El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1) CAPÍTULO 10 KEIRA #3
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CAPÍTULO 10 KEIRA #3

El corazón me golpea con fuerza, intensificando esa sensación hasta volverla dolorosa. Necesito salir de aquí antes de perder el control por completo. Me doy la vuelta y me alejo, intentando apagar este fuego que me está empujando justo en la dirección contraria.

Porque, a estas alturas, me está costando muchísimo y, es que, después de su actitud de macho dominante, que ya de por sí me resulta extrañamente atrayente, el hecho de que tenga las bragas completamente empapadas no ayuda en absoluto.

¿Por qué mi cuerpo sigue reaccionando de esta forma a él cuando lo único que me ha demostrado es que no me conviene en absoluto?

Qué mala suerte tengo, maldita sea.

Para quitarme ese pensamiento de la cabeza, agarro el primer vaso que encuentro y me lo llevo directamente a los labios, dando un largo trago, sintiendo cómo el alcohol me quema la garganta.

Alcohol, haz tu magia, por favor… la necesito más que nunca.

Intento relajarme, recomponerme y centrarme, hasta que escucho a Marcus gruñir el nombre de mi primo, quien aparece a mi lado despeinado, con la camiseta arrugada y una expresión que deja claro lo nervioso que está.

—¿Estás bien? —pregunta, recorriéndome de arriba abajo con la mirada.

—¿Tú qué crees? —le bufo.

—Vale, vale… —alza las manos, dando un pequeño paso atrás en cuanto nota mi tono—. Dame un segundo, ¿vale? No te metas en más líos, enseguida vuelvo.

Frunzo el ceño, mirándolo sin dar crédito.

¿Que no me meta en más líos? ¿Pero qué cojones?

Abro la boca para soltarle algo, pero ni siquiera me da tiempo. Ya se está marchando otra vez, igual de rápido que ha venido, dejándome con la palabra en la punta de la lengua.

—Genial… —resoplo, alzando las manos con frustración.

Cojo aire, echando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos un segundo, intentando recomponerme y preguntándome qué demonios habré hecho para que me esté pasando todo esto ahora mismo.

Apenas me da tiempo a soltarlo cuando Flora ya está otra vez a mi lado, con la preocupación claramente marcada en la cara.

—¿Estás bien? —pregunta.

La miro sin saber muy bien qué responder.

¿Lo estoy?

Ni siquiera yo lo tengo claro.

—Sí, sí… estoy bien —le aseguro al final, intentando sonar convincente.

Pero por cómo me mira, está claro que no se lo cree.

—¿Qué ha sido eso?

Creo que he perdido el hilo, porque no sé exactamente a qué de todo lo que ha ocurrido se refiere.

—¿El qué? —pregunto para aclararlo.

—Marcus. ¿Cómo es posible que haya reaccionado así? Te ha defendido sin pensarlo.

Busco con la mirada al protagonista de todo esto, esperando encontrar en él alguna respuesta, aunque sea una pista, algo que me ayude a entender lo que acaba de pasar… solo que ya no está.

Se ha ido.

Y no sé por qué, pero eso me deja un vacío enorme en mi interior que no esperaba.

¿Pero qué te pasa, Keira?

—Ni idea —respondo, encogiéndome de hombros, intentando restarle importancia—. No tengo ningún trato con él, si es lo que estás pensando.

—¿Segura?

—Segurísima —insisto—. Es más, diría que no le caigo nada bien. Siempre está… —hago un gesto vago con la mano, buscando la palabra— enfadado conmigo. Básicamente le molesta que respire.

—Pues para molestarle tanto, no ha dudado ni un segundo en meterse.

Suelto un bufido.

—Ya… bueno, supongo que será por sus estúpidas jerarquías. Ya sabes cómo son los alfas con lo de marcar territorio.

No me creo ni yo lo que estoy diciendo.

—No, Keira…

La miro de reojo.

—¿Ah, no?

—No —repite—. Nunca lo he visto reaccionar así por ninguna hembra. Ni una sola vez.

Eso hace que me gire hacia ella con más interés del que me gustaría mostrar, intentando entender a qué se refiere.

—¿Qué quieres decir?

—La forma en la que te miraba… —murmura—. No parecía que te despreciara, precisamente.

Mi corazón da un vuelco.

—Eso son imaginaciones tuyas —le respondo, restándole importancia.

¿Tiene razón?

¿Es posible que de verdad haya visto deseo en sus ojos?

No. Eso es imposible, no me soporta.

Aun así… solo con pensarlo me palpita el centro. Joder.

Esto no tiene ningún sentido, pero por mucho que intente convencerme de lo contrario… mi cuerpo no está de acuerdo.

—Bueno… —Flora se encoge ligeramente de hombros—. Yo ya te lo he dicho.

Hace una mueca de puro cansancio y echa un vistazo alrededor antes de volver a mirarme.

—Oye, espero que no te importe, pero creo que me voy a ir ya. Estoy reventada.

—¿Ya? —pregunto, sorprendida.

—Sí, mañana tengo cosas que hacer con la familia —me cuenta mientras se acerca y me rodea con los brazos en un abrazo tierno.

Le devuelvo el gesto, apoyando la barbilla en su hombro.

—No te metas en ningún lío más, ¿vale? —bromea, dándome un pequeño apretón antes de separarse.

Pongo los ojos en blanco, soltando un suspiro.

—Pero si yo no he hecho nada… son los problemas los que vienen a mí —le aseguro.

Flora resopla, nada convencida, y niega con la cabeza.

—Mañana quiero que me cuentes todo, ¿eh?

—De acuerdo.

Se separa con una sonrisa, todavía negando con la cabeza, y empieza a alejarse entre la gente hasta llegar a Nico, que está hablando con un grupo de lobos jóvenes. Él la ve, le pasa un brazo por los hombros y ambos se marchan juntos.

Y ahí es cuando me quedo sola.

Pero esa no va a ser razón suficiente para dejar que nada me arruine la noche.

Es mi noche.

Empiezo a bailar otra vez, dejando que el ritmo me lleve, notando poco a poco cómo la tensión acumulada se va soltando.

Sigo así un rato, centrada solo en la música, agradeciendo ese momento en el que por fin consigo desconectar de todo lo demás.

Y, justo cuando empiezo a relajarme de verdad… unas manos se apoyan en mi cintura de nuevo.

Se me corta el rollo al instante.

¿Otra vez?

—Keira —susurra una voz acaramelada cerca de mi oído—, si sigues bailando así me vas a matar.

Me giro de golpe, con el pulso acelerado, esperando encontrarme con otro pesado más.

Owen.

Está justo frente a mí, con esos ojos grises clavados en los míos y esa sonrisa suya, la que podría volver locas a medio instituto lleno de chicas con las hormonas revolucionadas.

Suelto el aire que ni siquiera me había dado cuenta de que estaba reteniendo.

—¿Qué ha pasado? —pregunta y no necesita decir nada más.

Sé perfectamente a qué se refiere.

Claro… ya se ha enterado.

En un pueblo tan pequeño como este todo vuela. No hay secretos.

—Ya está solucionado —le digo, sin ninguna gana de volver a hablar del tema, intentando restarle importancia.

Por la forma en la que me mira, sé que está valorando si insistir o no, pero al final decide dejarlo pasar.

Menos mal.

—¿Bailas conmigo? —pregunta entonces, tendiéndome la mano.

Ahí está, justo lo que necesito.

Esa simple pregunta es la vía de escape perfecta, así que no me lo pienso demasiado.

—Claro.

Entrelazo mi mano con la suya y tira de mí sin esfuerzo, acercándome hasta que mi cuerpo queda pegado al suyo. Es firme, duro… y una jodida tentación.

Dios… ¿por qué todo tiene que ser tan complicado?

Me siento como Eva en el jardín del Edén, intentando no morder la manzana prohibida… Seguro que tiene que ser igual de tentadora que esto.

—Te queda muy bien ese conjunto —dice, sin dejar de moverse conmigo al ritmo de la música.

—Veo que te has fijado bien —respondo, alzando una ceja, aunque en realidad sé perfectamente que sí lo ha hecho.

—Cómo no iba a hacerlo —replica, sin apartar los ojos de mí—. Es imposible ignorarte.

Suelto una risa suave mientras paso los brazos por su cuello y dejo que me guíe.

Baila bien, muy bien. Sabe exactamente cómo moverse y cómo hacer que encaje con él.

—No sabía que te gustara bailar.

—No sabes muchas cosas de mí —responde, haciéndome girar antes de atraerme otra vez hacia él, más cerca que antes.

Es en ese giro cuando empiezo a notar de verdad el efecto del alcohol.

Al fin… más vale tarde que nunca.

No sé exactamente cuántas copas llevo, pero ya estoy en ese punto en el que dejo de darle vueltas a todo, en el que las dudas se diluyen y lo único que queda es esa impulsividad peligrosa que normalmente mantengo a raya… y que ahora mismo me empuja a hacer algo que llevo deseando desde hace rato.

Le doy la espalda a la vez que me pego a él y muevo mis caderas contra el suyo, bajando lentamente mientras lo rozo y volviendo a subir con calma, manteniendo el contacto, notando cómo su respiración cambia justo detrás de mí y cómo comienza a aparecer una deliciosa erección que se aprieta contra mi culo cada vez más.

—Keira… —murmura, rozándome el cuello con los labios—, con estos movimientos me está costando controlarme.

Su voz es ronca y ese tono no ayuda en absoluto a que me controle; al contrario, me incita a seguir. No quiero parar. Sé lo que estoy haciendo y también sé por qué.

—¿Ah, sí? No me había dado cuenta —respondo, inocentemente.

—Hueles tan dulce que podría perderme en ti —susurra, pasándome la lengua plana por el cuello mientras me aprieta más contra él.

Suelto un gemido ahogado y apoyo la cabeza contra él, facilitándole el acceso.

—Dime… ¿has estado alguna vez con algún alfa?

La pregunta me pilla desprevenida, pero niego con la cabeza. Con un movimiento rápido me da la vuelta para quedar cara a cara, tan cerca que nuestras respiraciones se mezclan.

—Interesante… —ronronea, rozando mis labios con los suyos en una caricia lenta y provocadora, tentándome—. Estaría encantado de mostrarte todo lo que somos capaces de hacer.

—Ya veremos…

Con eso dicho, termino lo que ha empezado y vuelvo a besarle, presionando mis labios contra los suyos con más ganas que antes. Nuestras lenguas se encuentran y, esta vez, no hay pausa.

Su mano sube hasta mi nuca y me sujeta con firmeza, inclinándome la cabeza para profundizar el beso. Responde con un gruñido bajo que reverbera contra mi boca, haciendo que me estremezca contra él.

Joder… qué bien besa.

Si esto es así… lo demás tiene que ser todavía mejor.

¿Debería aceptar su proposición?