El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1) CAPÍTULO 14 KEIRA #2
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CAPÍTULO 14 KEIRA #2

Maldigo a la manada una y otra vez por hacerme sentir de esta manera, por obligarme a contenerme, por enjaularme en mi propio cuerpo.

Recuerdo cuando corría en la ciudad, entre parques con niños y perros con abrigo. Allí todo estaba lleno de ruidos molestos que me irritaban los oídos. Aquí, en cambio, el bosque me abraza, mece todo con su propia canción.

Este es mi sitio.

Entonces, ¿por qué no pude encajar? ¿Por qué las normas tienen que ser tan absurdas y asfixiantes?

Sigo corriendo. La rabia ha ido desapareciendo, poco a poco, y en su lugar nace una energía nueva que me guía a girar a la derecha, saliéndome del sendero y adentrándome entre los árboles.

No tiene sentido, pero no lo cuestiono. Solo sigo ese impulso, me dejo llevar.

El cuerpo me empieza a hormiguear, la respiración se acelera, el pulso se vuelve frenético y noto cómo la piel se me eriza, y no tardo en darme cuenta de lo que significa.

Es una alerta, tan clara que me obliga a frenar en seco.

¿Qué está pasando? No localizo ningún peligro cercano y aun así algo no encaja.

Levanto la nariz y respiro hondo y, en cuanto lo hago, abro los ojos como platos al sentir ese aroma denso y salvaje, una mezcla de humo ardiente, madera húmeda y un fondo oscuro que me nubla la mente y me arranca un gemido.

Es la esencia misma del bosque. Tan potente que es imposible de ignorar.

La loba se desboca dentro de mí, ansiosa por reclamar aquello que la atrae sin remedio.

Me giro hacia la izquierda y me encuentro con un enorme lobo negro. Es el mismo que vi cuando llegué al pueblo.

Sé que es él. No tengo ninguna duda.

Permanece inmóvil, majestuoso, con el pelaje brillando bajo la última luz del día, resaltando cada reflejo oscuro de su manto… y esos preciosos ojos azules fijos en mí, atrapándome.

Apoyo las manos sobre las rodillas, haciendo un sobreesfuerzo por contenerme mientras intento recuperar el control, pero aun así siento el tirón, esa cuerda invisible que me arrastra hacia él.

Quiero hundir las manos en su pelaje, descubrir si es áspero o suave, acercarme lo suficiente para sentir su respiración mezclándose con la mía. El deseo me quema mientras escucho el gruñido bajo y constante que emite. Sus orejas se mueven con rápidos movimientos, delatando su nerviosismo.

Un rugido animal escapa de mi pecho, en respuesta, y me sorprende tanto como a él. Ladea la cabeza hacia los lados, sacudiéndose, y yo aspiro otra vez, dejando que su olor me llene por completo.

La loba empuja con fuerza, cada vez más difícil de controlar, y la transformación empieza a abrirse paso. Mi cuerpo comienza a cambiar mientras un calor intenso se extiende por él, arrasando y creciendo con cada segundo que pasa.

Suelto un quejido de frustración mientras aprieto los dientes y clavo las uñas en mis muslos, intentando frenarlo, aunque no tengo claro si voy a conseguirlo.

—No —murmuro en voz baja.

Pero mi bestia está totalmente en contra y se revuelve, reclamando cada fibra de mi ser.

Me lanza imágenes fugaces: correr junto a él entre los árboles, sentir el suelo bajo las patas, su presencia a mi lado; morderle el cuello, notando su fuerza respondiendo a la mía; hundir el hocico en su pelaje, impregnándome de su olor hasta perderme en él.

Un impulso tan primitivo que me sacude hasta los huesos.

Y, sin embargo, no lo entiendo. La primera vez que lo vi no fue así, no fue tan intenso. Ahora es necesidad absoluta. ¿Por qué?

Cierro los ojos con fuerza, aferrándome a la idea de resistir. Me muerdo el labio hasta sentir el sabor metálico en la lengua. Respiro. Una vez. Dos. El aire entra a trompicones, cargado de su olor, y con cada bocanada, redobla su furia.

El corazón me late en la garganta, tan fuerte que casi me cuesta tragar, y la respiración se me vuelve un jadeo rápido y descontrolado.

Se me está yendo de las manos y dejo de pensar con claridad, todo lo humano va quedando atrás, en segundo plano, mientras algo más salvaje empieza a tomar el mando.

Estoy a punto de perderme cuando el lobo da un paso, obligándome a centrar toda mi atención en él.

El movimiento hace crujir el suelo bajo sus patas. La cuerda invisible se tensa todavía más. Otro paso. Y otro. Hasta que la distancia entre los dos se reduce a nada, hasta que puedo sentir el calor de su cuerpo rozando mi piel, haciéndome sentir que sabe exactamente lo que necesito, calmándome.

Mi mano se levanta por sí sola, avanzando lentamente hacia él hasta posarse en el lateral de su cabeza, acunándola. La loba aúlla dentro de mí, satisfecha en cuanto mis dedos rozan su pelaje.

El tacto es increíblemente suave, mucho más de lo que esperaba, cálido y agradable, y no quiero apartar la mano. La deslizo por su pelaje con suavidad, repitiendo el gesto, queriendo seguir sintiéndolo una y otra vez.

Él emite un suspiro largo y profundo y se inclina hacia mi palma, apoyándose en ella, dejando que su aliento cálido roce mi piel.

Quiero retenerlo todo: la suavidad de su pelaje bajo mis dedos, el calor de su aliento rozándome la piel y esa corriente que nos une al entrar en contacto, constante y envolvente, como si algo dentro de nosotros se reconociera y reaccionara sin necesidad de pensar.

Me dejo llevar, acercándome hasta apoyar mi frente contra la suya.

Una sensación de plenitud absoluta me llena por completo, dejándome en paz, en sintonía con él.

Nuestros alientos se mezclan, acompasados, y pierdo por completo la noción del tiempo, sin saber cuánto pasa, porque todo a nuestro alrededor se difumina hasta desaparecer, hasta que solo existimos nosotros dos.