CAPÍTULO 14 KEIRA
KEIRA
Cuando volvemos a casa, sigo con esa extraña sensación, una especie de vibración que no se me va. Camino al lado de mi madre intentando que no se me note, pero me está costando bastante. Tengo los nervios a flor de piel y, por más que lo intento, no consigo calmarme.
Sé de dónde viene. Lo tengo claro. Lo que no sé es qué hacer para que pare.
—¿Te encuentras bien? —pregunta mi madre, mirándome con preocupación.
—Sí —la tranquilizo—. Estoy bien.
Mentira. No lo estoy, pero eso ella no debe saberlo.
Subo a mi habitación, cierro la puerta y me pongo los cascos con la música a tope. Tengo que distraerme como sea. Me tumbo boca arriba mirando el techo y empiezo a contar respiraciones. Inhalo. Uno, dos, tres, cuatro. Exhalo. Nada. Cambio de canción, me giro, pruebo otra postura… pero sigo igual.
Las imágenes vuelven una y otra vez.
El momento en el que rugí delante de todos, las miradas clavadas en mí… y mis garras saliendo sin que fuera realmente consciente de ello. Fue todo tan rápido que ni siquiera supe en qué momento ocurrió.
No fue solo perder los nervios. Fue cruzar una línea. Una de esas que en la manada no se tocan: no desafiar abiertamente a nadie y, mucho menos, ante el líder.
Aunque no seas tú quien empezó todo.
Estaba al límite. El impulso de transformarme me arrastraba y no era capaz de frenarlo. Un paso más, solo uno, y habría pasado, dejándome en evidencia delante de todos, mostrando que soy una omega. Me he expuesto demasiado…
Mierda.
Aun así, no me arrepiento.
No me gusta haber llegado a ese punto, pero tampoco voy a fingir que me quedaría de brazos cruzados si volviera a pasar.
Porque en ese momento no pensé en nada de lo que se supone que tengo que tener en cuenta aquí.
Solo en defenderla.
Joder…
Me tapo los ojos con las manos y aprieto mientras dejo escapar un quejido lastimero.
¿Por qué ha tenido que venir a tocarme las narices? ¿Cómo se puede ser tan idiota de provocar a un lobo?
No sé mucho de ella, la verdad. Pero lleva aquí el tiempo suficiente como para saber cómo funcionan las cosas. O al menos debería. Aunque supongo que hasta ahora solo ha visto la parte buena de nosotros.
Pues nada.
Para todo hay una primera vez.
Y hoy le ha visto las orejas a la loba. O las garras, mejor dicho.
Podría haber sido una mañana tranquila. Estar a lo nuestro, sin líos, sin comentarios de mierda, pero no… tenía que meter el dedo justo donde sabía que iba a doler, provocándome.
Y lo ha conseguido.
Aprieto más los dedos contra la cara y suelto el aire poco a poco, intentando tranquilizarme.
Parece que la culpa es mía, y eso es lo que más me jode, lo que de verdad me frustra.
Que soy yo la que ha reaccionado mal. Que debería haberme callado, aguantado, mirar hacia otro lado y hacer ver que no pasa nada.
Pero ni de coña.
Solo de pensarlo se me revuelve el estómago.
Y cuanto más lo hago, peor es. Lo único que consigo es empeorarlo.
Necesito sacar toda esta mierda… Necesito correr.
Me cambio rápidamente, tirando de unas mallas y una sudadera mientras me recojo el pelo en una coleta alta y me ato bien las deportivas.
Bajo las escaleras y, justo cuando voy a abrir la puerta, mi tía me corta en seco.
—Uy, ¿dónde vas?
—Voy a correr un rato. Me hace falta despejarme —respondo, intentando seguir a lo mío, pero esta vez es mi madre la que me frena.
—Keira. Si quieres hablar de lo de esta mañana, estamos aquí —me anima, haciéndome un gesto para que me siente con ellas.
Sé que está preocupada. Me conoce demasiado bien y entiende lo que me pasa. Es mi madre. Siempre ha estado ahí y ahora no va a ser diferente.
Me acerco y me dejo caer entre las dos, con el pie rebotando sin parar contra el suelo.
Uff… tengo que moverme.
Me agarra la mano, acariciándome el dorso con el pulgar mientras me dedica una mirada comprensiva y llena de cariño. No dice nada más, dándome la oportunidad de que sea yo la que empiece a hablar.
Vale… pues venga.
—Mamá… —empiezo con un suspiro, pasándome una mano por la cara—. Sé que lo de hoy te ha resultado incómodo.
Dudo un segundo, pero continúo. Debe entenderlo.
—Y también sé por qué. Porque no está bien visto levantar la voz, ni responder. Se supone que tengo que quedarme callada, mirar al suelo y dejarlo pasar.
Niego, sintiendo cómo el estómago se retuerce, amenazando con hacerme vomitar.
—Pero no voy a hacerlo. No voy a permitir que te traten de esa manera. Me da igual si quien lo hace es humano o lobo, me da igual lo que digan las leyes sobre no enfrentarse a ellos o sobre mantener la calma delante del líder. Si alguien se pasa contigo, no pienso quedarme quieta mirando.
Arrugo la nariz, con un gesto de asco ante el comportamiento que me exigen tener.
—Entiendo que tú lo veas distinto. Te han educado como beta, para evitar conflictos, a no destacar, a no meterte en problemas…
pero yo no soy así. Y no voy a empezar a serlo ahora.
Si eso significa que hoy he cruzado una línea, lo acepto.
Si trae consecuencias, también. Pero no voy a quedarme callada mientras alguien intenta humillarte. No pienso hacerlo.
Mi madre cubre mi mano entre las suyas, la misma que estaba acariciando hace un momento, apretándola suavemente, dejándome claro que está conmigo.
—Lo sé, cariño. No te estoy diciendo que lo permitas ni que tengas que aceptar nada que no quieras.
Hace una pequeña pausa, buscando bien las palabras antes de continuar.
—Solo… —suspira— solo intento que entiendas que aquí las cosas funcionan de otra manera. En la manada hay normas que debemos respetar y cumplir.
Esta conversación empieza a ir por un terreno que no me gusta nada…
—Como lo de no enfrentarse a los humanos, por ejemplo. Eso no es negociable. O lo de no plantarle cara al líder… Eso se ve como un desafío directo y las consecuencias no son ninguna broma.
En sus ojos veo claramente la preocupación que tiene y sé que tampoco está siendo fácil para ella.
Siempre me ha dado todo lo que he querido, intentando cumplir con todo lo que le pedía, sin poner pegas, haciendo lo posible por verme feliz, pero cuando se trata de la manada…
tengo la sensación de que la antepone a mí.
—No se trata de que te sometas, pero tampoco puedes ignorar todo eso como si no importara. Porque sí importa. Y mucho.
Las aletas de la nariz se me dilatan con cada palabra que escucho y, cada una, no hace más que avivar el incendio que se está extendiendo dentro de mí.
¿Cómo se puede estar tan cegada?
Intento apartar la mano, pero ella no me lo permite, reteniéndola entre las suyas.
—Yo solo quiero que estés bien, ¿vale? —el tono de su voz cambia, volviéndose suplicante—. Que no te metas en una situación complicada por ir de frente contra todo. Porque sé que eres capaz de hacerlo… pero también sé cómo puede acabar.
Y ahí está. Otra vez lo mismo.
Tiene las normas tan interiorizadas que las repite como un mantra, siguiéndolas al pie de la letra, aunque vayan en su contra. Las que, según ellos, mantienen el orden, pero a mí lo único que me hacen sentir es que me aprietan el pecho y no me dejan respirar.
—¿Las mismas normas que nos obligan a bajar la cabeza y callar? —suelto, mirándola de frente.
Abre la boca, pero no dice nada. Me mantengo a la espera de que se escude de alguna manera, aunque parece que ni siquiera sabe cómo justificarlo.
Es difícil defender lo indefendible.
—Porque si hablamos de normas, hablemos claro —continúo—. Las que dicen que no podemos enfrentarnos a los humanos, aunque se pasen, las que dicen que no puedes plantarle cara al líder ni aunque se equivoque… —niego con la cabeza—. Pues lo siento, pero conmigo eso no va.
Me levanto de golpe, soltándome esta vez de su agarre con un gesto brusco.
—Si alguien vuelve a decir algo de ti, no pienso quedarme quieta. Y si eso trae consecuencias, que las traiga. No me dan miedo.
—Keira… —susurra, intentando calmarme.
Pero antes de que pueda seguir, mi tía levanta las manos en gesto de tregua, metiéndose en medio antes de que esto vaya a más.
—Bueno, tampoco es que yo me muera por seguir esas reglas. ¿Has visto alguna vez a una beta ganando una discusión contra una omega furiosa? Porque yo no.
Suelto una risa seca.
Su comentario no es solo una broma. Es una indirecta, y bastante clara. Y no hace falta que diga nada más para que lo entienda.
Le está diciendo que no puede pedirme eso. Que yo no soy una beta. No soy como ella y no puedo comportarme así porque va en contra de mi naturaleza. Y, aunque lo tenga claro, no significa que sea fácil de aceptar.
Sé que todo esto lo hace por protegerme, para evitar problemas y mantenerme a salvo, y lo sé mejor que nadie.
Puede intentar frenarme y hacerme ver las cosas a su manera… pero no puede esperar que me adapte a algo que va en contra de lo que soy.
—Raine… —le advierte mamá.
—¿Qué? —se encoge de hombros—. La chica tiene razón. Algunas de las leyes están más oxidadas que mis rodillas.
—No se trata de estar de acuerdo o no —insiste, mirándome con una mezcla de ternura y resignación—. Se trata de sobrevivir.
—¿Sobrevivir a costa de qué? —replico, con el corazón acelerado—. No, mamá. Si alguien viene a por ti, atacaré sin dudar. Y que se atrevan a frenarme.
Dicho eso, me doy la vuelta y voy hacia la puerta sin mirar atrás, dando la conversación por terminada.
—Keira, por favor…
—Luego hablamos —corto, antes de cerrar la puerta de un portazo.
Salgo directa al sendero que serpentea entre los pinos, dejando que el bosque me envuelva con sus aromas, sus sonidos y su frescor. Me lleno los pulmones con su esencia, profunda y limpia, porque no hay nada más reconfortante que esto, o al menos debería serlo.
Intento centrarme en el canto de la naturaleza, en perderme en su calma… pero no es suficiente. Hoy no, por mucho que lo intente.
Porque no paro de darle vueltas a todo.
Lo que de verdad necesito es liberar a mi bestia y dejarla correr, sin pensar en nada, sin tener que controlarme.
Y no puedo. Joder, no puedo.
Aprieto los dientes, frustrada, sintiendo cómo esa necesidad aprieta, atrapada dentro de mí, sin salida.