El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1) CAPÍTULO 6 KEIRA #2
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CAPÍTULO 6 KEIRA #2

—Venga, Keira… —insiste—. Preguntas por Marcus, te quedas pensando, te pones rara… ¿quieres que te haga un croquis o ya lo tienes claro?

—Eres imbécil.

—Y tú un libro abierto —responde, sin perder la sonrisa, ignorando mi mal humor—. Tu cara es un poema, prima. Un poema escrito para mí.

Aprieto los labios, aguantándome las ganas de soltarle algo peor, y me separo de él mientras le dedico un gruñido, advirtiéndole de que mi paciencia se está acabando y que, si sigue por ahí, no voy a responder bien.

Pero entonces respiro hondo y me obligo a frenar. A ver… tampoco tiene la culpa, lo tengo claro, aunque ahora mismo me cueste reconocerlo, así que sería bastante injusto pagar con él el cabreo y la frustración que llevo encima, como si fuera el responsable.

Suelto el aire despacio, intentando bajar un poco el ritmo, obligándome a centrarme en lo que hemos venido a hacer, así que trato de enfocarme en lo práctico, porque ahora mismo el carrito va más vacío que mi paciencia, y eso sí que tiene solución.

Vale, Keira, céntrate.

Empiezo a mirar bien las estanterías, pasando la mano por las telas, fijándome en los colores, obligándome a pensar en algo que no sea el lío que llevo en la cabeza.

Al final, acabo cogiendo dos juegos de sábanas de algodón, con estampado floral en tonos pastel, del mismo tamaño que la cama que he elegido. Lo cierto es que la que tengo ahora se me queda pequeña y, sinceramente… me vendría bien algo más de espacio.

Seguimos avanzando y voy añadiendo más cosas al carrito, ya más metida en la idea. Un escritorio blanco, sencillo pero bonito, con su silla a juego.

Y ya que me pongo, pues me pongo.

Paso por la zona de pintura y cojo lo necesario para darle una segunda vida al armario del cuarto. Ese no lo quiero cambiar. Me gusta tal y como es, solo necesita un lavado de cara para que encaje con lo demás. Un tono más claro y listo.

Y ya puestos, también pintura para las paredes.

Quiero algo en tonos suaves, que no canse la vista y que encaje a la perfección con las flores. Me encantan, embellecen cualquier rincón y hacen que todo se sienta más cálido.

Eso es justo lo que quiero.

Que mi habitación sea bonita y acogedora, un sitio en el que entre y pueda respirar, un sitio que sienta realmente mío.

Cuando terminamos, pasamos por caja, pagamos todo y salimos hacia la camioneta. Y no sabría decir si es por haberme distraído o por sentir que estoy haciendo algo por mí, pero estoy bastante más tranquila, sin rastro de ese humor de perros que se me había puesto.

Y, para qué engañarme, también tiene que ver el hecho de tener a Cody aquí, echándome una mano.

Empezamos a cargar los muebles en la parte trasera de la camioneta, colocándolos para que encajen bien. Yo voy acercando las cosas mientras él las organiza y, cuando ya está todo dentro, empieza a fijarlo con unas cintas de amarre, tensándolas bien para que no se mueva nada durante el trayecto.

Verlo volcarse así conmigo, sin una sola queja, me hace darme cuenta de lo injusta que he sido antes.

Me siento mal por haberle contestado así, no se lo merece. Me está ayudando un montón desde que llegué, tanto haciéndome compañía como haciéndome todo esto mucho más fácil.

Tengo que decírselo.

—Perdona por haberlo pagado contigo… —murmuro, rascándome el brazo, un poco incómoda—. Es que no sé… no sé qué me pasa últimamente. Es todo muy raro. Es un cambio muy brusco y aún estoy intentando asimilarlo.

—No te preocupes, cachorrita. Puedes contar conmigo para lo que necesites —me tranquiliza, mientras se baja de la camioneta de un salto—. Sé que tiene que ser duro para ti, así que… olvidémoslo.

Antes de que me dé tiempo a reaccionar, me rodea con los brazos, me levanta del suelo y me envuelve en un fuerte abrazo, haciéndome girar con él en el aire.

—Hay veces que creo que no te puedo querer más —respondo, dejándome llevar por el momento mientras enlazo mis brazos alrededor de su cuello y lo aprieto contra mí.

—Pues normal —responde, sin dudar—. Si es que soy todo amor.

No puedo evitar soltar una carcajada. Finalmente, me deja en el suelo y se gira hacia la puerta del conductor.

Yo rodeo la camioneta por delante, todavía sonriendo, y abro la puerta del copiloto. Subo y me acomodo en el asiento, cierro la puerta tras de mí mientras me coloco el cinturón.

En cuanto me apoyo contra el respaldo, el móvil me vibra en el bolsillo.

Owen: Hola, Keira. ¿Cómo estás? Soy Owen.

Owen: El otro día se me hizo muy corto. Me quedé con ganas de seguir hablando contigo.

Enarco las cejas sorprendida. Cuando nos despedimos en la feria, me pidió el número de teléfono y se lo di… pero desde entonces no me había hablado. Y, siendo sincera, ya había dado por hecho que no lo iba a hacer.

Y sí, vale… me había desilusionado un poco, así que cuando veo su mensaje, mi corazón se acelera por la emoción.

Keira: ¡Hola!

Keira: Ahora mismo estoy de compras con mi primo.

Dudo un segundo, con el pulgar suspendido sobre la pantalla, y acabo añadiendo algo más.

Keira: Pensaba que te habías olvidado de mí.

Nada más mandarlo, me muerdo el interior de la mejilla. Genial, Keira. Súper natural. Cero intensidad.

El móvil vibra al instante.

Owen: ¿Olvidarme de ti? Ni de coña.

Owen: Créeme, no eres fácil de olvidar.

Owen: He estado liado estos días, pero no he dejado de pensar en ti ni un segundo.

Miro la pantalla unos segundos, con el móvil entre las manos mientras noto ese cosquilleo nervioso, propio de cuando tienes quince años.

Keira: Vaya… eso no me lo esperaba.

Owen: De hecho, quiero volver a verte.

Keira: Suena tentador… ¿Qué me propones?

Owen: Vaya, vaya… ¿te gusta que los hombres tomen la iniciativa?

Este tira y afloja entre nosotros provoca que algunas mariposas revoloteen por mi estómago y se me escapa una risa tonta, que intento tapar llevándome la mano a la boca.

—¿Qué pasa? —pregunta Cody, inclinándose un poco para intentar ver la pantalla, cotilla perdido.

—Nada —respondo, apartando el móvil de su campo de visión y girándome un poco para ocultarlo.

—Ajá… ya veo.

—Eres un entrometido.

—No me lo digas… —dice, con una sonrisa de lado—. ¿Quién te habla empieza por O y termina en wen?

Resoplo, pero no puedo evitar que se me escape otra pequeña sonrisa mientras bajo la mirada al móvil, ignorándolo por completo.

Keira: Depende del hombre… y de la propuesta.

No suelo ser tan directa. Bueno… sí lo soy, pero no tan rápido.

Esta faceta mía es nueva. Y no tengo muy claro cómo tomármelo.

¿Me he pasado?

Vuelvo a mirar la conversación, repasando mis propias palabras, buscando algo que suene fuera de lugar… pero ya está hecho.

Mi primo no me da tregua ni un segundo.

—Mira qué rápido contestas. Seguro que si fuera yo ni me responderías.

—Porque contigo no merece la pena.

—Qué cruel —suelta, llevándose la mano al pecho—. Me cambias por Owen y ni te tiembla la voz.

—No te estoy cambiando.

—Entonces, ¿por qué te estás poniendo roja?

Noto el calor en las mejillas justo cuando lo dice, y eso solo lo empeora.

La realidad es que no tengo una respuesta que no me deje en evidencia, y lo sabe perfectamente.

El móvil vibra, distrayéndome.

Owen: Entonces voy a tener que hacerlo bien.

No me doy cuenta de que estaba conteniendo la respiración hasta que leo su mensaje y suelto el aire.

Muchos hombres se cortan cuando una mujer va de frente, cuando no se anda con rodeos o dice lo que quiere sin filtros. Se incomodan o se echan atrás.

Pero él no.

Owen: Dime que sí, Keira. Dime que quieres verme.

Sin venir a cuento, Marcus vuelve a colarse en mi cabeza.

Sus palabras me dejan un momento en silencio, sin saber muy bien qué decir. Porque sí, claro que quiero volver a verlo.

Pero, sin venir a cuento, Marcus vuelve a colarse en mi cabeza, y eso lo cambia todo. ¿Eso qué significa? ¿Que realmente a quien quiero ver es a él?

¿Por qué me gustaría que fuera él quien me estuviera diciendo esto? ¿Por qué me imagino sus manos en lugar de las de Owen? ¿Y por qué siento que con él sería distinto?

Resoplo, frustrada conmigo misma, pasando el pulgar por la pantalla sin escribir.

En serio… ¿qué coño me pasa?

Owen es muy atractivo, simpático, agradable y, como bien han dicho las niñatas del centro comercial, está cañón.

Así que, espabila.

Tecleo rápido.

Keira: Tal vez… si me convences.

Tardo poco en ver los puntitos de que está escribiendo.

Owen: Eso está hecho.

Owen: Haré que quieras repetir antes de que termine nuestra cita.

Cita, ha dicho cita.

La intención en sus palabras provoca que un dulce calor corra por mis venas, instalándose entre mis piernas y haciendo que mi mente empiece a deslizarse otra vez por terrenos peligrosos, demasiado tentadores como para ignorarlos sin más.

Intento agarrarme a cualquier pensamiento que no tenga nada que ver con eso, pero ya es tarde, noto cómo la sangre me late con más fuerza y cómo el cuerpo, traicionero, no colabora precisamente en calmar las cosas.

Tampoco ha dicho que vayamos a hacer nada en especial, no ha mencionado nada que tenga que ver con el sexo, ni una sola palabra que justifique este incendio que empieza a crecer en mi interior.

¿Qué narices? ¿Por qué estoy pensando en sexo?

—Ya está —niega con la cabeza—. Estás perdida, prima.

—No lo estoy.

—Claro que sí.

Pongo los ojos en blanco, exagerando el gesto mientras cruzo los brazos.

El hecho de que sea un alfa debería echarme hacia atrás. Hay una vocecilla en mi cabeza que no para de decírmelo, recordándome lo que son, lo que implican y todo lo que puede salir mal.

Pero ya no la escucho con la misma intensidad.

Sigue ahí, pero en segundo plano, porque lo que siento ahora mismo es más fuerte que todo ese ruido.

Lo único que importa es este juego que acaba de empezar, ese tira y afloja que me acelera el pulso y me empuja a seguir, aunque sé que podría complicarlo todo más de lo que ya está. Aun así, no quiero parar, al contrario, quiero seguir avanzando y ver hasta dónde llega.