CAPÍTULO 10 KEIRA
KEIRA
Cody pita desde fuera y el sonido me hace dar un pequeño respingo. Me acerco a la ventana y aparto un poco la cortina para mirar. Está apoyado en su camioneta esperando a que salga.
Es hora de irse.
Cojo la sudadera y me la ato a la cintura antes de salir de la habitación, ajustándola mientras camino hacia la puerta. No me entretengo demasiado y, en cuanto salgo, voy directa hacia las escaleras.
Al llegar abajo, veo a mi madre y a mi tía en el sofá, hablando entre ellas. Me quedo un momento en el marco de la puerta, dudando si interrumpir, hasta que me decanto por hacer un suave carraspeo. Espero a que me miren antes de decir nada.
—¿No tendrás frío? — pregunta mi madre claramente sorprendida por mi atuendo.
Llevo shorts vaqueros y una camiseta negra de tirantes que se me ajusta al cuerpo, con un escote que realza mis pechos y deja la espalda al aire. Me he puesto unas botas hasta el tobillo y llevo el pelo suelto, en ondas, cayéndome por los hombros.
Los ojos los llevo marcados con un ahumado oscuro, que hace que el azul resalte más, y en el cuello llevo el colgante de la luna.
No es nada exagerado, aunque mi madre siempre ha sido bastante recatada, justo lo contrario que yo, y eso, a día de hoy, todavía le sorprende, aunque ya debería tenerlo más que asumido.
Es otra de las muchas cosas que nos diferencian, y con la forma de hablar nos pasa exactamente igual: ella prefiere quedarse callada y no meterse en problemas, mientras que yo, en cambio, no me corto lo más mínimo a la hora de responder.
—Estoy bien. Además, llevo la sudadera por si acaso —le respondo, moviendo la prenda que llevo atada a la cintura para dejarlo claro.
Sin alargarlo mucho más, porque sé que si me quedo esto se convierte en una conversación eterna, me acerco, les doy un beso rápido a las dos a modo de despedida y salgo antes de que puedan decir nada más.
Escucho a mi madre quejarse de fondo, aunque no llego a entender qué dice exactamente, porque justo en ese preciso instante mi primo me envuelve en uno de sus abrazos y me aprieta con fuerza, pillándome por sorpresa y haciendo que mis pulmones protesten por la repentina falta de oxígeno.
—¡Cody, suéltame! —me quejo entre risas ahogadas, intentando zafarme mientras me retuerzo entre sus brazos—. ¿Quieres matarme o qué?
—Exagerada —se burla sin aflojar ni un poquito, como si no pasara nada y yo no estuviera a punto de asfixiarme—. Si estás perfectamente.
—Estoy empezando a ver puntitos negros —insisto, removiéndome aún más para que entienda que voy en serio y me suelte de una vez.
Él resopla, alargando el momento un segundo más, hasta que por fin cede.
—Vale, vale, ya te suelto —acepta, dejándome ir al fin.
Me separo dando un paso atrás, recuperando el aire poco a poco mientras él ya se gira con total tranquilidad.
—Venga, que llegamos tarde.
Y sin darme mucho margen de reacción, empieza a caminar, prácticamente arrastrándome con él hacia la camioneta.
Cuando llegamos, se adelanta un par de pasos y abre la puerta del copiloto antes de que pueda hacerlo yo, exagerando el gesto mucho más de lo necesario.
Luego se inclina en una reverencia teatral, digna de otra época, manteniéndola abierta para que suba.
—Señorita.
Pongo los ojos en blanco, pero aun así se me escapa una risa por la tontería que acaba de hacer.
—Mira que eres payaso —le suelto mientras me acomodo en el asiento.
—Oye, un poco de respeto, que esto es un servicio premium —responde mientras rodea la camioneta para subirse al asiento del conductor—. No todo el mundo tiene chófer personal.
Ahí me ha pillado, no puedo discutirle eso, así que me limito a sacarle la lengua como respuesta, y él me devuelve una de sus mejores sonrisas antes de ponerse al volante.
Ha venido a recogerme porque vamos a la fiesta de bienvenida que ha montado Owen para mí, algo que, sinceramente, todavía no tengo muy claro si me apetece.
Me llamó hace unos días para decírmelo, explicándome que la había organizado con parte de la manada para que los conociera y me fuera integrando poco a poco. Y, aunque en teoría sonaba bien, en cuanto empecé a poner pegas, dejó claro que no aceptaba un no por respuesta.
Insistió una y otra vez, sin rendirse en ningún momento, hasta que llegó un punto en el que ya no tenía mucho sentido seguir negándome.
Cuando se lo conté a mi primo, esperando que al menos él estuviera de mi parte, lo único que dijo fue que estaba prácticamente obligada a ir.
Así que, entre uno y otro… aquí estamos.
Cody arranca el vehículo y, en cuanto salimos a la carretera, sube la música metal a todo volumen, haciendo que el coche vibre a nuestro alrededor.
No entiendo cómo no se ha quedado ya sordo.
—Esta noche prepárate —dice, alzando la voz por encima de la música—. Van a dar vueltas alrededor tuyo como moscas.
—Qué suerte la mía —murmuro, apoyando el codo en la puerta mientras dejo que la cabeza descanse contra el cristal, observo el paisaje que pasa a toda velocidad.
—No tienes de qué preocuparte, prima, yo me encargo —añade con seguridad, como si eso solucionara algo.
Madre mía…
Debe de notar que no estoy precisamente tranquila, porque me lanza un vistazo rápido antes de seguir, intentando suavizarlo un poco.
—Van a estar Nico y Flora. Ya los conoces, lo que significa que no vas completamente a ciegas.
—Sí, y también Malena —respondo con un bufido, cruzándome de brazos mientras aparto la mirada de la ventana para mirarlo directamente—. En cuanto pueda, me clava un puñal por tener la atención de Owen y ella no.
—Ya te lo dije. Malena lleva años detrás de él y ni la mira —asegura, encogiéndose de hombros—. Nunca se ha interesado en humanas.
Humanas no, lobas sí. Y, por lo que parece, ha estado con bastantes, porque no es solo una o dos las que lo miran…
son muchas. Demasiadas. A ver, es normal: es un alfa, es atractivo, y está claro que habrá estado con varias.
Eso no es lo que me molesta. No sabría explicarlo del todo, pero hay algo ahí que me hace sentir incómoda.
Me quedo dándole vueltas a eso mientras seguimos avanzando, absorta en mis propios pensamientos, hasta que noto cómo la camioneta empieza a reducir la velocidad y, poco después, se desvía por un camino de tierra.
Nos adentramos en el bosque, dejando atrás la carretera, y en cuestión de segundos el espacio se abre frente a nosotros. Cody frena hasta detenerse en uno de los laterales de una amplia explanada donde ya hay bastante gente reunida.
Las luces cálidas cuelgan de los árboles y bañan todo con un tono dorado que hace que el lugar se vea mucho más acogedor de lo que esperaba.
La música llega hasta aquí sin problema, mezclándose con el murmullo de las voces, y el olor a carne asada y a leña se cuela dentro del vehículo incluso con las puertas cerradas.
Me encanta la carne, en cualquiera de sus formas, como buena loba que soy, y en cualquier otra ocasión ya estaría pensando en ir directa a por algo. Pero ahora mismo no puedo. Tengo el estómago cerrado por los nervios, así que, por mucho que me apetezca, sé que no voy a ser capaz de comer nada.
Es una lástima.
Abro la puerta y bajo de la camioneta, deteniéndome un segundo para mirar a mi alrededor y ubicarme. Hay bastante gente repartida por todo el claro, aunque enseguida distingo a Flora y Nico apoyados en una de las mesas, cada uno con un vaso de plástico en la mano.
En cuanto me reconocen, sonríen y me saludan con un gesto animado, haciéndome señas para que me acerque.
Les devuelvo la sonrisa, aunque mi mirada se pierde entre el gentío mientras busco a Owen.
No lo encuentro, así que supongo que todavía no ha llegado.
Y, para mi sorpresa, tampoco hay ni rastro de Malena.
Uf, menudo alivio.
Cody aparece a mi lado, pasando un brazo por mis hombros y acercándome a él con total naturalidad.
—Aquí tienes tu fiesta —dice, señalando alrededor con la mano en alto—. Hora de disfrutar.
No me da tiempo ni a abrir la boca. Se aparta de mi lado y, sin pensárselo, suelta un grito eufórico que retumba por todo el claro. Varias cabezas se giran hacia nosotros; algunos alzan las copas en su dirección y otros responden con silbidos y vítores.
Si pensaba que la mejor opción era pasar desapercibida, con esto queda totalmente descartado.
Y es que tengo clarísimo que él está más que integrado en la manada, pero yo no. Echo un vistazo a mi alrededor, otra vez, intentando asimilar dónde estoy exactamente, tratando de ubicarme entre tanta gente mientras una parte de mí se pregunta en qué demonios me he metido.
He venido hasta aquí, ¿no? De nada sirve arrepentirme ahora. Con ese pensamiento claro, sigo adelante.
Empiezo a avanzar, esquivando a un par de grupos que se cruzan en mi camino, hasta que por fin llego a donde está la pareja.
—Estás guapísima —comenta Flora, acercándose directamente para darme un abrazo. Huele a champú de coco y a humo de madera.
—Tú sí que estás preciosa —respondo, devolviéndole el abrazo y apretujándola contra mí.
Nico se acerca también, pero espera a que me separe de su pareja antes de intervenir. En cuanto lo hago, alarga el puño hacia mí.
—Bienvenida de nuevo, Keira. Esta noche nos lo pasaremos bien —saluda, manteniendo el gesto para que se lo devuelva.
—Eso espero —respondo, chocando mi puño con el suyo.
Me giro hacia la mesa y cojo uno de los vasos. El líquido rosado brilla en su interior y, cuando lo acerco un poco, el olor me confirma lo que ya imaginaba: ginebra rosa.
Perfecto, mi favorita.
No tardan ni cinco minutos en aparecer más caras a mi alrededor. Un grupo de lobos se acerca, todos con la misma curiosidad por la nueva… o sea, yo, y empiezan a lanzarme preguntas, una detrás de otra, sin darme tiempo ni a respirar.
—¿Cuánto tiempo piensas quedarte?
—¿Te vas a apuntar a las patrullas?
—¿En la ciudad también hay manadas?