El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1) CAPÍTULO 5 MARCUS
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CAPÍTULO 5 MARCUS

MARCUS

Tengo el motor desmontado delante de mis narices y el olor a aceite metido hasta la garganta… pero he olvidado por completo lo que estaba haciendo, y eso ya es raro de narices en mí, porque cuando me pongo con algo suelo meterme hasta el fondo y no paro hasta terminarlo, pero hoy no hay manera.

Cuanto más intento centrarme, más evidente se vuelve que ya no estoy aquí.

Carl está a mi lado, quejándose de la putada que es que la atracción se haya jodido justo en los primeros días de feria, soltando quejas y más quejas, sin parar ni un segundo, y yo asiento, de vez en cuando, para que crea que le estoy escuchando.

—Ya ves… —murmuro, sin tener ni idea de qué acaba de decir.

Hago el paripé para que no me dé más la tabarra… pero la realidad es que no le estoy haciendo ni puto caso.

Porque no puedo.

Mi atención está completamente centrada en la loba que, no sé por qué cojones, no puedo dejar de mirar y es que no es solo que me distraiga, es que me tiene completamente atrapado, hasta el punto de que, ni aunque quiera, consigo apartar la vista y todo en mí vuelve a ella una y otra vez.

Y eso me jode.

Me jode mucho.

Es exactamente lo mismo que sentí el día que Cody nos la presentó, ese tirón seco en el pecho, que me obliga a buscarla.

Keira.

Hasta su nombre se me ha quedado metido en la cabeza, dando vueltas sin parar.

Nunca he sentido nada similar, y cuando digo nunca, es nunca, y eso es precisamente lo que más me molesta, ya que no encaja con nada de lo que soy.

Yo no soy así.

Yo no pierdo el control por una cara bonita y un cuerpo de infarto.

Y ahí está.

Sentada en una de las mesas de madera, rodeada de los amigos de Cody pero con la mirada fija en mí, completamente perdida de la misma forma en la que yo lo estoy.

Parece un corderito indefenso… y esa imagen provoca que mi cuerpo reaccione de forma totalmente exagerada.

Por mi cabeza pasan imágenes sucias sobre tener esos ojos clavados en los míos de rodillas ante mí.

Maldita sea.

El calor me recorre las venas y acaba concentrándose en la entrepierna, obligándome a apretar la mandíbula con fuerza. Necesito ajustar el pantalón para disimular la incipiente erección que empieza a formarse, intentando que no se note… y, sobre todo, que deje de molestar.

Esto no es normal.

Nada de esto lo es.

Y eso… me cabrea.

Me cabrea no controlarlo, no entenderlo y estar reaccionando así cuando no soy ese tipo de tío.

Es tan solo una hembra que ni siquiera conozco, una más, alguien sin importancia… eso es lo que me repito, lo que intento meterme en la cabeza una y otra vez para recuperar algo de control.

Pero no hay manera.

En cuanto la miro, sé que no es una más y eso solo consigue ponerme de peor hostia todavía.

Lleva el pelo recogido en un moño alto, dejando completamente despejado ese cuello tan jodidamente tentador, haciendo que el impulso de marcarla me invada con fuerza.

Su cuerpo es una maldita tentación: caderas anchas, cintura estrecha, pechos grandes que llenan el vestido a la perfección. La tela se ajusta a cada curva, marcándola sin piedad, haciendo que más de uno gire la cabeza al pasar… y joder, lo entiendo.

Y esas piernas… largas, fuertes y suaves, hechas para rodearte la cabeza y tenerte ahí abajo, perdido entre ellas, saboreándola.

Me paso la lengua por los labios solo de imaginarlo.

Pero lo que termina de rematarme es su aroma. No he olido nada igual. Tiene un toque dulce, adictivo, que te empuja a acercarte más, solo para comprobar si sabe tan bien como huele… o incluso mejor.

Aprieto el trapo entre los dedos con fuerza al ver al gilipollas de Owen pegado a ella, demasiado cerca, como si tuviera derecho.

Nunca nos hemos llevado bien y no es solo porque los dos seamos alfas, eso sería demasiado fácil, demasiado simple para lo que realmente pasa entre nosotros.

Al niño bonito le jode que el líder de la manada sea quien me ha criado y en quien confía.

Se le nota demasiado la ambición que tiene por llegar a más, por subir y hacerse sitio por encima de todos y yo soy justo lo que le estorba en el camino.

Para él soy un problema, una piedra que no puede apartar, y eso le frustra, porque sabe que contra mí no tiene nada que hacer.

He pasado de él durante años. No me interesan sus tonterías, ni sus juegos; no necesito demostrarle nada a nadie, y menos a alguien como él, así que siempre he tenido claro que no merece ni un segundo de mi atención.

Pero ahora eso ha cambiado.

Me dan ganas de darme cabezazos contra la pared con tal de sacármela de la cabeza, aunque en el fondo sé que no serviría de nada.

Porque, desde el día que la vi, no he podido dejar de pensar en ella ni un jodido momento.

Ni uno.

La sangre empieza a hervirme al verlo tan cerca, invadiendo su espacio con esa sonrisa de mierda que lleva puesta siempre.

Esa sonrisa que me da ganas de borrarle a puñetazos.

Así, sin más.

Dejarlo tirado en el suelo para que tenga que recoger los restos de su orgullo inflado mientras aprende, por fin, cuál es su sitio.

Y, desde luego, no es a su lado.

Sacudo la cabeza mientras frunzo el ceño, intentando apartar esos pensamientos de mi mente.

No debería importarme… ¿qué hostias me pasa?

Espabila, gilipollas.

Pero no puedo, joder.

No puedo.

—¿Marcus? —la voz de Carl me sobresalta, devolviéndome a la realidad—. ¿Me estás escuchando o qué?

Parpadeo un par de veces, saliendo poco a poco de ese trance, y tardo un segundo en reaccionar.

—Sí —le gruño, aunque es mentira.

Pensaba que sería una noche tranquila, arreglar la avería y largarme a casa sin más… pero todo se ha torcido.

En cuanto he visto a Keira.

Y peor aún… en cuanto lo he visto a él actuando como si fuera suya.

Y, aunque no sea mía… Hay algo dentro de mí que no está dispuesto a permitirlo.

Ni de coña.