El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1) CAPÍTULO 4 KEIRA #2
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CAPÍTULO 4 KEIRA #2

Se ríe entre dientes, enciende la música y la deja baja, de fondo, lo suficiente para que podamos hablar sin problema.

—Te voy a decir dos cosas y no me discutas —advierte, usando ese tono de hermano mayor que adopta a veces.

Levanto una ceja y lo miro de lado.

—Uno: si en algún momento quieres irte, me lo dices y nos vamos.

La seriedad en su voz me deja más tranquila. Sé que esta vez no está bromeando.

—Vale.

Continúa conduciendo unos metros más antes de añadir la segunda.

—Dos: no te fíes de las armas de la feria, están trucadas.

—Creía que ibas a decir que no me fiara de los alfas.

—Eso es el punto tres.

—Apuntado.

Me recuesto contra el asiento y miro por la ventanilla. Durante un rato vamos en silencio, hasta que vuelve a hablar.

—¿Tienes ganas de ver a Owen? —pregunta de repente.

La pregunta me pilla completamente desprevenida. Giro la cabeza hacia él.

—Tengo ganas de ver al grupo.

—Al grupo que incluye a Owen.

Suelto su nombre con un suspiro.

—Cody…

—Vale, vale —murmura, levantando una mano del volante en señal de rendición—. No he dicho nada. —Hace una pequeña pausa, pensativo—. Aunque, oye… ¿sabes qué es raro?

—¿Qué?

—Verte aquí sentada otra vez. De críos siempre íbamos juntos a todas partes. Y ahora… —sacude un poco la cabeza— parece que no ha pasado el tiempo.

—Ya… —murmuro—. Aunque sí que ha pasado. Mucho tiempo.

—No lo suficiente para que deje de fastidiarte, prima. Eso nunca va a cambiar.

Resoplo.

—Qué suerte la mía.

—Admite que me echabas de menos.

—Ni en sueños —respondo, sonriendo.

Levanta las cejas con aire triunfante.

—Ajá. Entonces, ¿por qué sonríes?

Me inclino hacia él, paso un brazo por su hombro y le doy un abrazo rápido, procurando no molestarlo al volante.

—Porque sí que te echaba de menos, idiota.

—Lo sabía. Te quiero, Keira.

—Yo también —murmuro.

Desde aquí ya podemos ver las luces de la feria con los colores tan característicos de ella. Parpadean a lo lejos, llenándolo todo de destellos rojos, amarillos, verdes y azules.

Aparcamos en la explanada, donde ya hay coches alineados en todas direcciones.

Cuando bajo de la camioneta, enseguida percibo el olor a azúcar tostada, carne a la brasa, a churros recién hechos, a manzanas caramelizadas y al aceite caliente de los puestos de comida.

Es una mezcla dulce y grasa que llena el aire y abre el apetito.

A nuestro alrededor la música suena y se mezcla con las voces de la gente, las risas y el chirrido metálico de las atracciones.

—Vale, ya sé a qué he venido —declara, cerrando la puerta de la camioneta—. A comer.

—Qué sorpresa.

—No me juzgues. Huele demasiado bien.

Sacudo la cabeza, divertida, y echamos a andar entre la gente. Hay niños corriendo de un lado a otro, parejas paseando y grupos enteros delante de las casetas.

Seguimos avanzando hasta distinguir a sus amigos.

—Ahí están —digo.

Alza la barbilla y acelera el paso conmigo a su lado. Cuando llegamos lo bastante cerca, Flora es la primera en vernos.

—Hola, pesado —dice ella mientras lo abraza.

—Hola, pesada —le responde mi primo, aceptando el abrazo y levantándola del suelo antes de volver a dejarla en su sitio.

Luego choca el puño con Nico a modo de saludo.

En ese momento siento que una mano se posa en la parte baja de mi espalda y una voz grave suena muy cerca de mi oído, provocándome un escalofrío que me recorre la columna.

—Has venido —observa Owen, rodeándome hasta ponerse frente a mí y repasando mi vestido de arriba abajo—. Estás increíble.

El corazón me da un pequeño vuelco de pura sorpresa. No lo había visto acercarse. Está ahí plantado delante de mí, tan seguro de sí mismo como siempre, mirándome sin molestarse en disimular ni un poco.

—Hola Keira —interrumpe Flora, dándome dos besos con cariño—. Estás preciosa.

—Gracias.

—En serio, me gusta muchísimo ese vestido.

—Yo también se lo he dicho —añade Owen sin apartar los ojos de mí.

—Sí, bueno, ya ha quedado claro que lo apruebas —murmura Cody a mi lado.

Eso hace que aparte por fin la vista de mí, para mirarlo a él, y se saludan con un apretón de manos que termina en una palmada en el hombro.

Al otro lado, me encuentro a Malena con los ojos clavados en mí, con una mueca de desagrado en la cara, igual que si hubiera chupado un limón.

Genial.

Ya empezamos.

—¿Vamos a jugar o pensáis seguir con el concurso de piropos toda la noche? —suelta en tono seco, cruzándose de brazos.

—Yo sigo concursando encantado —replica Owen—, aunque me temo que conmigo todos los demás ya han perdido.

—Eso te lo has dicho tú solo, campeón —responde Cody.

—Alguien tiene que decir la verdad en este grupo.

—Bueno, algunas no necesitamos tanto esfuerzo para llamar la atención —suelta Malena.

Arrugo la nariz al escucharla. No es tanto lo que ha dicho, sino la forma en que lo dice. No hace falta ser muy lista para entender lo que intenta insinuar.

Somos muy distintas, físicamente y también de carácter. Eso se nota a kilómetros.

Ella es bajita y menuda, con un cuerpo pequeño y sin demasiado músculo, más delicado que fuerte.

Yo soy justo lo contrario.

Alta, ancha de hombros, con curvas marcadas y un cuerpo firme, definido, tanto por mi propia naturaleza de loba, como por el ejercicio que hago a diario. No soy delicada ni ligera y tampoco intento parecerlo.

Durante mucho tiempo, pensé que eso era un problema, que debía encajar en la imagen que muchos esperan, pero me di cuenta de que ese molde nunca fue para mí.

Y eso no significa que no sea femenina ni atractiva. La gente tiende a reducirlo todo a una única idea, pero la realidad es mucho más amplia. Hay muchas formas de existir y la mía siempre ha sido esta: fuerte, segura y cómoda en mi propia piel.

Me gusta ser así. De verdad. Porque este cuerpo es mío y no lo cambiaría por nada ni por nadie.

Ella, en cambio, encaja bastante bien en esa otra imagen. El tipo que muchos consideran perfecto.

Y quizá por eso se cree superior a mí. Tal vez de ahí nace su frustración. Imagino que se pregunta por qué él se fija en mí y no en ella.

Aun así, hay algo que sigo sin entender. No termino de comprender esa necesidad que tiene de lanzar comentarios envenenados delante de todo el mundo, de hacerlo en voz alta para que todos lo escuchen. No sé qué cree que gana con eso, aparte de dejar claro que no le caigo bien.

Yo jamás trataría así a alguien solo porque el chico que me gusta le está prestando atención.

No sé si en algún momento eso fue distinto. Si entre ellos pasó algo antes de que yo apareciera por aquí. Tampoco me importa demasiado. No es asunto mío y, sobre todo, yo no le he quitado nada a nadie.

Con esa idea clara en la cabeza, me debato entre responder o no.

Una parte de mí tiene muchas ganas de abrir la boca y soltarle algo que la deje en su sitio. Algo claro, que le haga entender que conmigo no puede jugar a este tipo de juegos.

La otra parte, en cambio, piensa que no merece la pena.

Porque si respondo, sé perfectamente lo que pasará.

La cosa solo irá a más.

Y, sinceramente, hoy no tengo ganas de montar un espectáculo delante de todo el mundo.

Aunque tampoco voy a fingir que no me importa.

Noto cómo mi paciencia empieza a agotarse. No es que tenga mucha, para empezar, pero está haciendo todo lo posible por ponerla a prueba. Y lo está consiguiendo, desde luego.

Me muerdo el interior de la mejilla, valorando cuánto más pienso aguantar esto.

Finalmente decido que sí, que quiero callarle la boca un rato. No necesariamente con palabras amables. Hay muchas formas de hacerlo, y algunas resultan bastante más satisfactorias que otras.

Pero justo cuando estoy a punto de abrir la boca, Cody resopla a mi lado y se interpone entre nosotras.

—Bueno, ¿quién está jugando? —pregunta, cambiando de tema.

Eso me hace parpadear varias veces, completamente desconcertada. No me esperaba la interrupción… pero, pensándolo bien, agradezco que lo haya hecho. No merece la pena.

Y, sin darle más vueltas, la conversación sigue adelante. Los demás retoman el juego con total normalidad y Malena queda ignorada por segunda vez en el día.

—Nico, pero está haciendo el ridículo —contesta Flora.

—Estoy calibrando la puntería —se defiende él.

—Llevas cinco intentos calibrando.

—La excelencia requiere tiempo.

—Y tú mucho cuento —remata Cody.

Nico le tiende una de las carabinas del puesto con una expresión desafiante.

—Venga, listo. Demuestra lo que vales.

La coge al momento.

—Aparta, anda.

—Esto quiero verlo.

—Yo también —añado.

El encargado del puesto deja varias carabinas sobre el mostrador con un golpe seco y señala las dianas metálicas al fondo.

—Cinco tiros cada uno —anuncia con voz monótona—. A ver quién tiene mejor puntería.

—Cody va a perder —anuncia Nico con absoluta seguridad.

—Ni de broma —responde mi primo, arremangándose como si estuviera a punto de entrar en una competición olímpica.

—¡Eh, chicos!

Todos nos giramos casi al mismo tiempo al oír la voz.

—¡Gideon!

Sigo la dirección de las miradas y veo al chico del que ha salido la voz acercarse con paso relajado.

Es rubio, de ojos ambarinos, alto, aunque no tanto como Owen. Tiene unos ojos de un color muy poco común, un tono ámbar que llama la atención al momento. También es atractivo, con la constitución típica de los alfas: alto, fuerte y musculoso, de hombros anchos y espalda amplia.

En este pueblo parece que hay más de los que esperaba.

Con tantos juntos, casi me sorprende que ahora mismo no haya ninguno midiéndose con otro por cualquier tontería.

Con el carácter que suelen tener, con esa necesidad constante de demostrar quién es más fuerte o quién merece más respeto, sería lo más normal del mundo que alguno ya hubiera perdido la paciencia y la cosa hubiera terminado en un desafío absurdo delante de todos.

Cody da un paso hacia él, en cuanto llega, y le da una palmada en el hombro.

—Pensaba que no venías.

—No pensaba perderme lo mejor. ¿Ya habéis empezado a hacer el ridículo?

—Habla el que siempre llega tarde.

Sin darse por aludido, echa un vistazo al grupo… hasta detenerse en mí.