El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1) CAPÍTULO 7 KEIRA #2
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CAPÍTULO 7 KEIRA #2

Respiro hondo, una vez, y luego otra, obligándome a sacármelo de la cabeza.

Pero es inútil.

Levanto la vista y lo encuentro ahí, tan cerca, metido en lo suyo, con las manos manchadas de grasa y la camiseta tensándose en su espalda cada vez que se mueve, marcando los músculos bajo la tela, completamente ajeno a todo… incluso a mí.

Y eso es lo que más me pica, su indiferencia, la forma en la que pasa de mí, ignorándome por completo.

Trago saliva y, antes de poder pensarlo demasiado, ya estoy caminando en su dirección, con el pulso acelerado, maldiciéndome en silencio por no detenerme, por no darme la vuelta y volver a mi sitio. Podría hacerlo. Debería hacerlo. Sería lo más sensato.

Pero, al parecer, hoy he dejado el sentido común en otra parte.

—¿Necesitas ayuda con eso? —pregunto justo a su lado.

—No —contesta sin siquiera alzar la vista hacia mí.

—Vale —digo, dando un paso atrás por el tono tan seco y brusco de su voz. Siento un pequeño golpe en el pecho que no esperaba.

Pero mi orgullo me empuja nuevamente hacia él. No tengo muy claro qué es lo que espero conseguir, pero me parece que hoy no es el día.

Claro que lo sabes, mentirosa. Lo sabes y quieres engañarte a ti misma.

Calla.

—¿Qué le haces al coche?

—Revisarlo.

Una sola palabra.

Ni una explicación. Ni el más mínimo intento de conversación.

Frunzo el ceño ante su comportamiento tan reacio y noto cómo el cabreo empieza a asomarse, mezclándose con una sensación que prefiero no analizar por el momento.

Sí, eso haré. Lo meto en una cajita y lo entierro muy, muy hondo dentro de mí.

—¿Podrías explicármelo? —insisto, intentando que mi voz suene más tranquila de lo que realmente estoy.

Él deja la llave inglesa sobre el guardabarros con un golpe seco y, por fin, levanta la mirada hacia mí.

Mira, ya he conseguido llamar su atención.

—Me gustaría trabajar en silencio, si no es mucho pedir —resopla, prácticamente gruñendo.

Vaya chasco.

El comentario me atraviesa como un dardo envenenado, directo a mi orgullo, y siento cómo algo dentro de mí se encoge y se tensa al mismo tiempo en respuesta.

Pero será gilipollas el tío.

Quizás necesita que le enseñen que los demás también sabemos gruñir y enseñar los dientes. Porque esto de que vaya de borde igual le funciona con otros… pero conmigo no.

—Eres la simpatía personificada, ¿siempre eres tan encantador? —le suelto, con un tono mordaz.

No responde, ni siquiera reacciona. Soy un puto fantasma para él.

Si había conseguido reconstruir un poquito de mi burbuja, con esto se ha convertido en polvo que se lleva el viento de su indiferencia.

No sé muy bien qué hacer con este vacío que me deja su actitud, así que al final opto por lo más fácil, girar sobre mis talones y darle la soledad que tanto ansía, porque está claro que es lo único que le interesa ahora mismo.

—Gilipollas —murmuro mientras me marcho, lo bastante alto como para quedarme a gusto y que me oiga.

Camino de vuelta hacia la mesa y me dejo caer en la silla que hay justo al lado de mi primo, resoplando.

—No te rías —le advierto, señalándolo con el dedo.

—No me río.

—Sí, lo haces.

—Un poco —admite, y vuelve a reír, sin molestarse en disimular esta vez.

Lo fulmino con la mirada. Divertidísimo. Casi me ahogo de la risa.

—No sé cómo lo aguantas —le digo.

—Aguantando —contesta mientras ajusta un cable, sin darle mayor importancia—. Te acostumbrarás.

—No quiero acostumbrarme a que me ignoren —me quejo, cruzándome de brazos—. ¿A ti no te molesta?

—Ya estoy acostumbrado.

Perfecto para ti.

Yo no. Y tampoco quiero llegar a ese punto. No me gusta que me ignoren y no voy a fingir que me da igual.

Sé que nos está escuchando, por supuesto que lo hace, pero al parecer esto también le da igual, porque no hace nada que indique que le importa lo más mínimo.

Supongo que necesitaba esto para dejar de montarme películas yo sola.

¿En serio pensaba que iba a ser distinta?

Vaya tontería.

Cody ya me lo ha avisado más de una vez, me ha repetido cómo es él, lo cerrado que es y lo poco que se implica. Incluso hoy mismo, cuando ha intentado excusarlo con eso después de ese comportamiento de mierda.

Y al final, me ha abierto los ojos de la peor manera posible.

Pues sí, me lo merezco, por tonta.

Cuando por fin mi primo anuncia que ya es hora de cerrar, siento un alivio que llega mezclado con frustración.

Me levanto y me lavo las manos en el lavabo del fondo. Cojo mi mochila y me la cuelgo del hombro.

—¿Lista? —pregunta, agitando las llaves de la camioneta.

—Más que lista.

Salgo del taller sin despedirme.

Total, que le den.

Marcus sigue inclinado sobre el coche, sin levantar la cabeza. Y eso… me jode. ¿Por qué? Porque hay una parte infantil y estúpida de mí que quiere que se fije en mí, que me preste atención, que me diga algo… lo que sea.

Pero no lo hace y no es así.

La luz naranja del atardecer se cuela por el taller y lo tiñe todo de sombras alargadas mientras salimos. Parece que el día también estuviera terminando con mal humor.

Subimos a la camioneta y, con un suspiro que no consigo contener, me dejo caer contra el asiento.

Arranca el motor, y el sonido llena el silencio incómodo que se instala entre nosotros mientras avanzamos por la carretera.

—No te lo tomes a pecho.

Su voz rompe ese silencio y me giro hacia él, frunciendo el ceño.

—¿Qué?

—Lo de Marcus.

—¿Por qué lo dices? ¿Porque ha estado ignorándome y tratándome como una molestia? —arqueo una ceja, cruzándome de brazos mientras lo miro claramente enfadada.

Cody suelta una pequeña risa por lo bajo, negando con la cabeza.

—No es eso. Bueno, sí. Pero no es personal.

—Claro que lo es —suelto una carcajada incrédula, dejando caer la cabeza contra el respaldo.

—No. Es su forma de ser. Es así con todo el mundo. Créeme, lo conozco desde hace años.

Aprieto la mandíbula, mirando por la ventana, siguiendo con la vista los árboles que pasan borrosos. No me sirve esa explicación y no cambia cómo me ha hecho sentir.

—Pues conmigo podría intentarlo —refunfuño, casi para mí misma.

—No lo hará, por lo menos al principio.

Odio que probablemente Marcus sea así de insoportable. Odio haber tenido una pequeña y ridícula esperanza de que conmigo fuera distinto… y haberme equivocado.

No soy especial para él, ni lo seré.

Y odio todavía más cómo eso me hace sentir.

—Mañana lo verás distinto —comenta Cody parando frente a mi casa.

—No estoy segura de querer verlo mañana —contesto mientras bajo del vehículo.

—Lo harás.

Una parte de mí, por pequeña que sea, sabe que tiene razón. Y aunque intente convencerme de lo contrario, aunque me repita que me da igual, que no me importa…

Pero no, da igual lo que diga esa parte de mí, por mucho que insista o intente convencerme de lo contrario, no voy a buscarlo, ya he tenido suficiente.

Venga sentido común, si me estás escuchando, vuelve ya, que es hora de irnos a casa.