El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1) CAPÍTULO 14 KEIRA #3
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CAPÍTULO 14 KEIRA #3

Un movimiento brusco a nuestro lado nos arranca de ese instante y los dos giramos la cabeza al mismo tiempo, alertas, justo a tiempo de ver la silueta de un ciervo alejándose entre los árboles hasta desaparecer.

Ahí es cuando todo se rompe, porque él se aparta de golpe, como si de repente fuera consciente de lo que está pasando, como si ese momento entre los dos no debiera existir, cortando esa conexión entre los dos de una forma tan brusca que me deja un vacío inmediato, uno que no sabía que estaba ahí hasta ahora.

Suelto un grito ahogado, tanto de sorpresa como de dolor, y echo de menos su contacto en el mismo segundo en el que se aleja, demasiado rápido, demasiado frío después de lo que acabamos de compartir y, sin darme tiempo a reaccionar, da media vuelta y se va.

¿Por qué se ha ido?

Me quedo en el mismo sitio, congelada con el brazo extendido en el aire. Siento que me han arrancado algo importante, dejándome incompleta. La loba gime en mi pecho, herida, reclamando lo que acaba de perder.

En mi interior se arremolinan emociones que no tienen nada que ver entre sí, chocando entre ellas, impidiéndome centrarme.

No puede ser… no tiene sentido.

Esto… esto es lo mismo que me ocurre con Marcus. El pensamiento se abre paso con una claridad que me corta la respiración. El mismo tirón en el pecho, la misma necesidad devoradora, esa sensación que lo nubla todo.

Joder… es que huelen exactamente igual.

Pero no encaja. No tiene sentido.

No puede ser él. Me rehúye, me da la espalda, me evita, ni siquiera me mira. Siempre se mantiene distante, frío, como si yo no importara, como si esto entre nosotros no existiera.

Este lobo, en cambio, no.

Este lobo me ha buscado. Se ha acercado a mí sin dudar, sabiendo exactamente lo que necesitaba, queriéndolo tanto como yo. No hay distancia, no hay rechazo, no hay ese muro constante.

Y eso es lo que me descoloca.

Porque tengo la evidencia delante de mis narices. La siento, la huelo, la reconozco… pero su forma de comportarse es tan distinta que me hace dudar. Me hace creer que no puede ser él.

Y aun así… mi instinto me grita que sí.

¿Qué coño está pasando?

¿Estoy perdiendo la cabeza?

Porque si realmente lo es… ¿por qué actúa así conmigo? ¿Por qué me evita de esa manera y luego se acerca, necesitando mi contacto tanto como yo el suyo?

Me llevo las manos a la cabeza, sin entender nada, intentando darle sentido a lo que acaba de pasar, pero no hay forma. No tengo ni idea de cómo voy a manejar esto.

Es una locura.

Me apoyo contra el tronco de un árbol, buscando algo de estabilidad, y respiro hondo un par de veces para calmarme. Aun así, las manos me siguen temblando un poco.

Me quedo unos segundos ahí, asimilando lo que acaba de pasar, repitiéndolo en mi cabeza sin sacar nada claro, hasta que por fin siento que puedo moverme y decido volver a casa.

Avanzo por el sendero con la mirada perdida, dándole vueltas a lo mismo una y otra vez, sin llegar a ninguna conclusión. Y es que, si lo pienso bien, justo esto era lo que quería evitar cuando salí de casa: dejar de pensar, dejar de rallarme.

Y al final… nada.

Lo único que he conseguido ha sido cambiar unas preocupaciones por otras.

Estupendo.

Cambio de problemas, pero ni uno menos.

Con ese pensamiento rondándome la cabeza, termino de recorrer el camino hasta casa, y cuando llego y levanto la vista hacia el porche, todo lo demás pasa a un segundo plano al ver a mi madre.

Está de pie, apoyada en la barandilla, esperándome con los ojos llenos de lágrimas.

Mierda.

—No, mamá, no… —acorto la distancia en dos pasos y me lanzo a sus brazos, rodeándola con toda la fuerza que tengo—. No quería hacerte sentir mal, te lo juro. No era mi intención.

Ella reacciona, rodeándome también, y empieza a acariciarme el pelo con una mano temblorosa, intentando calmarme… aunque se nota que también está intentando recomponerse.

—Lo sé, hija. Lo sé —susurra con la voz rota—. Lamento mucho lo que ha pasado. No sabes cuánto me duele.

Me separo para poder mirarla y, en cuanto lo hago, ella me sujeta la cara entre las manos, obligándome a mantener la mirada.

—No quiero que te vayas —dice, esta vez, el sollozo le corta la frase—. No quiero que te canses de todo esto y vuelvas a marcharte.

Niego con la cabeza enseguida, sin dejar que ese pensamiento se quede ni un segundo más en el aire. Le agarro las manos con fuerza, apretándolas, necesitándola igual que ella me necesita a mí.

—No me voy a ir. ¿Me oyes? No voy a dejarte sola —le aseguro con firmeza—. Te quiero muchísimo. Más que a nada en este mundo.

Esa declaración es lo que hace que se rompa del todo.

Se derrumba y rompe a llorar. La abrazo, más fuerte todavía, y nos quedamos así un buen rato, llorando juntas en medio del porche.

Poco a poco, su respiración se va calmando y, entre sollozos, consigue hablar.

—Yo también te quiero, mi pequeña…

Cierro los ojos al escucharla y le acaricio la espalda, con movimientos suaves, intentando transmitirle justo eso: que no está sola, que no tiene que aguantarlo todo por sí misma.

—Eres demasiado fuerte, hija —susurra entre lágrimas—. Lo has heredado de tu padre.

—De ti, mamá. Lo he heredado de ti.