El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1) CAPÍTULO 8 KEIRA #2
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CAPÍTULO 8 KEIRA #2

Asiento para mí misma, aferrándome a esa idea, decidida a hacer justo lo que he planeado, y empujo la puerta. El olor a hierro y grasa quemada choca contra mí sin miramientos, provocando una mueca de desagrado.

Nunca sería capaz de acostumbrarme a esto.

Y, justo cuando creo que voy a librarme, me lo encuentro de frente. Marcus. Está en la entrada, a punto de salir.

Vaya.

Parece que el destino tiene otros planes para mí. Torturarme, al parecer.

Se queda congelado, observándome, y mi corazón se dispara, aunque esta vez no tenga que ver con la carrera.

Genial. Perfecto. Fantástico. Maravilloso.

Puta mierda.

Bueno, no tienes que mirarlo siquiera, dale de su propia medicina.

Resoplo con fuerza y lo rodeo sin molestarme en saludarlo. Donde las dan, las toman.

Avanzo hacia la oficina con los papeles bien sujetos en la mano. A mi espalda escucho un gruñido, y eso es suficiente para que la piel se me erice y los músculos de mi cuerpo se tensen… especialmente en mi entrepierna.

No, no, no, no, no. Decididamente no. No puedes hacerlo de nuevo, te lo prohíbo, cuerpo idiota.

—No te preocupes —alzo la voz sin girarme, respondiendo a ese gruñido—. Vengo a dejar unos papeles y me voy. No quiero ser de nuevo una molestia para ti.

No he podido evitarlo.

No contesta, así que me obligo a mantener la vista al frente, negándole a la curiosidad girarme para saber si me ha escuchado o si sigue ahí.

Coloco la carpeta sobre la mesa de la oficina con demasiada fuerza, provocando que suene, y me quedo ahí un momento, intentando ordenar los pensamientos de mi cabeza. Estoy aquí por Cody, me repito.

Nada más.

Al volver hacia la puerta, levanto la barbilla, dispuesta a pasar otra vez a su lado sin detenerme.

Él no se ha movido. Sigue exactamente en la misma posición en la que me lo he encontrado al entrar. Sus ojos azules se clavan en mí y, aunque su expresión es la misma de siempre, siento un cosquilleo recorrerme la piel.

Cuerpo, en serio, estás conmigo, no con él. Dame una tregua, por favor.

—¿Por qué hueles así? —pregunta con voz grave, casi como si fuera un gruñido frustrado, cuando estoy a medio camino, provocando que frene en seco.

Vaya. Ahora sí que existo y es capaz de hablarme. Tiene cojones la cosa.

Mi pulso retumba en los oídos.

—¿Perdón? —pregunto bruscamente.

Su mirada no se aparta de mí ni un segundo.

—Te he preguntado que por qué hueles así.

—¡Y yo te he preguntado si te pasa algo en la cabeza! —grito—. Porque lo tuyo empieza a ser preocupante.

No puede ser. ¿En serio?

—¿Ahora también te molesta mi olor? —pregunto—. Maravilloso. —Alzo las manos, exasperada—. Eres un capullo. Casi prefiero que sigas tratándome como si no existiera.

—No es que me moleste —responde en un susurro tan bajo que no tengo claro si realmente lo ha dicho o si me lo he imaginado.

Sí… seguro que es cosa de mi imaginación.

Sus ojos recorren lentamente todo mi cuerpo, deteniéndose en cada detalle, y cuando vuelven a mí lo hacen con una intensidad que me prende en llamas. Tiene una expresión tensa, contenida, como si estuviera peleando consigo mismo.

—¿Por qué hueles así? —insiste, esta vez con más fuerza, y en su tono se cuela una frustración que no pasa desapercibida.

Me mira con el ceño completamente fruncido, marcando las arrugas de la frente, con las cejas casi juntas. Sus labios son una fina línea.

Está claro que mi presencia le resulta terrible.

Pero aun así… ¿quién se ha creído que es?

—He venido corriendo, así que estoy sudada, es lo que tiene —bufo—. Si tanto te molesta, tápate la nariz, campeón. Problema resuelto.

Apoya una de sus grandes manos sobre el marco de la puerta y veo cómo sus nudillos se ponen blancos por la fuerza que está ejerciendo. Podría llegar a pensar que está conteniéndose… pero sé que no es el caso.

Ahora mismo bloquea por completo la salida, así que, si quiero salir, tendré que pasar demasiado cerca de él… o estamparlo contra la pared. Aunque, siendo realista, dudo que pueda moverlo. Es una maldita montaña.

—No entiendes nada —murmura.

—Por supuesto que lo entiendo. Está clarísimo que te caigo fatal y que verme te fastidia el día. Te diría que me sabe mal, pero la verdad es que me da bastante igual.

Mentirosa, no te da igual.

—No me fastidias el día —dice de golpe.

—Ah, ¿no? —respondo con sarcasmo—. Pues disimulas de lujo.

Levanta las cejas, sorprendido, pero no tarda en volver a fruncirlas, recuperando su expresión habitual.

Vaya… así que el gruñón número uno no está muy acostumbrado a que le planten cara. Pues qué pena, porque va a tener que ir haciéndose a la idea.

—No, no lo entiendes…

—Tampoco me lo explicas —le corto—. Y, sinceramente, no voy a perder tiempo intentando descifrarlo.

Me encamino hacia él con la idea clara de no detenerme, obligándome a no titubear.

Cuando llego a su altura, tengo que apretarme contra el poco hueco que queda en la puerta para poder salir, porque él no se mueve ni un centímetro. Ni uno. Está ahí plantado, ocupándolo todo, sin la menor intención de apartarse.

Y justo en ese momento, en el peor momento posible, se me ocurre la grandiosa idea de acercarme un poco más para captar su aroma, de saber a qué huele realmente. Qué buena idea, ¿verdad?

Total, ¿qué es lo peor que puede pasar? Nunca he estado tan cerca de él, y ahora que eso va a ocurrir, no puedo evitar esa curiosidad.

Claro que sí, Keira, tú sigue machacándote. Si te gusta sufrir, di la verdad.

Shh.

En el momento en que lo olfateo, me quedo totalmente paralizada.

Su aroma es intenso y masculino, totalmente embriagador.

Es salvaje, una mezcla de humo ardiente, madera húmeda y un matiz oscuro que me envuelve por completo, haciéndome poner los ojos en blanco sin poder evitarlo. Es la esencia misma del bosque.

Tengo que hacer un esfuerzo brutal para no soltar el gemido de placer que me sube por la garganta, apretando los dientes y obligándome a seguir moviéndome como si no estuviera pasando nada.

Dios, ¿por qué tiene que oler tan jodidamente bien?

Entonces, centrada en evitar que mi lamento orgásmico salga a la luz, doy un paso y acabo chocando contra él. El impacto hace que termine prácticamente aplastada contra su cuerpo, apoyando las manos en su pecho firme, duro como una roca, con todo mi cuerpo pegado al suyo.

Él suelta el aire de forma brusca y se aparta se aparta de golpe, como si el contacto le resultara insoportable.

—Joder… —le oigo decir entre dientes.

¿Cómo se puede ser tan sumamente imbécil?

Lo ignoro por completo y sigo avanzando, obligándome a no mirar atrás.

Paso de él.

Espero que realmente le haya resultado desagradable. De verdad que sí.

Por gilipollas.

Abro la puerta y la cierro de un portazo, dejándolo con su preciada soledad.

No entiendo qué le pasa a esta gente conmigo. Primero Malena y ahora él. Malena me importa tres pepinos… y me gustaría poder decir lo mismo de él.

De regreso, soy incapaz de controlar mi cabeza. Cada palabra se repite una y otra vez, dándome vueltas, como una tortura interminable.

Debería odiarlo, borrarlo de mi mente, arrancarlo de raíz.

Pero no puedo.

Soy incapaz, y no será porque no lo intento. No está dentro de mis planes pasarme la vida pensando en alguien a quien le resulto tan sumamente insoportable que ni siquiera puede verme.

Lo peor es que, aunque me joda admitirlo… hay una parte de mí que quiere volver, que necesita entender qué demonios le pasa, por qué actúa así conmigo.

Quiero saber por qué me mira así, que deje de hacerlo… o que no pare nunca.