CAPÍTULO 4 KEIRA #4
Un gemido empieza a formarse en mi garganta, pero lo atrapo antes de que escape.
Mierda. Esto no estaba en el plan.
Disparo.
El sonido resuena en el puesto y la bala impacta justo en el centro de la diana, lo que provoca que Cody aparezca detrás de nosotros dando palmadas con entusiasmo.
Mi salvador.
En el siguiente turno fallo y la bala se desvía hacia el borde de la diana. Arrugo la nariz al bajar el arma, soltando el aire con frustración.
Bastante que he acertado una … me digo a mí misma a modo de consuelo.
—Mi turno —anuncia Owen, tendiéndome la mano para que le dé la carabina.
Dispara una vez y el primer tiro da en el centro; vuelve a cargar y dispara, acertando de nuevo. Repite el gesto, cargando y disparando otra vez, y luego otra más, acertando cada vez con la misma precisión.
Baja el arma y me lanza una mirada de reojo, breve pero evidente, asegurándose de que lo he visto.
Y claro que lo he visto.
Esa chulería masculina, esa necesidad de presumir delante de una mujer con sus logros… funciona.
O quizá el problema lo tenga yo… y cada vez estoy más convencida de que es exactamente eso.
El encargado del puesto le entrega un pequeño llavero en forma de lobo y él lo sostiene entre los dedos antes de dejarlo caer en mi mano.
—¿Así que intentas comprarme con regalos? —pregunto divertida, dejando que el llavero cuelgue entre mis dedos.
—No necesito comprarte —responde, apoyándose en la barra del puesto—. Solo quiero sumar puntos.
—¿Y cuántos llevas hasta ahora?
Se inclina hacia mí para que solo yo pueda oírlo.
—Los suficientes para que ya no quieras que pare.
El calor que se había encendido antes vuelve con fuerza y se concentra entre mis piernas, obligándome a apretar los muslos para calmar las palpitaciones que siento ahí abajo.
Por su tono queda bastante claro que sus palabras tienen doble intención.
—Eso no significa que estés ganando —murmuro.
—De acuerdo… dime qué tengo que hacer para ganar.
—No es tan fácil.
—Perfecto —responde, ladeando la cabeza—. Me gustan los retos.
Un cosquilleo de emoción se me instala en el estómago ante esa idea.
El grupo se mueve hacia la caseta de al lado, donde Cody intenta encestar anillas en una fila de botellas con resultados bastante desastrosos.
—¡Están imantadas para huir! —protesta.
Nico se ríe desde su lado.
—Claro, claro. Seguro que es magia negra.
—Te juro que…
Cody lanza otra anilla y vuelve a fallar, lo que provoca que suspire exageradamente antes de rendirse.
—Paso. Vámonos a comer algo, por favor. Estoy cansado de perder.
Y ahí se acaba nuestra carrera en los juegos de la feria.
No han durado ni cinco minutos antes de rendirse y caminar hacia un puesto de comida rápida.
Pedimos varios perritos calientes y nos sentamos en una mesa de madera.
El espacio es pequeño, así que tenemos que apretarnos bastante para caber todos.
Cody se deja caer frente a nosotros y Malena ocupa el sitio a su lado, con la atención fija en el alfa que tengo al lado, aunque él ni siquiera parece darse cuenta.
Flora y Nico se sientan en otra mesa, muy acaramelados, compartiendo un algodón de azúcar mientras charlan entre ellos.
Ver esos gestos de pareja me hace sentir un poco fuera de lugar…
y, para qué negarlo, también algo envidiosa.
A partir de ahí dejo de ser realmente consciente de lo que pasa a mi alrededor.
Porque, de repente, siento que algo tira de mí.
Levanto la mirada sin saber muy bien por qué, buscando qué es lo que me ha provocado esa reacción… y entonces lo veo.
Marcus está al otro lado de la avenida.
Habla con alguien, cerca del motor abierto de una de las atracciones. Lleva el uniforme de trabajo manchado de grasa y se limpia las manos en un trapo oscuro mientras escucha a la otra persona.
Aunque, por la forma en que sus ojos se clavan en los míos, queda claro que no está prestando verdadera atención a nada de eso. Toda su atención está puesta en mí.
El corazón me late desbocado dentro del pecho y el aire empieza a entrar y salir de mis pulmones en respiraciones cortas, irregulares.
No puedo apartar la mirada.
No puedo moverme.
Esos ojos azules me tienen atrapada.
—¿Keira?
La voz de Owen me arrastra de vuelta a la feria cuando su mano se cierra alrededor de mi brazo y me mueve con suavidad, intentando que reaccione.
Parpadeo varias veces, desorientada, obligando a mi cuerpo a responder mientras regreso poco a poco a la realidad. La tensión que me había dejado completamente inmóvil empieza a soltarse, aunque mi pulso sigue acelerado.
Es el mismo estado extraño que sentí la primera vez que lo vi.
Una especie de trance en el que todo lo demás desaparece y solo queda espacio para nosotros dos.
Para él.
Y para mí.
¿Qué cojones es eso?
—¿Estás bien?
—Sí.
No estoy segura de que me crea, sobre todo porque ni siquiera yo sueno convencida.
Owen sigue mi línea de visión hasta encontrarlo también al otro lado de la avenida.
En cuanto lo ve, sus fosas nasales se abren y en su cara se dibuja un gesto claro de disgusto.
—Qué bien… —masculla con ironía—. No podría ser otro…