CAPÍTULO 7 KEIRA
KEIRA
El taller huele a grasa y humo. En cuanto entro, el olor se me mete en la nariz y siento cómo se me pega a la ropa y al pelo al instante. Genial. Sé que no me lo voy a quitar en horas, y con eso ya me dan ganas de dar media vuelta e irme por donde he venido.
No es el lugar en el que esperaba pasar la tarde, ni de lejos. Pero Garret y Benton tienen una reunión de negocios y Cody insistió en que viniera a echarle una mano. Insistió demasiado, de hecho. Y cuando Cody insiste así… normalmente es porque le interesa más a él que a mí.
Y aquí estoy.
Rodeada de herramientas que no sé usar, piezas metálicas que no sabría identificar ni aunque me pagaran por ello, y este maravilloso olor que sigue metiéndose en la nariz cada vez que respiro.
Puaj.
De verdad, ¿quién puede trabajar aquí sin morirse?
No tengo ni idea de mecánica, y él lo sabe perfectamente, pero aun así dice que me vendrá bien distraerme. Que así no me muero del aburrimiento.
Vale, sí, en eso tiene razón. Necesito tener la cabeza ocupada o acabaré dándole demasiadas vueltas a todo. Pero, sinceramente, podría haber sido con cualquier otra cosa. Cualquiera.
—No te asustes, no voy a ponerte a desmontar un motor.
Pongo los ojos en blanco casi por reflejo, aunque, si soy sincera, una parte de mí agradece que lo diga. Es un alivio. Me apoyo contra la mesa de trabajo mientras él se limpia las manos con un trapo, con total normalidad.
—Me tranquiliza, porque no sabría ni por dónde empezar.
Y no exagero ni un poquito. Podría tener todas las piezas delante y seguiría sin entender qué estoy mirando.
—Entonces empieza por ordenar esas piezas —indica, señalando una caja llena de tornillos, tuercas y arandelas—. Clasifícalas por tamaño.
Lo miro, esperando que se esté riendo. Pero no se ríe.
¿En serio?
¿En serio quiere que haga eso?
Aprieto los labios, cruzo los brazos y vuelvo a mirar la caja, tratando de descifrarla como un código secreto, deteniéndome en cada pieza, con la absurda esperanza de que en algún momento las cosas encajen por sí solas.
Recorro el contenido con la mirada, buscando una lógica que claramente no está ahí, y cuanto más insisto, más ridículo me parece…
pero aun así no aparto la vista, porque rendirme tan rápido no va conmigo.
Nunca lo ha hecho. Y, siendo sincera, cuando se me mete algo entre ceja y ceja, puedo llegar a ser increíblemente insistente…
hasta el punto de crispar a cualquiera. Incluso a los muertos, si hiciera falta.
—¿Me has traído aquí para esto? —le digo, alzando una ceja—. Pensaba que íbamos a hacer algo interesante.
Esto es una tortura. No hay otra palabra.
Cody se encoge de hombros.
—Confía en mí. Te va a relajar.
Suelto una pequeña risa sin humor.
—Sí, claro. Ya me veo encontrando la paz interior entre tornillos.
Aun así, suspiro y me acerco a la mesa, porque en el fondo tiene razón en una cosa: necesito hacer algo. Aunque sea esto… esta clase de tortura visual.
Cojo un tornillo, lo miro, luego cojo otro y los comparo.
Vale… no son iguales. Bien. Ya es un comienzo.
Los dejo en dos montones distintos, pero al poco rato ya me cuesta distinguir unas de otras.
—Te aviso —murmuro—, va a llegar un momento en el que no voy a distinguir una arandela de… lo que sea esto.
Levanto una pieza pequeña entre los dedos y la observo, frunciendo el ceño.
—¿Esto qué es? ¿Un intento de tortura medieval?
Cody suelta una risa desde algún punto detrás de mí y niego con la cabeza, volviendo a dejar la pieza en la mesa.
Vale.
Respira.
No pienses en nada más.
Fácil. ¿No?
Cojo el puñado más cercano y lo extiendo, ordenándolo de forma minuciosa. Voy separando unas piezas de otras con atención.
—Esto es un castigo disfrazado de ayuda.
Cody ni se inmuta. Sigue a lo suyo, tan tranquilo como siempre, y responde:
—Es una iniciación.
Lo dice con una sonrisa de lado, claramente encantado consigo mismo y con la tarea que me ha mandado hacer.
Toda una genialidad, sin duda.
Intento seguir con lo mío, pero no tardo en sentir que el tiempo no avanza. Al contrario. Tengo la impresión de que llevo aquí metida al menos dos horas y sé perfectamente que no llega ni a diez minutos.
O quizá soy yo intentando convencerme de que esta tarde no se me va a hacer eterna, porque como empiece a pensar lo contrario… no salgo viva de aquí.
Estoy a punto de soltar otra queja cuando Cody habla otra vez.
—¿Sabes quién ha preguntado por ti esta mañana?
—¿Quién? —pregunto levantando la vista.
—Owen.
—Qué bien —respondo sin emoción, intentando fingir indiferencia.
Arquea una ceja, claramente divertido.
—Eso mismo le dije: seguro que se alegra un montón.
—Eres insoportable.
Le lanzo un tornillo que rebota contra su hombro. No le hago daño, evidentemente, pero aun así exagera el gesto, llevándose una mano al pecho como si acabara de sobrevivir a un ataque mortal.
Se ríe y vuelve a lo suyo.
Está realmente decidido a trabajar, lo cual me resulta increíble teniendo en cuenta lo mucho que le gusta escaquearse siempre que puede. Si hay una forma de evitar hacer algo, normalmente la encuentra en segundos… así que verlo así, me desconcierta.
Intento hacer lo mismo, pero el aburrimiento me está matando y no soy capaz de seguir. Me repito que puedo continuar… pero no. Hasta aquí.
Me rindo.
Piececitas del demonio 1, Keira 0.
Me sacudo las manos y voy directa hacia mi primo con una idea bastante clara: darle un poco por saco. Ya le toca. Siempre es él el que está molestando, el que no para quieto, el que se mete donde no le llaman… y verlo ahora tan tranquilo, me resulta demasiado tentador como para dejarlo pasar.
Además, me lo está poniendo fácil.
Estoy justo a su lado, a punto de abrir la boca, cuando la puerta del taller se abre con un chirrido que corta el momento, haciendo que los dos nos giremos a la vez para ver quién está entrando.
Marcus.
Se me corta la respiración de golpe y me quedo mirándolo como una idiota, intentando reaccionar con normalidad… pero no hay manera. Mi cerebro ha decidido apagarse justo ahora, en el peor momento posible, y yo sigo ahí plantada, sin hacer absolutamente nada por remediarlo.
Genial.
Aun así, no aparto la vista. Más bien al contrario. Lo recorro con la mirada sin disimular lo más mínimo, y cuanto más me fijo, peor.
Joder… es que es enorme. Pero enorme de verdad, tamaño XXL.
Supongo que todo irá a juego… todo, ¿no?
Soy consciente de por dónde van mis pensamientos así que los intento frenar antes de que se me vaya de las manos.
Vale, Keira. Relájate.
Menuda mente más sucia.
Tampoco es que me sorprenda que mi cabeza haya ido directa por ese camino, porque últimamente parece que se ha convertido en uno de sus favoritos.
Y no solo durante el día.
Por la noche tampoco ayuda precisamente… más de una vez acabo desahogándome antes de dormir, pensando justo en esto.
En manos grandes recorriéndome el cuerpo… bajando tortuosamente despacio, sabiendo perfectamente lo que hacen, deteniéndose justo donde más lo necesito, jugando conmigo hasta hacerme perder la cabeza.
Se supone que eso debería calmar la reacción de mi cuerpo cuando lo tengo delante, quitarle intensidad… pero de eso nada, monada.
Parece que aquí hemos venido a jugar… y mi cuerpo ha decidido ir a por lo grande.
Otra vez con esa palabra.
Uff.
Lleva el uniforme de trabajo: camiseta gris, pantalones oscuros llenos de pequeñas manchas de grasa y unas botas de seguridad que han visto más horas que muchos de nosotros.
El calor me inunda, bajando hasta acumularse en mi centro, haciendo que tenga que apretar los muslos para intentar controlarlo.
Esto no debería estar pasando.
Y aun así, mi cuerpo decide reaccionar por su cuenta, ignorando por completo lo que yo piense al respecto. La sensación crece, volviéndose cada vez más difícil de ignorar.
La humedad empieza a acumularse, haciéndolo todavía más incómodo.
Cuerpo idiota.
¡Detente!
¿Me quejaba de tener una tarde aburrida? Pues toma, ahí lo tienes, dos metros de problema plantado delante de ti para animarte el día… y complicarlo todavía más.
Se queda un segundo en la puerta. Solo un segundo. Pero lo suficiente para que sus ojos se fijen en mí.
Puedo apreciar la sorpresa en ellos. Está claro que no esperaba encontrarme aquí.
Y justo entonces lo siento de nuevo. Ese tirón, ese impulso que me arrastra hacia él.
Durante un instante, todo se queda en pausa. Y se me pasa por la cabeza que quizá él también lo ha notado, que esa forma de mirarme significa algo.
Pero no dura nada.
Aparta la vista, rompe el momento sin esfuerzo y entra en el taller con total normalidad, como si ese segundo no hubiera existido siquiera.
Pues claro, Keira. La realidad es que no ha pasado nada.
Deja de montarte películas. Por tu salud mental… y porque a este ritmo te vas a volver loca tú sola.
—Buenas tardes —murmura mientras avanza sin detenerse.
—Buenas tardes —consigo contestar.
—Eh, justo a tiempo —grita Cody levantando la mano—. Estoy enseñándole a Keira a no romper nada.
Ni una palabra. Ni una mirada.
Se pone los guantes de trabajo y se agacha junto a un coche.
Y ya está, así, sin más.
Plof, mi burbuja se rompe en mil pedazos y noto un pinchazo en el pecho cuando la realidad cae sobre mí, aplastándome.
¿Pero qué esperabas? ¿Qué te empotrara contra la pared y te morreara? Por favor… ¿cómo puedo ser tan tonta? Sabía que me lo estaba imaginando, que había leído más de la cuenta en algo que, claramente, no significaba nada.
¿Por qué di por hecho que me estaba mirando a mí en la feria? Pues no lo sé, la verdad. Mis ganas locas de que se fijara en mí, supongo.
Vuelvo a lo que estaba haciendo, pero mis manos se mueven sin ganas, y no puedo evitar que mi atención se desvíe una y otra vez hacia donde está él.
Cody sigue hablando a mi lado, explicándome algo, pero su voz se queda en segundo plano. Asiento con la cabeza de vez en cuando sin saber muy bien qué estoy aceptando.
—…y si haces esto mal, te cargas el motor —explica, señalando algo delante de mí.
—Sí, sí… —respondo por inercia, intentando parecer más presente de lo que realmente estoy.