viendo el panorama, tampoco es que necesiten mucho más…

Seguro que ya están insinuando que voy a dos bandas, que si digo una cosa, pero hago otra, que si no tengo claro lo que quiero… lo típico.

¿Sabes que les digo?

Que les aproveche.

Sé perfectamente que, con todo lo que ha pasado, es justo el tipo de historia que encaja y que cualquiera se creería sin molestarse en preguntar.

Porque no es verdad.

O eso me digo.

Una vocecilla en mi interior aparece en el peor momento posible y me lanza la pregunta, colándose entre mis pensamientos.

¿Estás segura de eso?

Frunzo el ceño mientras sigo caminando, apretando un poco el paso, como si así pudiera hacer que se calle de una vez.

Por supuesto que sí. Mi interés está en Owen, que es quien está ahí para mí, no en Marcus, para quien ni siquiera existo.

Pero la voz no se calla.

¿Entonces el lobo negro no era él?

Gruño, soltando el aire con fuerza.

No… no lo era.

¿Segura?

Resoplo totalmente frustrada, pasando una mano por la cara, porque esta maldita voz debería estar de mi lado y, sin embargo, parece empeñada en hacer justo lo contrario. Mi cuerpo, por supuesto, decide sumarse a la traición e ir en la misma dirección.

Fantástico.

Mi mente y mi cuerpo están aliados contra mí. ¿Y qué se supone que hago yo con eso?

Lo que me faltaba…

Prefiero dejarlo estar porque sería otra cosa más a la que darle vueltas, y gracias… pero no. Paso.

Así que sigo caminando, centrando la vista al frente. Entre una cosa y otra el trayecto se me hace más corto de lo que esperaba. Cuando entro en el claro me doy cuenta de que es el mismo donde se celebró mi fiesta de bienvenida, no hay duda.

Aún no estoy muy familiarizada con todos los lugares de Crowewood, pero tiene sentido pensar que este sitio también se usa para las reuniones oficiales de la manada.

Es lo bastante grande como para que quepamos todos, tanto en forma humana como en forma animal…

y teniendo en cuenta lo que ocupamos cuando cambiamos, tiene todo el sentido del mundo.

—¿Reconoces este lugar? —pregunta Owen apoyado en la vieja valla de madera, haciendo que gire la cabeza bruscamente hacia él.

¡La hostia! Qué susto. Casi me parto el cuello.

Ya me imagino mi esquela: Loba joven muere por partirse el cuello ella solita.

¿Podría ser más ridículo? Creo que no.

Otro motivo más para que tengan tema de conversación a mi costa.

No lo había visto, y mira que es grande…

Si esto fuera una situación real de caza, ya estaría muerta.

Me llevo la mano al lateral del cuello, justo donde me ha pegado el latigazo, masajeando un poco la zona mientras hago una mueca.

Últimamente parece que vivo más en mi cabeza que en la vida real. ¿Y cómo no hacerlo? Joder.

Vamos, que el dicho de «si fuera un lobo, ya te habría comido» me viene al dedillo. Tal cual. Ni me habría enterado.

Aunque… bueno. Tampoco es que hubiera sido ningún problema.

Tiene las manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros y esa expresión socarrona de siempre que me excita bastante, para qué negarlo.

Resoplo ante mi comentario interno.

Cómo hemos empezado el día, ¿eh?

No soy la única, a media manada también les pasa.

—Aquí es donde la manada celebra sus reuniones, donde hicimos tu fiesta de bienvenida…

Lo que yo decía…

—Y donde bailamos juntos por primera vez… —añade, arrastrando esas últimas palabras con toda la intención del mundo.

Lo recuerdo… Por supuesto que lo recuerdo. Recuerdo lo cerca que estuvimos esa noche, el calor que desprendía su cuerpo pegado al mío, la forma en la que me buscaba… y cómo terminé restregando el culo contra su erección. Provocada por mí, claro.

Solo pensarlo hace que algo se active otra vez dentro de mí, como un click que no puedo apagar, obligándome a apretar los muslos para aliviar la incomodidad que siente mi pobre clítoris.