El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1) CAPÍTULO 12 KEIRA
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CAPÍTULO 12 KEIRA

KEIRA

El primer rayo de sol me da en la cara y me obliga a entrecerrar los ojos. Me remuevo entre las sábanas, buscando una postura en la que no me moleste tanto, y aunque intento ignorarlo, no sirve de nada.

Lo dejé todo abierto anoche y ahora entra a su antojo, sin tener la más mínima consideración, así que me arropo un poco más, intentando rascar unos minutos de descanso, pero no hay suerte alguna, porque ya estoy despejada.

Qué bien…

Creo que he dormido unas tres horas como mucho y, entre eso y la maratón de baile que me di anoche, tengo el cuerpo molido.

Resoplo, todavía medio aturdida, y decido incorporarme, aunque en el fondo ya sé que no es buena idea.

En cuanto lo hago, una punzada me atraviesa la cabeza con tanta fuerza que me deja clavada en el sitio, obligándome a quedarme quieta unos segundos, a la vez que me recuerda todo lo que bebí.

Pf…

Hago una mueca de pura angustia y me llevo una mano a la frente, soltando un quejido lastimero al tiempo que aprieto los ojos, esperando que el dolor disminuya.

Tengo una resaca de las gordas. No podía esperar menos. Da igual si soy loba, pez o unicornio, que no me la quita ni dios… o diosa, en mi caso.

Me paso las manos por la cara y trago saliva al obligarme a levantarme. Voy al armario y me visto rápidamente, sin pensar mucho en lo que pongo. Después, me detengo frente al espejo para echarme un vistazo y bufo al ver la cara que llevo.

Vale… tampoco es para tanto , me digo a mí misma.

Se me marcan las ojeras y tengo los ojos medio cerrados por el sueño.

En fin… es lo que hay, así que más vale que me mueva.

Bajo las escaleras, apoyándome en la barandilla mientras me estabilizo, bajando con cuidado para no marearme más de la cuenta.

¿Puede ser que aún esté algo borracha?

La idea no me parece tan descabellada.

Sí, sería totalmente razonable.

Una vez todo bajo control, o al menos eso intento creer, sigo el olor a café recién hecho, dejándome guiar hasta la cocina.

Encuentro a mamá sentada en la mesa, con una taza entre las manos. La luz entra por la ventana, reflejándose en su cabello y resaltando ese tono dorado que tiene, y en cuanto me ve, se le dibuja una sonrisa dulce en el rostro.

—Buenos días, cariño. ¿Has dormido bien?

—Buenos días —respondo, dejando escapar un amplio bostezo.

Rodeo la mesa y me inclino para besarle la mejilla. Luego me dejo caer bruscamente en la silla frente a ella. Echo la cabeza hacia atrás y suelto un quejido que me sale de mi mismísima alma.

Dios, pero qué dolor de vida.

—No lo tengo muy claro —respondo, llevándome una mano a la cabeza.

Ella se ríe entre dientes antes de levantarse para prepararme un café.

—¿Qué tal en la fiesta anoche? —pregunta, mirándome por encima del hombro.

Me encojo de hombros, todavía medio adormilada.

—Fue… intensa.

—¿Intensa bien o intensa mal?

Hago una pequeña mueca.

—Digamos que una mezcla.

El silencio se instala entre nosotras y, en cuanto lo noto, sé que no puedo dejarlo pasar. Llevo demasiado tiempo guardándome esa pregunta, dándole vueltas sin atreverme a soltarla, así que respiro hondo y, antes de que me arrepienta, la suelto.

—Mamá… ¿por qué no me dijiste nada?

Ella se detiene en seco. Frunce el ceño y gira la cabeza hacia mí, como si intentara entender exactamente a qué me refiero, y su mirada se clava en la mía con una mezcla de sorpresa y cautela.

—¿Nada de qué?

Su tono es tranquilo, pero hay algo en la forma en que lo dice que me hace saber que ya intuye por dónde voy.

—De ti. De que estabas empeorando.

Se queda quieta. Completamente quieta, como si no supiera muy bien qué contestar.

Se gira para darme la cara y se apoya en la encimera con la taza en la mano. No me mira. En lugar de eso, baja la vista y se queda observando el café, removiéndolo.

—No quería preocuparte, Keira —dice al fin—. Sabía lo difícil que era para ti vivir aquí… y no quería obligarte a volver.

Siento que los ojos empiezan a arderme y tengo que parpadear varias veces para contenerlo.

—¿De verdad crees que estar contigo es una obligación? —pregunto con la voz rota—. Eres mi madre. Haría cualquier cosa por ti.

En ese momento sí que me mira. Y sus ojos están llenos de lágrimas.

—No quería que cargaras con más peso del que te corresponde. Te mereces ser libre, vivir como tú quieras.

Niego con la cabeza, levantándome y rodeando la mesa hasta llegar a ella, sintiendo cómo me cuesta mantener la calma mientras doy esos pasos.

—¿Libre sin ti? —pregunto, y antes de que pueda responder, me echo encima de ella para envolverla entre mis brazos—. No, mamá. Tú eres lo único que me importa… y no quiero perderte.

Ella no tarda en apoyarse en mí, dejando caer la cabeza en mi hombro, y noto cómo le tiembla el cuerpo en cuanto suelta un sollozo.

—Yo tampoco quiero perderte, Keira —me dice con la voz ahogada, agarrándose a mí—. Te quiero con toda mi alma. Siempre lo he hecho, desde el primer día que supe que te llevaba dentro de mí.

La aprieto más contra mí, cerrando los ojos, dejándome llevar por ese momento. El olor de su pelo, la calidez de su cuerpo… me arrastra a cuando era niña, cuando todo era más fácil y solo necesitaba sus brazos para sentirme a salvo.

—Y yo a ti, mamá. Siempre.

Nos quedamos así un buen rato, sin soltarnos, dejando que todo lo que llevamos dentro salga poco a poco. Y, sin darme cuenta, siento que algo dentro de mí encaja un poco mejor.

Se separa lo justo para poder mirarme, y me sostiene la cara entre las manos. Su mirada está cargada de amor, de ese que solo una madre es capaz de dar.

—No sabes lo feliz que soy de tenerte aquí.

—Y yo de estar contigo —respondo sin dudar—. Vamos a salir de esto. Te lo prometo.

Sus labios se curvan en una sonrisa llena de esperanza y eso ya es suficiente para mí.

Pienso en los años que he estado alejada, convenciéndome de que aquí no había sitio para mí, cuando en realidad lo único que me faltaba era ella.

—¿Te acuerdas de cuando me daba por esconderte las cosas? —pregunto de repente, soltando una pequeña risa entre lágrimas—. Siempre te desaparecían los mandos o las cucharas y yo juraba que no había sido.

Ella ríe, asintiendo con la cabeza, mirándome con un suave brillo en los ojos.

—Todavía encuentro cosas en los cajones equivocados gracias a ti.

—Pensaba que al final te cansarías de mis tonterías.

—Keira, nunca me cansaría de ti. Jamás.

Sus palabras me reconfortan, y consiguen callar esos pensamientos que no dejan de repetirme que lo mejor sería apartarme, que para ella todo sería más fácil sin mí, sin su hija problemática. Pero no es así. Ahora lo tengo claro.

El sonido de unos pasos rompe el momento antes de que pueda alargarse más. Mi tía Raine aparece en la cocina con su habitual energía, entrando como un vendaval.

Tiene las llaves del coche en la mano y ese brillo travieso en los ojos que conozco demasiado bien. Si es que no me cansaré de decirlo: ella y Cody son iguales.

—Bueno, ¿qué pasa aquí? —pregunta, arqueando una ceja y mirándonos—. ¿Lágrimas antes del desayuno? Eso no puede ser.

Mamá y yo nos reímos a la vez, casi al mismo tiempo.

—Estamos bien —responde mamá, secándose la cara con la manga.

—Más que bien —añado, notando cómo se me ha quitado ese peso de encima.

Mi tía deja las llaves sobre la mesa y se sirve café con toda la tranquilidad del mundo.

—Perfecto, porque ya sabéis que hoy es el desayuno de los sábados. Y no pienso perderme la tradición por nada del mundo.

—No lo dudaba —responde mamá, separándose de mí para ir a saludar a su hermana.

—¿Tradición? ¿En serio? —pregunto con sorna.

—Sí —responde mi tía, dándome un golpecito cariñoso en el hombro—. Las tradiciones mantienen unida a la manada.

Me muerdo la lengua para no decir lo que de verdad pienso, que esas mismas tradiciones fueron las que me hicieron huir, y me obligo a tragarme las palabras. No es el momento. No quiero romper lo que acabamos de tener, así que lo dejo pasar.

Es la primera vez que voy a uno de estos desayunos desde que he vuelto.

Entre una cosa y otra, todo se me ha hecho bastante cuesta arriba y he preferido ir poco a poco antes de plantarme allí, rodeada de medio pueblo.

Porque sí, muy tradición y todo lo que quieras, pero también es el pack completo: miradas, comentarios y gente metiendo las narices donde no le llaman.

Pero bueno… supongo que ya toca. No puedo esquivarlo para siempre y quizá ya es momento de dejar de dar rodeos y aparecer por allí como la adulta responsable que, en teoría, soy.

O intentarlo, al menos.

A ver qué tal sale… aunque algo me dice que tranquilo no va a ser

—Bueno, cachorrita —sigue mi tía, girándose hacia mí con una sonrisa—, ¿qué tal la fiesta anoche, eh? Me tienes que contar todos los detalles.

—No estuvo mal —respondo, dejando caer las palabras, fingiendo que me da igual—. Puede que Owen y yo estuviéramos demasiado pegados.

Suelta un largo silbido que me hace poner los ojos en blanco al instante.

—Es que sois iguales —murmuro, señalándola—. Tú y Cody.

—Bueno, ya sabes lo que dicen: de tal palo, tal astilla.

Mamá niega con la cabeza, aunque no puede evitar sonreír, y yo acabo riéndome también, dejando que el ambiente se suavice.

—Chicas… ¿preparadas? —pregunta mi tía, dando una palmada al aire para llamar nuestra atención.

No espera respuesta. Se lleva la taza a los labios y se termina el café de golpe, sin pensarlo dos veces, y enseguida se gira para dirigirse hacia la puerta de casa.

Paso un brazo por los hombros de mi madre, acercándola a mí mientras empezamos a caminar tras ella, saliendo de la cocina y avanzando hacia la entrada.

Y en cuanto empiezo a caminar, no puedo evitar pensar en lo que viene ahora.

Porque ese desayuno no es cualquier desayuno.

Van a estar Marcus y Owen.

Y no hay forma de esquivarlos.

Justo lo que necesita una omega medio borracha para empezar el día… rodearse de alfas territoriales.

Planazo.