CAPÍTULO 3 KEIRA
KEIRA
El camino hacia el pueblo lo hacemos en silencio. Solo se oye el motor y el crujido de la gravilla bajo las ruedas, pero noto sus ojos clavados en mí cada dos por tres.
Sé que se está mordiendo la lengua, esperando que sea yo quien dé el paso. Ni siquiera ha puesto música, y eso es su forma de darme la oportunidad para que sea yo quien empiece a hablar.
Aguanto todo lo que puedo para no entrar al juego, pero al final cedo. Su silencio me pone tan nerviosa que acabo siendo yo la que lo rompe.
—¿Qué? —le suelto, girándome hacia él con una mueca de fastidio.
Suelta una risa por la nariz y se le curva la boca en una sonrisa socarrona.
—No me vengas con “qué”. Te has quedado embobada mirando a Marcus. Y no lo niegues, porque él estaba igual contigo.
Noto el calor subir por mi cuello y sé que me estoy poniendo roja como un tomate.
—Estás exagerando —murmuro, girando la cara hacia el cristal para que no vea cómo me he sonrojado; sería perfectamente capaz de hacerme una foto solo para restregármela por la cara cada dos por tres.
Justo lo que me faltaba, darle más razones para que tenga con qué pincharme durante semanas.
—Ni de coña —insiste—. Trabajo con él todos los días en el taller y no mira así a nadie. A nadie, prima —hace hincapié en la palabra.
—¿Ah, no? —arqueo una ceja, quizá con más interés del que me conviene si lo que quiero es disimular—. ¿Y cómo se supone que mira?
Se queda pensativo mientras tamborilea con los dedos sobre el volante.
—Pues… como que todo le da igual. —Hace una pequeña pausa, buscando mejor las palabras—.
En el trabajo hace lo que tiene que hacer, pero no se mete en conversaciones si no es totalmente necesario, no se ríe por quedar bien, no intenta impresionar a nadie ni llamar la atención.
Va a lo suyo, termina lo que empieza y se marcha sin más.
Es raro verle reaccionar a algo, ya sea bueno o malo, casi nunca sabes lo que está pensando. Digamos que… es difícil de leer.
Esa descripción me choca porque no encaja con la imagen que tengo de él. Desde luego, no es lo que yo he visto ni lo que he sentido. O quizá me estoy montando una película yo sola, sacando conclusiones de algo que no significa nada.
Trato de poner algo de orden en mi mente antes de que todo se descontrole, porque en este momento tengo demasiadas cosas dando vueltas. Respiro hondo, a ver si consigo centrarme de una vez.
—¿Y cómo es? —pregunto, tratando de sonar desinteresada, aunque ni yo misma me lo creo.
Cody levanta una ceja y me observa un instante antes de responder.
—Keira, sé perfectamente por dónde vas. No puedes tomarme por idiota. Te tengo más calada de lo que te gustaría.
El gesto de odio que le dedico es digno de aplauso. Lo fulmino con la mirada, apretando los labios y esperando que al menos tenga la decencia de disimular esa expresión de satisfacción que tiene desde que se subió a la camioneta. Pero no. Al contrario.
Si las miradas mataran, estaría recogiendo sus propios restos del asiento del conductor. Él lo sabe. Sabe que me está llevando justo donde quiere y que estoy cayendo sin remedio. Suspira teatralmente, disfrutando del momento un segundo más antes de rendirse.
—Pero te voy a complacer, para que veas lo que te quiero. Es reservado. Callado. Serio… demasiado serio a veces. No se mete en líos, pero tampoco hace esfuerzos por caerle bien a los demás. Va a lo suyo. No necesita a nadie alrededor. Pero es buen tío. Y muy leal.
—Mmm… —murmuro casi para mí.
Me quedo callada, procesando cada palabra mientras el paisaje se va aclarando y dejamos atrás la parte más densa del bosque. No sé por qué, pero siento la necesidad de saber más. El interés que ha despertado en mí no es precisamente discreto; es voraz y cada vez va a más.
—¿Siempre ha vivido aquí?
—No. Nació en otro pueblo, bastante lejos. Vino a Crowewood cuando Alvin se retiró y Benton tomó el mando.
Resultaba evidente que Benton era un alfa. De otro modo no podría ser el líder actual. El mando siempre acaba en manos de un alfa fuerte, alguien capaz de mantener a todos a raya cuando hace falta.
Y la fuerza por sí sola no basta para dirigir una manada. También hace falta saber escuchar, entender lo que necesitan los demás, notar cuándo algo no va bien antes de que estalle. Un líder tiene que mantener la armonía del grupo, no solo imponerse.
Justo lo que Alvin nunca tuvo. De hecho, creo que es la única persona en el mundo capaz de amargarme el día con tan solo aparecer. Y se lo ganó a pulso. No conozco a nadie más egoísta ni menos empático que él.
Por suerte, Benton parece distinto. Al menos, se le ve mucho más agradable.
—¿Y su familia?
Cody niega con la cabeza.
—No sé mucho de su familia. Solo sé que Benton lo acogió y lo puso bajo su tutela. Nunca ha mencionado el tema y tampoco me ha parecido buena idea preguntarle. Imagino que no debió de tenerlo fácil; fuera lo que fuera lo que pasó, le dejó marca.
Frunzo el ceño, intentando encajar las piezas de este intrincado puzle que se abre frente a mí, una a una, aunque no termino de ver la imagen completa. Intento colocar lo que acaba de contarme junto a lo que yo he visto esta mañana, buscando sentido a todo.
La idea me remueve algo por dentro.
—Entonces… ¿siempre es tan frío con todo el mundo?
—Frío, sí. —Hace un gesto con la mano, restándole importancia, como si eso fuera lo menos relevante de todo—.
Pero lo de hoy no ha sido frialdad. Y lo sabes.
—dice mientras se gira hacia mí, asegurándose de que capto lo que quiere decir—.
Ya te lo he dicho, no mira así a nadie. Contigo ha sido distinto, y no intentes convencerme de lo contrario porque no cuela.
Trago saliva antes de atreverme a preguntar lo que realmente quiero saber y, justo al hacerlo, me doy cuenta de que necesito conocer esa respuesta, aunque no sepa bien de dónde sale esta urgencia ni por qué me afecta tanto.
¿Qué es lo que me pasa?
—¿Está con alguien?
A mi primo le falta tiempo para aprovechar la ocasión y hundirme aún más en el pozo de vergüenza en el que me he metido yo sola.
—¿No decías que no te interesaba? —remata, dispuesto a exprimir esto todo lo que pueda.
Le suelto un pequeño gruñido a modo de advertencia. Él levanta las manos, encantado de haber acertado de lleno, y esa expresión de triunfo que pone me dan unas ganas tremendas de quitársela de un puñetazo.
—Solo pregunto porque me pareció raro —me cruzo de brazos, enfurruñada—. No porque me interese.
—Ya… —alarga la palabra, dejando ver que no se lo cree.
Con la conversación y con el revuelo de pensamientos que me tienen completamente distraída, ni siquiera me había dado cuenta de que ya hemos dejado el bosque atrás, dando paso a las calles empedradas de Crowewood.
Las persianas metálicas de algunas tiendas suben con ese sonido chirriante tan típico de las mañanas.
Una mujer riega las macetas alineadas frente a su casa mientras charla con el vecino de enfrente, que arrastra una caja de fruta hacia su tienda.
Dos niños pasan corriendo con mochilas casi más grandes que ellos, riéndose a gritos.
Un hombre mayor pasea despacio con las manos cruzadas detrás de la espalda, saludando a todo el que se cruza con él.
Aquí todo el mundo se conoce, tanto para bien como para mal.
Después de tanto tiempo fuera, no sé muy bien si sabré volver a encajar con los míos sin sentirme rara, ocupando un sitio que ya no me pertenece del todo. No debería ser tan diferente a relacionarme con humanos, pero no es exactamente lo mismo.
—Bueno, ya hemos llegado —comenta, aparcando la camioneta junto a la acera y poniendo el freno de mano—. Y no muerdas —añade, dándome un pequeño codazo antes de bajar del vehículo—. Son buena gente.
Resoplo por lo bajo y abro la puerta. Antes de bajar, echo un vistazo rápido alrededor. Más de uno se vuelve hacia mí con curiosidad, y no puedo evitar torcer el gesto con cierto fastidio.
Cierro la puerta con un golpe seco y me recoloco la sudadera, tirando de las mangas y alisando la tela sobre las caderas, mientras reúno todo mi autocontrol para que el nerviosismo no termine adueñándose de mí.
Cody se acerca hasta colocarse a mi lado justo cuando todavía estoy arreglándome el pelo, recogiendo un mechón rebelde detrás de la oreja. Estoy tan concentrada que no noto que se inclina hacia mí hasta que su voz suena prácticamente junto a mi oído.
—Por cierto… —murmura en voz baja—. No está con nadie. Está soltero.
Me vuelvo hacia él, totalmente descolocada, con el pulso disparado mientras esa idea no deja de repetirse.
Está soltero
Está soltero.
Parpadeo un par de veces, intentando procesarlo. No sé por qué esa información me afecta tanto.
Trato de ignorarlo, de verdad que lo intento, pero mi cerebro parece haberse quedado enganchado justo en esas dos palabras. Y cuanto más intento apartarlas, más vuelven.
—Venga, vamos —me anima, empezando a caminar hacia la plaza y tirando de mí con suavidad.
Sacudo la cabeza para despejarme y lo sigo mientras todavía trato de convencerme de que esa información no debería importarme tanto.
—Te invito a desayunar.
—Pero si ya hemos desayunado —le recuerdo, arqueando una ceja.
Hace un gesto despreocupado, como si la lógica fuera algo totalmente opcional en su vida.
—¿Y dónde está el problema? Doble desayuno, doble felicidad.
Lo suelta con tanta convicción que tengo que fijarme bien en él para descifrar si habla en serio o está bromeando. No, definitivamente no está bromeando.
—Eso no funciona así.
—Claro que funciona así. Tú confía en mí.
—En serio… ¿dónde metes todo lo que comes? —le suelto entre risas—. Porque lo tuyo ya es sospechoso.
Hace un gesto exagerado con el brazo, tensándolo para que el músculo se le marque mientras presume con una expresión de puro orgullo.
—Estoy muy fuerte, prima —dice, dándose una palmada en el bíceps—. Necesito mucha comida para mantener este cuerpazo.