CAPÍTULO 4 KEIRA
KEIRA
—¡¿Cómo que has quedado con un tío para ir a la feria?! —chilla Maddie al otro lado del teléfono.
Camino de un lado a otro por mi cuarto, con el móvil sujeto entre la oreja y el hombro.
—Es solo un amigo de mi primo —le aclaro.
—Eso no cambia nada —bufa—. Has llegado hace dos días y ya tienes una cita.
—No es una cita.
—Keira…
—No lo es.
—Keira —repite, sin dejarme escapar tan fácilmente.
—Eres una exagerada. Simplemente vamos a la feria.
—Claro, claro —bromea—. Dos personas solteras, de noche. Nada sospechoso.
Pongo cara de resignación, aunque ella no pueda verme.
—De verdad, Maddie.
—Ajá.
—No vamos solos.
—Ajá.
—Y es simplemente dar un paseo.
—Ajá.
—¿Vas a seguir haciendo eso?
—Sí.
La relación que tenemos Maddie y yo es más parecida a la de dos hermanas que a la de simples amigas, así que entre nosotras hay confianza total. Me echa tanto de menos como yo a ella, aunque, en realidad, ha pasado muy poco tiempo desde la última vez que nos vimos.
No puedo evitar recordar la última noche que pasamos juntas antes de que todo cambiara.
Estábamos en nuestra coctelería favorita, el sitio al que siempre solíamos ir los viernes tras la larga semana de trabajo. Aquella noche nos sentamos allí, como tantas otras veces, solo que esa vez sería la última… por un tiempo.
—Todavía no me creo que te vayas —me dijo, apoyando los codos sobre la mesa, con su copa en la mano.
—No es para siempre —le respondí.
Le conté todo lo que tenía planeado. No fue una conversación fácil de empezar, así que decidí soltarlo sin más.
En el trabajo ni siquiera di los quince días de preaviso. Simplemente recogí mis cosas y me fui.
No es que fuera el trabajo de mis sueños y eso me lo puso más fácil.
Estar encerrada entre cuatro paredes no es lo mío; siempre he preferido el aire libre.
Y, para ser honesta, tampoco ayudaba el hecho de que mi jefe no desistiera conmigo.
Llevaba meses insistiendo una y otra vez en que saliera con él. Algo que, por supuesto, nunca pasó.
La noticia no la pilló por sorpresa. Ella sabía perfectamente el estado de mi madre y también la preocupación que me reconcomía. Además, habíamos hablado muchas veces de lo difícil que estaba siendo desde la distancia.
No se enfadó conmigo ni me echó en cara que no se lo hubiera contado antes. Simplemente suspiró, dio un sorbo a su copa y me dijo que sabía que tarde o temprano eso iba a pasar.
Se puso triste, claro. Yo también.
Y, sin darnos cuenta, la conversación terminó derivando en uno de esos momentos dramáticos que solo nosotras sabemos montar: llorando abrazadas, diciéndonos lo mucho que nos queríamos y prometiendo que nunca nos olvidaríamos.
Aunque, siendo sincera, con las copas que llevábamos en el cuerpo casi me sorprende que no acabara siendo todavía más dramático. Un par más y probablemente habríamos terminado jurándonos amistad eterna en mitad del bar.
—Keira —insiste Maddie al otro lado del teléfono—. ¿Me estás escuchando?
Su voz suena más alta de lo normal, lo que deja bastante claro que lleva un rato hablando mientras yo estaba demasiado metida en mis propios pensamientos para prestarle atención.
—Sí, sí —respondo, volviendo a la conversación.
—Estaba diciendo que espero fotos de él. Y un informe completo de la cita.
Me paso una mano por la cara soltando un gruñido resignado. Maddie y su obsesión por enterarse de absolutamente todo.
—Cuántos besos ha habido, si ha habido manoseo, posibilidad de matrimonio inminente…
—Ni se te ocurra empezar con eso.
Suelta una carcajada tan fuerte que tengo que apartarme el móvil de la oreja. Es la humana más ruidosa que conozco, algo que tiene bastante mérito teniendo en cuenta lo pequeña que es.
—¡Es broma!
No lo es.
La conozco demasiado bien y, precisamente por eso, hay una parte que no le estoy contando.
Marcus.
Lo he omitido por completo. Ni siquiera lo he mencionado de pasada y no es casualidad. Solo pensar en él me provoca un nudo en el estómago sin saber muy bien por qué.
Además, sé perfectamente cómo reaccionaría y sería aún peor.
Es de las que sacan conclusiones a la velocidad de la luz.
No necesita demasiada información para montar toda una historia en su cabeza y, cuando se entusiasma, no hay quien la pare.
Si se lo contara, probablemente empezaría a planificar mi boda en menos de cinco minutos, con lista de invitados incluida.
Me paso una mano por la cara y de pronto caigo en la cuenta de que hace bastante que no miro la hora. Ni siquiera sé cuánto tiempo llevamos hablando. Aparto el móvil de la oreja para mirar la pantalla.
Madre mía… se ha hecho tardísimo.
Son casi las ocho.
Hemos quedado a las nueve, así que Cody no debería tardar mucho en llegar.
Genial.
El corazón me da un vuelco cuando caigo en la cuenta de lo que eso significa.
—Mierda… —murmuro por lo bajo.
Vuelvo a encajar el móvil entre la cara y el hombro mientras intento quitarme la bota, tirando de ella con impaciencia y luchando con el nudo de los cordones.
No cede.
Al otro lado, Maddie sigue hablando sin freno.
—Venga… venga… —gruño entre dientes.
Tiro con más fuerza y la bota sale de golpe, obligándome a dar un pequeño salto para no perder el equilibrio. La dejo caer en el suelo y ya estoy intentando quitarme la otra con la punta del pie.
—Oye… —digo, interrumpiéndola—. Perdona, pero tengo que colgar, se me ha hecho tarde.
—¿Ya?
—Sí. Llevamos casi tres horas hablando y no me he dado cuenta.
Consigo deshacer el nudo y la empujo con el pie hasta que sale disparada hacia la alfombra.
—¡Madre mía! Sí, vete a prepararte para tu cita.
—¡Que no es una cita! —refunfuño.
—Lo es.
—No lo es.
—Lo es.
Camino hacia el baño y aprieto los labios, sabiendo que discutir con ella es completamente inútil cuando se le mete algo en la cabeza.
—Adiós, Maddie —canturreo.
—¡Acuérdate de mandarme la foto!
Cuelgo antes de que pueda seguir hablando, porque, si le doy un segundo más, probablemente volverá a sacar el tema… y sé perfectamente cómo acaba eso.
Me quito la ropa, sin ningún tipo de cuidado, lanzándola por los aires. Ya me ocuparé de recogerlo todo cuando vuelva. Ahora mismo tengo prisa.
Entro en la ducha y abro el grifo sin perder ni un segundo. El agua caliente cae sobre mis hombros y me enjabono a la velocidad de la luz.
Incluso el pelo, que normalmente me lleva más tiempo, hoy recibe un tratamiento exprés.
Creo que acabo de mejorar mi tiempo récord de ducha con creces.
Cuando termino, me seco rápidamente y me envuelvo en la toalla, frotando el cabello con otra al caminar hacia el cuarto y dejando pequeñas gotas de agua en el suelo a mi paso.
Abro el armario y saco el vestido negro que había dejado preparado. Lo levanto frente a mí, lo deslizo por mi cabeza y dejo que caiga sobre mi cuerpo, termino de colocarlo bien.
El cuerpo se ajusta al pecho y define la figura, siguiendo las curvas naturales.
El escote traza un semicírculo delicado, lo bastante abierto para favorecer sin resultar excesivo.
Las mangas francesas completan el diseño y aportan equilibrio al conjunto, dejando un acabado sencillo, elegante y muy armonioso.
La cintura se estrecha y desde ahí se abre en una falda ligera que cae hasta mitad del muslo.
Me queda como un guante.
Paso las manos por la tela para alisarla y me giro hacia la cómoda.
Saco el pequeño joyero y lo abro. Dentro está mi colgante favorito, una luna creciente de plata. Me lo pongo y dejo que caiga sobre mi piel.
Termino de arreglarme el pelo en un moño alto desenfadado, dejando caer un par de mechones sueltos, y después me maquillo como siempre: delineador, labial natural y algo de colorete.
Con lo demás hecho, saco los botines negros de su caja y me los pongo. Al final añado la chaqueta vaquera que había dejado sobre la silla. Aunque nuestro cuerpo soporta mejor el frío que el de los humanos, por la noche la temperatura baja bastante y nunca está de más llevar algo encima.
Estoy a punto de salir de la habitación cuando escucho varios golpes en la puerta principal.
—¡Cachorrita!
Ya está aquí.
Bajo las escaleras riendo y, cuando llego al salón, veo a mi madre y a mi tía sentadas en el sofá, como casi todas las noches.
—¿Qué? —pregunto, alzando las manos, para llamar su atención, y girando sobre mí misma en una pequeña vuelta, de modo que puedan verme bien.
—Estás guapísima, cariño —murmura mi madre, llevándose una mano al pecho.
—Espectacular —añade mi tía, con aprobación.
—No exageréis —murmuro, notando que me pongo roja.
Los golpes en la puerta vuelven a sonar.
—¡Keira!
—Ya voy, pesado —respondo, alzando la voz.
Cuando abro la puerta, ahí está mi primo, apoyado en la barandilla del porche con esa expresión descarada que siempre lleva encima. Me sorprende verlo tan arreglado. Lleva una camiseta blanca de béisbol, vaqueros y hasta se ha peinado.
—Mírate —aprecia con un largo silbido—. Prima… vas a dejar a más de uno con la boca abierta.
—Qué tonto eres —respondo dándole un golpecito en el hombro, negando con la cabeza—. Tú también estás muy guapo… y hueles de maravilla —admito, acercándome a él para darle un abrazo.
—Por supuesto. Soy irresistible, ¿qué esperabas? —presume, echándose flores con toda la naturalidad del mundo.
Desde dentro de casa se escucha la voz de mi tía, que claramente ha estado pendiente de la escena.
—¡Cuida de ella! ¡Y no hagas el tonto!
—Que sí, que sí… —contesta, pasando un brazo por mis hombros antes de guiarme hacia la camioneta que sigue encendida frente a casa.
Cuando llegamos abajo, levanta la voz hacia el porche.
—¡No nos esperéis despiertas!
Rodea el vehículo y abre la puerta del conductor al mismo tiempo que yo me subo al asiento del copiloto. Antes de cerrar, me giro y levanto la mano para despedirme.
—A ver… —dice mientras se acomoda mejor en el asiento y toma el camino principal con un giro suave del volante—. ¿Lista?
Me ajusto el cinturón y asiento.
—Lista.
—¿Nerviosa?
Niego con la cabeza.
—Mentira.
Chasqueo la lengua y me hundo un poco más en el asiento.
—Está bien… un poco —admito.