El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1) CAPÍTULO 6 KEIRA
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CAPÍTULO 6 KEIRA

KEIRA

Hoy, Cody y yo hemos decidido ir a comprar los muebles que quiero para mi habitación y, solo con pensarlo, ya me siento un poco mejor. Necesitaba salir de la rutina en la que he estado metida todos estos días, despejar la cabeza, aunque sea un rato.

Él, por supuesto, está encantado y se le nota desde el primer momento. Tiene la excusa perfecta para librarse del trabajo en el taller y lo está disfrutando como un niño pequeño en vacaciones.

Quitando la noche de la feria, los días que han pasado han sido todos iguales. Aquí no hay nada que hacer. El único entretenimiento es este centro comercial y está a casi dos horas en coche.

Dos. Horas.

Así que, básicamente, lo único que he hecho ha sido dormir, comer, correr y dormir otra vez.

Al principio era justo lo que necesitaba, pero ya se ha vuelto desesperante y sumamente aburrido.

—Si no fuera por mí, ahora mismo estarías echando otra siesta eterna de las tuyas —bromea, mientras aparca.

—No son eternas. Son necesarias, tengo mucho cansancio acumulado. —respondo, bajándome de la camioneta y, estirándome un poco, noto cómo me crujen los hombros después del trayecto—. Y no exageres, que el que quería librarse del taller eras tú.

—Eh… yo me sacrifico por la familia —bromea, arrastrando las palabras con un exagerado acento italiano.

—Claro, claro. Eres un mártir —murmuro, rodando los ojos mientras empezamos a caminar hacia la entrada. Seguimos a la gente que entra y sale sin parar.

Nos dirigimos hacia la sección de hogar y, aunque intento centrarme en lo que he venido a hacer, mi cabeza sigue enganchada en lo mismo, volviendo al encuentro con Marcus.

Intento encontrarle una explicación lógica a la sensación que me atrapa y no me deja ni respirar, pero cuanto más lo intento, peor es.

Lo único que consigo es hundirme, todavía más, en ese recuerdo, recrearlo, una y otra vez, hasta el punto de que casi puedo sentirlo de nuevo.

Cómo tuve que apretar los muslos intentando calmar la sensación que me latía entre las piernas y que, lejos de desaparecer, no hacía más que intensificarse.

Y joder… es que lo único que quería en ese momento era que fuera él quien me calmara, que me diera justo lo que mi cuerpo estaba pidiendo a gritos.

Aprieto los ojos y exhalo, recuerdo que estamos en un lugar público, y que este no es, ni de lejos, el mejor momento para venirme arriba con esto, aunque ni siquiera eso ayuda. Mi cuerpo va por libre, igual que aquella noche.

Tenía claro que era mi mente la que se estaba montando la película; le estaba saliendo tan bien que casi podía sentir sus manos recorriéndome el cuerpo mientras mantenía esa mirada intensa y ardiente clavada en mí, haciendo que mi ropa interior acabara empapada por la excitación.

En serio… tengo un puto problema. Lo sé, lo sé… soy consciente de ello.

—Estás muy callada. —comenta Cody, empujando el carrito contra mí, con un golpecito suave, que me saca de golpe de todo eso—Demasiado, y eso ya es raro en ti.

Parpadeo, varias veces, y aterrizo en el presente, dándome cuenta de que llevo un buen rato mirando unas sábanas sin verlas, realmente, con la mente en otro lado.

—¿Perdona? —pregunto, todavía un poco ida, girándome hacia él.

—Que llevas cinco minutos mirando las mismas sábanas —responde, señalándolas con la barbilla—. O son el amor de tu vida o estás en otro planeta. Te juro que ni has parpadeado.

Miro las sábanas, luego a él, y suelto una pequeña risa nerviosa.

—Estoy comparando… —empiezo, pero me quedo a medias, sin saber cómo seguir.

Cody arquea una ceja.

—Sí, claro. Comparando… ¿qué? ¿El tejido con tus profundos pensamientos?

—Eres imbécil.

—Y tú no sabes mentir —replica—. A estas alturas deberías saberlo…

Busco a toda velocidad una excusa mejor, algo que suene mínimamente creíble, pero tengo el cerebro tan chamuscado que no me sale absolutamente nada.

Por suerte para mí, un grupo de lobas jóvenes pasa a nuestro lado, hablando entre ellas y riéndose, lo bastante alto como para llamar nuestra atención y hacer que olvidemos la conversación que estábamos manteniendo.

—¿Habéis visto a Owen esta mañana? —pregunta una, con tono soñador—. Estaba entrenando sin camiseta… una alegría para la vista. Es que está buenísimo.

— Claro que lo hemos visto. Solo tenemos ojitos para él —añade otra con una risita—. Sabe perfectamente lo que hace cuando se quita la camiseta delante de todo el mundo.

—Y cómo se mueve… —suspira la primera—. Es que no es ni medio normal.

—Pues yo prefiero a Marcus —protesta una tercera, cruzándose de brazos—. Es tan grande… tan enigmático…

—¿Marcus? —otra arruga la nariz—. Si siempre está de mal humor.

—Ya, pero es que eso también tiene su punto —responde ella sin dudar—. No va por ahí buscando atención como Owen.

—No le hace falta —añade otra en voz más baja—. Ese tío impone sin abrir la boca.

—Exacto —dice la tercera, más convencida—. Es de los que te miran y ya te dejan sin aire.

—O te meten miedo —se ríe una.

—Bueno, depende de lo que te guste —contesta, encogiéndose de hombros.

—Ya, bueno —corta otra—. Mucho Marcus, pero si Owen te mira, te olvidas hasta de tu nombre.

—Habla por ti —responde la tercera—. Yo no cambio a Marcus.

—Pues tú te lo pierdes —replica la primera, sonriendo—. Me lo pido para mí.

El murmullo sigue, lleno de risitas, suspiros y comentarios, que cada vez me suenan más estúpidos, y noto cómo se me va torciendo el humor, hasta que acabo poniéndome de mala leche.

Aprieto la mandíbula y tengo que hacer un sobreesfuerzo por no girarme y soltarles una torta a cada una, a ver si espabilan de una vez y se acuerdan de que tienen cosas más importantes que hacer que estar babeando por tíos.

Que, a ver… ¿cuántos años les sacan? ¿Quince? ¿Más? Y, aun así, están revolucionadas, con las hormonas disparadas. Parece que no han visto a un tío en su vida. Es ridículo.

Me paso una mano por la cara, intentando calmarme, sin conseguirlo.

No sabría explicar por qué, pero me molesta.

¿Celos?

Ni de coña.

¿Entonces qué?

No lo sé.

O sí.

Pues claro que lo sabes, mentirosa.

—Si las miradas mataran, estarían ahora mismo todas muerta —susurra Cody a mi lado, pasándome un brazo por los hombros—. A ver, cuéntame, prima… ¿a qué se debe ese odio?

—Este lugar me sigue resultando asfixiante —bufo, apartando la mirada de ellas—. Todo el mundo acaba hablando de los demás… es como si no hubiera otra cosa que hacer. ¿Por qué hablan de Owen y de Marcus como si fueran los únicos lobos del pueblo?

Cody suelta una risita y me deja ir para volver a empujar el carrito.

—Para la mayoría, lo son —afirma, encogiéndose de hombros—. Owen es el alfa perfecto, el que todas quieren enseñar a sus madres, el chico bonito, el que cae bien… Le gusta gustar y se le da bien.

—Sí, ya, el paquete completo —murmuro.

—Exacto —asiente—. Y Marcus… es otra historia.

—¿Otra historia cómo? —pregunto, con más interés del que me gustaría que viera.

—Es todo lo contrario —dice—. Callado, seco, nada de sonrisas ni de caer bien. No se deja conocer… y eso te hace querer saber más. Además, no le hace caso a ninguna y mira que le rondan.

—¿Ah, no? —pregunto, crispando el labio en una mueca al pensar en todas las que le van detrás.

—No, ni puto caso —repite—. Y eso, quieras o no, las vuelve locas. Cuanto menos les das, más van detrás. No hay quien os entienda —se queja, levantando las manos en un gesto de frustración.

Esa aclaración me ha sentado como un puñetazo en el estómago. Es de esas cosas que preferirías no saber porque, una vez te enteras, ya no puedes hacer como si nada. Y sí, me ha tocado bastante las narices, para qué engañarnos.

La cosa ahora es… ¿por qué? No debería importarme si Marcus pasa de todas o si tiene a medio pueblo detrás. Me da igual. O eso quiero pensar.

Pero no.

La idea se me clava como una espinita imposible de sacar.

Antes de poder frenarme, sin siquiera pensar si debería decirlo, suelto la pregunta que necesito aclarar.

—¿Marcus ha estado con alguna del pueblo?

Cody se detiene en seco y me mira, sorprendido.

—¿Marcus? No.

—¿Nunca? —insisto.

—Nunca —responde con seguridad—. Con ninguna de la manada.

—¿Seguro? —añado, cruzándome de brazos.

Cody entrecierra los ojos y me mira, intentando descifrar qué acabo de preguntar en realidad, y yo me quedo ahí plantada, aguantándole la mirada, antes de empezar a darme cuenta de lo que he soltado.

Genial… Esa pregunta sobraba, pero es demasiado tarde para arreglarlo. He metido la pata yo sola, por bocazas, dejándome llevar sin pensar ni un segundo en las consecuencias y, para colmo, por unos impulsos bastante infantiles, en plan cría celosa.

De verdad… qué necesidad tenía. Ninguna. Absolutamente ninguna. Si es que me pasa por abrir la boca antes de usar el cerebro. Me dan ganas de darme un golpe contra la pared a ver si espabilo.

Voy a plantearme mi abstinencia seriamente… esto ya no es normal. Se me está yendo de las manos, pero muchísimo, y como siga así voy a acabar peor.

—Segurísimo —afirma—. Siempre las ha buscado fuera.

Y en cuanto lo dice, mi mente hace lo que le da la gana. Ya ha cogido la maldita costumbre de ir por libre y pasar de mí completamente y, en cuestión de segundos, se monta su propia historia.

Y claro, ahí lo tengo, con otras mujeres que no soy yo, y joder… no me gusta, ni lo que veo ni lo que me hace sentir.

Deberías estar de mi lado… así que deja de hacer eso, mente. Échame un cable por una vez.

—Ah… —murmuro.

—¿Y ese interés repentino? —pregunta, apoyándose en el carrito.

—No es interés.

—Claro, claro —murmura, alargando las palabras—. Cero interés. Se nota muchísimo.

—Te estás montando una película tú solo —contesto, retomando el paso y volviendo a mirar las sábanas de nuevo, como si no fuera conmigo la cosa.

—No, perdona —niega con la cabeza—. La película te la estás montando tú desde hace rato. Yo solo estoy viendo el tráiler.

Le lanzo una mirada asesina, que debería matarlo al instante, pero ni con esas se calla y, encima, parece que le hace más gracia.