CAPÍTULO 8 KEIRA
KEIRA
Me despierto con un fuerte dolor de cabeza, de los que nacen justo detrás de los ojos y se clavan hasta el alma.
He pasado mala noche, eso está claro. Mi mente decidió que era una idea brillante repasar una y otra vez lo que ocurrió ayer en el taller con Marcus, recreándolo todo con una precisión que no necesito y que, sinceramente, tampoco quiero.
La forma en que me trató cuando intenté que me prestara atención.
Ese momento en el que me quedé esperando algo, cualquier cosa…
y lo único que recibí fue ese muro impenetrable.
Ese silencio. Esa sensación horrible, de las peores que existen, la de creer que no eres nadie, que no importas, que podrías no estar ahí y daría exactamente igual.
¿Por qué fui tan tonta?
No dejo de repetírmelo, una y otra vez, como si castigarme fuera a cambiar las cosas.
Odio sentirme como una idiota. No tendría que haberlo hecho, eso está claro. Es insistir en golpear una puerta que no va a abrirse, aun sabiendo perfectamente lo que hay detrás. Ya estaba avisada, joder, lo sabía… sabía exactamente a lo que me exponía.
Resoplo y presiono las sienes con los dedos, intentando calmar tanto el dolor físico como el que me está destrozando por dentro.
Alargo la otra mano y cojo el móvil de la mesita. La pantalla ilumina la oscuridad del cuarto y me obliga a entrecerrar los ojos. Parpadeo un par de veces hasta que me acostumbro y entro en los mensajes de Owen.
Ya los había leído anoche. Varias veces, de hecho. Y, aun así, aquí estoy otra vez, repasándolos línea por línea.
Qué ridícula soy.
Sé que está interesado en mí, eso no es ningún misterio. Además, es un buen chico, atento, simpático, seguro de sí mismo… fácil. Todo con él sería fácil.
Entonces, ¿por qué sigo pensando en alguien que ni siquiera se molesta en mirarme?
Frunzo el ceño, apretando el móvil entre los dedos.
Marcus no me ha ofrecido absolutamente nada. Ni una palabra amable, ni una sonrisa. Solo frialdad.
Y es su silencio lo que no me deja dormir.
Es absurdo. Totalmente absurdo.
Suspiro, apago la pantalla del móvil y lo dejo de nuevo sobre la mesita. Me incorporo y me siento en el borde de la cama, notando el frío del suelo en las plantas de los pies.
Mi mirada se pierde en ningún punto en concreto, completamente atrapada en mis pensamientos.
No me gusta lo que estoy sintiendo.
¿Qué me pasa?
¿Por qué no puedo sacarme de la cabeza a alguien que apenas me dirige la palabra?
¿Por qué me jode más su indiferencia que cualquier cosa que pudiera decirme?
Aprieto los labios, enfadada conmigo misma.
Es como estar atrapada en el mismo pensamiento una y otra vez, dando vueltas sin avanzar, metida en un bucle del que no consigo salir.
Tengo que parar esto. Ya.
Me inclino hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas y enterrando el rostro en mis manos mientras suelto un quejido lastimero.
Necesito salir a correr.
Cada vez que me siento superada, salir a correr es lo único que consigue calmarme, lo único que me despeja.
Hoy no será distinto.
O eso espero… porque ahora mismo lo necesito de verdad.
Me levanto con un suspiro y camino hacia el armario para buscar la ropa de deporte. Abro las puertas y saco lo que suelo usar, sin darle demasiadas vueltas.
Me pongo unas mallas negras que se ajustan a cada curva, proporcionando libertad de movimiento. Después me enfundo un top del mismo tejido que eleva mi pecho y deja al descubierto el abdomen definido.
Me recojo el pelo en una coleta alta, tirando para que no se suelte durante la carrera. Luego me pongo las deportivas, ajustando bien los cordones y comprobando que quedan bien sujetos.
Por último, guardo el móvil en la cinturilla del pantalón, asegurándome de que queda bien sujeto.
Apenas ha amanecido y la casa está en silencio. Me asomo un poco a la habitación de mi madre y la veo dormida tranquilamente en su cama. No quiero despertarla, así que camino de puntillas hasta la puerta, bajando las escaleras con cuidado para no hacer ruido.
Abro despacio y salgo al exterior. El aire de la mañana está helado, y en cuanto lo siento no puedo evitar cerrar un segundo los ojos, disfrutándolo.
Me encanta. Claramente soy equipo frío. El calor es agobiante, no hay mucho que hacer aparte de quedarte desnuda y aun así seguir sudando.
En cambio, con el frío cambia todo: puedes taparte con una manta mullida, quedarte frente a un fuego y notar cómo el calor te va calando poco a poco.
Es perfecto. Quien diga que le gusta el calor… de verdad, no sabe lo que dice.
El estómago me recuerda que no he desayunado, pero lo ignoro. Ya comeré luego. Ahora mismo lo único que quiero es correr y desaparecer un rato.
Me encamino hacia los árboles, cruzando el pequeño tramo de césped que rodea la casa, y en cuanto piso el sendero, arranco a correr. Mis pasos resuenan sobre las ramas secas y la tierra húmeda, marcando un ritmo constante que enseguida se instala en mi pecho, mezclándose con mi respiración.
Cada zancada me arranca un poco de frustración, pero no lo suficiente. La imagen de Marcus sigue ahí, quemándome por dentro.
¿Qué le pasa? ¿Qué problema tiene conmigo?
Y aquí estoy otra vez, cayendo en lo mismo, convenciéndome de que tiene algo contra mí, de que hay algo personal en su forma de tratarme, cuando en realidad no es así.
Él es así con todo el mundo. Lo sé. Sé que no soy nadie especial para él.
Pero vuelvo a meterme en la misma historia una y otra vez. Parece que no aprendo.
Aprieto el paso, forzando al límite mis músculos, buscando ese punto en el que ya no puedo más.
En algún lugar cercano percibo el rastro de un ciervo, fresco y tentador. El olor dibuja su forma en el aire, guiándome hacia él.
Es mi loba la que lo percibe, la que despierta con ese rastro y empuja contra mi piel, arañando por salir, reclamando su lugar con una fuerza que no había sentido en años.
Está inquieta, impaciente. Lleva demasiado tiempo encerrada.
La siento rugir dentro de mí. Desde que volví aquí, el instinto se ha intensificado, mis sentidos están despertando después de haber estado en hibernación tanto tiempo.
En la ciudad apenas los usaba, no tenía sentido: humo, contaminación, olores desagradables, edificios por todas partes.
Allí mi parte salvaje estaba dormida. Pero aquí no.
E ignorarla empieza a ser difícil.
Estaría genial poder sentir la tierra bajo mis zarpas, notar la vibración de las criaturas corriendo a mi alrededor, que el aire me llene los pulmones con el aroma del bosque y que mis oídos capten el sonido lejano de los riachuelos que bajan desde las montañas.
Pero no puedo permitírmelo. No debo dejar que descubran lo que soy: una omega. Y sé que cada día me va a costar más contenerla, pero no me queda otra.
El móvil vibra en la cinturilla, sobresaltándome. Reduzco la velocidad hasta detenerme en seco, apoyando las manos en las rodillas un segundo antes de contestar.
Es Cody.
—¿Sí? —respondo, con la voz entrecortada por la carrera.
—¿Estás en casa? —pregunta, nervioso.
—No. Estoy corriendo, como puedes oír. ¿Qué pasa?
—Necesito un favor enorme —suelta tan rápido que casi se atraganta—. Me he dejado unos papeles en la mesa del salón. Son para un contrato que mi padre tiene que firmar a las doce. Si no llegan al taller a tiempo, me mata.
Me limpio el sudor de la frente con el dorso de la mano y pongo los ojos en blanco.
—Pues igual debería dejar que lo haga. Así aprenderás a ser más organizado —le suelto, sin mucha paciencia.
—Keira, te lo suplico. En breve empieza una reunión importante y tengo que estar ahí sí o sí. Si pudiera, iría yo mismo.
—¿No puede hacerlo otra persona?
—En el taller está Marcus, pero… —se queda en silencio un segundo—. No, mejor no. Prefiero no arriesgarme. Tú eres mi única opción ahora mismo, en serio.
Suelto una risa sin humor.
—Cody… —alargo su nombre, avisando.
—Por favor, por favor, por favor —empieza a repetir de forma insistente.
—Si esos papeles no aparecen —añade—, mi padre me entierra en el taller y pone un coche encima para asegurarse de que no salgo. ¿De verdad quieres eso sobre tu conciencia?
—Lo único que quiero ahora mismo es matarte yo misma —murmuro, apretando los dientes.
—Prima cruel —finge un sollozo tan exagerado que me arranca una risa—. Algún día agradecerás tenerme en tu vida.
—Ese día no ha llegado todavía.
—Pero llegará —responde, convencido.
—Eres insoportable.
—Y tú eres mi prima favorita.
—No tienes otra prima.
—Seguirías siendo la favorita.
Es imposible enfadarse con él.
Aprieto la mandíbula, parada en mitad del sendero, con el móvil pegado a la oreja. Mi respiración sigue agitada, pero ahora ya no es solo por la carrera… también por lo que implica esto. Cruzarme de nuevo con él.
—Está bien —cedo al fin, con un gruñido—. Pero ayer te dije que no quería verlo y me estás obligando a hacerlo.
—Lo sé, y lo siento. Pero me acabas de salvar la vida. Te debo un favor enorme.
—Me lo voy a cobrar, que lo sepas.
—Vale, vale. Lo que quieras.
Cuelgo antes de que pueda seguir hablando.
Genial.
Justo lo que necesitaba.
Cambio de dirección y me encamino hacia la casa de mi primo. Una vez llego entro sin llamar, como siempre. No hay nadie, así que no me detengo ni un segundo. Recojo la carpeta donde están los papeles, la sujeto bajo el brazo y voy directa hacia el taller.
Durante el camino, intento centrarme en lo que estoy haciendo, en cualquier cosa que no sea darle más vueltas a lo mismo… pero es inútil.
Llego empapada en sudor. El top se pega a mi piel y respiro con fuerza, intentando recuperar el aliento. Me detengo frente a la entrada, obligándome a calmarme un poco antes de entrar. Apoyo una mano en la frente y me mentalizo: es entrar, dejar los papeles y salir. Fácil.
Lo más seguro es que ni siquiera esté. Suelen viajar mucho por urgencias, ¿no? Sí… seguro que no está.