CAPÍTULO 3 KEIRA #3
Me inclino hacia delante, intentando averiguar si el comentario va dirigido a mí. Sus ojos están clavados en los míos, pero en su rostro no hay el menor atisbo de amabilidad.
—Sí.
—¿De un día para otro?
Más que una pregunta, suena a reproche.
—No fue de un día para otro —respondo, frunciendo el ceño—. Las cosas nunca son tan simples.
—Eso no es lo que se dijo —añade ella.
Vale.
Con que por ahí van los tiros.
—¿Y qué se dijo? —pregunto, inclinándome más hacia delante y apoyando los codos en la mesa, para poder ver más allá del enorme alfa que nos separa.
Mi humor comienza a calentarse. No la conozco en absoluto y parece haber decidido venir directa a por mí.
Ella se encoge de hombros y sigue bebiendo su café con total tranquilidad, como si la conversación no fuera con ella.
¿Pero qué cojones le pasa a esta chica?
—Me encantaría saberlo —insisto.
Si se piensa que voy a aguantar sus tonterías, está muy equivocada. Puede quedarse ahí sentada y atragantarse con su café. Acabo de llegar y ya me trata como si le hubiera jodido la vida.
No sé qué problema tiene conmigo, pero está claro que alguno hay.
Hace un gesto exagerado, dando a entender que mi pregunta le agota la energía vital mientras pone los ojos en blanco.
—Malena… —murmura Flora con un suspiro cansado—. Déjalo ya.
—Sí, no es para tanto —añade Nico—. Estábamos teniendo un agradable desayuno, ¿recuerdas?
Pero ella ni siquiera se molesta en contestarles. Es Owen quien acaba hablando en su lugar.
—La vida de los demás no es de tu incumbencia, Malena —interviene con tono seco, sin dejar espacio a réplica—. Por mucho que te empeñes en convertirlo en un tema de sobremesa.
Ella parpadea totalmente sorprendida.
—Solo preguntaba.
—Y ella ya ha contestado —le corta —. Deberías buscar algo más útil que hacer con tu vida que meterte en la de los demás.
Se queda boquiabierta, totalmente pálida. Parece que ni siquiera sabe qué decir. Está claro que no está acostumbrada a que le hablen de esa manera, y mucho menos delante de todos.
Owen, en cambio, decide que la conversación con ella ha terminado. Sin añadir una palabra más, le da la espalda por completo, poniéndose frente a mí, dejándola completamente fuera de juego.
—No te pareces lo más mínimo a tu primo.
Cambia de tema con total naturalidad, restándole importancia a lo que acaba de pasar en la mesa, y centra toda su atención en mí.
Eso consigue calmar un poco el enfado que empezaba a crecer dentro de mí, y no voy a negar que parte de eso tiene que ver con la forma en que le ha cortado a Malena, defendiéndome.
No debería gustarme tanto… pero me ha gustado. Y mucho.
Parpadeo, sorprendida por el repentino comentario, y me fijo en Cody, que está distraído con el móvil, frunciendo el ceño ante algo que lee, completamente ajeno a la conversación.
¿En serio no se ha enterado de nada?
—Ya. —Suelto un largo suspiro antes de continuar—. Él se parece a nuestra familia materna, en cambio yo he sacado los genes de mi padre.
No es ningún secreto en el pueblo, pero tampoco es algo que suela comentar a la ligera.
—Bueno, sean cuales sean esos genes… te sientan muy bien.
Se acerca un poco más, acortando la distancia entre los dos.
—Y si te soy sincero… creo que eres la chica más guapa que he visto por aquí en mucho tiempo.
Justo cuando lo dice, estoy dando un sorbo al café y enseguida me arrepiento.
Sonrío con cierta timidez y casi me atraganto. Tengo que tragar deprisa para no empezar a toser delante de todos. Parpadeo un par de veces, carraspeo con discreción y dejo la taza sobre la mesa, intentando disimular.
—Y si encima sonríes así… —añade—. No me lo estás poniendo nada fácil.
Me obligo a mantener una expresión tranquila, pero está siendo todo un reto. No llevo ni una hora sentada aquí y ya estoy reaccionando como una adolescente de quince años.
Y, pensándolo bien, todo esto es bastante surrealista.
Acabo de llegar al pueblo y el poco tiempo que llevo con los amigos de Cody ha sido un contraste brutal: primero chocar de frente con la estúpida de Malena y, acto seguido, sentarme a recibir halagos y piropos de Owen.
No termino de decidir qué me sorprende más.
Si la hostilidad gratuita o esta atención tan directa.
Estoy a punto de contestarle algo —no sé el qué, pero algo que suene mínimamente inteligente y no como si me hubiera quedado sin riego en el cerebro— cuando el móvil de Cody suena, interrumpiéndonos.
—¿Sí?... ¿Qué ha pasado?... ¿Cómo que ahora? ¡Si estoy desayunando!
Se aparta de la mesa mientras habla, levantándose a medias de la silla. Se pasa una mano por el pelo, claramente frustrado.
—Pero ¿no hay nadie más allí?... Ya, ya, pero… joder.
Suelta el aire por la nariz y se queda escuchando mientras aprieta la mandíbula.
—Vale. Está bien. Ya voy.
Cuelga y se queda unos segundos con el teléfono en la mano, con cara de pocos amigos. Después levanta la vista hacia mí.
—Prima. Nos tenemos que ir.
—¿Qué ha pasado?
—Motor fundido en la fábrica de embalaje. La línea entera está parada. Y cuando digo parada, digo parada. No entra ni sale un solo paquete hasta que lo arreglemos.
¿En serio? ¿Ahora?
Justo cuando la conversación empezaba a ponerse interesante. Estaba disfrutando bastante del rumbo que estaba tomando, de esa chispa que empezaba a revolotear en mi estómago cada vez que Owen abría la boca.
Porque, seamos sinceros… ¿a quién no le gusta que le regalen los oídos? Y más cuando quien lo hace es un lobo tan grande, duro y firme como él, con esas manos enormes que podrían sujetarte sin ningún esfuerzo.
Solo con mirarlo ya cuesta concentrarse. Con esos anchos hombros, esa forma de moverse tan segura… y esa voz grave que parece colarse directamente bajo la piel, o, mejor dicho, directamente en mis bragas.
Joder…
Otra vez divagando por terreno escabroso.
—Vale. Vamos —contesto, esforzándome para que no suene a gruñido.
Me levanto casi al mismo tiempo que él, empujando la silla hacia atrás pero no puedo dar ni un paso porque Owen también se ha puesto en pie y me bloquea el paso.
—Espera. Antes de que te vayas quería preguntarte algo.
Hace un gesto hacia los demás, que siguen sentados en la mesa.
—Esta noche vamos a la feria del pueblo. ¿Te apetece venir?
Hace una pequeña pausa antes de añadir:
—La verdad es que estaría encantado de que lo hicieras.
Me encanta la feria. Me ha gustado siempre.
Iba de pequeña con la misma ilusión con la que sigo yendo ahora, y cada vez que vuelvo es imposible no sentir ese cosquilleo de emoción.
Luces por todas partes, música sonando sin parar, puestos de comida que huelen a deliciosa fritanga y algodón de azúcar pegándose a los dedos.
Estoy a punto de contestar cuando una voz se adelanta.
—Uy… si acaba de llegar. Tendrá que organizarse, ¿no? No creo que pueda.
Malena interviene con una sonrisa que no llega a sus ojos, removiendo el café con la cucharilla como si el comentario fuera de lo más inocente. Pero el tono demuestra que no lo es.
Si no se hubiera comportado antes como una zorra, pensaría que me está intentando apoyar, pero visto lo visto, lo que está intentando es quitarme del medio.