CAPÍTULO 4 KEIRA #3
Se toma su tiempo, recorriéndome de arriba abajo, y tiene toda la pinta de estar disfrutando de lo que ve.
El gesto me pilla completamente desprevenida.
Durante un segundo, no sé muy bien qué hacer con esa atención tan directa. Intento mantener la calma, aunque mi cuerpo comienza a reaccionar de la forma que lo ha estado haciendo hasta ahora, calentándose.
No debería reaccionar así por una simple mirada.
Pero aquí estoy, reaccionando exactamente de esa manera.
He de decir, en mi defensa, que esos preciosos ojos son dignos de admirar desde cualquier ángulo imaginable.
Joder, Keira, estás enferma.
Esto es ridículo.
Muy ridículo.
Me recoloco la chaqueta, aliso la tela con las manos e intento actuar con normalidad.
Eso es, no pasa nada.
—No nos han presentado —señala finalmente, acercándose —. Soy Gideon.
Extiende la mano hacia mí con una sonrisa encantadora.
—Keira —respondo, estrechándosela.
—Keira… —repite, alargando ligeramente cada sílaba—. Bonito. Casi tanto como tú.
—Gracias —contesto, sin saber muy bien qué más añadir.
Y al parecer no soy la única que nota cómo me está mirando, porque a mi lado escucho el resoplido de Owen.
Cuando giro un poco la cabeza hacia él, lo encuentro con la mandíbula tensa. Evidentemente, la escena no le hace ninguna gracia.
Da entonces un paso hacia mí y se coloca a mi lado, más cerca de lo que estaba antes, ocupando el espacio entre Gideon y yo.
Es como si estuviera… ¿reclamándome?
La idea me cruza la cabeza y la aparto casi al instante, intentando no darle más importancia de la que tiene.
No puede ser, apenas nos conocemos y no tiene pinta de ser de ese tipo.
—No te recrees tanto, que no está en el menú, colega —gruñe con irritación.
Frunzo el ceño al escucharlo.
El cambio en su actitud es tan brusco que me desconcierta.
No ha hecho nada más que presentarse. Sí, puede que me haya estado mirando más de lo normal… pero tampoco es que haya hecho nada realmente fuera de lugar. Nada que él mismo no haya hecho antes conmigo.
Gideon chasquea la lengua, divertido, aunque el comentario claramente le molesta. Ladea un poco la cabeza, como si estuviera decidiendo hasta qué punto quiere entrar en el juego.
—Relájate. Solo estaba saludando.
—Pues saluda como es debido. No es tan complicado.
Ninguno de los dos se mueve, se quedan frente a frente sin apartarse y la tensión empieza a sentirse en el aire.
Gideon arquea una ceja, claramente sorprendido por la reacción, dando paso a una pequeña risa incrédula.
—¿En serio te estás poniendo así por esto? No sabía que había que pedir permiso para poder mirar a una chica guapa.
Owen da otro pequeño paso hacia él, recortando aún más la distancia que los separa. No dice nada, pero la forma en que se planta delante de él deja bastante claro lo que piensa.
—Eh, tranquilo. No quiero pelea —dice con tono cansado, claramente aburrido de la situación—. Que lo paséis bien. He quedado con unos colegas.
Antes de irse vuelve a mirarme.
—Keira, encantado. Espero que nos veamos pronto —se despide, guiñándome un ojo.
Al final resulta que no iba tan desencaminada con esa idea de que habría alfas retándose.
Me giro hacia Owen y levanto las cejas esperando una explicación sin necesidad de decir una palabra.
Durante un segundo se queda mirando hacia donde Gideon acaba de marcharse, con la mandíbula aún apretada.
Estoy esperando que diga algo, pero no lo hace.
Resopla por lo bajo, como si decidiera que no merece la pena seguir con el tema, y al momento siguiente vuelve la atención hacia mí.
Antes de que me dé tiempo a insistir, posa una mano en mi hombro y me hace girar con suavidad hacia el puesto de tiro que tenemos delante.
—Ven.
Toma una de las carabinas y me la tiende.
—Te enseño.
—No hace falta…
Pero la protesta no sirve de nada porque ya se ha colocado detrás de mí, inclinándose sobre mi espalda hasta envolverme por completo con su presencia.
Está tan cerca que el calor de su cuerpo atraviesa la ropa y me vuelve demasiado consciente de él, de la forma en que su mano se posa en mi cintura, para corregir mi postura mientras la otra guía la mía sobre el arma.
Su aroma me envuelve, profundo y masculino, con un toque terroso y limpio que recuerda al bosque después de la lluvia. Es un olor cálido, de esos que invitan a acercarte, y me descubro llenándome los pulmones de él. Haciendo lo posible por no pensar en lo bien que se siente tenerlo tan cerca.
Intento recordar qué se supone que debo hacer ahora, concentrarme en cualquier cosa que no sea él… pero mi mente se queda en blanco y no lo consigo.
—No quiero que falles —susurra junto a mi oído.
Joder… ¿pero por qué?
—Sé hacerlo —respondo en un susurro que apenas me sale.
Está tan cerca que el roce leve de sus labios contra mi piel acompaña sus palabras y su aliento me recorre el cuello con una lentitud que no ayuda en absoluto a que me centre.
Mis terminaciones nerviosas se encienden pidiendo más… no, pidiendo no. Exigiendo.
—¿Ah, sí? —ronronea—. Demuéstralo.