CAPÍTULO 3 KEIRA #2
Levanto los ojos al cielo porque, sinceramente, no le hace falta abuela. Él solo ya se encarga de recordarse lo increíble que es cada cinco minutos. Aun así, no puedo evitar sonreír, porque, por mucho que tenga razón, la forma en que lo dice resulta imposible de tomar en serio.
—Sí, sí. Tú sigue creyéndote eso.
Se ríe por la nariz y ladea la cabeza hacia mí.
—Admite que estás impresionada.
Resoplo y lo empujo suavemente con el hombro, apartándolo de mi camino mientras avanzamos por la acera.
—Lo estás —insiste.
—Sigue soñando.
Nos dirigimos hacia una fachada de madera clara que destaca entre los demás edificios. La madera está perfectamente cuidada, pulida por el tiempo y el clima de la montaña, y transmite ese calor acogedor que tienen las construcciones antiguas del pueblo.
En el centro hay una cristalería enorme pintada de blanco, con los marcos gruesos y elegantes. El cristal refleja la luz suave de la mañana y deja ver el interior iluminado y cálido.
A su lado está la puerta, también blanca, con paneles de madera tallada y un tirador metálico que brilla bajo el sol.
Es preciosa.
De hecho, probablemente la puerta más bonita que he visto en mi vida.
Desde fuera ya se ve la variedad de dulces y pasteles expuestos, colocados con mimo, y tengo que contenerme para no entrar corriendo a por uno. Tartas altas con capas perfectamente definidas, croissants dorados, bizcochos espolvoreados con azúcar… todo parece recién hecho.
El timbre suena cuando entramos y, al instante, el olor a café recién hecho mezclado con bizcocho caliente me llena los sentidos. Se oyen cucharillas tintineando contra las tazas, periódicos doblándose, gente charlando en distintas mesas y una música suave de fondo que acompaña sin molestar.
La dependienta saluda a Cody por su nombre desde detrás del mostrador, con total familiaridad. Él le responde con la misma confianza y me hace un gesto para que lo siga.
Nos acercamos a una larga mesa junto al ventanal donde se encuentran los que supongo serán sus amigos. En cuanto estamos a dos pasos, apoya una mano en el respaldo de una de las sillas y suelta un silbido para llamar su atención.
—Eh, haced sitio, que traigo compañía.
Me agarra de la muñeca y me atrae hacia él, apretujándome contra su costado.
—Chicos, os presento a mi prima, Keira.
Todos se vuelven hacia mí casi al unísono, dándome la sensación de estar bajo un foco invisible, incomodándome. Ser el centro de atención nunca me ha gustado.
—Os presento —añade mientras señala hacia un lado de la mesa— Nico y Flora.
Ambos levantan la mano al mismo tiempo.
—Hola —saluda Nico con una sonrisa amplia y despreocupada—. Entonces tú eres la famosa prima de Cody… ¡Eres real!
—Bienvenida a Crowewood —añade Flora con calidez.
No hay duda de que son pareja. Se sientan muy juntos y, antes de hablar, comparten un gesto cómplice, con esa confianza que tienen dos personas acostumbradas a estar siempre juntas.
Flora es pequeña, pelirroja, con ojos color caramelo. Nico, en cambio, es más alto y delgado, rubio y de ojos azules.
—Malena.
Está sentada justo enfrente de ellos. Es una humana delgada, de pelo castaño oscuro recogido en un moño muy tirante que le deja el rostro completamente despejado. Sus rasgos son finos, y sus ojos color café destacan sobre una expresión demasiado seria para una simple presentación.
No me dirige palabra alguna; simplemente se limita a observarme con una mueca de desagrado muy poco disimulada, sin el menor interés por parecer amable.
Vaya. Me acaba de conocer y ya es evidente que no le caigo muy bien.
¿Qué le he hecho a esta chica?
Y entonces…
—Y él es Owen.
Otro alfa.
Está sentado justo al lado de ella, pero en cuanto dirijo la vista hacia él se pone en pie, dejando ver lo alto que es y la amplitud de sus hombros.
Los músculos se le marcan bajo una camiseta negra que no consigue ocultar la definición de su torso ni de sus brazos.
Desde luego, no tiene que esforzarse para llamar la atención.
Lleva el pelo negro peinado hacia atrás, lo que resalta todavía más sus angulosas facciones. Algunos mechones grisáceos del flequillo caen sobre su frente, rompiendo la perfección del peinado y dándole un aire rebelde que encaja demasiado bien con la seguridad que desprende.
Parece mayor que yo; diría que ronda los treinta.
Viste unos vaqueros que se le ciñen a la perfección a las caderas, y cuando se mueve la tela se tensa sobre unos muslos fuertes que no pasan precisamente desapercibidos.
¡Deja de bajar la vista por su cuerpo, contrólate!
Me obligo a subir la vista hasta su rostro, fingiendo que no acabo de repasar cada centímetro de su cuerpo.
Pero es que es atractivo. Muy atractivo. Y lo sabe.
Mantente firme, Keira.
Sus ojos grises se clavan en mí, ignorando por completo al resto de la mesa. Nadie más parece existir para él. Solo yo. Me recorre despacio, sin prisa, prendiendo fuego a todas y cada una de mis terminaciones nerviosas.
Un intenso calor me sube por el cuello, se desliza por el pecho y sigue descendiendo hacia partes que no deberían encenderse precisamente ahora.
Respira… puedes hacerlo.
—Encantado —ronronea con voz grave mientras me tiende la mano.
Venga, es fácil. Solo tienes que estirar el brazo y estrecharle la mano, como una persona normal. Tú puedes.
—Igualmente.
Su palma envuelve la mía con firmeza, manteniendo el roce un segundo más de lo necesario… o puede que mi mente esté exagerando. No lo sé. Solo sé que mi corazón late a una velocidad peligrosa.
¿Podemos morir de un infarto? Espero que no, porque a este paso ya me puedo dar por muerta.
No sé si es la tensión que llevo acumulada o la falta de sexo que llevo arrastrando desde hace demasiado tiempo. Quizá todo junto. Pero mi cuerpo parece decidido a recordarme que sigue reaccionando ante manos grandes y fuertes que podrían apretarme contra un torso duro sin demasiado esfuerzo.
Y mi cerebro, que claramente ha decidido dejar de colaborar conmigo, empieza a ir justo por donde no debería… a pensar en cosas duras cuando ahora mismo no es la mejor opción.
¡Para!
Aprieto los dientes y obligo a mi cabeza a cambiar de rumbo antes de que mi imaginación siga por un camino peligroso.
No es que haya estado precisamente reprimida. Pero siempre ha sido con lobos, nunca con un humano, lo que al final complica bastante más las cosas.
En la ciudad no es tan fácil encontrarse con uno de los nuestros. Los hay, por supuesto, pero no es lo habitual. Somos discretos, nos movemos entre la gente sin llamar la atención, y cruzarte con alguien compatible no es algo que ocurra todos los días.
La otra opción era repetir con el mismo. Y sí, lo he hecho. Más de una vez. Pero, sin saber muy bien por qué, terminaba cansándome de ellos. No porque las veces que habíamos estado juntos fueran malas, en absoluto, sino porque siempre acababa sintiendo que todo se volvía… vacío.
Además, casi todos terminaban queriendo algo más. Empezaban a hablar de darle un nombre a lo nuestro, y yo simplemente no veía la necesidad.
Lo único que quería era eso: sexo. Sin expectativas, sin promesas, sin tener que fingir que había algo más cuando, en realidad, no lo había.
Nos soltamos y, antes de que consiga recuperar del todo la compostura, aparta una silla para que me siente a su lado.
Acepto, un poco avergonzada por la dirección que han tomado mis pensamientos en los últimos treinta segundos.
Cuando me acomodo, él deja la mano apoyada con naturalidad en el respaldo de mi silla.
Diría que debería incomodarme ese gesto tan cercano. Pero no. Al contrario. Me hace sentir… deseada.
Y es raro, aunque no desagradable. Siempre he pensado que el contacto físico hay que ganárselo con confianza.
Nunca en mi vida he sido capaz de ir tan rápido ni de dejar que alguien tenga ese tipo de cercanía conmigo tan pronto.
Pero, por algún motivo que no termino de entender, con él no me nace apartarme.
De verdad que no sé qué coño me pasa.
Primero Marcus.
Ahora Owen.
Ambos son alfas.
¿Eso tendrá algo que ver?
En teoría soy más receptiva a ellos que al resto, es algo biológico. Pero ¿tanto? ¿Hasta el punto de que me tiemblen las manos por un simple apretón?
Prefiero creer que mi abstinencia voluntaria es la culpable de todo esto, que es solo una reacción acumulada, una tontería física que se me pasará en breves.
Al fin y al cabo, dejar el sexo fue una decisión consciente. Llegué a un punto en el que acostarme con alguien ya no me aportaba lo mismo. Sí, estaba bien, pero no me dejaba realmente satisfecha, no me complacía como antes, y empecé a pensar que quizá parar durante un tiempo sería lo mejor.
Pues no. Parece que no.
Diría que me está jodiendo más que otra cosa.
¿En qué momento pensé que eso sería buena idea? En serio. Tendría que haberle hecho caso a Maddie; ella sabía perfectamente que esto no iba a acabar bien y me lo dijo más de una vez. Pero yo tenía que demostrar que tenía un autocontrol de hierro.
Claro… autocontrol.
En cualquier caso, no pienso convertirme en la omega que cae rendida ante el primer alfa atractivo que le sonríe.
Aunque, si soy sincera, el problema no es que sonría.
Es la forma en que me mira.
Pero, por mucho que me guste ahora mismo, hay una vocecilla en mi cabeza que no deja de repetir lo mismo: cuidado.
Él no me ha hecho absolutamente nada. Acabo de conocerlo y está siendo simpático y educado conmigo.
Sé perfectamente de dónde viene esa desconfianza. Mi padre nos abandonó a mi madre y a mí sin mirar atrás, quitándose un problema de encima, y desde entonces no tengo muy buena opinión de los alfas. Para mí siempre han sido egoístas que van a lo suyo y desaparecen cuando las cosas se complican.
Pero Owen no es mi padre. Y, siendo justa, tampoco merece que lo juzgue por algo que él no ha hecho.
Estoy tan metida en mis propios pensamientos que tardo un segundo en darme cuenta de que alguien está hablando.
—De modo que te fuiste.