El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1) CAPÍTULO 9 MARCUS #2
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CAPÍTULO 9 MARCUS #2

Expresarme no es uno de mis fuertes, así que todo esto se me hace muy difícil e incómodo.

—Cada vez que la veo, su olor se intensifica —añado, negando con la cabeza, todavía sin comprenderlo del todo—. Y mi lobo… no deja de reaccionar cada vez que está cerca. Tengo que contenerme para no… —me muerdo la lengua para no soltar una palabra que ni siquiera quiero pensar—. Es irracional.

—No lo llames irracional —aclara—. Llámalo instinto.

Bajo la cabeza y me quedo mirando mis manos, sin saber muy bien qué hacer con ellas.

—No quiero esto —confieso—. No quiero que nada ni nadie decida por mí.

—Lo entiendo. Aun así, eso no significa que no tengas elección. El instinto no decide por ti, Marcus; te señala algo. Lo que hagas después, lo eliges tú. Siempre lo eliges tú. —Hace una pausa—. Ahora cuéntame qué ha pasado esta mañana, desde el principio.

Asiento y vuelvo a ese momento, reconstruyéndolo pieza a pieza.

—Cuando entró esta mañana con los papeles yo estaba a punto de salir.

Nos cruzamos de frente. Levantó la barbilla, desafiante, y me rodeó sin decir nada.

Yo… no quería hablar, pero no fui capaz de evitarlo.

Me quedé ahí plantado mirándola hasta que solté una pregunta que iba más dirigida hacia mí que hacia ella.

No sé por qué razón, me malinterpretó. Se enfadó.

Bueno, ya estaba enfadada de antes… En fin.

—¿Qué le preguntaste?

—¿Por qué hueles así? Y no una vez: dos veces repetí la pregunta.

No buscaba una respuesta. Solo… no sé. —flexiono los brazos, intentando liberar algo de tensión—.

Pensó que le decía que olía mal. Joder, es imposible que me resulte desagradable.

Entonces me insultó y dijo que prefería que siguiera tratándola como si no existiera.

Omito la parte en la que choca contra mí. No es necesario entrar en detalles.

—Notaba la bestia empujando por salir, sacando los colmillos. Ha sido una tortura, Ben.

—Ya veo.

—¿Cómo puede ser que no supiera a qué me refería? —pregunto, todavía dándole vueltas.

Benton se encoge de hombros.

—Por lo que dijo Cody, Keira se crio en la ciudad, rodeada de humanos. Doy por hecho que está humanizada: sus costumbres, su trato… todo es como con ellos, no como con nosotros. Además, sus sentidos deben estar adormecidos.

Tiene sentido.

—Hay otra cosa. Keira me planta cara. No baja la cabeza, no hace ver que no me ha oído. Me mira y me desafía, sin cortarse un pelo.

Niego con la cabeza.

—Y eso no es normal. Ningún beta hace eso con un alfa, da igual el carácter que tenga. Consigue sacarme de quicio, aunque a la vez… —exhalo, mirando a otro lado— me gusta que no se doblegue.

Me observa con comprensión y sigo, porque ya no puedo parar.

—Cada vez que la tengo cerca, mi parte animal solo repite una palabra. Siempre la misma.

—Mía —dice Benton.

Abro los ojos de golpe, clavándolos en él.

¿Cómo sabe eso? Benton ha vivido más que yo, ha visto más, ha pasado por cosas que ni imagino…

así que, en el fondo, tiene sentido que lo entienda.

O que lo reconozca sin que tenga que explicárselo.

No le doy muchas vueltas. Ahora mismo no puedo.

Tengo demasiado dentro, cortándome la respiración, y lo único que necesito es soltarlo.

—No lo soporto. Me hace sentir fuera de control.

Nos quedamos un momento en silencio hasta que retomo la conversación, resignado.

—No he elegido el rango ni nada de lo que implica. Ser un alfa no es algo que me importe. Tampoco necesito estar por encima de nadie, ni que la gente baje la cabeza cuando paso o mida cada palabra conmigo.

—Ya lo sé.

—Estaba bien: trabajo, casa, rutas por el bosque… una vida sencilla. Y entonces aparece ella y todo mi mundo se desmorona. Hace que piense en cosas que no quiero. Es…

—Molesto.

—Sí. Y a la vez… no quiero que esto se acabe —admito, derrotado—. Me contradigo.

—Bienvenido a estar vivo —dice, sin ironía.

Suelto una pequeña risa sin humor.

—De verdad, no quiero vivir así. El rango, las expectativas… Estoy cansado de que nos definan por algo que no elegimos ser.

—Tú no controlas haber nacido alfa —dice—, pero sí controlas qué clase de alfa eres.

—Mis padres decían lo mismo… —respondo, con un deje amargo en la voz—, y mira lo que hicieron.

No hace falta explicar más. Él lo sabe.

—Tus padres eligieron mal, Marcus —contesta sin dudar—. Eso no quiere decir que el resto vaya a hacerlo.

No quiero entrar ahí. Desvío la mirada hacia la nada, buscando cualquier cosa que me saque de esta conversación, pero él no lo deja pasar.

—No todos son como tus padres —insiste—. Tampoco todas las historias acaban igual. No puedes vivir encerrado en tu mundo. Tendrás que conocer gente y darles una oportunidad. No todos te van a fallar.

Entonces, sin añadir nada más, abre la puerta y baja de la camioneta. Lo veo rodear el coche por el capó y, cuando llega a mi lado, abre la puerta, invitándome a salir.

En cuanto piso el suelo, apenas tengo tiempo de reaccionar cuando me atrae hacia él y me da un fuerte abrazo, de esos que no esperas pero que, joder… llegan justo cuando los necesitas.

Y sí. Lo necesitaba más de lo que pensaba.

—Y Marcus… —añade antes de apartarse del todo, mirándome con seriedad—, no estás perdiendo el control. Solo estás sintiendo algo que no puedes ignorar.