CAPÍTULO 9 MARCUS
MARCUS
La puerta del taller aún vibra por el portazo y su olor, dulce y punzante a la vez, se queda flotando en el aire, imposible de ignorar.
Me quedo ahí plantado, mirando la puerta por donde ha salido, intentando entender qué coño ha pasado.
Todo ha ido demasiado rápido y, aun así, lo tengo grabado con una claridad enfermiza. Cada segundo vuelve a mi cabeza sin darme tregua.
Le bloqueé el paso como un puto idiota, pensando que así, de alguna forma, conseguiría que se quedara un poco más.
Solo un segundo más.
Un segundo de mierda que ahora mismo mataría por recuperar. La quiero cerca… la necesito, y eso ya es un problema. Uno muy grande.
Pero claro, ¿por qué cojones iba a quedarse? Estaba cabreada. Cabreada de verdad. Y con razón.
He sido un gilipollas con ella cuando ha intentado acercarse. He reaccionado como un crío, a la defensiva, levantando un muro cuando lo único que quería era lo contrario.
Lo que me pasa con ella no me ha pasado en la puta vida. Me da la sensación de que pierdo el control, me hace sentir vulnerable y eso me pone de los nervios porque no estoy acostumbrado.
Yo no soy así. Siempre he sabido llevar las riendas, siempre he tenido todo bajo control.
En cambio, con ella… no. Me vuelve loco, me deja sin saber por dónde tirar y me rompe todos los malditos esquemas. Y no tengo ni idea de qué hacer con eso, ni de cómo pararlo ni de cómo volver a ser el de antes.
Y eso me jode.
Me ha malinterpretado… y no entiendo por qué. Tampoco es que haya sabido hacerlo mejor.
¿Cómo coño puedo sentir esta necesidad por alguien que apenas conozco?
La escena vuelve sola a mi mente. El momento exacto en el que se ha chocado conmigo, su cuerpo pegado al mío, encajando a la perfección, sintiendo cada maldito punto de contacto… Y solo eso hizo que casi se me fuera de las manos.
¿Qué habría pasado si hubiéramos llegado a más?
La sangre bajó directa hacia mi polla, endureciéndola todavía más, como si ya no estuviera suficientemente empalmado por verla aparecer con ese modelito.
Con ese cuerpo digno de una diosa salvaje, marcando absolutamente todas sus curvas, sin dejar nada a la imaginación.
Y encima sudada, con la piel brillante, volviéndolo todo aún más jodidamente provocador, sin darme ni un respiro.
Joder, macho.
He tenido que apartarme. No había otra. Si llegaba a darse cuenta de mi erección… no sé qué habría pasado, y eso es justo lo que más me jode: no tener ni puta idea de hasta dónde habría llegado.
Por un segundo casi no soy capaz de frenar.
Me veía enredando su pelo en mi puño, empotrándola contra la puerta y aplastándola contra mí sin dejarle espacio, necesitándola tanto que me daba igual todo lo demás.
Lo único que tenía claro en ese momento es que no habría sido capaz de soltarla.
Y lo peor es que la imagen no se va, se repite una y otra vez, alimentando ese puto impulso que intento enterrar a la fuerza.
Ahí es donde me doy cuenta de lo jodido que estoy. No es solo deseo. Es algo más bruto, más animal, más difícil de controlar. Me ha calado hondo y no sé en qué momento ha pasado, pero ya estoy metido hasta el cuello.
Si hubiera cruzado esa línea, Keira me habría puesto en mi sitio en menos de un segundo. Me habría dado de bruces con la realidad de una hostia bien dada, y seguramente me la habría ganado.
Resoplo con frustración y me paso una mano por la cara, intentando salir de este bucle de mierda en el que me he metido yo solo.
Esto va a ser difícil.
Muy difícil.
A ver, Marcus… eres un adulto. Espabila. Porque a este paso, el que va a acabar estampado contra algo vas a ser tú, y no precisamente de la forma que te gustaría.
Piensa… ¿qué estabas haciendo? Vamos a empezar por ahí.
Iba a salir a recoger las piezas que habíamos encargado.
Pues venga, muévete.
Cojo las llaves y salgo del taller. Arranco la camioneta y doy marcha atrás, incorporándome a la carretera con rapidez.
Me remuevo incómodo en el asiento, incapaz de encontrar una postura que alivie la tensión; la erección sigue ahí, reclamando atención, y aprieto la mandíbula mientras me recoloco otra vez, intentando ignorarla y obligándome a centrarme en la carretera.
Conduzco unos minutos hasta que llego al almacén, bajo, recojo las piezas y las cargo en la parte trasera de la camioneta sin perder tiempo, y en cuanto termino vuelvo directo al taller.
Cuando llego, ya están todos dentro y es la hora de comer; el ambiente es bueno, se les nota en la cara, así que supongo que han cerrado el trato.
Bien por ellos, pero que no cuenten conmigo; hoy no estoy para nadie.
Paso de largo sin saludar y voy directo hacia la sala donde solemos comer.
—¿Todo bien? —murmura Ben, caminando conmigo.
Ni siquiera me había dado cuenta de que se había puesto a mi lado.
Asiento con la cabeza, aunque sé que no se lo traga; basta ver cómo eleva las cejas, sorprendido, porque me conoce demasiado bien. Su mirada se clava en mí, analizándome, intentando sacar todo lo que no estoy diciendo, y justo cuando parece que va a insistir, Cody aparece por detrás.
Diría que estoy salvado por la campana, pero conociéndolo, sé perfectamente que va a meter la pata hasta el fondo.
—¿Ha venido Keira a traer el contrato?
Ahí está. Justo lo que esperaba.
Gruño como única respuesta.
Él silba entre dientes, claramente divertido.
—Vaya… veo que sí.
Genial.
Ya está. Eso es suficiente para entender exactamente por qué estoy de este humor de mierda.
Sacamos las fiambreras y nos sentamos en la mesa como siempre, cada uno ocupando su sitio.
Cojo el tenedor, pincho un par de bocados y me los llevo a la boca. Mastico sin ganas y en ese mismo momento ya sé que no va a entrar ni un bocado más. Tengo el estómago revuelto por los nervios acumulados, así que lo dejo apartado a un lado de mala gana.
—¿No comes? —pregunta Cody con la boca llena, sin molestarse en tragar primero.
—No tengo hambre —respondo secamente.
Parece que va a decir algo más, pero al final se encoge de hombros y sigue a lo suyo. La conversación de mesa va pasando de los coches nuevos que están listos para salir este año al contrato que han firmado y acaban recordando la liada de un cliente la semana pasada.
Me limito a observarlos y a escuchar, sin participar, manteniéndome al margen mientras la conversación sigue su curso sin mí.
Pero es inútil.
Su fragancia todavía me arde en la nariz, metida hasta el fondo, eclipsando incluso el olor de la comida. Es ridículo.
Y jodidamente frustrante, porque por mucho que intente ignorarlo, no hay forma de escapar de ello.
Me apoyo en el respaldo de la silla mientras me paso una mano por la nuca, claramente incómodo, buscando aliviar la tensión acumulada.
La mirada de Ben se desvía de vez en cuando para mirarme, claramente preocupado; aun así, no le doy ninguna respuesta.
Me limito a levantarme de la mesa sin decir nada y seguir con la faena que queda pendiente, aferrándome al trabajo como única forma de no pensar más de la cuenta.
Pero ni siquiera eso funciona.
El resto del día se convierte en una puta tortura. Miro el reloj y apenas han pasado unos minutos, aunque a mí se me hace eterno, como si hubieran pasado horas.
Levanto la vista y veo a Cody en su banco de trabajo, con una sonrisa dibujada en la cara, disfrutando de todo esto como el mejor entretenimiento del día.
Le echo una mirada amenazante, de esas que normalmente bastan para callarlo o, al menos, para que deje de tocar los huevos un rato; sin embargo, lo único que consigo es que su sonrisa aumente.
Imbécil.
Suspiro y vuelvo a lo mío para no mandarlo todo a la mierda y acabar el día peor de lo que ya está. Sé que, si abro la boca ahora, la vamos a liar.
Por fin se hacen las cinco y cerramos el taller, y no recuerdo haber agradecido tanto que terminara una jornada.
Recojo mis cosas sin entretenerme y salgo directo a la camioneta. Me dejo caer en el asiento del copiloto, soltando el aire poco a poco, y al cabo de un momento Benton sube, arranca y nos ponemos en marcha, camino a casa.
El silencio se instala entre nosotros y lo agradezco, porque no tengo ganas de hablar. Ni siquiera sabría por dónde empezar.
El trayecto se me hace largo, más de lo normal, y cuando por fin llegamos, Benton apaga el motor y se gira hacia mí.
Ignorándolo, alargo la mano para abrir la puerta con la intención de salir, pero antes de que pueda hacerlo, su voz me frena en seco.
—Quieto ahí.
Resoplo y con toda la resignación del mundo me giro hacia él.
—Vale, Marcus. Ya estamos en casa. Ahora dime qué coño te pasa.
Me paso las manos por la cara, presionando los ojos mientras echo un suspiro entre lamento y gruñido, intentando ordenar un poco todo lo que tengo en la cabeza, aunque sin éxito.
—Llevas así desde que Keira apareció en el taller —continúa—. No eres tú. Así que me vas a contar qué te pasa.
Benton siempre ha sido tranquilo, el más paciente del grupo. Aun así, cuando se pone firme, es imposible esquivarlo. Como buen líder que es, su palabra no es una sugerencia.
—No pasa nada —murmuro, sin convicción.
Tengo tantas cosas en la cabeza que ni sé por dónde empezar.
Él espera pacientemente, sin meter prisa, dándome el tiempo necesario para que decida soltarlo, seguro de que, tarde o temprano, voy a acabar hablando.
Y así es.
—Desde el primer momento en que la vi, algo en mi interior despertó. Un cosquilleo me recorrió entero, tirando de mí hacia ella. Y cuando la olí… joder, Ben. Mi lobo se volvió loco. Nunca me había pasado.
Benton apoya la espalda contra la puerta, con los brazos cruzados, atento a mí, sin interrumpir.
—Desde entonces no dejo de pensar en ella. Hoy vino a dejar unos papeles que Cody olvidó en casa. Y yo, como un idiota, le pregunté varias veces por qué olía así. —Me paso la mano por el pelo—. ¿No lo notas? Es dulce y embriagador. Me está volviendo loco.
Suelto un resoplido fuerte, cargado de frustración.
—¿Por qué huele así? ¿Por qué me atrae de esta manera? —pregunto, más frustrado que otra cosa mientras intento explicarme sin sonar completamente loco.